Capítulo 5. El joven que tomaba notas
El joven que bajó del autobús aquella tarde de septiembre llevaba una mochila militar de segunda mano que le pesaba como un castigo, unas botas que todavía no le habían sacado los callos sino las ampollas, y una libreta nueva en el bolsillo del pecho que no se atrevía a estrenar por miedo a mancharla con una primera frase tonta.
El autobús arrancó y lo dejó plantado en una nube de gasoil caliente que tardó en disiparse.
Cuando se fue, llegó lo otro: una bofetada de luz blanca que le hizo entornar los ojos hasta casi cerrarlos, y un olor que no había olido en su vida y que ya no olvidaría, una mezcla de sal, de alga pudriéndose al sol, de sentina, de higo maduro y de algo mineral, caliente, que era la propia piedra de la isla soltando el calor del día.
Se quedó parado, parpadeando, con la camisa pegada a la espalda por el sudor del viaje, mientras dos viejos sentados a la sombra de un muro lo miraban bajar del autobús con la desconfianza educada con que los pueblos pequeños miran a cualquiera que llega con mochila y sin motivo aparente.
Tenía veintiséis años. Se llamaba Francesc, aunque ya empezaba a dejar que lo llamaran Paquito.
Y acababa de convencer a un tribunal de su universidad de que valía la pena pagarle un billete de barco y tres meses de pensión para estudiar, con el rigor que exige la ciencia, una cosa que en aquella costa todo el mundo conocía y nadie nombraba en voz alta: el contrabando.
No lo había escrito así en la solicitud, claro.
En la solicitud había puesto «economías informales y estructuras de reciprocidad en comunidades pesqueras del noroeste sardo», que era la manera universitaria de decir lo mismo sin que a nadie le diera un sobresalto.
Pero él sabía a lo que iba. Iba a estudiar cómo un pueblo entero podía vivir, durante generaciones, de mover por mar lo que el Estado prefería que no se moviera, y considerar eso no un delito, sino un oficio, casi una herencia, casi una forma de honra.
Lo que el joven Paquito no sabía aquella tarde, mientras la mochila le serraba los hombros y la luz le hacía llorar los ojos, era que aquel sitio iba a enseñarle algo que ninguna asignatura le había enseñado: que ciertos conocimientos pesan, y que el que los recoge se vuelve, quiera o no, responsable de lo que otros hagan con ellos.
Pero eso vendría después.
Aquella tarde solo había una luz que cegaba, un olor nuevo que mareaba, y un pueblo de casas bajas mirándolo en silencio mientras él, sin saber adónde ir, fingía consultar un papel para que no se le notara que estaba solo y un poco asustado en la otra punta del mundo conocido.
*
Tardó tres semanas en que alguien le dirigiera una frase que no fuera el precio del pan.
Los pueblos de contrabandistas tienen un oído finísimo para distinguir al curioso del policía, y aquellas tres semanas el joven Paquito fue, para todos, una de las dos cosas sin que nadie acabara de decidir cuál.
Comía solo en la pensión, un plato de pasta con una salsa de tomate que sabía a sol concentrado y un vino tan áspero que la primera noche hizo una mueca y la patrona se rió de él desde la cocina.
Aprendió a beberlo sin muecas. Aprendió que el vino agrio se vuelve casi dulce al tercer trago si lo acompañas de pan y de paciencia.
Aprendió a fumar despacio, porque el tabaco era moneda de conversación, y a no preguntar nunca de frente lo que se podía rascar de lado.
Por las noches escribía. Pero no lo que le importaba —todavía no le dejaban ver nada que importara—, sino lo pequeño: el precio de las cosas, las horas a las que salían y entraban las barcas, cómo se saludaban los hombres en el puerto y cómo cambiaba ese saludo según con quién.
Llenaba páginas de letra apretada a la luz de una bombilla amarilla que zumbaba y atraía a las polillas, con el calor pegándosele a la nuca y el rumor del mar entrando por la ventana abierta.
El que le abrió la puerta fue Bachisio.
Bachisio Sanna tenía entonces poco más de treinta años, las manos ya marcadas de cuerda y de sal, y una risa fácil que le salía de muy abajo y que servía, aunque el joven aún no lo viera, para tapar lo bien que aquel hombre calculaba cada cosa que decía.
Era pescador de oficio y otra cosa de vocación, y fue el primero del pueblo que decidió, por razones que el joven tardaría años en comprender, que aquel catalán flaco de la libreta no era peligroso.
Empezó como empiezan estas cosas: con un vaso de vino que nadie pide y que no se puede rechazar. Bachisio lo dejó en la mesa de Paquito de un golpe, sin preguntar, y se sentó enfrente sin que lo invitaran, dándole la vuelta a la silla para apoyar los brazos en el respaldo.
—Escribes mucho.
—Es mi trabajo.
—¿Escribir es un trabajo?
—Para mí, sí.
—¿Y quién te paga por escribir lo que hacemos aquí?
El joven Paquito era joven pero no tonto, y eligió la única respuesta que aquel hombre iba a respetar: la verdad.
—Una universidad. Quiero entender de qué vive esta gente. Y por qué lo que para el Estado es delito, para vosotros no lo es.
Bachisio lo miró un rato largo, sin tocar su vaso.
Tenía los ojos de un castaño tan claro que casi parecían amarillos a la luz de la bombilla, ojos de animal de monte.
Luego bebió, dejó el vaso con cuidado, se limpió la boca con el dorso de la mano, y dijo una frase que el joven Paquito copiaría aquella noche palabra por palabra, y que cuarenta años más tarde, ya viejo, seguiría sabiéndose de memoria:
—El Estado puso una frontera en el mar. Nosotros estábamos aquí antes que la frontera. Dime tú quién es el intruso.
*
A partir de aquel vaso, el pueblo se le fue abriendo despacio, como se abre una mano cerrada: dedo a dedo, sin prisa, vigilando.
Bachisio se volvió su llave. Lo llevó a conocer a los viejos que recordaban los tiempos del tabaco americano, hombres con la cara cuarteada como la tierra en agosto, que hablaban de las lanchas que salían de noche hacia los barcos fondeados más allá de las aguas territoriales y volvían antes del alba cargadas de cartones.
Le explicó el código que no estaba escrito en ningún sitio y que todos obedecían: a quién se podía robar y a quién no, qué familia mandaba en qué tramo de costa, cómo se repartía el riesgo y, sobre todo, cómo se repartía el silencio.
Y una noche, tres semanas después del primer vaso de vino, Bachisio lo llevó a las grutas.
Fueron en una barca pequeña, de remos, sin motor, bordeando la costa hacia el oeste, hacia donde las torres de vigía se recortaban negras contra un cielo sin luna tan cuajado de estrellas que el joven Paquito, que era de ciudad, echó la cabeza atrás y se mareó.
Nunca había visto tantas. La Vía Láctea cruzaba el cielo entero como un brochazo de cal.
Bachisio remaba sin ruido, hundiendo y sacando los remos con un cuidado de cirujano, y solo se oía el goteo del agua al levantarlos y, de vez en cuando, el chapoteo gordo de un pez.
Hacía frío sobre el agua, un frío que no había en tierra, y Paquito se cerró la cazadora y metió las manos en los sobacos.
—Mira bien —dijo Bachisio, sin dejar de remar, en voz muy baja, aunque no había nadie en kilómetros—. Esto no se lo enseño a cualquiera. Y no lo vas a poder enseñar tú a nadie.
—¿Por qué me lo enseñas, entonces?
Bachisio dejó de remar. La barca siguió deslizándose sola y luego quedó quieta, meciéndose, sobre el agua negra.
—Porque tú escribes —dijo—. Y un día, cuando todos los que sabemos esto estemos bajo tierra, alguien tiene que saber que existió.
Que aquí vivió gente que se ganó la vida con el mar y con la noche y no eran ladrones.
Eran otra cosa. —Volvió a coger los remos—.
Pero todavía no. Mientras yo viva, esto no sale de tu cabeza. ¿Me lo juras?
—Te lo juro —dijo el joven Paquito.
Lo juró deprisa, a la ligera, sin pesar lo que pesaba aquella palabra. Tenía veintiséis años. A los veintiséis los juramentos se hacen con la boca, no con la vida.
La barca se acercó a la base de un acantilado donde, a ras del agua, la marea baja descubría una boca negra, un tajo en la roca por el que cabía justo la barca con los hombres agachados. Bachisio metió los remos, empujó con las manos contra la piedra húmeda para guiar la barca, y entraron.
Dentro, la oscuridad fue total y el sonido cambió: el rumor del mar abierto se convirtió en un eco hueco, cavernoso, el de las gotas cayendo de la bóveda y reventando en el agua con un plinc que se repetía multiplicado.
El aire se volvió frío y espeso, con un olor denso a roca mojada, a sal vieja, a tiempo encerrado.
Paquito alargó la mano sin querer y tocó la pared: estaba viscosa, fría, cubierta de un musgo baboso, y apartó los dedos con un escalofrío que no era solo de frío.
Bachisio rascó una cerilla —el fósforo prendió con un fogonazo que dejó ciego a Paquito un segundo y un olor a azufre— y encendió un carburo. La llama blanca, siseante, chisporroteó y luego se estiró, y la luz reveló de golpe algo que al joven le cortó la respiración en mitad del pecho.
Una galería natural, alta como la nave de una iglesia pequeña, se internaba en la roca y se bifurcaba más allá del alcance de la llama.
El agua entraba unos metros y luego cedía el paso a una plataforma de piedra seca, pulida, gastada por el roce de generaciones de pies descalzos y de fardos arrastrados.
Las paredes brillaban húmedas, y donde la luz del carburo las tocaba se encendían en vetas de un mineral que devolvía destellos, como si la roca tuviera dentro polvo de estrellas.
—Esto lo empezó el mar —dijo Bachisio, y la voz le salió con el mismo tono con que la gente habla dentro de las iglesias, que es el mismo con que se habla dentro de las cuevas—.
La roca de aquí es blanda. El agua la come despacio, mil años, diez mil.
Y donde el mar dejó el hueco, los hombres cavaron el resto.
—¿Hasta dónde llega?