Capítulo 11. Lo que calló
No tuve que echar la red. Al final fue el pez el que vino a la orilla.
A la mañana siguiente de Sassari, mientras yo regaba la hoja de la parra —le había cogido la costumbre, y la hoja ya eran dos—, Paquito salió de la autocaravana con la chaqueta puesta y me dijo cinco palabras que llevaba esperando desde el domingo de la paella:
—¿Te vienes al espigón?
No dije «por fin». No dije «ya era hora».
Treinta años de matrimonio sirven sobre todo para saber qué no decir en los diez segundos importantes.
Dejé la regadera, cogí el abrigo, le dije a Mar que volvíamos para comer, y Mar nos miró a los dos, entendió todo sin que nadie le explicara nada —esa hija mía— y se quedó con Lolo, que para una vez que no lo llevábamos nos dedicó la mirada más ofendida de su corta vida.
El espigón del puerto viejo era una lengua de bloques de piedra que se metía en el mar hasta un farolillo verde despintado.
Olía a red secándose y a gasoil dulce. Un par de pescadores trasteaban en sus barcas sin mirarnos, con esa discreción profesional de los puertos chicos, donde mirar es de turistas.
Caminamos hasta el final, hasta el farolillo, y nos sentamos en la piedra, que guardaba el sol de la mañana, de cara al agua.
Paquito estuvo un rato callado, con los antebrazos en las rodillas, mirando el mar como se mira una puerta antes de abrirla.
—Tenía veintiséis años —empezó.
Y habló durante una hora.
*
No lo voy a contar todo como él lo contó, porque él lo contó desordenado, volviendo atrás, parándose en mitad de las frases, y porque hay cosas que ya he ido dejando dichas en estas páginas según las fui sabiendo después, completas, con sus fechas.
Pero sí quiero contar cómo fue oírlo. Porque una cosa es un secreto, y otra cosa es la voz de tu marido de sesenta y seis años poniéndose, frase a frase, la voz del muchacho de veintiséis.
Me contó la beca, el autobús, la luz blanca que cegaba.
Me contó a Bachisio joven, el vaso de vino sin pedir, la frase de la frontera y el intruso.
Me contó la noche de la barca de remos, las estrellas que mareaban, el juramento hecho con la boca y no con la vida.
Me contó la gruta: el carburo, la galería como una iglesia, la piedra pulida por generaciones de pies.
Y me contó la barca.
—Había un hueco en la roca —dijo, y le cambió la voz; se le puso una voz de inventario, despacio, como quien saca algo envuelto de un cajón—.
Y dentro, una barca de bronce. Pequeña, como una mano abierta.
Con pájaros en la borda y un ciervo en la proa, con una cuerna así, abierta, enorme, con la punta de arriba partida de un golpe que se dio hace tres mil años.
Verde. De un verde… —buscó, y encontró lo que llevaba cuarenta años guardado con la barca— …
de un verde que no era un color. Era un tiempo.
Tres mil años, Montse. Nurágica. En un museo habría tenido una vitrina y una alarma.
Allí estaba en un hueco, a oscuras, haciendo su trabajo.
—¿Qué trabajo?
—Llevar a los muertos. —Se frotó las manos despacio, una contra otra—. Eso me dijo Bachisio. Que esas barcas llevan a los muertos por el mar, y que por eso no se tocan, no se mueven y no se venden. Que el que vende la barca, deja a su muerto a pie.
Y ahí, sentada en un espigón con olor a gasoil, oí en mi cabeza el clic más limpio de todo aquel asunto.
Las palabras de la residencia, las que yo había copiado como una analfabeta copia un alfabeto ajeno, se ordenaron solas y de golpe: se están llevando a los muertos, de bronce en bronce, como se vacía un granero robando un saco cada invierno.
—Hay más barcas —dije. No era una pregunta.
—«Donde la roca quiere», me dijo entonces.
No quise preguntar más. —Tragó—. Pero si Bachisio dice que se las están llevando de bronce en bronce, es que hay más.
Muchas más. En algún sitio de esa roca hay…
—le costó la palabra, y cuando salió, salió en voz baja, como en la gruta— …
hay un depósito. Un santuario. Algo que lleva tres mil años a oscuras y que alguien lleva años vaciando despacio.
Y Efisio, Montse. Efisio bajó una Virgen al fondo del mar en Vignola y subió diciendo que había visto algo que llevaba años abajo, esperando. Y desde entonces no dormía.
El agua golpeaba los bloques del espigón con un ritmo manso, indiferente, y un pescador, allá atrás, arrancó el motor de su barca, lo dejó al ralentí, lo apagó otra vez.
Me contó el resto. La noche de la cala: la liturgia, los fardos volando de mano en mano, y al final los otros bultos, los que tenían esquinas, los que un hombre llevaba abrazados como a un niño dormido, y el tintineo sordo que salió de uno al tropezar alguien, campanas pequeñas debajo de una manta.
Me contó al hombre ancho del espigón que no cargaba nada y lo contaba todo, el que se llamaba «nadie».
Me contó la pregunta sobre el chico, Antonio, el hijo de la Carmela, y la respuesta de diez pasos de silencio: bajó una noche a comprobar una cosa que le rondaba, y el mar se lo quedó.
—Veinticuatro años tenía —dijo Paquito—. Yo veintiséis. Me acuerdo de pensar: dos menos que yo. Me acuerdo de pensarlo y de seguir andando.
Y me contó diciembre. La vuelta a Barcelona. Y la tesis.
—Puse las grutas en la tesis. —Lo dijo de un tirón, deprisa, como se arranca un esparadrapo—.
En un apéndice. El C. Planos, medidas, la relación con las mareas.
Todo lo que dibujé aquella noche y las que vinieron después.
—Se le aceleró la defensa, la de toda una vida, gastada de tanto usarla a solas—: Era material restringido, Montse.
Una tesis doctoral. Acceso con carnet, consulta en sala, un sótano de la universidad.
Nadie lee tesis. Nadie ha leído nunca una tesis.
Me dije que no rompía el juramento porque el juramento era no contarlo, y una tesis en un sótano no es contar, es…
es archivar. —Se quedó sin cuerda—. Me dije muchas cosas.
A los veintiocho años uno se dice lo que necesita para dormir.
—¿Y la barca? —pregunté, y me oí la voz rara—. ¿La barca también está en el apéndice?
Paquito cerró los ojos.
—En una esquina de la página tres —dijo—. Con su anotación y todo. Bronce, votiva, nurágica, quince centímetros, in situ. —Abrió los ojos y miró el mar—. Le puse hasta la palabra in situ , Montse. Le dije a quien supiera leerla: sigue allí. Id a buscarla.
*
Nos quedamos callados un rato largo. El sol había ido subiendo y la piedra del espigón estaba ya caliente del todo, y el mar seguía a lo suyo, y yo tenía dentro una mezcla que tardé en separar, porque venía revuelta: pena, y vértigo, y un punto de rabia que no sabía dónde apuntar, y debajo de todo, lo más incómodo, una especie de alivio enorme, porque por fin el hombre que tenía al lado me cuadraba entero, con sus silencios catalogados y su medio segundo de aduana.
—Treinta años —dije al fin. No me salió como reproche.
Me salió como medida, como quien dice una distancia—.
Treinta años durmiendo pegada a un hombre que tenía una habitación cerrada dentro.
Yo sabía que estaba, ¿eh? La habitación.
Siempre supe que estaba. Una nota que no sonaba.
—Me miré las manos—. Lo que no sabía era lo que guardabas dentro.
Y me he pasado treinta años dándote verdades enteras a cambio de verdades pequeñas, sin saber que las pequeñas eran las que tapaban la grande.
—Montse…
—Déjame terminar, que si lo suelto ahora ya no vuelve.
—Cogí aire—. No estoy enfadada por el secreto.
Un juramento es un juramento, y a quien se lo hiciste se está muriendo en una butaca con los ojos todavía vivos, y he visto lo que sois el uno para el otro.
Lo entiendo. Me duele y lo entiendo, y las dos cosas caben.
—Lo miré—. Lo que no te perdonaría es que la habitación siguiera cerrada ahora.
Ahora que hay un muerto en una torre, una cuchilla en nuestro tubo de gasolina y una hija embarazada de dos durmiendo a cien metros de todo esto.
Ahora la habitación se abre, Paquito. Se abre del todo y entramos los dos.
Mi marido me miró con los ojos brillantes detrás de las gafas, y asintió, y le vi en la cara el alivio físico, corporal, del que suelta en el muelle un fardo que llevaba cuarenta años cargado, y durante un momento no fuimos un matrimonio mayor con un caso entre las manos: fuimos dos adolescentes con sesenta años cada uno, cogidos de la mano en la punta de un espigón, recién estrenado el secreto más viejo de la casa.
—¿Y ahora qué? —dijo él.
—Ahora, dos cosas. —Levanté un dedo—. La primera: Piras.
—No.
Lo dijo tan rápido y tan firme que me frenó en seco.
—Paquito, hay un asesinato…
—Mientras Bachisio viva, no. —Le tembló la voz, pero no la decisión—.
«Mientras yo viva, esto no sale de tu cabeza.
» Eso juré. Me quedan… —se le quebró— …me quedan semanas de juramento, Montse.
A lo mejor días. Déjame cumplirlo hasta el final.
Le he fallado en todo lo demás; en esto no.
En cuanto él falte, te lo prometo, vamos a Piras y se lo doy todo: la tesis, el apéndice, los nombres que tenga.
Todo. Pero mientras ese hombre respire, su secreto es suyo, y soy yo quien lo guarda.
Y ahí estaba: la trampa perfecta en la que llevábamos metidos desde el principio sin que yo viera los barrotes.
No podíamos contarle a Piras lo único que daba sentido al caso, porque lo único que daba sentido al caso estaba sellado con la vida de un moribundo.
Quise discutírselo. Abrí la boca para discutírselo.
Y me acordé de la mano de papel apretando la de mi marido, y del encargo que me habían hecho en la puerta de una galería acristalada — no le pregunte por qué calló; pregúntele qué calló —, y entendí que había juramentos que no me tocaba a mí romper.
—Está bien —dije—. Mientras viva. Pero con dos condiciones. Una: volvemos a Sassari esta semana, con su tabaco rubio, y le pides permiso. A lo mejor te lo da. Los moribundos sueltan amarras más deprisa que los sanos.
—Hecho. ¿Y la segunda?
—La segunda. —Saqué la libreta azul, la abrí por la página de la cuchilla y se la enseñé—. Que mientras tu juramento nos tapa la boca con Piras, no nos tapa los ojos. Nadie nos ha prohibido mirar. Y yo quiero saber quién es el hijo que invita a cenar.
El pescador de antes volvió a arrancar el motor, y esta vez lo dejó puesto, y la barca salió del puerto abriendo una cremallera blanca en el agua quieta. La seguimos con la vista los dos, cogidos todavía de la mano sobre la piedra caliente, hasta que dobló la bocana.
La respuesta a mi pregunta nos llegaría sola, en cuestión de días, con mantel de hilo y carta de vinos.
Los hombres como ese no esperan a que los encuentren. Invitan.