La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 5. El joven que tomaba notas #2
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Capítulo 5. El joven que tomaba notas #2

Bachisio sonrió en la penumbra, y la llama del carburo le bailó en los ojos amarillos.

—Lejos. Dicen que se puede ir de una torre a otra sin que el cielo te vea. Yo no lo he hecho todo. Nadie lo ha hecho todo. —Levantó el carburo, y las sombras se movieron en la bóveda como cosas vivas—. El que lo hizo todo no volvió a contarlo.

Paquito quiso preguntar qué quería decir eso. Pero en tres semanas había aprendido que ciertas frases en aquella costa no eran puertas que se abren, sino puertas que se cierran, y que la educación consistía en no empujarlas. Así que no preguntó.

*

Bachisio empujó la barca con las manos hasta varar la proa en la plataforma de piedra, saltó fuera con una agilidad de gato, y le tendió la mano para ayudarlo a bajar.

La piedra estaba seca y extrañamente tibia bajo las suelas, pulida como el mármol de una escalera vieja.

Caminaron unos pasos hacia el fondo, hacia la bifurcación, y Bachisio se detuvo, levantó el carburo hacia la pared de la derecha, y la luz encontró, a la altura del pecho de un hombre, un hueco en la roca.

Y dentro del hueco, algo verde.

Al principio el joven Paquito creyó que era una piedra. Una concreción, un capricho mineral. Luego la llama se asentó, y la cosa verde tuvo forma, y la forma era imposible y era exacta: una barca.

Una barca diminuta, de bronce, del tamaño de una mano abierta.

El casco alargado, fino, con una hilera de pájaros minúsculos posados en la borda, y la proa alzada en un cuello largo rematado por una cabeza de ciervo con una cuerna enorme, desproporcionada, hermosa, abierta como las ramas de un árbol de invierno, con la punta más alta partida en limpio, una mella antiquísima que en lugar de estropearla la hacía más verdadera.

Estaba verde entera, de una pátina espesa, mate, profunda, ese verde que no es un color sino un tiempo. No brillaba. No le hacía falta.

—No la toques —dijo Bachisio, sin alzar la voz, y la mano de Paquito, que ya iba sola, se detuvo en el aire.

—¿Qué es?

—De los antiguos. —Bachisio acercó un poco más el carburo, y la cuerna del ciervo echó una sombra de árbol sobre la roca—.

De antes de los españoles, de antes de los romanos, de antes de Dios.

Los que hicieron los nuraghes. Mi abuelo decía que ya estaba aquí cuando el abuelo de su abuelo entró por primera vez en esta gruta, y que entonces ya era más vieja que todos los apellidos del pueblo juntos.

El joven Paquito había visto bronces nurágicos en un museo de Cagliari, al llegar, detrás de un cristal, con una cartela mecanografiada.

Guerreros pequeños, arqueros, madres con niños.

Y barcas como aquella. Navicelle , decía la cartela.

Barcas votivas. Pero entre el cristal del museo y aquel hueco de roca negra había la misma distancia que entre una palabra y una voz: aquella barca no estaba expuesta. Estaba en su sitio . Montaba guardia.

—¿Y qué hace aquí?

—Su trabajo. —Bachisio lo dijo como se dice de un farero o de un perro—.

Los viejos decían que estas barcas llevan a los muertos.

Por el mar. Que cada una tiene los suyos a cargo, y que por eso los antiguos las dejaban en la roca y en el agua, para que los suyos no se quedaran en tierra.

—Se encogió de hombros, sin sonreír, y por primera vez en tres semanas el joven Paquito lo vio sin la risa puesta, ni encima ni debajo—.

Yo no sé si me lo creo. Pero sé lo que me enseñó mi padre, que es lo que le enseñó el suyo: las barcas no se tocan, no se mueven y no se venden.

El que vende la barca, deja a su muerto a pie.

El plinc de las gotas siguió cayendo en el agua negra, multiplicado.

—¿Hay más? —preguntó Paquito, en un susurro.

—Donde la roca quiere. —Y la puerta se cerró, como se cerraban todas, sin portazo—. No preguntes.

Pero algo le quedó al viejo pescador joven dándole vueltas en la boca, porque al cabo de un momento, mirando la barca y no a Paquito, añadió lo otro, lo que el joven tardaría cuarenta años en entender del todo:

—¿Te han contado ya lo del oro de las torres?

Te lo contarán. El caldero de los corsarios, la paga de los españoles.

Tres siglos lleva esta costa agujereando torres para nada.

—Movió el carburo, y el verde de la barca se encendió y se apagó sin brillar nunca—.

El único tesoro de esta costa es este, catalán.

Y no brilla. Mejor. Lo que brilla, antes o después, alguien se lo lleva.

*

Hizo entonces el joven Paquito lo que sabía hacer.

Sacó la libreta del bolsillo del pecho —la que no se atrevía a estrenar—, la abrió por la primera página en blanco, y a la luz temblorosa del carburo, con la mano un poco insegura por el frío y por lo otro, empezó a dibujar.

Dibujó la boca de entrada. La galería. La bifurcación.

Las marcas en la piedra. Anotó al margen la dirección, calculó la altura a ojo, apuntó la relación con la marea.

Lo hizo con el cuidado obsesivo del científico joven que cree que el rigor es una forma de inocencia, que medir y anotar es un acto limpio, que el conocimiento, por el simple hecho de ser conocimiento, es bueno.

La punta del lápiz se le mojaba con la humedad del aire y resbalaba, y él soplaba el papel y seguía.

Y en una esquina de la página, con la misma tinta de la ciencia, dibujó la barca. El casco, los pájaros de la borda, el cuello de la proa, la cuerna abierta. Y debajo, con la letra diminuta del rigor: bronce, votiva, ¿nurágica?, c. 15 cm, in situ.

No levantó la vista para ver si Bachisio lo miraba.

Si lo hubiera hecho, habría visto en la cara de su amigo, a la luz del carburo, una sombra nueva.

La duda del hombre que enseña algo sagrado y empieza a sospechar, demasiado tarde, que quizá no debería habérselo enseñado a alguien que lo apunta todo.

Y habría visto el momento exacto —cuando el lápiz llegó a la barca, cuando la cuerna del ciervo empezó a crecer en el papel ajeno— en que Bachisio abrió la boca para decir algo.

No lo dijo.

Volvieron a la barca de remos en silencio. Ya fuera, con el cielo de estrellas encima otra vez y la boca negra cerrándose a su espalda con la marea, Bachisio habló una última vez, de espaldas, remando.

—Esta noche te he enseñado dos cosas. La gruta y la barca. La gruta me la has jurado. —Los remos entraron y salieron del agua sin una gota de ruido—. La barca no te la hago jurar.

—¿Por qué?

—Porque si cuentas la gruta, me buscas la ruina a mí, y yo soy un hombre y los hombres se defienden.

—El pueblo apareció a lo lejos, cuatro luces amarillas temblando sobre el agua—.

Pero si cuentas la barca, se la buscas a los muertos.

Y los muertos no se defienden, catalán. Por eso lo suyo no se jura. Se sabe.

*

Aquella noche, dentro de la roca, solo había habido un mar antiguo entrando y saliendo de la piedra, un hombre que confiaba contra su propio instinto, y un chico que tomaba notas creyéndose inocente, deslumbrado, con los ojos muy abiertos, descubriendo el mundo subterráneo de aquella costa como quien descubre un secreto que le hubieran regalado a él solo.

El mapa que dibujó —la boca, la galería, la bifurcación, y en una esquina una barca pequeña con proa de ciervo— serviría, cuarenta años después, en unas manos que él no podía imaginar, para mover por aquellas mismas galerías cosas mucho peores que tabaco.

Para vaciar, pieza a pieza, una oscuridad que no era de nadie vivo.

Y para subir por un túnel el cuerpo de un buzo y sentarlo, ya frío, contra el muro de una torre.

Pero eso el muchacho inclinado sobre la libreta, con el carburo siseándole al lado y el agua negra lamiendo los pies de la barca, no podía saberlo.

No sabía que los secretos no se regalan.

Se prestan. Y un día se pagan.