La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 17. Invita la casa #2
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Capítulo 17. Invita la casa #2

Dentro, todo era esa sencillez que solo se consigue con muchísimo dinero: mantel de hilo blanco, piedra vista, una luz de velas calculada al lumen, y un silencio acústico perfecto en el que las conversaciones de las otras cuatro mesas —solo cuatro, un sábado— flotaban como música baja. Olía a brasa noble y a mar.

Nicola Solinas nos esperaba de pie junto a la mejor mesa, la del ventanal de poniente, y era exacto a su fotografía más un diez por ciento: el traje sin corbata, el pelo gris peinado hacia atrás, el bronceado de barco, y la sonrisa simétrica, que en persona venía con banda sonora, una voz grave y modulada de hombre que jamás ha necesitado levantarla.

—Los señores de la casa Sanna. —Nos estrechó la mano a los dos; la suya era seca, fuerte, de gimnasio y no de remo—. Qué alegría. Llevaba semanas queriendo conocerlos. En esta costa los recién llegados son un acontecimiento, y ustedes, además, vienen precedidos de fama.

—¿De fama? —dije, sentándome donde me indicaba.

—De gente interesante. —Sirvió él mismo el vino, un blanco que olía a flores y a piedra—.

Compraron ustedes la casa más bonita y más difícil de la zona.

Reforma valiente, por cierto: el presupuesto del tejado, me han dicho, ronda lo que ronda.

—Y dijo la cifra. Nuestra cifra. Con el IVA—.

No se asusten: esta costa habla. Aquí se sabe todo de todos. Es nuestro deporte y nuestra maldición.

Lo dijo riéndose, con un encanto perfectamente dosificado, y yo me reí con él, porque para eso habíamos venido, a ser exactamente lo que parecíamos, y mientras me reía anoté en la libreta de dentro: sabe el presupuesto de nuestro tejado al céntimo.

Primera cortesía: enseñarnos que nos tiene medidos.

La cena fue, lo digo sin ironía, extraordinaria.

Una sucesión de platos pequeños y exactos que Solinas fue narrando con erudición ligera —esta gamba es de tal fondo, este queso de tal altura— y entre plato y plato, la conversación, que él conducía como conducía todo, sin que se notaran las manos.

Nos preguntó por Barcelona, por nuestros hijos, brindó —«por la familia, que es lo único que de verdad se hereda»— cuando supo lo de los mellizos, que también sabía.

Habló de su padre con una nostalgia barnizada de museo: un hombre de otro tiempo, dijo, un hombre del mar de antes, duro como esta roca, que levantó de la nada lo que ven.

Yo escuchaba a aquel hijo pulir en público la estatua del padre y oía, debajo, palmadas de ganadero sobre cuatro bultos con esquinas.

Fue con los postres cuando nos llevó a dar el paseo.

—Tienen que ver una cosa —dijo, levantándose—. A un antropólogo le va a interesar. Porque es usted antropólogo, ¿verdad? Doctor, además. Me lo dijo Bruno. En esta costa hasta los títulos se saben.

El restaurante tenía un pasillo interior que hacía de pequeña galería: fotos antiguas del pueblo, aparejos de pesca restaurados, un trozo de ánfora. Y al fondo, iluminada desde arriba con una luz fina y vertical de museo, una vitrina.

Dentro, sobre un soporte de metacrilato, había una barca.

Pequeña, de bronce, del tamaño de una mano abierta. El casco fino, una hilera de pájaros en la borda. Y la proa alzada en un cuello largo, rematada por una cabeza de ciervo con la cuerna abierta.

—Una navicella nurágica —dijo Solinas, con la voz del que enseña—.

Réplica, naturalmente. La original está en un museo.

O eso dicen los museos, que también tienen su mercadillo, no se crean.

—Sonrió a su propia broma—. Las hacían los antiguos.

Barcas votivas. Dicen que llevaban a los muertos por el mar.

A mí me gusta tenerla aquí, a la entrada del comedor: me parece que da…

—buscó la palabra con un placer evidente— … profundidad.

Yo miraba la barca y miraba a mi marido, que en cuanto se encendió aquella luz de museo buscó una sola cosa, la de arriba del todo: la punta de la cuerna. Estaba entera. Réplica o hermana, pero no la suya. Le vi soltar un hombro.

Paquito se había acercado a la vitrina con las manos a la espalda, en su postura de museo, la de toda la vida, y la estudiaba con una calma que solo yo sabía medir lo que le estaba costando.

Y vi sus ojos hacer el recorrido del experto: el casco, los pájaros, la cuerna.

Y detenerse. En la superficie. En aquel verde.

Porque yo no soy antropóloga, pero hasta a mí, a la luz vertical de la vitrina, aquel verde me pareció demasiado hondo para ser nuevo.

No era color: era tiempo, del que no se compra.

Las réplicas se patinan con químicos, en una tarde, y quedan bonitas, uniformes, decorativas.

Aquello tenía paisaje: zonas mate y zonas casi negras, una costra mínima en el pliegue de la cuerna, el cansancio infinitamente lento del bronce que ha respirado siglos de aire de cueva.

—¿Le gusta? —preguntó Solinas.

Y no le preguntaba a la barca. Le preguntaba a la cara de mi marido.

Llevaba todo el rato, comprendí, mirándole la cara a él y no a la vitrina, con la sonrisa simétrica puesta y los ojos completamente serios, como dos empleados que no han sido invitados a la fiesta de la boca.

Aquello era la prueba del algodón. Nos había llevado hasta allí para esto: para ver qué veíamos.

—Es una pieza preciosa —dijo Paquito, con una voz de jubilado encantador que me hizo sentir, a partes iguales, orgullo y frío—. Y una réplica muy buena. Aunque le confieso que mi especialidad eran las personas, no los objetos. Los objetos no se dejan entrevistar.

Solinas se rió, una risa de anuncio, y el momento pasó, y volvimos a la mesa, y hubo un licor de mirto «de la familia», y todo siguió siendo perfecto.

Fue ya en la despedida, en la puerta, con la noche delante y el mar sonando abajo en la oscuridad, cuando Nicola Solinas nos dio, envuelto en celofán de cortesía, el verdadero menú de la velada.

—Ha sido un placer enorme. —Apretón de manos, mano en mi hombro, calidez exacta—.

Y un consejo de vecino, ahora que van a vivir aquí: tengan cuidado con la costa.

Es más traicionera de lo que parece en las postales.

Las mareas engañan, las grutas se tragan a la gente curiosa…

sin ir más lejos, ese pobre buzo de la torre.

Un hombre mayor, metiéndose donde ya no le tocaba.

Las edades tienen sus límites, ¿verdad? Es lo único que no se negocia.

—Y entonces, ya soltándonos, como quien se acuerda de un detalle menor—: Ah, y he visto que tienen un perro pequeño.

De los que escarban, me han dicho. Vigílenlo.

Por estos campos ponen veneno para los zorros, y los perros que escarban donde no deben…

—chasqueó la lengua, una sola vez, con auténtica pena anticipada— … duran poco.

Sonrisa. Buenas noches. La puerta de cristal se cerró sin un ruido, porque en aquel restaurante hasta las puertas estaban bien educadas.

*

En el coche, Paquito metió la llave y no la giró. Nos quedamos los dos mirando el mar negro por el parabrisas, con el motor apagado y el restaurante iluminado a nuestra espalda como un faro al revés, de esos que en vez de avisar del peligro lo contienen.

—La pátina —dijo mi marido.

—Lo sé.

—Esa barca no es una réplica, Montse. Esa barca es de la gruta. La tiene en la entrada de su comedor, con una lucecita, debajo de un cartel que dice réplica, y le sirve gambas al lado. —Le temblaban las manos sobre el volante, y no era de miedo, o no solo—. Y nos la ha enseñado para vernos la cara.

—Y se la hemos aguantado. —Le puse la mano encima de las suyas hasta que se estuvieron quietas—. Arranca, va. Que mañana es domingo y tenemos que comprar tabaco rubio.

Arrancó. Y mientras las luces del restaurante se hacían pequeñas en el retrovisor, yo redacté de memoria, para pasarla a la libreta al llegar, la entrada de aquella noche, que acabó siendo la más corta y la más fría de todo el cuaderno:

Sabe nuestro presupuesto, conoce el estado de mi hija y me ha amenazado al perro entre el mirto y el celofán. Todo con mantel de hilo. Su padre contaba lo robado con palmadas, a oscuras, en una cala. El hijo lo expone con una lucecita y le pone un cartel que dice «réplica».

Cuarenta años de progreso, escribí el otro día. Lo retiro. Esto no es progreso. Es lo otro, lo que no tiene cura: es impunidad con buen gusto.