Capítulo 14. Pomodoro
Marcel llamó el domingo por la noche, y la llamada empezó bien, que es lo que tienen las peores llamadas: que empiezan bien.
Cenábamos los tres en la pérgola cuando sonó el móvil de Paquito sobre el mantel y se encendió la cara de nuestro hijo, una foto vieja de una barbacoa de hace cinco veranos.
Le puse el manos libres, porque a su padre sostener el teléfono y entender a la vez le parece una de esas tecnologías hostiles inventadas para humillarlo, y la voz de Marcel llenó la pérgola: rápida, clara, de chico que piensa más deprisa de lo que habla.
—El del restaurante de la cena. ¿Se llamaba Solinas? ¿Nicola Solinas?
Ni hola. Marcel no saluda: arranca por la mitad, continuando una conversación que solo ha tenido él.
—Sí —dijo Paquito—. ¿Por?
—Pues ya sé de qué vive. Y no es de gambas.
Paquito dejó el tenedor en el aire.
—El restaurante da pérdidas y las tapa. La constructora factura obra que no existe.
Y colgando del grupo hay una sociedad de servicios, una cosa gris, sin empleados, que cobra «asesoramiento» a una fundación cultural de Liechtenstein y le pasa el dinero a un vehículo en Luxemburgo.
—Una pausa, la justa—. Y aquí viene lo fuerte, papá, y no os lo debería contar: yo esa cañería la conozco.
Llevo meses metido en una cosa gorda del trabajo, un encargo de blanqueo de patrimonio, arte y antigüedades, fundaciones culturales que lavan dinero por media Europa.
No puedo contar más. Pero en mi mapa hay desde el principio un nodo del sur, uno chico, sin nombre, que mueve poco y muy fino, y que no había manera de identificar.
—Otra pausa, y se le notó la sonrisa de cazador por el altavoz—.
Pues le acabáis de poner nombre. La estructura de vuestro Solinas encaja en mi agujero como una pieza de puzle.
Vuestro pijo de la cena no vende casas. Lava lo que saca de debajo del agua y lo escupe limpio en mitad de Europa, por la misma tubería que yo llevo meses siguiendo sin saber de dónde salía el agua.
Se hizo un silencio en la pérgola. Yo apunté deprisa, con el corazón yéndome más rápido que el boli: la lavandería tiene planos. Y mi hijo los ha encontrado desde el sofá de su casa. Mar me miraba con la boca un poco abierta.
Y Paquito, que llevaba un mes sacándole a esta isla la verdad a cucharadas —comiendo pan con desconocidos, sentándose en una residencia a esperar que un viejo se decidiera, contándome en un espigón lo que no había contado en cuarenta años—, hizo la única pregunta que un hombre como él podía hacer:
—¿Y eso cómo lo sabes tú?
Ahí estaba la puerta. Y mi hijo, sin verla, la abrió de par en par.
—Tengo una herramienta. La llevo un año montándola.
—Y se le notó, hasta por el altavoz, el orgullo del que enseña una cría suya—.
Le das un nombre y te cruza los registros mercantiles de media Europa, la titularidad real, las fundaciones, los administradores.
Lo que un bufete tarda tres meses en reconstruir a mano, ella te lo dibuja en un mapa en diez minutos.
—Diez minutos —repitió Paquito.
—Diez minutos.
—Nosotros llevamos un mes.
—Ya. —Y lo dijo sin maldad, mi hijo, esa es la cosa; lo dijo como quien constata el tiempo—. Por eso os llamo.
Y vi a Paquito dejar el tenedor del todo, en el plato, despacio, y reconocí el gesto, porque es el de antes de las cosas que luego no se recogen.
—¿Y has hablado con alguien? —dijo.
—¿Con quién?
—Con alguien. Una persona. ¿Has llamado al camarero del puerto, al panadero, a la viuda de alguno? ¿Has comido con alguien de aquí para saber esto?
—Papá, no me hace falta. Está todo en los registros. Yo no necesito comer con nadie. Leo.
—Lees.
—Leo.
—Claro. —Paquito se recostó, y cuando habló le había bajado la voz, que en él es la señal—. Tú lees. Tres mil kilómetros de distancia y tú lees. Qué cómodo.
—Cómodo y exacto. ¿Cuál es el problema?
—El problema, hijo, es que no hay nadie ahí.
En tu mapa de diez minutos no hay una sola persona.
Hay cajas y flechas. Sabes que Solinas lava dinero, muy bien, pero no sabes que su padre contaba fardos con palmadas en una cala, ni que a un chico de veinticuatro años lo ahogaron por mirar, ni cómo huele el miedo en el pan de este pueblo.
Tú tienes el dato. La historia te la pierdes entera.
—La historia no encierra a nadie, papá. El dato sí.
Y eso era verdad, y Paquito lo sabía, y por eso le dolió, y por eso atacó.
—¿Y a ti qué te va a pasar? —dijo—. A ti, digo. Al hombre que ya no necesita salir de casa para saber del mundo. Que lo lee todo y no mira a nadie. ¿Tú sabes lo que le pasaba en mi oficio al que se quedaba solo?
—Ya estamos con la prehistoria.
—Sí. Estamos con la prehistoria. —Se enderezó, y le entró la voz de las aulas, la de cuarenta años, y a mí se me erizó algo, porque cuando a Paquito le entra esa voz es que ha dejado de ser un padre cabreado para ser otra cosa más antigua y más difícil de parar—.
¿Sabes qué era lo peor que te podía pasar hace veinte mil años, Marcel?
No era el frío. No era el oso. Era que el grupo te apartara.
Al que apartaban del fuego se moría. En días.
No por una herida: de soledad, de hambre, de que ya nadie le guardaba la espalda.
Por eso los humanos llevamos veinte mil años con un terror dentro, en lo más hondo, que es el terror a quedarte fuera del grupo.
Lo llevas tú. Lo llevo yo. Es lo más humano que hay.
—¿Y?
—Y tú estás construyendo una máquina para no necesitar al grupo.
Para saberlo todo tú solo, desde tu sofá, sin fuego y sin nadie.
Y crees que eso es ser libre. —Negó con la cabeza, despacio—.
Es estar apartado, hijo. Lo que pasa es que ahora el que se aparta no se muere de hambre. Se muere de otra cosa. Y ni se entera.
Hubo un silencio. Por el altavoz se oyó a Marcel coger aire. Y cuando habló, la voz le había cambiado: se le había puesto fría, vieja, una que yo le había oído pocas veces y siempre con su padre.
—Qué bonito, papá. De verdad. Cuarenta años de carrera para soltarme la del oso y la hoguera por teléfono.
—Una pausa—. Pero te voy a contar yo a ti una de antropología, ya que estamos.
¿Sabes quién se moría de verdad, en tu prehistoria?
No el que se apartaba. El que no se adaptaba.
El que veía a los otros coger una piedra nueva y decía «no, gracias, yo con mis manos, que las piedras no se comen».
Ese. Ese se moría. Y los que cogían la piedra nueva, esos eran tus humanos, papá. Esos somos nosotros.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo. Yo he cogido la piedra nueva.
Y tú, desde tu cueva, me dices que me voy a quedar solo.
Que se queda solo el que cambia. —Soltó una risa corta, sin gracia ninguna—.
Mira, el único que se está quedando fuera del grupo aquí eres tú.
Que no entiendes el mundo en el que viven tus hijos y te da tanto miedo que prefieres llamarlo deshumano antes que admitir que no lo pillas.
—Marcel —dije.
—No, mamá, que tiene gracia. Que mi padre, el gran antropólogo, el que ha estudiado a media humanidad, no es capaz de estudiar a su propio hijo.
Te has pasado la vida mirando cómo vive la gente de lejos, papá, gente de pueblos perdidos, gente muerta hace siglos.
Y al que tienes al lado, a mí, a tu hijo, no me has mirado nunca.
Porque mirar de cerca da más miedo, ¿verdad?
De lejos uno apunta en la libreta y se va a casa. De cerca hay que mojarse.
Y ahí le dio. Sin saberlo. Le dio en la libreta de 1984, en el chico de la torre, en cuarenta años de mirar sin mover nada, y yo vi a Paquito recibirlo en pleno pecho, vi cómo se le iba el aire, y supe que no iba a poder defenderse, porque la única defensa era darle la razón.
Y entonces dijo lo que no se dice.
Lo dijo despacio, sin levantar la voz, que fue lo peor de todo:
—Pues mira, hijo, qué suerte que mi padre no llegó a conocerte. —Una pausa de hielo—. Porque también se habría muerto de vergüenza.
El silencio que vino no era de los que tienen réplica.
Hasta el mar, abajo, pareció callarse.
—Vale —dijo Marcel, después de mucho. La voz le salió pequeña, de pronto, de niño—. Vale, papá.
Y colgó él.
No me dio tiempo a colgar yo. Colgó mi hijo desde Barcelona, en seco, y en la pérgola quedaron el pitido del teléfono y la cara de la barbacoa de hace cinco veranos apagándose sola en la pantalla.
*
Nadie dijo nada. Mar tenía la mano en la boca. Paquito miraba el mar negro con la mandíbula de piedra, y le vi llegar a la cara, despacio, como llega la marea, la conciencia de lo que acababa de decir. Abrió la boca. La cerró. No le salió nada.
—Eso no lo deberías haber dicho —dije. No me salió como reproche. Me salió como pésame.
—Lo sé. —Un hilo.
—Llámalo.
—No me lo va a coger.
—Llámalo igual.
Lo llamó. Sonó hasta el final y saltó el buzón.
Lo llamó otra vez. Buzón. Mi hijo, a mil kilómetros, mirando sonar el teléfono sobre una mesa sin descolgar, y yo lo conocía lo suficiente para saber que estaría igual que su padre: sentado, blanco, los ojos brillantes, demasiado herido y demasiado orgulloso para coger, que es lo único en lo que esos dos se parecen y por eso chocan como chocan.
Paquito dejó el teléfono en el mantel, con un cuidado terrible.
—Me voy a acostar —dijo. Y se fue a la autocaravana encorvado de una manera que no le había visto nunca, ni siquiera en el espigón, con todos sus años echados encima de golpe.
Mar y yo nos quedamos en la pérgola con la cena enfriándose.
—Yo le di el nombre de Solinas para ayudar —dijo mi hija, con la voz tomada—. No para esto.
—Tú no has hecho nada, cariño. Esto venía de lejos. Esto no es de hoy.
—Se han dicho cosas horribles. Lo del abuelo, mamá.
—Lo sé.
—¿Por una app? ¿De verdad por una app?
—No. —Cogí aire—. No se peleaban por la app.
Tu hermano necesita que su padre le diga, una vez, que lo que hace vale la pena, y lleva años esperándolo, y esta noche en vez de eso ha oído «¿con quién has comido?
». Y tu padre no puede oír «te pasaste la vida mirando de lejos y al de al lado no lo miraste nunca» sin que se le caiga el mundo encima.
Porque hay una pregunta que tu padre se hace a solas todas las noches desde hace cuarenta años.
Y tu hermano se la ha hecho en voz alta sin saber que existía.
—¿Qué pregunta?
—Esa es de tu padre. —Le aparté el pelo de la cara, como cuando era niña—. Algún día te la cuenta él. Pero te adelanto la moraleja: cuando alguien te dice en voz alta lo que tú ya te dices a solas, no lo perdonas. No porque mienta. Porque acierta.
Mar miró hacia la autocaravana, la ventanilla ya a oscuras.
—Se quieren mucho —dijo.
—Demasiado. Por eso ha dolido tanto. A un desconocido no le puedes hacer este daño. Para herir así hace falta amor y puntería, y en esta familia vamos sobrados de las dos cosas.
Esa noche, en la libreta azul, debajo de Liechtenstein y Luxemburgo, escribí otra cosa a regañadientes, porque me salía sola y no la quería escribir:
Mi marido y mi hijo se han dicho esta noche, a la cara, cada uno la frase que más se teme oír de sí mismo. Marcel, que se ha quedado fuera del grupo sin enterarse. Paquito, que se pasó la vida mirando y nunca movió nada. Y los dos creen que se peleaban por una máquina.
No era una pelea. Eran dos espejos rompiéndose a la vez. Y los espejos rotos tardan en volver a dar la cara entera.
Al lado, en la litera, Paquito no dormía. Respiraba con ese cuidado suyo de cuando finge. Pero esta vez no le dije «sé que no duermes». Esta vez lo dejé solo con lo que había dicho, porque hay barbaridades que necesitan estar a solas con uno un rato antes de dejarse acompañar.
Aquello no se iba a arreglar esa noche. Ni con palabras mías.
Se iba a arreglar de otra manera, unos días después, y de una que yo entonces no podía ni imaginar.
Iba a hacer falta un periódico.
Y un cesto de tomates.