Capítulo 19. La llave de un muerto
El sobrino era un hombre de unos cincuenta años con cara de buena persona desbordada, que se quedó en la puerta de la explanada sin querer pasar, con el sobre sujeto con las dos manos, como se sujeta un pájaro.
—Me lo dio el viernes por la tarde —dijo—.
Me hizo cerrar la puerta de la habitación, fíjese, en una residencia, dónde iba a ir nadie.
Y me dijo: «Cuando yo falte, esto al catalán de la casa.
En mano. Y no tardes, que las cartas de los muertos caducan antes que las de los vivos.
» —Le tendió el sobre a Paquito y se quedó mirándoselo en las manos ajenas, aliviado y huérfano a la vez—.
Yo no sé lo que hay dentro y no lo quiero saber.
Con mi tío, no querer saber era la manera de quererlo.
El sobre era de papel fuerte, lacrado con cera de vela común, goteada y aplastada con un pulgar. En el frente, a lápiz de carpintero, grueso y torcido: Al catalano.
Pesaba más de lo que pesa el papel. Dentro, supimos enseguida por qué: al inclinarlo, algo se deslizó hasta la esquina con un sonido sordo de metal.
Esperamos a que el sobrino se fuera. Nos sentamos los tres a la mesa de la pérgola —Mar también; las habitaciones de esta familia, habíamos decidido, se abrían ya para todos—, y Paquito rasgó el lacre con el cuchillo del pan, que fue lo primero que hubo a mano, y a mí me pareció bien: aquella carta no merecía un abrecartas, merecía un cuchillo de cocina, una mesa al aire libre y una familia alrededor.
Cayó primero la llave.
Una llave grande, antigua, de hierro ennegrecido, con el ojo en forma de trébol y los dientes gastados de un uso de décadas. Quedó sobre el mantel, entre el azucarero y la mano de mi marido, con la rotundidad muda de las cosas que llevan mucho tiempo esperando su escena.
Luego, los seis pliegos. Papel rayado de bloc, letra grande y trabajosa de hombre que escribió poco en su vida y lo escribió todo al final.
Paquito leyó en voz alta. Le duró la voz hasta el segundo pliego; a partir de ahí leímos a relevos, Mar y yo, porque hay cartas que pesan demasiado para una sola garganta.
*
No voy a copiarla entera. Es de Paquito, y algún día será de los mellizos, y las cartas de los muertos se citan, no se exhiben.
Pero esta historia no se entiende sin algunas de ellas, y esas las pongo como él las escribió, con su ortografía hecha a remo y su manera de clavar las frases como se clavan estacas.
Empezaba así:
«Catalano. Si lees esto ya estoy bajo tierra, que es donde he tenido los ojos toda la vida, así que no me quejo.
Lo primero: te suelto. El juramento se ha muerto conmigo.
Habla. Hablalo todo. Y perdona que te haya hecho cargar cuarenta años con la mitad de un peso que era mío entero, porque ahora viene la verdad: tú callaste lo que sospechabas. Yo callé lo que sabía.»
Y contaba. Con fechas torcidas y pormenores de viejo, pero contaba.
Contaba que el padre de Nicola —y aquí escribió el nombre completo, Gavino Solinas, y al leerlo Paquito tuvo que parar y beber agua— encontró la cámara de los muertos a finales de los setenta, persiguiendo un alijo que una galerna le hizo esconder más adentro de lo normal.
Que volvió diciendo que no había encontrado nada.
Que a los pocos meses empezaron los bultos con esquinas.
Que los hombres viejos del tabaco sabían lo que era y ninguno dijo nada, porque el tabaco tenía reglas pero el miedo no, y Gavino era el miedo.
Contaba lo de Antonio:
«El chico de la Carmela los siguió una noche del 82 porque era joven y los jóvenes creen que mirar es gratis.
Vio la cámara. Vio lo que sacaban. Lo tuvieron tres días pensando qué hacer con él, y al cuarto el mar se lo quedó, que es como decimos aquí lo que no nos atrevemos a decir.
Y lo sentaron en la torre. ¿Sabes por qué en la torre, catalano?
Yo tardé años en entenderlo. Porque un muerto en el agua hace que los buzos miren abajo.
Y un muerto en una torre hace que todo el mundo mire arriba.
Dejaron la verja abierta para que lo encontrara cualquiera.
Lo encontró un pastor. Arriba se miró mucho. Abajo, nadie.»
Contaba lo de la asociación, y aquí la libreta azul, en mi regazo, se ganó por fin la respuesta a su pregunta más vieja:
«Los Amici delle Torri los monté yo. Sí, yo, con mis charlas y mis excursiones de domingos, que buena risa te dará.
Los monté para tener la llave. La llave legal, con su papel y su firma, para poder entrar en las torres a la luz del día y mirar lo que el cielo me dejara mirar.
Y el hijo de Gavino, que ya mandaba, vino a pagarme los folletos.
¿Entiendes, catalano? Me pagaba la asociación para tenerla cogida por el bolsillo, y de paso, un día que la llave pasó por sus oficinas para no sé qué permiso, tardó en volver una semana.
Una llave no tarda una semana en volver.
Tarda lo que tarda un cerrajero discreto.
Desde entonces supe que había dos llaves de la torre fuera del Estado: la suya, que no existía en ningún papel, y la mía.
Cuando deshicieron la asociación dije que la llave se había perdido.
Mentí. La tienes en la mano. Era la única manera de que no acabaran las dos llaves en el mismo bolsillo. »
Contaba lo de Efisio, y ese pliego fue el que leyó Mar, porque a Paquito y a mí no nos salía:
«El buzo vino a verme en febrero. A la residencia, como tú.
Me trajo mandarinas y una foto del fondo de Vignola, de unas marcas en la arena.
Me preguntó derecho, como preguntan los hombres serios, y yo, catalano, después de cuarenta años, hablé.
Le dije dónde mirar. Le dije a qué horas baja el agua.
Le dije lo de la cámara de los muertos. Hablé porque me estoy muriendo y los moribundos confundimos soltar lastre con hacer justicia.
Tres semanas después lo sentaron donde sentaron al chico.
Así que ya lo sabes: al buzo lo ahogaron ellos, pero lo maté yo al abrir la boca, como al chico lo mataron ellos pero lo enterré yo al cerrarla.
Cuarenta años para aprender que las dos cosas matan, callar y hablar, si se hacen a destiempo. No te deseo ese aprendizaje a ti.»
Y terminaba con el encargo. El último pliego era el más corto y el de la letra más cansada:
«La casa no te la vendí, catalano. Te vendí la ventana.
Cuarenta años he mirado yo; ahora mira tú, que tienes mejores ojos y una mujer que apunta.
La llave es de la verja de la torre. Lo que tienes que hacer es esto, y hazlo en este orden: primero baja.
Baja tú, con tu mapa, que para eso lo dibujaste, y mira lo que queda en la cámara, y haz lo que el buzo no llegó a hacer: trae pruebas.
Una foto no tiene edad, me dijo él aquí sentado, y me pareció lo más bonito que me habían dicho en años.
Después dáselo todo al carabiniere de piedra, ese que fue a mi funeral a mirar caras, no te creas que no lo sé, los muertos nos enteramos de todo.
Y cuando los muertos de bronce estén a salvo, abre la torre con mi llave, entra, y diles en voz alta que ya pueden irse.
Diles que lo siento. De parte de Bachisio Sanna, que presidió su asociación y no los supo defender. »
Debajo, la firma. Y debajo de la firma, una posdata que era la última risa de aquel hombre, intacta a través de la muerte:
«P.D. El tabaco rubio te lo perdono. Llegaste tarde, como a todo. Pero llegaste, catalano. Eso los demás no lo hicieron ni tarde.»
¿Cómo sabía lo del tabaco, si murió antes del lunes?
No lo sabía. Lo adivinó. Conocía a su catalán: sabía que vendría, y sabía que llegaría tarde, porque llevaba cuarenta años llegando tarde, y le escribió el perdón por adelantado.
Hay que querer mucho a alguien para perdonarlo por anticipado.
Esa posdata fue la que nos rompió a los tres, y al perro, que al vernos llorar a todos se puso a llorar también sin saber de qué, que es la forma más pura de compañía que existe.
*
Piras vino aquella misma tarde, sin que lo llamáramos.
Venía, dijo, por un detalle administrativo del funeral, pero los detalles administrativos no le ponen a un carabiniere esa cara de pocas horas de sueño.
Lo que traía era una espina: el registro de visitas de la residencia.
El viernes por la tarde, horas después que el sobrino, alguien había visitado a Bachisio Sanna.
Firmó como «primo». La firma era un garabato.
La residencia no pide documentación a la familia.
—He llamado a todos los primos de ese hombre —dijo Piras—.
Vivos quedan tres. Ninguno fue. —Se miró las manos—.
Un anciano cardiópata en fase terminal muere mientras duerme.
No hay autopsia que vaya a decirme nada, y lo sé, y el juez lo sabe, y quien lo hizo, si alguien lo hizo, también lo sabía.
—Levantó la vista—. Se lo cuento porque ustedes lo apreciaban.
Y porque estoy cansado de saber cosas solo.
Paquito y yo nos miramos. Y mi marido se levantó, fue a la autocaravana, y volvió con todo.
Con la carta. Con la llave. Con la servilleta en su caja de lata.
Con la libreta azul, que puse yo encima del montón, porque ya tocaba.
Y con cuarenta años, que los puso él, de pie junto a la mesa, hablando sin sentarse durante casi una hora, desde el autobús de septiembre de 1984 hasta la pátina de una vitrina con cartelito de réplica, mientras Piras escuchaba sin tocar nada, sin interrumpir ni una vez, con la quietud total de los que saben que están oyendo el centro de un caso.
Cuando Paquito terminó, se hizo un silencio largo. Piras miró la mesa: la carta, la llave de trébol, la barca a bolígrafo de un muerto.
—Café —dijo.
—¿Cómo?
—Que si me hace un café. —Se aflojó el nudo de la corbata, un centímetro, que en él era como quitarse la camisa—. Llevo desde marzo rechazándole los cafés porque estaba de servicio. Pues mire, son las siete y media y le juro que no sé de qué estoy de servicio ya.
Paquito le hizo el café. El primero que le aceptaba en toda la historia. Se lo bebió despacio, sin azúcar, mirando el mar, y luego habló como hablan los hombres de piedra cuando por fin hablan: poco y todo seguido.
Nos dijo que la carta era oro y era humo: historia, no delito.
Que ningún juez de este mundo firmaba un registro contra Nicola Solinas con la carta de un muerto, una tesis del 86 y una pátina vista a la luz de unas velas.
Que necesitaba algo de este siglo, con fecha de este mes, y que lo iba a buscar por sus vías, que las tenía, pero que sus vías eran lentas y hacían ruido, y que el ruido, con gente así, vaciaba grutas.
Y nos dijo lo otro. Lo sacó de su carpeta sin que se lo pidiéramos, como quien paga una deuda:
—El forense ha cerrado la data de colocación del cuerpo.
Por el estado de las lividades y la humedad de la ropa: a Meloni lo subieron a la torre la madrugada del día que ustedes lo encontraron.
Entre las tres y las seis. —Me miró a mí, directamente a mí, y supe que se acordaba de mi declaración de la primera mañana, de todo lo que dije y, como buen policía, de lo que no dije—.
Si aquella noche alguien hubiera mirado hacia la torre a esas horas, señora, habría visto luz.
La luz. La que me despertó dos veces. La que no estaba cuando miré. La que aparté de mi declaración porque no se podía defender.
—La vi —dije. Y por fin, después de semanas, aquella frase pudo salir entera y de pie—: La vi, Piras. No la soñé. Los vi trabajar sin saber que los veía.
—Lo sé —dijo Piras—. Por eso se lo he contado.
Apuró el café. Dejó la taza. Y antes de irse, ya de pie, señaló con un dedo, por orden, la carta, la llave y a nosotros tres, perro incluido:
—Denme una semana sin hacer nada. Una. Ni mareas, ni llaves, ni paseos didácticos. —Nos miró uno a uno, y supo, estoy segura de que supo, que nos estaba pidiendo lo único que no le podíamos dar—. Una semana.
No la tuvo. No por nosotros.
Al día siguiente, el caso Meloni se cerró solo: apareció un culpable. Con nombre, con antecedentes y con prisa.
Y se llamaba Murru.