La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 17. Invita la casa
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Capítulo 17. Invita la casa

El despacho de la dottoressa Elena Cossu, en la segunda planta de la Soprintendenza de Sassari, era una trinchera hecha de cajas.

Cajas de archivo apiladas contra las paredes, carpetas atadas con balduque en columnas que desafiaban la física, y entre todo aquello, abierto a machetazos, un pasillo que llevaba a una mesa con dos sillas para visitas que claramente no esperaban visitas.

En la pared, el único adorno: un póster grande, ajado por el sol, de unos gigantes de piedra de ojos redondos y concéntricos, mirando de frente con esa fijeza de tres mil años que no parpadea.

I Giganti di Mont’e Prama , decía debajo.

La dottoressa Cossu tenía cincuenta y muchos años, el pelo gris cortado para no pensar en él, unas gafas colgadas de un cordón y la expresión de base de quien lleva décadas llegando la primera a un sitio donde no la espera nadie.

Nos recibió de pie, sin ofrecernos las sillas, con una pregunta por saludo:

—¿Quién les manda?

—El brigadiere Piras —dije—. Nucleo Investigativo.

Algo se le movió en la cara. Un grado. De cero a uno.

—Siéntense —dijo—. Tienen quince minutos. Es lo que tarda el café de la máquina en poderse beber, que es mi unidad de medida desde hace veinte años.

Fue a por tres cafés de plástico sin preguntar si queríamos. Piras tenía razón: aquella mujer servía café a cualquiera que viniera a escucharla. Lo que el café tenía de malo —todo— lo tenía el gesto de bueno.

Le contamos lo que podíamos contar, que era poco y lo habíamos ensayado en el coche: compradores de la casa Sanna, junto a la Pelosa; el muerto de la torre, que nos había tocado encontrar; las leyendas de la costa; y la mención de Piras a sus denuncias.

Queríamos entender, dije, qué se llevaba alguien de una costa donde, según todos, no había nada que llevarse.

Cossu nos escuchó con los brazos cruzados, sorbiendo su café como una penitencia.

Cuando terminé, nos miró un momento, calibrando cuánto valía la pena gastar en dos jubilados, y debió de salirle a cuenta, porque se levantó, fue a una de las columnas de cajas, sacó una carpeta sin buscarla —se sabía la geografía de su trinchera de memoria— y la dejó abierta delante de nosotros.

Fotografías de catálogo. Papel satinado, fondo neutro, iluminación de joyería.

Y en las fotografías, bronces. Guerreros pequeños con cuernos y escudos redondos.

Arqueros. Una madre sentada con un niño en el regazo.

Y barcas. Tres barcas pequeñas de borda baja, una con proa de toro, otra con pájaros posados en fila.

Y otra con un ciervo de cuerna abierta como un árbol de invierno.

Noté que Paquito, a mi lado, se quedaba sin sangre en las manos. Yo me obligué a mirar la foto con la cara de quien mira un bodegón.

Pero mi marido hizo algo que estuvo a punto de delatarnos.

Alargó la mano, despacio, y tocó la fotografía de la barca del ciervo.

La tocó con un dedo, sobre el papel satinado, sobre la proa, sobre la cuerna abierta como un árbol de invierno, y la acarició una vez, de la proa a la popa, con una delicadeza que no era la de un comprador de casas mirando un catálogo: era la de alguien que busca una cara conocida en la foto de un accidente.

Aquella cuerna estaba entera. No era la suya: era una hermana.

Y en aquel segundo se le juntaron en la mano el alivio y la pena, que es una mezcla que no debería caber en un dedo.

Cossu, que llevaba veinte años leyendo caras al otro lado de su mesa, se detuvo en aquel dedo un instante de más.

Y luego miró a Paquito. Y no dijo nada, pero algo apuntó detrás de sus gafas, una pregunta que decidió guardarse.

Le aparté la mano a mi marido con la mía, como sin querer, con una caricia de esposa, y la dejé encima de la mesa, lejos de la foto.

«Compostura», le dije con la presión de los dedos.

Él entendió. Retiró la mano. Pero el daño, pequeño, ya estaba hecho: la arqueóloga había visto a un hombre acariciar una pieza que, en teoría, veía por primera vez en su vida.

—Subasta en Basilea, hace seis años —dijo Cossu, telegráfica, dando golpecitos con el dedo en cada foto—.

Subasta en Londres, hace cuatro. Colección privada de Múnich, publicada en un catálogo de exposición, hace dos.

Todo legal. Todo con papeles. Procedencia: «colección familiar europea, reunida antes de 1970», que es la fórmula mágica, porque antes del setenta no había ley que lo impidiera y después sí.

—Cerró la carpeta de un golpe corto—. Es mentira.

Esas piezas no estaban en ninguna colección familiar.

Esas piezas tienen concreciones marinas.

Pátina de ambiente cárstico salino. Han pasado siglos en una cueva con el mar entrando y saliendo.

Y ese ambiente, señores, en Cerdeña, lo da una franja de costa muy concreta.

—Levantó los ojos hacia nosotros—. La de ustedes.

—Hay algo más, y es lo que me quita el sueño últimamente.

—Volvió a abrir la carpeta, sacó tres folios grapados, recientes, de impresora—.

Durante cuarenta años salió una pieza cada tanto.

Una cada dos, tres años. Con cuentagotas, que es como se vende lo robado sin levantar la liebre: despacio, para no saturar el mercado ni llamar la atención.

—Dio unos golpecitos sobre los folios nuevos—.

Pero en los últimos meses el goteo se ha vuelto un grifo.

Tres piezas ofrecidas en un trimestre, dos de ellas barcas.

Discretamente, por catálogos cerrados, a coleccionistas de confianza, no en subasta abierta.

—Nos miró por encima de las gafas—. ¿Saben lo que significa eso, en mi oficio?

Significa que alguien tiene prisa. Que alguien ha decidido vaciar la despensa entera y deprisa, en vez de seguir robando un saco cada invierno.

Y cuando un sitio que aguantó intacto cuarenta años empieza a venderse a toda prisa, es que alguien sabe algo: que el sitio se va a destapar, o que va a cambiar de manos, o que hay que sacarlo todo antes de una fecha.

No sé cuál de las tres. Pero el reloj corre, y corre desde hace poco.

—¿Y las denuncias? —pregunté.

—Archivadas. Todas. —Lo dijo sin amargura ya, con la voz lija de quien gastó la amargura hace años—.

«No consta yacimiento declarado en la zona.

» Claro que no consta. Los yacimientos los declara quien los encuentra, y quien los encontró lleva cincuenta años vendiéndolos.

Es un razonamiento circular perfecto. Llevo media carrera dando vueltas dentro.

Hizo una pausa. Y entonces dijo la cosa por la que recordaré ese despacho mientras viva, y la dijo igual que decía todo, sin música, mirando la carpeta cerrada:

—Esa barquita del ciervo salió por un millón ochocientos. En el mercado vale dos millones, quizá más, era una pieza excepcional. —Levantó la vista—. En su sitio, valía tres mil años. Esa es la resta que nadie en ningún juzgado me ha dejado terminar de hacer.

*

Fue cuando ya nos íbamos, con los quince minutos cumplidos y el café de plástico muerto en la papelera, cuando ocurrió lo otro.

Cossu nos acompañaba por el pasillo de cajas, recitando su letanía final —«si alguna vez tienen algo que no sea folclore, me llaman a mí antes que a nadie, y si es de noche también»—, cuando se detuvo, se volvió hacia Paquito, y entrecerró los ojos.

—¿Cómo ha dicho que se apellida?

Mi marido se lo dijo.

La dottoressa Cossu se quedó muy quieta.

Le vi hacer memoria, y la memoria de aquella mujer era otra trinchera de cajas donde no se perdía nada.

Fue hasta su mesa, abrió un cajón, sacó una carpeta más delgada que las otras, más vieja, más sobada, de las que se han abierto mil veces.

Buscó una página. La encontró. Leyó algo.

Y volvió hacia nosotros con la carpeta abierta y una cara nueva, que ya no era de funcionaria cansada: era de cazadora.

—En dos de los dossiers de procedencia —dijo, muy despacio— se cita, como documentación del contexto, una tesis doctoral.

Universidad de Barcelona. Año mil novecientos ochenta y seis.

—Giró la carpeta hacia nosotros. Allí estaba, fotocopiada de un catálogo, una nota al pie en letra de seis puntos, y en la nota, un apellido—.

Pedí esa tesis por préstamo interbibliotecario hace doce años.

La leí entera. Le escribí una carta al autor, a la universidad, preguntándole por el apéndice C. —Pausa—. No me contestó nadie.

El silencio que se hizo en aquel pasillo fue de los que tienen bordes. Paquito estaba blanco. Yo le puse la mano en el brazo, por él y por mí.

—La carta no llegó nunca a mi marido —dije, y era una suposición, pero la dije como un hecho, porque para eso están las esposas—. Se jubiló hace años. Y le aseguro, dottoressa, que si le hubiera llegado, usted habría tenido respuesta.

Cossu nos miró a los dos, mucho rato, con esos ojos que llevaban veinte años sin que nadie les sostuviera la mirada hasta el final. Y al cabo dijo, dirigiéndose solo a Paquito, con una dureza tan limpia que casi era un respeto:

—No sé qué hay en esta historia que no me están contando, y llevo el tiempo suficiente en esto para saber que es mucho.

Muy bien. No les pido el secreto. —Cerró la carpeta—.

Pero a usted, doctor, le pido una cosa, y se la pido por los de la pared.

—Señaló con la barbilla el póster de los gigantes de ojos redondos—.

No me pida perdón nunca. Devuélvame algo.

*

El restaurante de Nicola Solinas estaba donde la carretera de la costa se rinde y se vuelve paisaje: una construcción baja de piedra y cristal sobre una punta de roca, con el mar debajo por tres lados y un aparcamiento donde nuestro coche de alquiler parecía un perro callejero en una exposición canina.