Capítulo 9. Son dos
Mar llamó el lunes por la noche, y la conversación entera duró menos que el telediario.
—Mamá. Llego el jueves. Al ferry de Porto Torres, el de la mañana.
—¿El jueves? ¿Aquí? ¿Pasa algo?
—¿Tiene que pasar algo para ir a ver a mis padres?
—No. Pero tiene que pasar algo para que mi hija cruce el Mediterráneo entre semana sin avisar con un mes, que tú heredaste las agendas de tu padre.
Una risa corta al otro lado. Y detrás de la risa, una cosa que no era risa. Yo crié a esa voz. La oí cambiar con las anginas, con el primer suspenso, con el primer chico, con todas las mudanzas. Sé cuándo mi hija llama para contar algo y cuándo llama para tomar carrerilla.
—Os lo cuento allí —dijo—. ¿Me hacéis sitio en la autocaravana o ya la habéis llenado de líos?
—De líos está el sitio lleno, pero fuera de la autocaravana. Te esperamos el jueves.
Colgué y me quedé con el teléfono en la mano. Paquito levantó la vista del plano del tejado que llevaba tres días fingiendo estudiar.
—¿Quién era?
—Tu hija. Que llega el jueves.
—¿El jueves? ¿Pasa algo?
—Eso mismo he preguntado yo. Y me ha contestado con otra pregunta, que es lo que hacéis en esta familia cuando la respuesta es sí.
*
La explanada, mientras tanto, había ganado vecinos: una autocaravana alemana enorme, blanca y rotulada, con una pareja dentro que siempre parecía estar discutiendo por una nevera portátil.
La sacaban, la metían, la enchufaban, la desenchufaban, se enseñaban el uno al otro el manual señalándolo con el dedo.
Lolo los adoptó de inmediato como espectáculo fijo de media tarde: se sentaba a diez metros, la cabeza ladeada, siguiendo la nevera con la mirada como se sigue un partido.
El jueves amaneció limpio y fuimos los tres a Porto Torres, Lolo incluido, que en cuanto entendió que la autocaravana se movía se instaló en su alfombrilla de copiloto desplazando a Paquito a la incomodidad de su propio asiento.
El ferry de Barcelona entró puntual, enorme, empujando agua sucia de puerto, y la pasarela escupió su procesión de camioneros, motoristas y familias despeinadas.
Mar salió de las últimas, tirando de una maleta pequeña, con el pelo recogido de cualquier manera y unas gafas de sol que no eran suyas, o que eran tan nuevas que aún no lo parecían.
La vi venir de lejos, abriéndose paso, saludando con la mano en alto.
Y lo vi.
No sé cómo explicarlo sin que suene a brujería, porque no se le notaba casi nada: una chaqueta holgada, una manera nueva de llevar la maleta del lado contrario, un medio palmo de andar distinto.
Pero una madre lleva en el cuerpo un archivo con todos los cuerpos que ha tenido su hija, y el que venía por la pasarela no estaba en el archivo.
Me quedé sin aire un segundo. Luego me llené de algo caliente que me subió por el pecho y se me plantó en los ojos, y tuve el tiempo justo de decidir que no diría nada, que era suya, que la noticia era suya y a mí me tocaba solo recibirla.
Paquito, por supuesto, no vio nada. Paquito la abrazó, le cogió la maleta, le preguntó por el ferry, por el trabajo, por Aleix, todo seguido y sin esperar respuestas, de puro contento.
Fue ya en la explanada, delante de la casa, con la torre al fondo y Lolo dando vueltas alrededor de la recién llegada en órbitas cada vez más cerradas, cuando Mar dejó la maleta en el suelo, se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta holgada, nos miró a los dos, cogió aire, y lo dijo como se tira uno a la piscina, de golpe, antes de que el cuerpo se entere:
—Estoy embarazada.
Se hizo un silencio de un segundo que a ella debió de parecerle un año.
Paquito reaccionó como reaccionan los hombres buenos a las noticias enormes: mal.
Es decir: abrió la boca, la cerró, miró a Mar, me miró a mí, volvió a mirarla a ella, dijo «pero», dijo «cómo», se contestó solo «bueno, cómo, ya sé cómo», se le empañaron las gafas sin vapor de por medio, y acabó abrazando a su hija con tanto cuidado, con tantísimo cuidado, como si fuera de cristal soplado, que Mar se echó a reír con la cara enterrada en su hombro.
—Papá, que no me rompo.
—¿De cuánto? —pregunté yo.
—De tres meses. —Y entonces le vi en la cara el segundo trampolín, la segunda carrerilla, y antes de que yo pudiera prepararme, saltó—: Y son dos.
—¿Dos qué? —dijo Paquito.
—Dos, papá. Mellizos.
Mi marido se sentó. Ahí mismo, en el murete de la explanada, sin elegir el sitio: le falló la arquitectura y se sentó donde el cuerpo le pilló.
Lolo, entendiendo que pasaba algo importante que se celebraba a baja altura, le puso las patas en las rodillas y le lamió la cara entera, y Paquito lo dejó hacer, riéndose y empañado, repitiendo «dos» de vez en cuando, comprobando que la palabra seguía significando lo mismo cada vez que la decía.
Yo abracé a mi hija por encima de la chaqueta holgada, y noté contra mí aquella dureza nueva y discreta, el futuro empujando, y por encima de su hombro miré el mar de los tres azules y pensé, lo confieso, una frase de abuela primeriza y cursi que no pienso repetir aquí porque tengo una reputación.
*
La alegría nos duró intacta hasta la cena. En la cena hubo que contarle lo otro.
Lo hicimos en la pérgola, con la estufa de gas que habíamos comprado para las noches y una manta sobre las piernas de Mar, que la aceptó poniendo los ojos en blanco. Se lo contamos en orden y sin adornos: la casa, la torre, la marea, la verja, Efisio.
Cuando dijimos el nombre, mi hija se quedó muy quieta, con el tenedor parado.
—¿Efisio? —dijo—. ¿El Efisio de Vignola? ¿El del…?
—El mismo.
Dejó el tenedor. Miró hacia la torre, que a esa hora era una silueta contra un cielo morado, y le vi pasar por la cara, en versión joven, el mismo viaje que habíamos hecho nosotros: la incredulidad, la pena, y al final de todo, llegando ya con otra cara, la pregunta.
Porque mi hija será muchas cosas, pero antes que casi todas ellas es instructora de buceo, y cuando volvió a hablar no habló la sobrina postiza que había conocido a un buzo viejo y serio una tarde de otoño. Habló la profesional.
—¿Con qué equipo apareció?
—¿Cómo?
—El equipo. Si se ahogó buceando, en algún sitio están su traje, su plomo, su botella. Un equipo no se evapora. ¿Lo han encontrado?
Paquito y yo nos miramos. En todas las conversaciones con Piras, en todas mis notas, en todas mis vueltas de madrugada, esa pregunta no había aparecido ni una vez.
—No lo sé —admití—. No ha salido.
—Pues debería salir. —Mar se arropó con la manta, ya metida del todo—. Porque si el equipo no aparece, no es solo que alguien moviera el cuerpo. Es que alguien hizo limpieza. Y la gente que hace limpieza es gente con costumbre.
Apunté la frase entera en la libreta esa noche, con su nombre delante, como se citan las fuentes buenas.
*
A mi hija la desvelaron los mellizos, o la torre, o las dos cosas, y a mí me desveló lo de siempre, así que nos encontramos a las dos de la mañana en la pérgola, ella con la manta por capa y yo con el abrigo encima del camisón, dos bultos al fresco, hablando en voz baja para no despertar ni al padre ni al perro.
Y allí, en lo oscuro, sin mirarme, que es como se cuentan las cosas grandes en esta familia, mi hija me contó la segunda noticia. La que no se brinda.
—Mamá. Hay una posibilidad de que no sean de Aleix.
No dije nada. Aprendí hace mucho que cuando alguien por fin abre la puerta, lo peor que puedes hacer es entrar tú; hay que quedarse en el umbral, quieta, y dejar que salga lo que lleva dentro al ritmo que pueda.
—En enero lo dejamos dos semanas. Te lo conté a medias; te dije que habíamos discutido.
Fue más que eso. Y en esas dos semanas, una noche, una sola…
—Se le acabó el aire. Volvió a cogerlo—.
Volvimos a los pocos días, Aleix y yo. Y ahora las fechas…
las fechas están demasiado cerca, mamá. He hecho las cuentas cien veces. Caben los dos.
El mar, abajo, siguió con su siseo, indiferente, que es lo más parecido que tiene el mundo a la amabilidad a según qué horas.
—¿Aleix lo sabe?
—No. —La palabra le salió rota por la mitad—. Y no sé qué pesa más, si contárselo y romperlo todo por algo que a lo mejor ni es, o callármelo y pasarme la vida entera mirándoles la cara a mis hijos buscando de quién es la nariz.
—¿Y tu hermano? —pregunté, porque entre ellos dos nunca ha hecho falta intérprete y yo lo sé—. ¿Marcel lo sabe?
Mi hija tardó un segundo.
—Marcel es el único que lo sabe entero. —Una sonrisa pequeña, en lo oscuro—.
Se lo conté en enero, la misma semana. Me escuchó sin decir una palabra hasta el final, que es lo que hace él, y luego me dijo: «Sea como sea, yo soy el tío de esos dos, y a los tíos no nos hacen pruebas.
» —Se le quebró otra vez—. Y no se lo ha contado a nadie.
Ni a vosotros. Lo lleva guardado desde enero como si fuera suyo.
Asentí en la oscuridad, y sentí, por debajo de la preocupación, una cosa caliente y vieja: la de saber que los dos hijos que crié se cubren las espaldas el uno al otro cuando yo no estoy delante, que es, al final, lo único que de verdad se le puede pedir a una familia.
Le cogí la mano por debajo de la manta. La tenía helada, y se la froté entre las mías como cuando era pequeña y volvía del mar morada y castañeteando, y aquel gesto de hace treinta años funcionó igual que entonces: se le aflojó algo en los hombros.
No le di la solución, porque no la tenía y porque no me la pedía. Le dije lo único que sabía con certeza, que era poco y era todo:
—Sea lo que sea, no lo vas a cargar sola. Y sea de quien sea la nariz, esos dos ya tienen abuela.
Se rió, con la nariz tomada, y se limpió la cara con la manga, y nos quedamos un rato más mirando la silueta de la torre, cada una con lo suyo.
Esa noche, antes de acostarme, escribí en la libreta azul una sola línea, y la escribí y cerré el cuaderno deprisa, porque hay frases que es mejor no mirar mucho rato:
Mi hija ha venido a esta isla con su propia gruta.
*
Lolo ladró dos veces aquella madrugada.
Lo oí entre sueños: dos ladridos secos hacia la explanada, un gruñido largo, y luego la voz de Paquito, pastosa, «calla, Lolo, es un jabalí», y el silencio otra vez. Por la mañana ni me acordaba.
Me acordé a las nueve, cuando Paquito giró la llave de la autocaravana para acercarnos al pueblo y la autocaravana dijo que no.
No fue un no de batería, ese clic-clic-clic agónico que conocemos todos.
Fue un no raro: el motor giraba, tosía, olía a gasolina cruda, y se moría.
Paquito, que de motores sabe lo justo para abrir el capó y poner cara de entender, abrió el capó y puso la cara.
Mar, que de motores sabe algo más porque los compresores de aire no se llenan solos, miró por encima de su hombro y frunció el ceño.
El mecánico de Stintino vino a media mañana, un chaval joven con el mono atado a la cintura, y tardó diez minutos en encontrarlo. Salió de debajo del vehículo limpiándose las manos, con una cara que ya no era de mecánico.
—El tubo del combustible —dijo—. Cortado.
—¿Roto? —preguntó Paquito—. Es vieja, la pobre…
—Roto, no. —El chaval levantó el trozo de tubo para que lo viéramos.
El corte era limpio, recto, de un solo gesto—.
Las gomas viejas se agrietan, se deshilachan, revientan por lo hinchado.
Esto está cortado con cuchilla. De un tajo.
—Nos miró a los tres, incómodo con lo que él mismo estaba diciendo—.
Y le digo más: el que lo hizo sabía dónde meter la mano.
Esto no lo encuentra cualquiera a oscuras.
Nadie había tocado nada más. No faltaba nada. La puerta seguía cerrada, las bicis seguían en su soporte, la nevera portátil de los alemanes seguía entrando y saliendo de su autocaravana veinte metros más allá, ajena a todo.
Solo un tubo, cortado con cuchilla, por alguien que sabía dónde estaba el tubo.
Paquito pagó al mecánico y se quedó con el trozo de goma en la mano, dándole vueltas. Estaba pálido. Y cuando habló, no me habló a mí; le habló a su hija, y le habló con una voz que yo le había oído muy pocas veces.
—Mar. A lo mejor deberías volverte a Barcelona.
Mi hija lo miró. Se puso una mano en la chaqueta holgada, encima de los dos que venían, un gesto que ya le salía solo. Y contestó con cuatro palabras en las que reconocí, con un orgullo que no tocaba y que no pude evitar, a todas las mujeres de mi familia:
—Estoy embarazada, no inválida.
Aquella noche, la libreta azul ganó una página entera. La terminé con esto:
No han forzado la puerta. No se han llevado nada.
No han querido hacernos daño: la autocaravana muerta no mata a nadie, solo inmoviliza.
Esto no es un robo ni un susto de pueblo.
Es un recado. Alguien que sabe dónde está el tubo del combustible nos ha dejado dicho, con una cuchilla, una sola palabra: marchaos.
Y como recado tiene un problema. Que para mandarlo, han tenido que acercarse. Y el que se acerca, ya no es una leyenda de sobremesa ni un cuento de grutas. El que se acerca, existe.