La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 7. El candado que tenía dueño
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Capítulo 7. El candado que tenía dueño

Piras nos llamó al cuarto día. No para darnos las gracias ni para preguntar por el tejado.

Nos llamó porque, según dijo, prefería que ciertas cosas las supiéramos por él antes de que las deformara la panadería, y porque había aprendido en Vignola que ocultarnos información no servía de nada, salvo para que la averiguáramos solos y peor.

Quedamos en un bar de Stintino de los que en marzo solo tienen clientes locales, una máquina tragaperras parpadeando sola en un rincón y un televisor encendido sin que nadie lo mire, con el sonido de un concurso a medio volumen.

Piras llegó sin el traje gris: camisa y una chaqueta de pana, y sin el uniforme institucional parecía más persona y menos cargo.

Pidió un café, le echó un sobre de azúcar, removió tres veces, y antes de hablar nos miró a los dos calculando, como se pesa la harina antes de decidir cuánta echa.

Lolo se metió debajo de la mesa, dio una vuelta, se dejó caer sobre los zapatos de Piras —otra vez— y se durmió. Piras bajó la vista, lo vio ahí, y no dijo nada, pero no movió el pie en toda la conversación.

—Lo que les voy a contar no ha salido en ningún sitio. Y va a seguir sin salir. ¿Estamos?

—Estamos —dijo Paquito.

—Lo digo en serio. Si esto aparece mañana en una conversación de mostrador, sabré de dónde ha salido.

—Piras —dije—. Llevamos meses guardando cosas más gordas que esta. Hable.

Me miró, decidió que era verdad, y habló. El televisor aplaudía solo de fondo.

*

El informe forense preliminar decía tres cosas, y las tres cambiaban el caso por completo.

La primera me la dijo sin adornos, mirándome a los ojos, porque sabía que era a mí a quien tenía que convencer.

—Efisio Meloni no murió en la torre. Murió antes, en otro sitio, y lo llevaron allí después.

Dejé la taza en el plato. No la solté del todo; me quedé con los dedos alrededor, notando cómo se enfriaba.

—¿Cómo lo saben?

—Por cosas que saben los forenses y que es mejor no contar mientras se desayuna.

—Removió el café que ya no necesitaba remover—.

Tienen que ver con cómo se asienta la sangre en un cuerpo cuando el corazón deja de empujarla.

La postura en que lo encontraron ustedes, sentado, en paz, apoyado contra el muro…

era una postura colocada. A Efisio lo sentaron allí.

Como se sienta a un muñeco. Como se compone una escena.

Se me revolvió algo por dentro al oírlo, porque recordé la paz de aquella figura contra la piedra, la mano abierta, y recordé haber pensado, durante el segundo más largo de aquella mañana en la torre, que parecía descansar.

Y no descansaba. Lo habían puesto a parecer que descansaba.

Alguien le había estirado las piernas, le había apoyado la espalda, le había dejado la mano caída con la palma hacia arriba.

Alguien lo había tocado con calma después de muerto.

Eso era peor, no sé por qué, que la propia muerte.

La segunda cosa la dijo más bajo.

—Murió ahogado. Pero no en la torre, donde no hay agua para ahogar a un gato.

Tenía en los pulmones agua de mar y arena fina, sedimento de un sitio muy concreto.

El laboratorio está cruzando de dónde. —Levantó la vista—.

Pero la hipótesis, la que no pondré por escrito todavía, es que se ahogó bajo el agua.

Buceando. En algún punto de esta costa. Y que después alguien lo sacó y lo subió a esa torre.

—¿Por qué? —La pregunta me salió sola—. Si se ahogó buceando, déjalo donde está y parece un accidente.

Un buzo viejo con la rodilla mala que baja solo y no sube.

Nadie investiga eso. ¿Para qué tomarse el trabajo de moverlo, de cargar un cuerpo, de arriesgarse a que lo vean?

Mover un cadáver solo añade pruebas. Solo añade preguntas.

A Piras le brillaron los ojos un segundo. Ese brillo del que reconoce a otro pensando en su mismo idioma.

—Esa es exactamente la pregunta —dijo—. ¿Por qué convertir un accidente perfecto en un asesinato evidente? Nadie mueve un cuerpo sin un motivo muy fuerte.

—A no ser —dijo Paquito, que llevaba toda la conversación callado, con la taza fría entre las manos sin beber— que el sitio donde se ahogó no se pudiera enseñar.

Piras giró la cabeza hacia él, despacio.

—Explíquese.

Y vi a mi marido dudar. Vi el medio segundo. Vi cómo elegía, en directo, cuánto soltar.

—Si se ahogó dentro de una gruta —dijo Paquito, y eligió cada palabra pisando con cuidado, como en un vado—, dejar el cuerpo allí sería como poner un cartel.

Tarde o temprano alguien iría a buscarlo, encontraría la gruta, y vería lo que sea que haya dentro.

Hay cuevas en esta costa que la gente prefiere que no se busquen.

Sacar el cuerpo y sentarlo en una torre, a la vista, lejos del agua, es una manera de decir: aquí no hay nada que mirar bajo el mar.

Miren arriba. Miren la torre. Miren a otro lado.

Se hizo un silencio en la mesa. El televisor cambió a un anuncio de coches a todo volumen, alegre, obsceno. Nadie lo miró.

—¿Cómo sabe usted que hay grutas en esta costa? —preguntó Piras, muy despacio.

Y ahí estaba. La pregunta. La misma que yo llevaba dos días sin atreverme a hacerle del todo, puesta ahora sobre la mesa por un carabiniere, entre dos cafés fríos y un anuncio de coches.

Paquito le sostuvo la mirada con una calma que me dolió, porque reconocí la calma del que ha tenido cuarenta años para ensayar cómo no contestar a esa pregunta.

—Todo el mundo en esta costa sabe que hay grutas —dijo—. Pregúntele al camarero del puerto. Al panadero. Es folclore. Cuentos de viejos. Como lo del oro de las torres.

No era mentira. Era una verdad servida a cucharada, de las que tapan.

Piras no era tonto, y lo notó; vi cómo lo archivaba, igual que archivo yo las cosas, sin insistir, para sacarlo en un momento mejor.

Debajo de la mesa, Lolo se removió en sueños, y una pata trasera le corrió sola un trecho detrás de algo, raspando la baldosa.

*

La tercera cosa fue la del candado. Y fue la que me quitó el sueño esa noche.

—El candado de la verja no estaba forzado. Lo abrieron con llave. Una llave que encaja en una cerradura que, en teoría, solo tiene tres copias.

—¿Tres? —dije.

—La torre es del Estado, pero el acceso lo gestiona el ayuntamiento por un convenio viejo.

Una llave está en el ayuntamiento. Otra en la oficina del parque, porque la torre cae dentro de la zona protegida.

Y una tercera… —removió otra vez el café muerto— se le entregó hace años a una asociación cultural que organizaba visitas guiadas a las torres. Visitas que dejaron de hacerse.

—¿Y las tres están donde deben?

Piras hizo una pausa que ya me contó la respuesta antes que las palabras.

—La del ayuntamiento, sí. La del parque, sí. La de la asociación… —Dejó la cucharilla en el plato con un tintineo—. La asociación se disolvió hace seis años. Nadie sabe dónde fue a parar su llave. Y nadie, en seis años, cambió la cerradura.

Tres copias. Dos controladas. Una perdida en el aire desde hacía seis años, en manos de un grupo que ya no existía. Saqué la libreta azul sin disimular delante de Piras, porque a esas alturas fingir que no tomaba notas habría sido insultarle. La punta del boli esperó sobre el papel.

—¿Cómo se llamaba la asociación?

Piras me miró. Supe que sabía que no debía decírmelo. Supe que sabía que iba a averiguarlo igual. Y supe que me lo iba a decir precisamente por eso: para que lo supiera con su versión y no con la del mostrador.

—Amici delle Torri. Los Amigos de las Torres.

Aficionados a la historia local. Rutas los domingos, charlas en el centro cívico, gente mayor en su mayoría.

Se financiaba con las cuotas y con un mecenas de la zona, un empresario que pagaba los folletos y el autocar de las excursiones.

—Hizo un gesto vago con la cucharilla—. Inofensiva, en teoría.

Anoté: Amici delle Torri. Llave perdida. Seis años. Mecenas: ¿quién paga los folletos de los aficionados a unas torres por las que luego suben muertos? El boli se me adelantó a la cabeza, como me pasa cuando la cabeza ya sabe algo que aún no me ha dicho.

—¿Quién la presidía?

Y aquí Piras hizo algo que no le había visto hacer nunca: titubeó. No por no saberlo. Por saberlo demasiado bien y calcular el golpe.

—Un pescador jubilado. Un hombre muy mayor ya. Querido en el pueblo. Sabía de esta costa más que nadie vivo, dicen. De las torres, de las grutas, de las historias viejas.

Algo se me tensó en el pecho antes de que dijera el nombre, porque por el rabillo del ojo vi que Paquito había dejado de respirar. No era la quietud de la calma. Era la quietud de un animal que oye, en mitad de la noche, un ruido que reconoce.

—¿Cómo se llamaba? —pregunté, aunque ya no quería saberlo.

Piras lo dijo mirando a Paquito, no a mí. Como si en el fondo la pregunta y la respuesta fueran cosa de ellos dos, y yo solo estuviera delante.

—Bachisio Sanna.

Mi marido no dijo nada. Pero cerró los ojos un instante, muy despacio, y los volvió a abrir, y en ese parpadeo largo cupo algo que yo nunca le había visto: la cara de quien recibe, por fin, una cosa que llevaba mucho tiempo esperando y temiendo a partes iguales.

Le temblaba un poco el labio de abajo. Lo apretó contra el de arriba para que no se notara. Lo noté.

Debajo de la mesa, Lolo se despertó. Salió de entre los pies de Piras, se acercó a Paquito, le puso las dos patas en la pierna y soltó un gemido fino, bajo, mirándolo a la cara, como hacen los perros cuando huelen la pena en el cuerpo de los suyos.

Paquito le puso la mano en la cabeza, automáticamente, sin mirarlo, y la dejó ahí, agarrado a aquel pelo tibio como quien se agarra a un pasamanos.

*

Y entonces, en aquel bar, con el televisor vendiendo coches y la tragaperras parpadeando sola, entendí dos cosas a la vez, y las dos me llegaron como un golpe en el mismo punto.

La primera: que el nombre del hombre que nos vendía la casa —el viejo que se iba a una residencia y necesitaba vender con prisa— era Bachisio Sanna.

Bruno lo había soltado de pasada el primer día, en mitad de la retahíla, entre el pozo propio y la barca vieja del cobertizo, y yo lo había anotado aquella noche sin darle más importancia que al pozo y a la barca.

La segunda: que ese mismo nombre, dicho por Piras, le acababa de poner a mi marido la cara de cuarenta años atrás. La cara que llevaba tres días asomándole y escondiéndose. La cara del pez bajo el agua.

La casa que nos habían ofrecido un domingo, con cuatro llamadas y un precio demasiado bueno, era la casa de Bachisio Sanna.

Fuera, empezó a llover, una de esas lluvias rápidas de marzo, y las gotas tamborilearon en la lona del toldo y picotearon el cristal, y el bar se llenó del olor a tierra mojada que entraba por la puerta, ese olor que en cualquier otro momento de mi vida me habría parecido el más limpio del mundo, y que aquella tarde, no sé por qué, me supo a sótano.

A cosa cerrada que se abre. A tierra removida.

Y mi marido lo conocía.

No el sitio. El hombre. Conocía al hombre del que hablábamos, lo conocía de antes de conocerme a mí, de antes de todo.

Lo supe ahí, en aquel bar, sin que él me hubiera dicho una palabra, viéndole la mano agarrada al pelo del perro como quien se agarra a un pasamanos en una escalera que baja.

Treinta años durmiendo a su lado, y aquella tarde, en un bar de Stintino que olía a tierra removida, supe que estaba a punto de conocer a un hombre nuevo.

El de antes. El que fue antes de ser mío.