Capítulo 10. Il catalano
La dirección nos la dio Bruno, encantado de hacer un favor que acercara la venta: el señor Sanna estaba en una residencia a las afueras de Sassari desde hacía un mes, los papeles los llevaba un sobrino, y las visitas, si éramos tan amables de avisar antes, no había problema, el señor Sanna apenas recibía ninguna.
Paquito no me pidió que lo acompañara. Lo cual, en el idioma de mi marido, era la manera más clara que tenía de pedírmelo.
Llevaba desde el bar de Piras —desde el nombre dicho en voz alta— moviéndose por la casa como quien carga una maleta invisible, y la mañana que dijo, mirando el café, «voy a ir a ver al dueño de la casa», los dos supimos que no iba a ver al dueño de ninguna casa.
Iba a ver a alguien a quien llevaba cuarenta años sin ver y, sospechaba yo, sin dejar de ver ni un solo día.
Dejamos a Mar con Lolo y con el encargo de vigilar la explanada y de no abrirle la puerta más que al cartero, encargo que recibió con un saludo militar y los ojos en blanco, las dos cosas a la vez, que es una habilidad que tiene desde los nueve años.
La residencia era un edificio bajo y claro entre pinos, con ese silencio particular de los sitios donde se espera, roto por un televisor lejano y el chirrido limpio de unos zuecos de goma por un pasillo encerado.
Olía a sopa y a desinfectante de lavanda, esa mezcla que se inventó alguien para que la vejez institucional tuviera un solo olor en todo el mundo.
Una auxiliar nos llevó hasta una galería acristalada que daba al jardín. Y allí, en una butaca orientada al sol, con una manta sobre las piernas pese al calor del cristal, había un hombre muy delgado y muy quieto mirando los pinos.
Yo no lo había visto en mi vida. Pero lo reconocí, porque llevaba semanas viéndolo sin verlo: en el trapo parado de Tore, en el silencio del camarero, en las torres del oeste, en el medio segundo de mi marido.
Quedaba poco del pescador de manos de cuerda: la enfermedad, fuera la que fuera, se lo había ido comiendo de dentro afuera, y lo que había en la butaca era el dibujo a lápiz de un hombre que debió de ser ancho.
Solo los ojos seguían siendo suyos: de un castaño tan claro que casi parecía amarillo, ojos de animal de monte, intactos en mitad de toda aquella ruina, vigilando.
Esos ojos nos vieron entrar. Pasaron por mí sin detenerse, con la cortesía indiferente con que se mira a los desconocidos. Llegaron a Paquito.
Y se pararon.
Fue muy lento. Vi trabajar a aquellos ojos, vi cómo excavaban en la cara de mi marido, apartando las canas, las gafas, los kilos, los cuarenta años, capa a capa, como quien limpia una moneda enterrada.
Le tembló la barbilla. Levantó una mano de la manta —una mano de papel, manchada, que había tirado de redes y de remos— y la dejó en el aire, señalando sin fuerza.
—Il catalano —dijo.
Dos palabras. Y la voz, que era un hilo, las dijo con una sonrisa de medio lado que se le encendió en la cara como una luz en una casa que se creía vacía, y por un segundo, debajo del hombre de la butaca, asomó entero el otro, el de la risa fácil, el que dejaba vasos de vino en las mesas de los forasteros sin preguntar.
Paquito no pudo hablar. Lo intentó, le salió aire, y acabó cruzando la galería y cogiendo aquella mano de papel entre las suyas con muchísimo cuidado, y los dos hombres se quedaron así, agarrados, sin decirse nada, el tiempo que haga falta multiplicado por dos, mientras yo me quedaba atrás haciendo lo que mejor sé hacer en los momentos grandes de los demás: estar y callar.
—Has engordado —dijo al fin Bachisio.
—Y tú has adelgazado.
—Yo tengo excusa. —Le palmeó la mano—. ¿Y esta señora que mira tanto?
—Mi mujer. Montse.
—Ah. —Los ojos amarillos me midieron, ahora sí, de arriba abajo, sin disimulo, con un descaro de viejo que se ha ganado el derecho—. La que escribe en una libreta azul.
Me quedé clavada. Bachisio soltó una risita silbante al verme la cara.
—Aquí hasta las paredes tienen primos, señora.
En esta isla las noticias van más rápido que los coches.
—Y a Paquito, bajando la voz—: Sé lo de la torre.
Sé quién era. Y sé que lo encontrasteis vosotros.
—Movió despacio la cabeza—. Cuarenta años sin pisar mi costa, catalán, y la pisas la mañana exacta en que el mar devuelve lo que devuelve.
Dime tú si eso es casualidad o es que las cosas saben esperar.
*
Hablaron. A ratos en italiano, a ratos en un castellano que Bachisio sacaba de algún almacén oxidado de la memoria, a ratos en ese sardo cerrado que ni mi marido seguía del todo.
Hablaron de los muertos buenos: de la patrona de la pensión, del estanco, de los viejos del muro, uno por uno, con esa contabilidad fúnebre que llevan los muy mayores, este sí, este también, este el año pasado.
Y yo escuchaba y apuntaba en la cabeza, porque la libreta, después de lo de las paredes con primos, no me atreví a sacarla.
Fue Paquito quien acercó la conversación al borde. Lo hizo como se acercan los hombres prudentes a los bordes: de lado.
—La casa —dijo—. ¿Por qué la vendes? Esa casa era de tu familia desde antes de los apellidos, me dijiste una vez.
Bachisio miró por el cristal, hacia los pinos. Tardó.
—Una casa vacía en esa playa es una ventana cerrada —dijo—. Cuarenta años he sido yo la ventana. Iba, abría, miraba, cerraba. Ya no puedo ni ir. —Se tocó el pecho con dos dedos, sin drama, como se señala una pieza rota—. Y una ventana cerrada, en según qué playa, conviene a según qué gente.
—¿A qué gente?
La auxiliar de los zuecos cruzó la galería empujando un carrito de meriendas, y Bachisio se calló hasta que el chirrido dobló la esquina.
Luego le hizo a Paquito una seña con el dedo para que se acercara, y aunque yo estaba a un metro y oía todo, lo que dijo lo dijo en el tono de los secretos, que no es un volumen sino una temperatura.
—¿Te acuerdas de lo que te enseñé?
Mi marido tragó saliva.
—De todo.
—¿Lo guardaste?
—Cuarenta años.
Bachisio asintió muy despacio, con los ojos cerrados, como si recibiera por fin el resultado de un análisis que llevaba media vida esperando.
Y entonces dijo la frase. La frase que yo apunté esa noche con letra de copista, sin entenderla, y que se me quedó dentro zumbando días enteros, porque se notaba que pesaba aunque no se supiera de qué.
—Se están llevando a los muertos, catalán.
—Lo dijo casi sin voz, mirando a Paquito con los ojos amarillos muy abiertos—.
De bronce en bronce. Años llevan. Despacio, como se vacía un granero robando un saco cada invierno para que el amo no note el hueco.
Y yo ya no puedo bajar a impedirlo. Ya solo puedo hacer una cosa.
—¿Cuál?
—Elegir quién mira por la ventana cuando yo no esté.
Se recostó en la butaca, agotado de golpe, como si aquellas frases le hubieran costado una jornada de remo.
Yo me quedé con mi cosecha apretada en la memoria: los muertos , de bronce en bronce , el granero , la ventana .
Palabras de viejo, habría dicho cualquiera.
Folclore. Pero yo ya había aprendido, en aquella costa, que el folclore era el idioma en que esta gente decía las cosas verdaderas, y que cuando un sardo de noventa por ciento silencio gasta diez palabras, las diez van cargadas.
—Bachisio. —Paquito se inclinó hacia él—. ¿Quién?
Y el viejo hizo algo que no esperaba: sonrió. Una sonrisa sin alegría ninguna, de medio lado, la mueca de quien lleva tanto tiempo sabiendo algo que ya hasta le hace gracia.
—El viejo que mandaba entonces, el de los recuentos, ¿te acuerdas?
—Esperó a que Paquito asintiera—. Murió en su cama.
Viejo y respetado, con esquela larga. Dios tiene esas distracciones.
—Le bailó algo amargo en la boca—. Pero tuvo un hijo.
Y el hijo es peor, catalán. Mucho peor. El padre, al menos, robaba de noche y sabía que robaba.
El hijo roba a mediodía, con corbata, y a los que podrían notarlo…
—levantó la mano de papel y la dejó caer— … los invita a cenar.
—Dame el nombre.
—¿Para qué? ¿Para que lo escribas? —La risita silbante, ahora con un filo—. Ya escribiste una vez, catalano. Mira de qué nos sirvió a todos.
Fue un golpe. Lo fue. Vi a mi marido encajarlo con todo el cuerpo, sin entender yo todavía dónde le había dado exactamente, solo que le había dado en un sitio antiguo y sin cicatrizar.
Bachisio debió de verlo también, porque la mano de papel buscó otra vez la de Paquito y la apretó con la poca fuerza que le quedaba.
—Perdona. —Cerró los ojos—. Perdóname. Cuando uno ya no puede pegar a nadie, pega con la lengua.
—Respiró, un fuelle gastado—. Ven a verme otra vez.
Pronto. Hay cosas que tengo que darte, y los de aquí me tienen dicho que no haga planes largos.
Ven pronto, ¿eh? Y la próxima vez… —abrió un ojo, y allí estaba, una última vez, el contrabandista— …
tráeme tabaco. Del rubio. Aquí me tienen a infusiones, a mí, que he movido más cartones que la aduana de Génova.
*
Nos levantamos para irnos. Ya en la puerta de la galería, cuando Paquito salía delante, la voz de hilo me llamó a mí.
—Señora.
Me volví. Bachisio me miraba desde la butaca, pequeño y afilado contra la luz de los pinos, con la manta en las piernas y los ojos de monte clavados en mí.
—Usted no me conoce y no tiene por qué fiarse de mí —dijo—.
Pero lleva semanas apuntando cosas en una libreta, así que apunte esta también, que es la única que importa.
—Cogió aire—. Cuídemelo. Ese hombre lleva cuarenta años cargando con un peso que era mío y suyo a medias, y los pesos a medias son los peores, porque cada uno carga el suyo creyendo que carga el entero.
—Una pausa, el fuelle—. Pronto va a poder soltarlo.
Cuando pase, no le pregunte por qué calló.
Pregúntele qué calló. No es lo mismo, señora. No es lo mismo.
Y se volvió hacia los pinos, dándonos permiso para irnos con la nuca, que es como despiden los que mandan, aunque manden ya solamente sobre una butaca y una manta.
En el coche de alquiler, de vuelta, Paquito condujo callado toda la llanura, con las manos a las diez y diez y la mandíbula de piedra, y yo fui a su lado sin encender la radio, repasando mi cosecha: un hombre que se moría eligiendo herederos de algo que no era una casa; unos muertos de bronce que alguien se llevaba de saco en saco; un padre que robaba de noche y un hijo que invitaba a cenar; y mi marido, en medio de todo, como la pieza de un mecanismo que llevaba media vida montado esperando a que alguien le diera cuerda.
No le pregunté nada en todo el viaje. No por prudencia. Por estrategia, que se le parece pero cobra más caro. Las preguntas, como las redes, hay que echarlas donde el pez no tenga dónde meterse.
Y yo ya sabía dónde: en casa había un espigón, una tarde por delante, y un hombre que acababa de oír, de la boca del único testigo de su juventud, que pronto iba a poder soltar el peso.
Pensaba estar delante cuando lo soltara.