Capítulo 4. Una cara conocida con galones nuevos
La llamada a emergencias la hizo Paquito desde lo alto del sendero, donde el móvil recuperó por fin dos rayas temblorosas y una operadora que le hizo repetir tres veces el nombre del sitio, y que Paquito le deletreó con una paciencia que no tenía, P de Pelosa, mientras se le quebraba la voz en la segunda sílaba.
Lo que vino después es lo que ninguna novela cuenta porque es aburrido, y por eso es lo más cierto de todo: la espera.
Una hora larga sin poder hacer nada, sin poder irnos, vigilando de lejos una torre con un muerto dentro mientras el sol subía y, contra toda decencia, la playa se ponía cada vez más hermosa.
Nos sentamos en una roca junto a la autocaravana.
Paquito hizo café sin que nadie se lo pidiera, porque las manos necesitaban una tarea, y me puso una taza de latón caliente entre las manos heladas, y el calor me subió por las palmas y casi me hizo llorar, no sé por qué, a lo mejor por lo de siempre: que el cuerpo llora por donde puede cuando la cabeza no le deja.
No hablamos mucho. Hay silencios que sostienen mejor que cualquier palabra, y treinta años nos habían enseñado a reconocer ese.
Lolo no se separó de mí ni un instante. Se había sentado encima de mi pie, pegado a la pierna, con todo su peso tibio apoyado en mí, y una sola vez levantó la cabeza hacia la torre, allá abajo, y soltó un gruñido corto, un recordatorio, como diciendo lo dije, yo lo dije , y luego volvió a apoyar el hocico en mi tobillo y suspiró.
*
Los primeros en llegar fueron dos carabinieri jóvenes del cuartel de Stintino, en un coche que olía a nuevo y que aparcó torcido.
Bajaron colocándose la gorra, y se les vio en la manera de andar —demasiado tiesa, demasiado pendiente de las botas— que ninguno de los dos había visto nunca un muerto y que rezaban por que el muerto resultara ser un borracho dormido.
Nos tomaron los datos con una mezcla de oficio y de sudor.
El más joven, cuando bajó a la torre con la marea ya entrando y volvió a los cinco minutos, traía la cara del color de la pared y no quiso el café que Paquito le ofreció.
El otro llamó por radio a Sassari, y oí cómo la voz le temblaba al pedir, intentando que no se le notara, que mandaran a alguien con más galones.
Mandaron a unos cuantos. A media mañana, la explanada de tierra parecía un aparcamiento: dos coches de carabinieri con las luces girando sin sirena, una furgoneta blanca del laboratorio de la Científica, un médico forense con cara de domingo arruinado que bajó del coche calzándose unos guantes de látex con un chasquido seco, y, por último, un coche oscuro sin distintivos del que se bajó un hombre.
Lo reconocí antes de verle la cara.
Lo reconocí por cómo cerró la puerta del coche —sin golpe, con la palma, como quien no necesita hacer ruido para que se sepa que ha llegado— y por cómo se quedó un segundo de pie junto al coche, abarcándolo todo con una mirada lenta, ordenando el caos solo con mirarlo.
Traje gris, pese al calor que ya apretaba.
Gafas de sol. Y esa quietud que se notaba a treinta metros, la misma con que, meses atrás, en un cuartel de Tempio Pausania, había recibido a dos jubilados de Barcelona con doce páginas de pruebas y una historia que nadie quería creerse.
—No me lo puedo creer —dije.
—¿Qué? —Paquito levantó la vista de la taza.
—Mira quién es.
Tardó un segundo más que yo. Pero llegó al mismo sitio, y vi cómo le cambiaba la cara.
—No puede ser.
—Es.
El hombre del traje gris se quitó las gafas mientras hablaba con uno de los carabinieri locales, que le señaló la torre y luego, con la barbilla, a los dos viejos sentados en la roca. El hombre siguió la dirección del gesto. Nos miró.
Y se quedó muy quieto.
Un instante. Luego dijo algo al carabiniere, asintió, dio dos o tres instrucciones señalando con la mano, y echó a andar hacia nosotros, sin prisa, con esa economía de movimientos que yo recordaba palmo a palmo.
Piras. Más delgado. Con alguna cana más en las sienes y un traje mejor cortado que el de antes. Pero Piras.
*
Lolo se levantó de mi pie cuando lo vio acercarse.
Yo me tensé, lista para sujetarlo, porque el bicho le había gruñido a una torre de piedra y no me fiaba de cómo iba a recibir a un desconocido con autoridad encima.
Pero Lolo trotó hacia Piras moviendo el rabo entero, el culo, la mitad del cuerpo, le olió las perneras del pantalón gris con dos resoplidos rápidos, y se sentó delante de él con la lengua fuera y una pata levantada, ofreciéndola, como si llevara toda la vida esperándolo.
Piras se detuvo a dos pasos de nosotros, miró al perro, miró la pata ofrecida, y, sin agacharse del todo, le rozó la cabeza con dos dedos.
—Hasta el perro —dijo, en castellano, su castellano de siempre, mejor del que ningún carabiniere de esta isla tendría por qué tener—.
Seis meses. No llevan ustedes ni un día entero en mi nueva demarcación y ya tengo un cadáver, dos testigos catalanes y un perro que da la pata.
—Se guardó las gafas en el bolsillo de la pechera, despacio—.
¿Saben cuánta gente normal encuentra un muerto a lo largo de toda una vida?
Ninguna. La gente normal se muere sin encontrar ninguno. Ustedes llevan dos en medio año.
—Nosotros no los buscamos —dije.
—Ya. Eso es lo que me inquieta. Que los encuentran sin buscarlos. —Miró hacia la torre, allá abajo, donde la marea alta volvía a rodear el islote y dos hombres de la Científica esperaban junto a una zódiac—. ¿Están bien?
Lo preguntó de otra manera. Más bajo. Y esa pregunta, antes que cualquier otra, me dijo más de los meses pasados que el traje nuevo.
—No —dije—. Lo conocíamos.
—Lo sé. Por eso lo pregunto.
*
Nos tomó declaración él mismo, sentados los tres en las sillas plegables junto a la autocaravana, con una libreta pequeña que no necesitaba mirar para escribir.
Le contamos todo y en orden: la llamada de la agencia, la casa, la noche en la explanada, la marea baja, la lengua de arena, la verja abierta, el candado intacto, el perro que no quería entrar, el olor, el hombre sentado.
Yo le conté también lo de la arena virgen, los trescientos sesenta grados sin una huella, porque sabía que él entendería lo que eso valía.
Levantó los ojos de la libreta una sola vez, justo ahí, y los volvió a bajar sin decir nada, y oí el bolígrafo apretar un poco más.
Lo único que no le conté fue la luz. La luz soñada de las cinco de la madrugada.
¿Qué iba a decirle? ¿Que me despertó dos veces una luz que no estaba cuando miré?
Una no le cuenta sus duermevelas a un carabiniere con galones nuevos.
La anoté para mí, en la lista de cosas que no se dicen porque no se pueden defender.
—Tempio se le ha quedado pequeño —dijo Paquito, señalando con la barbilla el coche sin distintivos, por decir algo que no fuera el muerto.
—Nucleo Investigativo. Sassari. —Piras lo dijo sin vanidad, como si diera un dato del tiempo—.
Desde enero. Al parecer, resolver el caso de la Madonna le pareció a alguien mérito suficiente.
—Una pausa seca—. No les voy a dar las gracias otra vez por aquello.
Ya se las di una vez y fue suficiente bochorno para los tres.
—Fue usted quien lo resolvió —dije.
—Fui yo quien lo firmó. —Me miró, y por debajo de la ironía pasó otra cosa, rápida—. No es lo mismo, y usted lo sabe mejor que nadie, que para eso se pasó meses corrigiéndome el expediente desde una autocaravana.
Cerró la libreta. Se quedó un momento con ella en la mano, dándole un golpecito contra la rodilla, mirando la torre, y le vi hacer el cálculo que yo llevaba toda la mañana esperando que alguien con mando hiciera en voz alta: un muerto dentro de una torre precintada, un candado abierto sin forzar, y ni una huella en la arena alrededor.
—Esto no me gusta nada —dijo al fin, para sí, en italiano, y volvió al castellano y a nosotros—.
Bien. Escúchenme. Sé quiénes son. Sé cómo son.
Por eso se lo voy a pedir antes de que empiecen, y no después, que con ustedes el después llega enseguida.
—Levantó un dedo, sin dramatismo, un dedo administrativo—.
Esto es una investigación de homicidio desde este momento, aunque oficialmente aún no lo sea.
Ustedes son los que han encontrado el cuerpo.
Eso los convierte en testigos, no en colaboradores. ¿Estamos?
—Estamos —dijo Paquito.
—Han venido a comprar una casa. Muy bien. Cómprenla o no la compren, pero ocúpense de eso. Del tejado. De las humedades. De pelearse con un arquitecto, que es una guerra que dura años y entretiene mucho. —Me miró a mí, solo a mí—. Y de la libreta azul, señora, espero no tener noticias.
—¿Qué libreta azul?
—La que le hace bulto en el bolsillo de la chaqueta desde que me he sentado.
No dije nada. Él tampoco. Nos medimos un segundo, y en ese segundo cupo todo Vignola, y los dos supimos que la promesa que me estaba pidiendo no me la podía hacer y que él no podía dejar de pedírmela. Asintió despacio, con la cara de quien acepta un trato malo porque sabe que el bueno no existe.
Se puso las gafas de sol. Hizo ademán de volver hacia la torre. Al moverse, notó que Lolo seguía tumbado en su zapato, calentándoselo, profundamente dormido, como duermen los cachorros, sin transición, en mitad de cualquier cosa.
Piras se quedó mirando al perro un momento. Y algo se le ablandó en la cara, una grieta pequeña en toda aquella piedra institucional.
—Siento que fuera Meloni —dijo, sin mirarnos, mirando al perro dormido—. Sé que lo conocían. Era un buen hombre. De los que dicen la verdad aunque les cueste la rodilla y algo más. —Tragó—. No merecía una torre.
Movió el pie con un cuidado absurdo, de puntillas, para no despertar al cachorro al sacar el zapato.
Lolo rodó sobre la tierra, abrió un ojo, y volvió a dormirse.
Y Piras se fue hacia el muerto, con sus galones nuevos y su traje incómodo, a hacer el trabajo que le habían dado, en parte, gracias a nosotros.
Lo vi alejarse. Luego miré la torre, sobre su roca, con la marea ya alta lamiéndole los pies de piedra, cerrándola otra vez, devolviéndola a su soledad de isla.
«No merecía una torre», había dicho Piras.
Y yo, que no había sido capaz de apagar la cabeza en toda la mañana, pensé una cosa que no dije en voz alta, ni siquiera a Paquito, ni siquiera todavía a la libreta azul: que nadie acaba en una torre por casualidad.
Que si Efisio Meloni había aparecido muerto justo ahí, en una torre cerrada, conectada según las leyendas con otras torres por grutas que nadie había visto y todos nombraban, era porque alguien había querido decir algo poniéndolo precisamente ahí.
La pregunta no era solo quién.
La pregunta iba a ser por qué ahí.