La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 12. La página arrancada
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Capítulo 12. La página arrancada

En diciembre el pueblo se encogió como se encogen los animales con el frío: hacia dentro.

Las terrazas metieron las sillas, el muro de los viejos se quedó sin viejos antes de las cinco, y la vida entera se concentró en tres sitios con estufa: el bar, el horno y la iglesia, por ese orden de asistencia y en el orden inverso de ruido.

Uno de los flecos se llamaba Antonio.

No lo buscó. Eso se diría a sí mismo durante cuarenta años, y era verdad, y no servía de nada: el chico le salía al paso.

Le salía en las conversaciones que se cortaban, en las mujeres del lavadero que bajaban la voz, en el dicho del mar que se lleva a los que preguntan.

Y le salía, sobre todo, en forma de una mujer vestida de negro.

La vio muchas veces aquel diciembre. Carmela.

Una mujer todavía no vieja a la que el luto había puesto edad de más, que cruzaba el pueblo pegada a las paredes, a las horas de menos gente, con una bolsa de red colgando de la muñeca.

El pueblo la trataba con una delicadeza especial, hecha de pequeños privilegios silenciosos: en el horno no la dejaban pagar nunca y nunca se lo decían en voz alta, le envolvían el pan y le cerraban la mano encima del monedero, ella murmuraba algo y salía.

En la iglesia tenía un banco que nadie ocupaba aunque nadie lo guardara.

Era la madre del ahogado, y los pueblos, que pueden ser crueles para casi todo, para las madres de los ahogados tienen una ternura antigua y muda que no está escrita en ningún sitio y no se incumple jamás.

Fue la mujer del bar quien le contó la versión oficial, una tarde sin clientes, mientras secaba vasos contra la luz.

—Dos años ya —dijo, mirando el vaso y no a Paquito—. Antonio. El de la Carmela. Veinticuatro años. —Dejó el vaso, cogió otro—. Buen chico. Trabajador. Andaba en las barcas desde crío. Pero le dio por preguntar.

—¿Preguntar qué?

—Lo que no se pregunta. —El trapo chirrió dentro del vaso—. Por lo que se movía aparte. Por lo que no era de todos. —Lo miró un momento, midiendo cuánto decía, y decidió el mínimo—: Una noche cogió la barca él solo. Y el mar se lo quedó.

—¿Apareció?

—Apareció. —Dejó el segundo vaso junto al primero, los cuadró con un dedo—. Se le hizo su funeral y su luto, y la Carmela se quedó como la ve. Y ya está. Dos años ya.

Y el bar se quedó con su silencio de diciembre, y el joven Paquito apuntó aquella noche la versión oficial con la letra ordenada de los flecos cerrados.

La grieta llegó tres días después, y llegó borracha.

*

Fue en el mismo bar, una noche de viento, con cuatro hombres jugando a las cartas al fondo y un viejo solo en la barra, de esos que beben despacio y sin alegría, cumpliendo.

El joven Paquito escribía en su mesa de siempre.

Se habló de la galerna que venía, de un motor que no llegaba de Génova, de nada.

Y en algún cruce de frases que él no siguió, uno de los de las cartas mentó al mar, que si el mar esto, que si el mar lo otro, el mar que da y el mar que quita.

Y el viejo de la barra, sin volverse, con la voz pastosa y clarísima a la vez que tienen los borrachos veteranos, dijo:

—El mar, el mar. Mucho mar. —Le dio un trago corto al vaso—.

Al chico de la Carmela también me lo quedó el mar, ¿no?

Eso dicen. —Soltó por la nariz una risa sin ninguna gracia—.

Pues para quedárselo el mar, bien seco lo devolvió.

Y bien alto. Que las olas de aquí suben mucho, suben. Suben hasta sentarte en una…

—¡Efisio! —La mujer del bar dio con la palma en el mostrador, un golpe seco que hizo saltar los vasos y calló el bar entero. (Así se llamaba también aquel viejo, Efisio, que en esta historia los nombres vuelven como vuelven las mareas, y ninguno me lo he inventado yo.)— Ya está bien. A casa.

El viejo miró su vaso, lo apuró sin prisa, dejó unas monedas contadas y se fue, encorvado contra el viento de la puerta.

Los de las cartas volvieron a las cartas demasiado deprisa.

La mujer del bar recogió el vaso del viejo, lo fregó, lo secó y lo guardó, todo sin levantar la vista, y no volvió a mirar hacia la mesa del catalán en toda la noche.

El joven Paquito se quedó quieto delante de su libreta, con el corazón yéndole a golpes, repasando las palabras como se repasa una red buscando el siete: bien seco lo devolvió. Y bien alto. Suben hasta sentarte en una…

¿En una qué?

No hacía falta ser doctorando para terminar la frase. En aquella costa solo había una cosa alta donde el mar no llega y donde un cuerpo puede aparecer sentado.

Aquella noche, en la pensión, con el brasero encendido y el viento empujando la contraventana, el joven Paquito escribió tres páginas con la letra más apretada de su vida.

Puso la versión oficial y puso la grieta.

Puso que un ahogado no aparece seco. Puso que un ahogado no aparece alto.

Puso la palabra torre con interrogante, y la tachó, y la volvió a poner sin interrogante.

Puso fechas, puso quién había dicho qué, puso lo que había visto él mismo en una cala una noche de noviembre: los bultos con esquinas, el tintineo, el hombre ancho de los recuentos.

Y al final, subrayado dos veces, puso la frase que cerraba el silogismo entero, la que cuarenta años más tarde otro carabiniere escribiría con otras palabras en otro expediente:

Si el mar no lo subió, lo subió alguien.

Se durmió tarde, con la libreta bajo la almohada, sintiéndose, por última vez en mucho tiempo, lo que creía ser: un hombre de ciencia delante de un hecho.

*

Bachisio llegó a la pensión al día siguiente, al caer la tarde, y no se sentó.

Eso fue lo primero que asustó al joven: que no se sentara. Bachisio se sentaba en todas partes, le daba la vuelta a las sillas, se instalaba en las conversaciones como en su casa. Aquella tarde permaneció de pie junto a la mesa, con la gorra en la mano, y tenía la cara gris.

—¿Qué estuviste preguntando anoche en el bar?

—Nada. Yo no pregunté nada. Fue un viejo que…

—Ya sé lo que dijo el viejo. Lo sabe el pueblo entero, y el pueblo entero sabe que tú lo oíste y que tú lo escribes todo.

—Se pasó la gorra de una mano a otra—. Esta mañana me ha parado un hombre en el puerto.

Un hombre con el que yo no hablo. ¿Y sabes qué me ha preguntado, así, con buenos modos, encendiéndome el cigarro?

—Se inclinó, y bajó la voz hasta el hueso—: Me ha preguntado quién es el catalán de la libreta.

El frío que le bajó al joven por la espalda no lo había sentido nunca y no lo olvidaría jamás.

No era el miedo de los exámenes ni el de los perros sueltos.

Era la primera vez en su vida que sentía el miedo adulto, el de verdad, el que no viene de lo que pueda pasar sino de entender, de golpe, lo que ya está pasando: que en algún sitio, unos hombres sin cara habían pronunciado una frase que lo contenía a él.

—Tienes el ferry el veintidós —dijo Bachisio.

—Sí.

—No. —Dejó la gorra en la mesa, plana, como se deja una sentencia—.

Tienes el ferry pasado mañana. Ya está cambiado el billete.

Me debes las liras. —Y como el joven abría la boca—: No es una conversación, catalán.

Es la última cosa que hago por ti. Pasado mañana, en el primer barco.

Y la libreta, en el fondo de la mochila, debajo de la ropa sucia, que la ropa sucia no la registra nadie.

Se fue como había venido, sin sentarse. Desde la puerta, de espaldas, lo último:

—Y lo de anoche no lo oíste. Por la Carmela, no por ti. Bastante tiene esa mujer con su muerto para que encima se lo desentierren los forasteros.

*

Lo que el joven Paquito hizo aquella noche no se lo contó a nadie durante cuarenta años, y cuando por fin lo contó, en un espigón, a una mujer que lo escuchó hasta el final, fue la única parte del relato en que no pudo mirarla.

Sacó la libreta. Buscó las tres páginas de letra apretada, las de la grieta, las del silogismo. Las leyó una vez más, de arriba abajo, con el brasero respirando a su lado.

Y las arrancó.

Lo hizo despacio, pegado al cosido, con el cuidado de quien ha mimado esas libretas durante meses, y ese cuidado fue lo más obsceno de todo: hasta para destruir la verdad fue meticuloso.

Dobló las tres páginas en cuatro. Se quedó un momento con ellas en la mano, que era poca cosa, quince gramos de papel, el peso de una carta.

Luego las puso sobre el brasero.

El papel se tostó primero por las esquinas, se abrió como una flor oscura, dio una llama corta y limpia, y se deshizo en láminas grises que subieron flotando un palmo y se posaron en la ceniza.

La palabra torre fue de las últimas en irse; la vio retorcerse, ponerse marrón, hacerse humo.

Olía a poco. La verdad, quemándose, huele a poco.

Las páginas de las grutas no las tocó. Los planos, las medidas, la galería, la bifurcación, la barca del ciervo con su letrita de rigor.

Aquello era ciencia, se dijo. Aquello era su trabajo, su tesis, su futuro, y además estaba protegido por un juramento, y los juramentos se cumplen.

Lo otro, lo del chico, no era ciencia, se dijo: era charla de borracho en un bar.

Era un peligro para Carmela, se dijo, que bastante tenía. Era, se dijo, se dijo, se dijo.

A los veintiséis años uno se dice lo que necesita para dormir. Y duerme.

Dos días después, el ferry se llevó hacia el continente a un doctorando flaco con una mochila militar, tres libretas escondidas bajo la ropa sucia y un agujero de tres páginas que no pesaba nada.

Se llevó el mapa. Quemó al chico.

Tardaría cuarenta años en entender que aquella noche, delante de un brasero, con todo el cuidado del mundo, había hecho las dos cosas exactamente al revés.