Capítulo 16. Catorce páginas
«Economías informales y estructuras de reciprocidad en comunidades pesqueras del noroeste sardo.
» Cuatrocientas doce páginas, más apéndices.
El doctorando, que ya era Francesc para el tribunal y Paquito para todos los demás, había envejecido dos años por cada uno de los transcurridos: la beca se había acabado, la siguiente había tardado, y la tesis se había escrito de noche, en una mesa camilla, con el brasero de su madre debajo y la letra de tres libretas delante, una de las cuales tenía, cosido hacia dentro, un muñón de tres páginas arrancadas del que su dueño no hablaba ni consigo mismo.
El tribunal fue benévolo en general y entusiasta en particular. Y lo particular, para desgracia de todos los que aún no habían nacido en esta historia, fue el Apéndice C.
—Esto —dijo el vocal más viejo, un catedrático de Madrid con fama de no elogiar ni a sus nietos, levantando el volumen abierto por los planos— es trabajo de campo del que ya no se hace.
Topografía, batimetría artesanal, régimen de mareas, cultura material asociada…
—pasó una página, y se detuvo un segundo en una esquina, en un dibujo pequeño de una barca con un ciervo en la proa, y dio dos golpecitos encima con la uña—.
Hasta un hallazgo in situ documentado. Esto, joven, vale más que la tesis entera. Esto es haber estado.
Haber estado. El doctorando agradeció el elogio con la boca seca y una sonrisa que le pesó en la cara como una piedra plana.
Le dieron el cum laude. Hubo aplausos contenidos, abrazos de pasillo, su madre llorando con un bolso apretado contra el pecho como un segundo corazón, y un vermut con los amigos en un bar de Gracia donde alguien lo llamó «doctor» por primera vez y todos se rieron, él también, él el que más, que es como se ríe uno cuando algo le roza un nervio.
Esa noche, en la cama, despierto, hizo por última vez la cuenta que llevaba dos años haciéndose.
El juramento era no contarlo. Una tesis no cuenta: archiva.
Acceso restringido, consulta en sala, un sótano.
Nadie lee tesis. La ciencia tiene derecho a registrar el mundo; para eso está.
Y además — este era el peldaño final de la escalera, el que ya bajaba solo—: ¿qué mal puede hacer un plano dormido en un sótano de Barcelona a una gruta dormida en el fondo de Cerdeña?
Se durmió en el descansillo de esa pregunta, como siempre.
La tesis se encuadernó en tela azul con letras doradas, se registró con su número, y bajó en un carrito al depósito de la biblioteca de la facultad: un sótano con luz de tubo, olor a papel frío y un silencio espeso de cementerio bien llevado.
Allí se quedó, entre la tesis de un señor que había contado molinos en el Ampurdán y la de una señora que había medido dialectos en el Pallars, durmiendo el sueño de las cosas que nadie pide.
Durmió trece años.
*
El hombre llegó a la biblioteca una mañana de marzo de 1999, a las diez y cuarto, con la primera remesa de estudiantes.
La becaria del mostrador de sala —que años después, preguntada por dos carabinieri italianos y un brigadiere políglota, no recordaría su cara y recordaría en cambio, con la precisión absurda de la memoria, todo lo demás— atendió aquel día a sesenta y una personas.
Del hombre recordaría esto: que era mayor sin ser viejo, sesenta y pocos; que llevaba un abrigo bueno, gris marengo, de un paño que no se ve en las facultades, y que no se lo quitó; que olía a colonia de barbería antigua, de esas con barco en la etiqueta; y que en el meñique de la mano derecha llevaba un anillo de sello con un coral rojo, pulido y hondo como una gota de sangre vieja, que golpeteó dos veces, suavemente, contra el mostrador mientras ella tramitaba la papeleta.
La papeleta estaba escrita con estilográfica, en una letra inclinada y cortés de colegio de antes de la guerra. Pedía una sola obra, con su número de registro exacto, copiado sin un error: la tesis doctoral de F. ——, año 1986, depósito de sala.
—¿Es usted investigador? —preguntó la becaria, por el formulario.
—Anticuario —dijo el hombre. Tenía un acento que ella no supo situar: italiano, pero con algo debajo, una cadencia casi de aquí, casi catalana, como una radio entre dos emisoras—. Jubilado, casi. Investigo por placer. A mi edad es el único motivo serio que queda.
Y sonrió, y la sonrisa era agradable, y la becaria la anotó mentalmente en la casilla de los señores educados de otra época, que era exactamente la casilla donde aquella sonrisa quería ser anotada.
La tesis subió del sótano en su carrito. El hombre la recibió con las dos manos, la llevó a la mesa doce, junto al ventanal, se sentó sin quitarse el abrigo, sacó del bolsillo unas gafas de media luna y un cuaderno fino de tapas de piel granate, y leyó.
Leyó tres horas. Sin prisa. Quien lo hubiera observado —no lo observó nadie; las bibliotecas son el mejor sitio del mundo para no ser observado, por eso les gustan a los estudiantes, a los tímidos y a los ladrones— habría visto a un lector modélico: la espalda recta, las páginas pasadas desde la esquina, alguna nota breve en el cuaderno granate, una pausa de vez en cuando para mirar por el ventanal con la cara de quien saborea.
A la una y diez se levantó, llevó el volumen al mostrador de reprografía y pidió, con su cortesía de estilográfica, fotocopia de un apéndice.
—¿La tesis entera no? —preguntó el chico de las fotocopias, que cobraba por página y miraba por el negocio.
—La tesis entera ya la he leído —dijo el hombre, amable—. Y está muy bien. Pero a mi edad uno ya solo se queda con lo que se puede usar.
Catorce páginas. El Apéndice C completo: los planos, las cotas, las bocas, las bifurcaciones, la tabla de mareas. Y la página tres, con su esquina ocupada por una barca pequeña de proa de ciervo y una anotación en letra diminuta y pulcra: bronce, votiva, ¿nurágica?, c. 15 cm, in situ.
La fotocopiadora pasó su barra de luz verde catorce veces, con ese zumbido de resaca, y escupió las hojas tibias.
El hombre las cuadró sobre el mostrador con dos golpes —el coral hizo clac, clac contra la fórmica—, las guardó en una carpeta de gomas que traía vacía y plegada en el bolsillo del abrigo, como quien viene con la red ya preparada porque sabe que hay pez, pagó las catorce páginas con monedas exactas, devolvió la tesis dando las gracias, deseó buenos días a la becaria en un catalán antiguo y dulce que a ella le hizo gracia toda la tarde — passi-ho bé, senyoreta —, y salió.
La tesis bajó otra vez al sótano en su carrito. La luz de tubo se apagó. El polvo, que es lo más paciente que hay después de los muertos, volvió a posarse.
Nadie había robado nada. Nadie había forzado nada.
Todo estaba en su sitio: el volumen en su estante, el registro en su libro, la papeleta en su archivo con un nombre que luego resultaría no corresponder a ningún documento de identidad de ningún país.
La biblioteca había funcionado perfectamente, como funcionó siempre: guardando el conocimiento y entregándoselo, con idéntica diligencia, a cualquiera que lo pidiera por escrito.
*
Las catorce páginas cruzaron el mar aquella misma semana, dobladas en una cartera de piel, en el ferry de Génova.
De lo que fue de ellas después, esta historia irá dando cuenta a su debido tiempo y a su debido precio.
Baste por ahora decir dos cosas. La primera: que con aquellos planos, unas galerías que ni sus propios usuarios conocían enteras —porque el que lo hizo todo no volvió a contarlo— quedaron por primera vez completas sobre un papel, con sus cotas, sus bocas secas y sus horas de marea, listas para ser usadas por gente con menos escrúpulos que mareas.
Y la segunda, que es la más fina y la más sucia: que años después, en dossiers de procedencia que acompañarían a ciertas piezas de bronce verde por casas de subastas de tres países, aparecería citada, traducida y entrecomillada, con todo el rigor del mundo, una tesis doctoral depositada en Barcelona en 1986.
La ciencia de aquel muchacho no solo les dio el mapa.
Les dio el certificado.
El joven que una noche, en una pensión con brasero, había quemado tres páginas y guardado catorce, creyó siempre haber elegido entre la justicia y la ciencia, y haberse quedado, al menos, con la ciencia.
Hizo público lo que debía haber callado, y calló lo que debía haber gritado.
Lo tuvo exactamente al revés.