Capítulo 13. Limpio, demasiado limpio
Piras se presentó en la explanada dos días después, a media mañana, sin avisar, que es como se presentan los carabinieri cuando quieren ver caras y no versiones.
Venía solo, con el coche sin distintivos, y traía debajo del brazo una carpeta de gomas de color crema.
Lolo salió disparado a recibirlo y le hizo la fiesta completa, órbitas incluidas, y Piras lo esquivó con elegancia de torero administrativo y lo acabó saludando con los dos dedos de siempre, que ya eran entre ellos un protocolo consolidado.
—Café —ofreció Paquito.
—Estoy de servicio. —Piras miró la cafetera con la cara de quien renuncia a algo—. Hasta para el café.
Nos sentamos en la pérgola. Mar salió de la autocaravana, se presentó, y Piras la miró un segundo de más, hizo sus cuentas de carabiniere —la hija, embarazada, aquí, ahora— y no dijo nada, pero le vi apuntarlo en algún expediente interior, en la sección de cosas que complican.
—Tres asuntos —dijo, sentándose, con la carpeta sobre las rodillas, todavía cerrada—. El primero es el tubo de su autocaravana. He leído el parte del mecánico.
—Fue un corte limpio —dijo Mar—. De cuchilla. Por alguien que sabía dónde estaba el tubo.
—Lo sé. Por eso estoy aquí y no en mi despacho.
—Piras juntó las puntas de los dedos—. Señores, en mi oficio hay una regla que no falla: los curiosos molestan a todo el mundo, pero solo los que se acercan a algo de verdad reciben recados.
Ustedes han recibido uno. Enhorabuena y mi más sentido pésame, las dos cosas.
—Me miró—. ¿Quiere decirme a qué se han estado acercando?
—Hemos ido a una panadería, a una residencia de ancianos y a un espigón —dije—. Si alguna de las tres cosas es delito, confesamos.
—La residencia. —No se le movió un músculo—. Sassari. El señor Sanna.
—El vendedor de nuestra casa. Quisimos conocerlo. A nuestra edad no se compra la casa de un desconocido.
Piras me sostuvo la mirada un momento largo. Sabía que había más. Yo sabía que él sabía. Él sabía que yo sabía que él sabía, y en ese espejo infinito nos quedamos los dos un par de segundos, hasta que decidió, una vez más, aceptar el trato malo.
—Ese hombre —dijo— sabe más de esta costa que todo mi expediente junto. Si algún día le entran ganas de hablar, me avisan. —Una pausa—. Antes de que se le acaben los días, a ser posible, que según me dicen no le sobran.
*
—Segundo asunto. —Abrió por fin la carpeta—.
El laboratorio. La arena de los pulmones de Meloni.
—Sacó una hoja con membrete, llena de columnas—.
No les voy a leer la geología entera. La conclusión es esta: el sedimento es de cueva.
Carbonatos, partícula fina, sin el desgaste del oleaje abierto.
Agua de mar, sí, pero de mar quieto. De mar de dentro.
Mar de dentro. La expresión me cayó encima como me había caído aquel soplo de aire frío en los tobillos, dentro de la torre, oliendo a cueva donde no debía haber cueva. No dije nada. Lo escribí más tarde, con las dos frases juntas, una debajo de la otra.
—Es decir, que la hipótesis de mi marido… —empecé.
—La hipótesis de su marido ha dejado de ser una hipótesis para ser la línea de investigación.
—Piras inclinó la cabeza hacia Paquito, un milímetro, lo más parecido a una reverencia que cabía en aquel hombre—.
Meloni se ahogó dentro de una cavidad de esta costa.
Alguien lo sacó, lo subió a la torre y lo sentó.
Y ya que estamos: su hija tenía razón con lo del equipo.
—Miró a Mar—. No ha aparecido. Ni traje, ni botella, ni plomos.
Y su furgoneta apareció aparcada en Porto Torres, en una calle cualquiera, correctamente estacionada, con el tique de la zona azul puesto.
—Dejó que el detalle respirara—. El tique.
De la zona azul. Nuestro hombre se ahogó buceando y su furgoneta pagó el aparcamiento.
—Gente que hace limpieza —dijo Mar, en voz baja.
—Gente con costumbre de hacerla —dijo Piras—. Que es el tercer asunto.
*
Sacó de la carpeta una fotografía y la dejó en el centro de la mesa, girándola hacia nosotros con un dedo.
Era una foto de prensa, de esas de inauguración: una cinta, unas tijeras enormes, un grupo de trajes.
Y en el centro, sonriendo, un hombre de cincuenta y muchos años.
Alto, seco, con el pelo gris peinado hacia atrás y un traje azul que le caía como solo cae lo carísimo.
Buena cara. Buena dentadura. Una sonrisa de foto, exacta, simétrica, de las que se ensayan hasta que dejan de significar nada.
—Nicola Solinas —dijo Piras.
Noté a Paquito muy quieto a mi lado. El hijo es peor, catalán.
Yo miré la foto y busqué en aquella cara al hombre ancho de los recuentos, al del espigón de 1984, y no estaba: el hijo era otra cosa, otra generación, otro animal.
El padre, por lo que contaba mi marido, ocupaba sitio. El hijo lo compraba.
—Restauración, construcción, inmobiliarias —fue enumerando Piras, con un dedo sobre la foto—.
El mejor restaurante entre Stintino y Alghero es suyo.
Media obra nueva de esta franja de costa pasa por sus empresas.
Patrocina la fiesta del pueblo, la regata, el equipo de fútbol de los críos.
—Pausa—. Y los folletos de cierta asociación cultural disuelta, si a ustedes les suena de algo, que veo que a la señora le brillan los ojos.
Me brillaban. El mecenas de los Amici delle Torri. No dije nada; apunté.
—¿Y qué tiene la Finanza de él? —preguntó Paquito, con una voz que quería ser de simple curiosidad y a mí me sonó a otra cosa, a algo viejo.
—Un expediente gordo y vacío. —Piras se recostó—.
El padre, Gavino Solinas, fue contrabandista toda su vida.
Eso aquí lo sabe hasta el santo del retablo.
Murió hace diez años en su cama, viejo y respetado, con una esquela de tres columnas.
Al hijo lo llevan mirando desde los noventa: tabaco primero, luego se sospechó de cosas peores.
Nunca nada. Cada vez que la Finanza se acerca, las cuentas cuadran, los testigos se mudan, los barcos estaban en otra parte.
—Cerró la carpeta—. Nicola Solinas está limpio.
Demasiado limpio. Y en mi experiencia, señores, la gente normal tiene manchas.
Solo está impecable el que paga una lavandería.
—¿Y de qué vive la lavandería? —pregunté—. Porque el tabaco, me dirá usted, ya no es lo que era.
—No lo es. El tabaco hoy es calderilla con nostalgia.
—Piras se miró las manos un momento, decidiendo cuánto decía, y decidió decirlo—: Le voy a contar una cosa que no es mía, para que vean el nivel de ruido que hay alrededor de esta costa.
En la Soprintendenza de Sassari hay una arqueóloga, una tal dottoressa Cossu, que lleva años, años, presentando denuncias por expolio arqueológico en esta franja.
Dice que salen piezas sardas. Bronces, sobre todo.
Que aparecen luego en subastas y colecciones privadas, en Suiza, en Inglaterra, blanqueadas con papeles de pedigrí falso.
—Se encogió de hombros—. Nadie le hace caso.
Aquí no hay yacimiento declarado, le contestan.
Sus denuncias se archivan. En el cuerpo la tienen por una mujer difícil, que es como llamamos a la gente que lleva razón antes de tiempo.
El silencio que se hizo en la pérgola debió de notarse, porque hasta Lolo levantó la cabeza de la siesta. Paquito miraba la mesa. Mar me miraba a mí. Y yo miraba la foto de la sonrisa simétrica, oyendo dentro de la cabeza, todas a la vez, las campanas pequeñas debajo de una manta.
Teníamos delante a un carabiniere bueno, con la línea de investigación correcta, hablándonos —sin saberlo— de los muertos de bronce de Bachisio.
Y teníamos la boca sellada por el juramento de un moribundo.
Nunca he estado más cerca de romper una promesa ajena.
Me salvó Paquito, que me puso la mano en la rodilla por debajo de la mesa, un peso tibio y quieto, y me salvó el acordarme de la mano de papel: mientras yo viva.
—Esa arqueóloga —dije, eligiendo cada palabra como se cruza un arroyo por las piedras—. ¿Recibe visitas?
Piras me miró. Y por primera vez en toda la mañana, sonrió. Poco. Lo justo.
—Recibe a todo el que llama, señora. Lleva tanto tiempo gritando en el desierto que cuando alguien se acerca a escucharla, sirve café.
—Se levantó, recogió su carpeta, se sacudió una pelusa inexistente—.
Soprintendenza, via Monte Grappa, Sassari.
Pregunten en el registro. Y cuando vayan, porque van a ir, díganle que van de mi parte.
—Se puso las gafas de sol—. Así, si esto acaba mal, al menos constará en algún sitio que yo se lo facilité, que es lo máximo que mi cargo me permite en materia de jubilados incorregibles.
Se fue hacia el coche. A medio camino se paró, se volvió a medias, y señaló con la barbilla la foto, que seguía sobre la mesa porque no había hecho ademán de recogerla. Nos la dejaba. Eso también era un mensaje.
—Una cosa más. Si por casualidad, en sus paseos, en sus panaderías, en sus espigones, se cruzan con ese señor de la foto…
—se ajustó las gafas— …sean exactamente lo que parecen.
Dos jubilados encantadores con un perro y una obra.
Ni una pregunta, ni una mirada de más. Los hombres como Solinas tienen un radar para la curiosidad ajena que ya lo quisiera yo para mi plantilla.
Arrancó y se fue, dejando la explanada en silencio y la sonrisa simétrica encima de nuestra mesa, boca arriba, mirando al cielo de marzo.
Esa noche, en la libreta azul, debajo de mar de dentro y del soplo frío de la torre, escribí la cosecha del día, y la terminé así:
Piras nos ha dejado la foto y una dirección. Un carabiniere no regala pistas: delega. Sabe que ciertas puertas, a él, el cargo se las cierra, y a dos jubilados con perro se las abre. Muy bien, brigadiere. Iremos a ver a la mujer difícil.
Y en cuanto a usted, señor de la sonrisa simétrica: su padre contaba bultos con palmadas de ganadero. Usted patrocina al equipo de los críos. Cuarenta años de progreso para llegar al mismo embarcadero.