Capítulo 15. Lo que Efisio venía a comprobar
Volvimos a la terraza del puerto un mediodía de viento flojo, y no volvimos por los espaguetis.
El camarero nos vio llegar desde la puerta, con un paño al hombro, y no hizo falta decirle nada: nos señaló con la barbilla la mesa del primer día, la del toldo, y cuando nos sentamos no trajo la carta. Trajo una jarra de blanco, tres vasos —tres—, y le dio la vuelta a su silla.
Esta vez no se sentó como quien preside. Se sentó como quien se entrega.
—Sabía que volverían —dijo—. Llevo días ensayando esto, así que no me interrumpan, que si me interrumpen me acobardo y les saco las níspolas.
Se sirvió vino. Bebió. Empezó.
—Ustedes me preguntaron por las grutas el primer día.
Y yo les dije que no sabía nada. —Se miró las manos anchas, las giró, como comprobando que seguían siendo suyas—.
Les mentí. En este pueblo, «no sé nada» es la manera educada de decir «sé demasiado».
Nos la enseñan de críos, con el padrenuestro.
—Levantó la vista—. A Efisio Meloni también se la dije.
Y a Efisio Meloni ya no le puedo pedir perdón, así que se lo voy a pedir a ustedes, que lo encontraron, que viene a ser lo más cerca que me queda.
*
Efisio había empezado a venir en otoño. Aparecía cada dos o tres semanas, siempre entre semana, siempre a deshora, cuando la terraza estaba vacía, y se sentaba en aquella misma mesa, de cara al agua.
—Dos viejos del mar se reconocen en dos frases —dijo el camarero—.
A la tercera visita ya éramos de hablar.
Me contó lo de Vignola. Lo de la Virgen.
Cómo la bajó, cómo la asentó en la arena con sus manos, cómo subió.
—Le dio vueltas al vaso—. Y me contó lo otro.
Lo que les he oído repetir a ustedes y a medio pueblo estos días, la frase famosa: que vio algo que no tenía que ver.
Algo que llevaba años abajo, esperando. —Resopló—.
La gente la repite como si fuera un acertijo.
Para mí no lo fue nunca. Porque a mí me la dijo entera.
Noté que Paquito dejaba el vaso en la mesa con un cuidado infinito, para que no sonara.
—¿Entera cómo? —pregunté.
—Entera con lo de después. —El camarero bajó la voz, aunque la terraza seguía vacía y el viento se llevaba las palabras mar adentro—.
Me dijo: «Vi marcas. Abajo, al lado de donde asenté a la Virgen.
Marcas de trabajo. Cuadrículas, plomos, arena removida con orden.
» Y me dijo: «Allí abajo alguien lleva años trabajando con cuidado.
Y donde se trabaja con cuidado y a escondidas, o se entierra o se roba. Y allí no enterraban.»
El vino se me había quedado olvidado en la mano. Como se vacía un granero robando un saco cada invierno.
—¿Y usted qué le dijo?
—Lo que le dijo todo el mundo siempre a todos en esta costa.
—Se le torció la boca—. Le dije: déjalo estar.
Le dije: Efisio, tú tienes una edad, una rodilla y una casa, vete a tu casa.
Le cité a mi abuelo, fíjese qué valiente: lo que pasa abajo, tarde o temprano sale arriba, le dije, no hace falta que lo subas tú.
—Se bebió medio vaso de un trago—. Y él me miró con esa cara seria que tenía, de párroco sin parroquia, y me contestó: «Eso mismo decía mi madre.
Y por eso abajo sigue todo igual desde hace cien años, porque arriba estamos todos esperando a que suba solo. »
*
—Vino más veces —siguió el camarero—. Cada vez más callado y cada vez con más preguntas.
Pero preguntas raras, finas. No preguntaba dónde están las grutas, que eso no se pregunta.
Preguntaba por las mareas. Por las horas.
Cuánto baja el agua en las muertas y cuánto en las vivas.
Qué calas se comunican con qué calas. Desde cuándo está cerrada la torre y quién la cerró.
—Se tocó la sien—. Preguntas de hombre que ya sabe dónde y está calculando cuándo.
—¿Y la última vez? —preguntó Paquito. La voz le salió rasposa.
—La última vez fue nueve, diez días antes de que ustedes lo encontraran.
—El camarero miró la mesa un rato largo, el punto exacto de la mesa, como si el hombre siguiera sentado allí—.
Estaba distinto. Tranquilo. De esa tranquilidad que a mí, en el mar, siempre me ha dado más miedo que las prisas.
Pidió vino, que casi nunca pedía. Y me dijo: «Ya sé dónde.
Ahora solo me falta saber cuánto se han llevado.
» Y luego dijo la otra cosa, la que no me deja dormir a mí ahora, para que vea usted cómo se hereda el insomnio en esta costa.
Dijo: «Necesito pruebas. Los viejos no valemos como testigos, valemos como difuntos. Pero una foto no tiene edad.»
—¿Llevaba cámara? —preguntó Mar, que había venido con nosotros y llevaba toda la conversación quieta como un sedal.
—Una sumergible. Pequeña, amarilla. Me la enseñó aquí mismo, orgulloso como un crío con zapatos nuevos. —El camarero la dibujó en el aire con dos dedos—. Dígame usted si entre lo que apareció en esa torre había una cámara amarilla.
No había. No había cámara, ni traje, ni botella, ni plomos. Había un tique de zona azul en una furgoneta de Porto Torres. La limpieza, otra vez. La costumbre.
*
Y entonces el camarero hizo lo que había venido ensayando días, lo que de verdad le quemaba.
Se levantó, entró en el bar, y volvió con una caja de puros vieja, de lata, con la tapa pintada de un barco. La puso en la mesa, la abrió, y dentro, encima de un revoltijo de sellos sueltos, fotos quemadas de sol y un rosario, había una servilleta de papel doblada en cuatro.
—La penúltima vez que vino —dijo, sin tocarla todavía— había bebido un poco.
Poco, dos vasos, pero a los hombres que no beben, dos vasos les abren una ventana.
Y de pronto cogió el boli que llevo aquí —se tocó el bolsillo del delantal— y se puso a dibujar en la servilleta.
Despacio. Con cuidado, le salía bien, tenía buena mano.
Y cuando terminó le dio la vuelta, me la puso delante, así, y me preguntó: «¿Tú has visto alguna vez algo como esto por aquí?
¿En una casa, en un remate de barca, en alguna parte? »
Cogió la servilleta. La desdobló con sus dedos anchos, con una delicadeza que no le pegaba al cuerpo. Y la giró hacia nosotros.
Yo no la había visto nunca. Y la reconocí al instante, porque me la habían descrito en un espigón con una voz de inventario: el casco alargado, fino.
Una hilera de pájaros pequeños posados en la borda.
Y la proa alzada en un cuello largo, rematada por una cabeza de ciervo con la cuerna abierta, enorme, desproporcionada, como las ramas de un árbol de invierno.
Trazada a bolígrafo azul, en una servilleta de bar, por un muerto.
Miré a Paquito. Mi marido estaba agarrado al borde de la mesa con las dos manos, y miraba la servilleta como se mira un fantasma que llega con cuarenta años de retraso y la cara intacta. No dijo nada. No le salió. Le vi mover los labios y rendirse.
—¿Y usted qué le contestó? —pregunté yo, porque alguien tenía que seguir hablando.
—Le dije que no. —El camarero volvió a doblar la servilleta, despacio, por sus mismos dobleces—.
Y era verdad y era mentira a la vez, como casi todo aquí.
Verla, no la he visto nunca. Pero la conocía.
Mi abuelo, el de las torres, cuando yo era crío y le preguntaba por el oro que no existía, me decía: «Oro no hay.
Lo que hay es más viejo que el oro. Barcas chicas de los antiguos, verdes de tiempo, que llevan a los muertos por el mar.
Por eso esta costa no se vende: porque tiene pasaje.
» —Se encogió de hombros, con una vergüenza vieja—.
Yo creía que era una manera bonita de callarme.
Los abuelos de aquí mienten precioso. —Empujó la caja de lata hacia el centro de la mesa—. Ahora ya no sé qué era mentira.
—¿Por qué la guardó? —preguntó Mar, suave.
—Porque a la semana y media estaba sentado dentro de una torre.
—Lo dijo sin adornos, mirándola a ella, que era la única que podía recibirlo sin historia detrás—.
Y una servilleta dibujada por un hombre que aparece muerto ya no es una servilleta.
Pero llevarla a los carabinieri era explicar de qué hablábamos él y yo, y eso…
—abrió las manos— …eso en este pueblo, señora, es mudarse.
Así que se quedó en la caja, quemándome.
Lléyensela ustedes. Ustedes son forasteros, no tienen primos aquí, y por lo que se ve no se asustan a tiempo.
—Cerró la tapa del barco pintado y nos acercó la caja entera—.
La lata también. Que el papel solo, con la humedad, se muere.
*
Volvimos a casa con una caja de puros en el regazo de Mar, transportándola como un nido.
Yo iba pensando en la cadena entera, que ya se dejaba ver casi completa: un anticuario de granero vaciándose despacio durante años; un buzo que ve las marcas del robo al posar una Virgen; un dibujo a bolígrafo enseñado en una terraza; una pregunta de más; una cámara amarilla que no aparece; una torre.
Y pensaba en lo otro, en lo que me tocaba decidir a mí: que aquella servilleta era una prueba, que las pruebas son de Piras, y que aquella en concreto no podía dársela sin abrir la puerta de la habitación que un juramento mantenía cerrada todavía unos días, unas semanas, lo que un corazón gastado en una residencia de Sassari tardara en pararse.
La guardé en el cajón de la autocaravana, debajo de la libreta azul. El cajón de las cosas que esperaban una muerte para volverse verdad. Nunca un mueble tan pequeño había pesado tanto.
Y aquella misma tarde, como si alguien hubiera estado esperando a que el cajón se cerrara, sonó el teléfono de Paquito. Era Bruno, con su voz de polo rosa, atropellándose de puro contento por hacer de recadero fino.
Que qué honor, que qué casualidad, que el señor Solinas —sí, hombre, Nicola Solinas, el del restaurante de la punta, el mejor de la costa— se había enterado de que los compradores de la casa Sanna eran aquella pareja catalana tan encantadora de la que hablaba todo Stintino, y que nada le haría más ilusión que darles la bienvenida a la zona como Dios manda. Que si el sábado les venía bien.
Que los invitaba a cenar.