La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 6. Solo el tejado
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Capítulo 6. Solo el tejado

Lo intentamos. Quiero que conste, porque después de todo lo que vino me consuela recordar que, al menos, lo intentamos.

Piras nos pidió que nos ocupáramos de la casa, del tejado y de las humedades, y durante exactamente tres días eso hicimos.

O eso fingimos hacer, que en aquellos tres días vino a ser lo mismo, porque los dos sabíamos lo que hacíamos de verdad: no hablar de la torre mientras pensábamos en la torre a todas horas.

Llamamos a un arquitecto técnico de Sassari que nos pasó Bruno.

Vino, midió con un metro láser que pintaba un punto rojo tembloroso en las paredes, chascó la lengua mirando al techo —ese chasquido universal de los técnicos, como si el techo les hubiera ofendido en lo personal— y nos dio un presupuesto que Paquito recibió con la serenidad del que ya ha decidido que el dinero, a cierta edad, sirve justo para esto.

Compramos cosas. Una manguera verde que olía a plástico nuevo.

Un cubo. Productos italianos con nombres que prometían milagros y olían a pino de mentira.

Barrimos el polvo de décadas de una casa que olía a cerrado, a ratón y a sal, levantando nubes que se quedaban suspendidas en los cuchillos de luz de las contraventanas entornadas.

Abrimos todas las ventanas para que el viento de la Pelosa hiciera el trabajo que ningún producto haría, y el viento entró silbando, frío y limpio, y se llevó el olor a encierro en una tarde.

Comimos los tres días en la pérgola, bajo la parra seca con su hoja verde terca, mirando un mar que seguía siendo indecentemente hermoso pese a tener un muerto reciente en su torre.

Lolo se pasó los tres días en la gloria: descubrió que la casa tenía mil rincones que escarbar, desenterró media zapatilla de alguien que vivió allí hace vidas, persiguió lagartijas que se le escurrían entre las piedras dejándole la cola en la boca, y dormía la siesta espatarrado al sol, panza arriba, con las cuatro patas abiertas y un ronquido fino que nos hacía reír.

Y el tercer día, a media mañana, desenterró la otra cosa.

Estaba escarbando con saña en la base del muro bajo que separaba nuestro terreno del sendero que bajaba a la cala, justo donde la tierra se ablandaba con la humedad que subía de la playa, y de pronto cambió el ladrido: dejó el tono de juego y soltó dos ladridos secos, de aviso, plantado sobre su hoyo, mirándome.

Fui a ver, esperando un erizo muerto o un hueso de jamón de otro siglo.

No era eso. Medio enterrado en la tierra negra, mojado pero todavía reciente —no llevaba allí ni semanas, eso lo vi enseguida—, había un trozo de aquella espuma gris, densa, rígida, de la que se usa para embalar cosas frágiles: un retal cortado a cuchillo, con dos huecos moldeados, dos formas vacías del tamaño de una mano ahuecada, como si algo curvo y pequeño hubiera viajado encajado ahí dentro.

Alrededor, mezclados con la tierra, tres o cuatro fragmentos de plástico de burbujas y un trozo de cinta de embalar todavía pegajosa.

Lo cogí con una bolsa, sin tocarlo con los dedos, porque para entonces yo ya pensaba como piensa la gente que ha estado cerca de la muerte una vez y le ha cogido el pliegue.

Y Paquito, cuando se lo enseñó, no dijo «qué raro».

Cogió el retal de espuma, metió los dedos en uno de los huecos moldeados, lo miró a contraluz, y se le puso una cara que yo no le conocía mientras decía, en voz muy baja:

—Esto no es para una herramienta. Una herramienta no necesita molde.

Esto es para algo que no se puede dar ni un golpe.

—Cerró la mano sobre la espuma—. Aquí han subido cosas de la cala, Montse.

Hace poco. Embaladas con un cuidado que no se le pone al contrabando.

El cuidado que se le pone a lo que vale mucho y se rompe.

El retal de espuma no demostraba nada que pudiéramos llevar a Piras.

Pero demostraba, para nosotros dos, lo único que importaba esa mañana: que lo de la torre no era una historia vieja que veníamos a desenterrar.

Era una historia que seguía pasando. Debajo de nuestros pies.

Mientras nosotros fingíamos arreglar un tejado.

Una de aquellas tardes pasó por el sendero, allá abajo, un grupo de turistas jóvenes camino de la playa, y los tres o cuatro iban con el móvil por delante, grabando el mar sin mirarlo, andando hacia el agua más hermosa de Cerdeña con los ojos puestos en una pantalla del tamaño de una mano.

Paquito los siguió con la vista hasta que desaparecieron, y luego dijo, sin rabia, casi con pena: «Fíjate.

Tienen el mar delante y lo miran ahí dentro.

Como si no se fiaran de tenerlo si no lo guardan en la cajita.

» Se quedó un momento callado. «Mi padre se sentaba a mirar el mar y no hacía nada más.

Nada. Una hora. Y volvía nuevo. Ya nadie sabe hacer eso, mirar sin guardar.

» No le contesté, porque era de esas cosas que dice para sí mismo y solo necesita que alguien las oiga.

Pero la anoté, sin saber para qué. Resultó que era para más adelante.

Hicimos, en resumen, todo lo que hace una pareja de jubilados que ha decidido comprarse una casa y olvidarse del mundo.

Y no nos lo creímos ni un minuto.

*

La primera señal la noté el segundo día, y la noté porque llevo treinta años especializada en una sola asignatura: las señales de ese hombre.

Paquito estaba raro. No raro de enfermo ni de enfadado.

Raro de callado. Y el silencio de Paquito es un instrumento que yo leo como un músico lee una partitura, porque tiene muchos silencios y cada uno suena distinto.

Está el de cuando se duerme con los ojos medio abiertos delante de una serie.

El de cuando ha comido de más y no quiere que se lo diga.

El silencio bueno, el de las noches en la autocaravana, el que no pide nada y lo da todo.

Y luego está este otro. Uno que había oído pocas veces en tres décadas. El silencio de cuando Paquito sabe algo que no me está contando.

Lo pillé el segundo día por la tarde. Yo leía en la pérgola, con Lolo dormido sobre los pies.

Él estaba de pie en el borde, una mano en el poste, mirando el mar.

Pero no miraba la Torre della Pelosa, la del muerto, la que teníamos enfrente clavada en la vista.

Miraba más allá, hacia el oeste, hacia donde la costa se curvaba y empezaba la fila de las otras torres, esas que apenas se distinguían como mordiscos de piedra en el filo del horizonte.

Tenía la mandíbula apretada. Un músculo le saltaba en la mejilla, justo debajo de la patilla, encendiéndose y apagándose.

Y los dedos de la mano libre se le movían solos contra el muslo, en aquel compás corto que yo ya le había visto una vez, en el comedor de Barcelona, el domingo de las fotos: el piano mudo que solo él oía.

Entonces no supe leerlo. Ahora tampoco, pero ya sabía que era una partitura.

—¿En qué piensas? —pregunté, sin levantar los ojos del libro, para no asustar la respuesta.

Tardó. Medio segundo de más. Ese medio segundo es la frontera entre la verdad y la versión de la verdad que se sirve a los demás, y yo llevo treinta años cruzando esa frontera de contrabando.

—En el tejado.

—Mentira.

Se rió. Pero la risa también llegó tarde, y se le apagó demasiado pronto.

—En el presupuesto del tejado. Que es deprimente.

—Eso ya me lo creo más. Pero tampoco era eso.

Me miró entonces, y por un instante —lo juro— estuvo a punto de contarme algo.

Lo vi asomarse a sus ojos como se ve la sombra de un pez bajo el agua: un destello, un cuerpo oscuro que sube hacia la superficie, y antes de que llegue, ya no está, se ha vuelto a hundir.

Apartó la vista. Tragó saliva, y la nuez le subió y le bajó en el cuello.

—Estoy cansado —dijo—. Encontrar un muerto cansa. Aunque no lo conozcas. Y a este lo conocíamos.

Y era verdad. De la verdad buena, de la que sirve justo para tapar otra.

Encontrar a Efisio nos había dejado a los dos un peso en el cuerpo que no se iba con manguera ni con pino de mentira.

Así que acepté lo que me daba, sabiendo que debajo había algo más grande que no me daba, y guardé el momento.

Como guardo las cosas: para sacarlas cuando hagan falta.

Esa noche escribí en la libreta azul, a la luz del móvil para no despertarlo:

Paquito mira las torres del oeste, no la del muerto.

Conoce este sitio. Lo conoce de antes. Cuando le pregunto, me da una verdad pequeña para no darme la grande.

Lleva haciéndolo desde que bajamos del barco en Olbia.

Tore paró de frotar el trapo. El camarero dijo «yo de eso no sé nada» demasiado deprisa.

Y ahora Paquito mira unas torres que nadie le ha señalado, con un músculo saltándole en la cara y un piano mudo en los dedos que ya le toqué de oído en Barcelona.

Y hay algo más, algo que no me atrevo a escribir entero porque escribirlo es decirlo: esto no es la cara de un hombre que recuerda un sitio.

Recordar no duele así. Esto es la cara de un hombre que le debe algo a un sitio.

Que vuelve a un lugar donde dejó una cuenta sin pagar.

No sé de qué cuenta se trata. Pero llevo treinta años pagando las mías delante de él, y sé distinguir la cara del que debe de la cara del que recuerda.

Mi marido, en esta costa, no recuerda. Mi marido, en esta costa, debe.

Y debajo, apretando el boli hasta marcar la hoja:

¿Qué hacía mi marido en esta costa antes de conocerme a mí?

*

El tercer día se rompió la tregua, y la rompió la realidad, que es lo que rompe siempre las treguas.

Bajamos al pueblo a por pan, los tres, con Lolo tirando de una correa nueva que aún olía a cuero de la tienda y que él mordía cada dos pasos, indignado por la novedad.

Y nos encontramos con que el pueblo ya no hablaba de otra cosa.

Un pueblo pequeño con un muerto reciente es una caja de resonancia, y nosotros, los forasteros que lo habían encontrado, entrábamos en todas las conversaciones por la puerta grande, lo quisiéramos o no.

En la panadería, el olor a pan caliente nos recibió como un abrazo —harina, levadura, corteza tostada, la cosa más inocente del mundo— y dentro, dos mujeres que cuchicheaban junto al mostrador se callaron al vernos entrar.

No por mala educación. Por la otra cosa.

Por esa manera que tiene la gente de callarse delante de quien ha tocado la muerte, como si se pudiera contagiar con el aliento.

Fue el panadero quien rompió el hielo, un hombre mayor, con los antebrazos blancos de harina hasta el codo y una voz acostumbrada a hablar por encima del ruido del horno.

—Ustedes son los de la torre.

No era pregunta. Lolo, debajo del mostrador, había encontrado una miga y la perseguía con la lengua por el suelo de baldosa.

—Somos —dije.

—Mal asunto. —Envolvió el pan despacio, en papel de estraza, y el papel crujió—. Efisio era buena gente. De los de antes.

—¿Lo conocía?

—De vista. Como todos aquí. Venía a bucear. —Hizo girar el paquete, dobló una punta—. Estos últimos meses, más. Demasiado, decían algunos.

Noté a Paquito quedarse muy quieto a mi lado. El panadero siguió sin que hiciera falta empujarlo, porque alguna gente necesita soltar lo que sabe y solo espera una oreja que no sea del pueblo.

—Un buzo viejo. La rodilla operada. Bajando solo, una y otra vez, por esta costa.

—Dejó el paquete en el mostrador, pero no lo soltó; lo retuvo bajo la palma, como quien retiene también lo que va a decir—.

¿A buscar qué? ¿El oro de las torres? —Resopló por la nariz, sin gracia—.

Mi suegro se pasó media vida con esa monserga del oro.

Aquí no hay tesoros. Hay roca, agua y las cuevas.

Y las cuevas se tragan a los tontos. —Me miró—.

Yo se lo dije una vez. Aquí mismo, donde está usted.

Le dije: Efisio, las cuevas no son para tu edad. ¿Y sabe qué me contestó?

—¿Qué?

El panadero se limpió las manos en el delantal, dos brochazos de harina, y bajó la voz aunque no había nadie más que las dos mujeres, que se habían quedado tiesas, escuchando sin disimular.

—Me dijo: «No bajo a las cuevas. Bajo a comprobar una cosa que no me deja dormir.» —Se encogió de hombros—. Yo qué sé. Manías de viejo, pensé. Ya ve usted ahora.

Cogió el dinero, dio el cambio, y se volvió hacia el horno, dando la conversación por terminada con la espalda. Desde allí, sin girarse, lo último:

—Tenía que haberle preguntado qué cosa. —Una pala de madera raspó la piedra del horno—. Pero el pan no espera.

Salimos de la panadería con el pan caliente quemándome un poco la palma a través del papel, y una frase fría metiéndoseme por dentro.

Una cosa que no me deja dormir.

Eché a andar hacia la autocaravana, dándole vueltas, y a los pocos pasos me di cuenta de que iba sola.

Me volví. Paquito se había quedado plantado en mitad de la calle, con la barra de pan colgándole de la mano como si se le hubiera olvidado que la llevaba, mirando otra vez hacia el oeste, hacia las torres, con esa cara de otro tiempo que yo todavía no sabía leer.

Lolo, ajeno a todo, tiraba de la correa hacia un alcorque con asuntos urgentes que atender.

—Paquito.

No me oyó.

—Paquito.

Se volvió, parpadeando, de vuelta de muy lejos.

—Tú sabes lo que Efisio venía a comprobar —dije. Y no lo dije como pregunta. Lo dije como se pone una carta boca arriba sobre la mesa, despacio, para que el otro la vea bien.

Mi marido me miró. Y por primera vez en tres días no me dio una verdad de las chicas.

Me dio el silencio entero. El grande. El de cuarenta años.

Le vi en la cara el peso de algo que llevaba tanto tiempo cargando que ya había aprendido a andar con ello sin cojear, y que de pronto, en una calle de Stintino, con una barra de pan en la mano, le había vuelto a pesar de golpe.

El viento de la Pelosa bajó por la calle y nos despeinó a los dos, y levantó del suelo una bolsa de plástico que cruzó la calle bailando y se enganchó en una reja.

Lolo le ladró. Y yo supe, con esa certeza que no viene de la cabeza sino del estómago, que la promesa que le habíamos hecho a Piras —ocuparnos solo del tejado— acababa de morirse allí mismo, en mitad de una calle, entre el olor a pan caliente, sin que ninguno de los dos tuviera el valor de enterrarla en voz alta.

—No lo sé —dijo Paquito al fin. La voz le salió ronca, y carraspeó—. Pero sé dónde lo venía a comprobar.

Y no dijo dónde. No hizo falta. Los dos miramos a la vez, calle abajo, hacia el oeste, hacia donde la costa se curvaba y empezaba la fila de las torres clavadas en el filo del horizonte como mordiscos de piedra. La barra de pan se enfriaba, olvidada, en su mano.