Capítulo 8. Tabaco. Y luego, otra cosa
En noviembre el tiempo se dio la vuelta como se da la vuelta un calcetín, de golpe y del revés.
El viento dejó de ser una caricia con sal para volverse un animal que empujaba las contraventanas por la noche, el mar perdió los tres azules y le quedó uno solo, de plomo, y la patrona de la pensión le subió al joven Paquito, sin que se lo pidiera, una manta más y un brasero de picón que olía a invierno de posguerra.
Llevaba dos meses en el pueblo, y el pueblo había decidido, con esa lentitud suya de tribunal sin prisa, que el catalán de la libreta podía quedarse.
Lo saludaban por su nombre. La mujer del estanco le guardaba el tabaco rubio.
Los viejos del muro le dejaban sentarse en el extremo del muro, que es el escalafón más alto al que puede aspirar un forastero en menos de un año.
Su madre le escribía desde Barcelona cartas de letra inclinada preguntándole cuándo volvía, si comía caliente, si aquello era seguro.
Él contestaba «pronto» a la primera pregunta, «sí» a la segunda y la tercera la dejaba sin contestar, que es la manera más antigua de mentir por carta.
La verdad era que la libreta engordaba, que la tesis entera se le estaba apareciendo delante como se aparece una costa entre la niebla, y que un investigador de veintiséis años con una costa apareciéndosele no vuelve a casa aunque se lo pida su madre.
Una tarde de mediados de mes, Bachisio se sentó a su mesa de la pensión, le robó un cigarro del paquete, lo encendió, y dijo, mirando el humo y no a Paquito:
—Esta noche hay trabajo. ¿Quieres verlo?
El joven Paquito dejó el bolígrafo despacio, para que no se le notara el salto que le había dado todo por dentro.
—Sí.
—Tres condiciones. —Bachisio levantó tres dedos curtidos—. Una: sin libreta. Esta noche los ojos, nada más. Dos: te pones donde yo te ponga y de ahí no te mueves ni para mear. Tres: lo que veas no lo has visto.
—¿Y entonces para qué me llevas?
Bachisio sonrió con la mitad de la boca, y el humo se le escapó por esa mitad.
—Porque llevas dos meses escribiendo de un oficio que no has visto. Y eso, catalán, en mi pueblo se llama hablar de oídas.
*
Lo puso en unas rocas sobre una cala pequeña, al oeste del pueblo, con la orden de ser una piedra más.
La noche era cerrada, sin luna, con un cielo bajo de nubes que tapaba hasta las estrellas, y hacía un frío húmedo que se metía por las costuras.
Abajo, en la lengua de guijarros de la cala, esperaban ocho o diez hombres, y lo primero que el joven aprendió aquella noche fue cómo espera la gente que espera algo prohibido: sin pasear, sin hablar, fumando con el cigarro escondido en el cuenco de la mano para que la brasa no se viera desde el mar, cada uno quieto en su sitio como las piezas de un juego antes de empezar la partida.
La lancha llegó sin llegar. No se oyó motor. En algún momento, donde no había nada, hubo una sombra más negra que el agua, creciendo, y ya estaba allí, rozando los guijarros con un siseo largo, y los hombres ya se movían.
Y entonces el joven Paquito vio la coreografía.
Porque era eso. Años después, en un aula, buscaría la palabra exacta delante de sus alumnos y no encontraría otra: una liturgia.
Los hombres formaron una cadena del agua a la orilla sin que nadie diera una orden, y los fardos empezaron a volar de mano en mano, con un ritmo de remo, exacto, silencioso, cada fardo recibido con las rodillas flojas para que no sonara el golpe, cada hombre girando el tronco con la economía del que lleva haciéndolo desde niño porque su padre lo hacía desde niño.
No se oía una voz. Se oía la respiración del grupo, el mar masticando guijarros y, de tanto en tanto, el crujido blando de la arpillera.
Los fardos de tabaco eran grandes y dóciles. Se doblaban sobre el hombro del que los cargaba, olían —hasta las rocas llegaba— a hoja seca y dulzona, y los hombres los trataban con la confianza con que se trata el pan: mercancía de toda la vida, sin misterio, casi doméstica.
Fue al final cuando cambió la noche.
Del fondo de la lancha, de debajo de una lona, salieron otros bultos.
Cuatro. Pequeños, mucho más pequeños que los fardos, y sin embargo cada uno lo cargó un hombre solo, y no al hombro: abrazado contra el pecho, como se lleva a un niño dormido o una caja de loza.
Eran densos. Se les notaba el peso en cómo los hombres asentaban los pies antes de echar a andar.
Y eran rígidos: la arpillera no se les hundía, se les tensaba en aristas.
Los fardos blandos se cargan al hombro , pensó el joven con la parte de su cabeza que nunca dejaba de tomar notas aunque la libreta se hubiera quedado en la pensión. Aquello tiene esquinas.
Y cuando el segundo de aquellos bultos pasó de la borda a los brazos de un hombre, hubo un tropiezo mínimo, una rodilla que cedió en el guijarro, y del interior del bulto salió un sonido.
Un tintineo sordo. Apagado, breve, envuelto. Como de campanas pequeñas tocando debajo de una manta.
El silencio de la cala, que ya era total, se volvió otra cosa.
Se volvió duro. El hombre que había tropezado quedó inmóvil con el bulto abrazado, y todos los demás se quedaron inmóviles con él, y durante tres segundos la cala entera fue una fotografía.
A su lado, en las rocas, el joven Paquito oyó a Bachisio soltar el aire muy despacio por la nariz, y le miró la cara, y la cara de Bachisio, que era la de un hombre viendo trabajar a su gente, se había convertido en la de un hombre viendo algo que no esperaba ver.
La mandíbula adelantada. Los ojos amarillos fijos en los bultos con esquinas.
—¿Eso también es tabaco? —susurró Paquito.
—Calla.
Los cuatro bultos no fueron al camión de los fardos. Fueron a una furgoneta aparte, pequeña, oscura, que esperaba con el morro ya vuelto hacia el camino, y los acomodaron dentro despacio, calzándolos con mantas, con un cuidado que ningún hombre de aquella costa habría gastado jamás en tabaco.
*
Fue entonces cuando el joven Paquito vio al hombre del embarcadero.
Llevaba allí toda la noche, comprendió, y no lo había visto porque no se movía: de pie en el extremo del espigón de piedra que cerraba la cala, apartado de todos, con un abrigo echado sobre los hombros sin meter los brazos en las mangas.
Un hombre mayor, ancho, de una anchura de armario, que no cargó nada en toda la descarga.
No hacía falta. Toda la cala trabajaba orientada hacia él como las agujas hacia el imán: los hombres le llevaban las cosas y él miraba, y de vez en cuando movía la barbilla un centímetro y algo cambiaba de sitio.
Cuando los bultos con esquinas llegaron a la furgoneta, el hombre ancho bajó del espigón.
Anduvo hasta la furgoneta sin prisa, y allí hizo lo único que le vieron hacer con las manos en toda la noche: contó los bultos.
Los tocó, uno por uno, una palmada lenta encima de cada uno, cuatro palmadas, como se cuenta el ganado propio.
Luego dijo algo en voz tan baja que ni el viento se lo llevó, y la furgoneta se fue sin encender los faros hasta el recodo del camino.
—¿Quién es? —susurró el joven Paquito.
—Nadie —dijo Bachisio—. Y esto no lo has visto.
En ese momento, el hombre ancho volvió la cabeza hacia las rocas donde estaban ellos.
No podía verlos. Era materialmente imposible: noche cerrada, ellos quietos, vestidos de oscuro, a cincuenta metros.
Pero la cara ancha y blanca se quedó vuelta hacia su trozo de oscuridad un segundo, dos, tres, olfateando algo, y el joven Paquito descubrió que llevaba todo ese tiempo sin respirar y que el corazón le daba golpes que le parecían audibles en toda la bahía.
Luego el hombre apartó la cara, y la noche siguió.
*
Volvieron al pueblo por el camino de cabras, en silencio, con el frío mordiendo. Fue Paquito quien lo rompió, porque a los veintiséis años el silencio pesa más que la prudencia.
—Los bultos pequeños. ¿Qué era?
—Tabaco.
—El tabaco no pesa así. Ni suena así.
Bachisio se paró. Se volvió. Y a la poca luz que había, el joven le vio en la cara una mezcla que tardaría décadas en saber nombrar, porque era rabia y era miedo y era, debajo de todo, vergüenza.
—Escúchame bien, porque esto te lo digo una vez.
—La voz le salía baja y apretada—. El tabaco es el pan de este pueblo.
Tiene reglas. Las ha tenido siempre: no se roba al vecino, no se vende a los críos, no se hace daño a nadie.
El Estado pierde unos impuestos y aquí comen cien familias, y esa cuenta la firmo yo delante de Dios.
—Echó una mirada atrás, hacia la cala que ya no se veía—.
Pero hace un tiempo hay gente nueva en el negocio viejo.
Gente que usa nuestras noches, nuestras calas y nuestras manos para mover lo suyo. Y lo suyo no tiene reglas.
—¿Y qué es lo suyo?
—No lo sé. —Lo dijo demasiado rápido, y los dos lo notaron, y Bachisio apretó los dientes y lo dejó estar, porque deshacer una mentira a medias es peor que sostenerla—. Y tú tampoco. ¿Estamos?
Siguieron andando. Las primeras casas del pueblo asomaron, apagadas. Y el joven Paquito, que sabía que no debía, hizo la otra pregunta, la que llevaba semanas guardando desde que la oyó por primera vez en la cola del estanco, dicha a media voz por dos mujeres que se callaron al verlo:
—¿Es verdad lo del chico? ¿Antonio, el hijo de la Carmela?
Bachisio anduvo diez pasos enteros sin contestar. Cuando lo hizo, la voz le había cambiado; se le había quedado sin filo, gastada.
—Hace dos años. Bajó una noche a comprobar una cosa que le rondaba, y el mar se lo quedó. —Cinco pasos más—. Veinticuatro años tenía.
—¿Qué cosa le rondaba?
—Ya conoces el dicho de aquí, catalán. —Bachisio se subió el cuello de la chaqueta, y no lo miró al decirlo—. El mar se lleva a los que preguntan.
Y apretó el paso, dando la noche por terminada.
*
El joven Paquito subió a su cuarto, encendió la bombilla amarilla, y rompió la primera condición.
No del todo, se dijo. La condición era no llevar la libreta, y no la había llevado.
Pero nadie le había prohibido la memoria, y la memoria de un científico de veintiséis años es una libreta que no se puede confiscar.
Escribió hasta el amanecer, reconstruyéndolo todo: la espera, la cadena, el ritmo, los fardos.
Y en una línea aparte, subrayada dos veces, lo otro: 4 bultos.
Pequeños, densos, rígidos (¿cajas?). Esquinas bajo la arpillera.
Sonido al golpe: metálico, apagado, múltiple.
Transporte separado. Trato: reverencia. Se quedó mirando la última palabra, tachó reverencia , escribió cuidado extremo , y volvió a escribir reverencia debajo, porque la ciencia estaba muy bien pero él lo había visto, y lo que había visto era a cuatro hombres llevando algo en brazos como se lleva lo sagrado o lo robado, que tantas veces, en la historia de los hombres, ha sido lo mismo.
No supo aquella noche qué había dentro de los bultos.
No lo supo en los meses que le quedaban en la isla, ni en los años de después, aunque alguna madrugada de su vida entera se despertaría con aquel tintineo sordo sonándole dentro, campanas pequeñas debajo de una manta, sin saber por qué se despertaba.
Tampoco supo el nombre del hombre ancho del espigón, el que contaba los bultos con palmadas de ganadero. Bachisio le había dicho «nadie», y en aquella costa «nadie» era un apellido que llevaba mucha gente.
Se llamaba Gavino Solinas.
Pero eso, como casi todo lo que de verdad importaba de aquella noche —qué sonaba dentro de las cajas, de dónde salía, adónde iba, y qué había bajado a comprobar un chico de veinticuatro años dos años antes—, el joven que escribía a la luz de una bombilla amarilla tardaría cuarenta años en saberlo.
Para entonces, ya no habría manera de devolver nada a su sitio.