La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 3. La marea baja a las siete y diez #2
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Capítulo 3. La marea baja a las siete y diez #2

Durante un segundo entero —el segundo más largo que recuerdo— mi cabeza hizo lo que hace siempre para protegerme: le buscó una explicación buena.

Un pescador descansando. Un sin techo durmiendo la mona.

Un excursionista que se ha sentado a esperar.

La cabeza del hombre caía hacia un lado, la espalda contra la piedra, las piernas estiradas, una mano en el regazo y la otra caída en la tierra con la palma abierta hacia arriba, los dedos un poco curvados hacia dentro.

Paquito movió la linterna hacia la cara.

Y dejé de respirar.

Porque conocía esa cara. La había visto salir del agua dentro de un neopreno que le quedaba grande, escupiendo sal.

La había imaginado, sin verlo, en una iglesia a la que no pudimos ir, en un mensaje que leyó otra mujer en voz alta.

La cara de un hombre serio, de los que dicen la verdad aunque les cueste.

—Es Efisio —dije. La voz me salió fina, sin aire, como si alguien me hubiera vaciado el pecho de un manotazo—. Paquito. Es Efisio Meloni.

Mi marido no dijo nada. La linterna le temblaba en la mano, una mancha de luz bailándole sobre el muerto, y la sujetó con la otra mano para pararla y no lo consiguió del todo.

No hizo falta acercarse para saberlo, y no nos acercamos.

Había en él una quietud que no era la del sueño.

La piel tenía un color que la piel viva no tiene, un color de cera, de vela apagada.

Y la mano abierta en la tierra, la palma hacia arriba, los dedos curvados sobre nada, tenía la indefensión de las manos que ya no van a cerrarse alrededor de nada nunca más.

Retrocedí. Tropecé con un cascote, trastabillé, y Paquito me agarró del brazo sin dejar de mirar al muerto.

—No toques nada —dijo, muy bajo, como si pudiéramos despertarlo—. No toquemos nada.

—No iba a tocar nada.

—Lo sé. Lo digo por mí.

Fuera, Lolo seguía ladrando, y ahora su ladrido sonaba distinto, más agudo, casi un llanto, ese ladrido que hacen los perros cuando lo que quieren no es atacar, sino que los suyos salgan de donde están.

*

Salimos a la luz gris del amanecer, y el aire de fuera, después del de dentro, me pareció una cosa nueva, indecente de tan limpia.

Me agaché, con las manos en las rodillas, y respiré hondo dos veces.

Lolo se me echó encima, temblando, lamiéndome la cara, las manos, todo, con un alivio frenético, y yo lo abracé contra el pecho y noté su corazón disparado contra el mío y agradecí, de una forma tonta y enorme, tener algo vivo y caliente al que agarrarme en aquel momento.

Paquito ya tenía el móvil en la mano, pero lo giraba buscando señal, y la pantalla decía que no, una sola barra que aparecía y se iba, burlándose.

—No hay cobertura —dijo—. Hay que subir al sendero.

Pero ninguno de los dos echó a andar. Nos quedamos fuera de la torre, con el perro temblando entre los dos, mirando el mar que empezaba a encenderse con los primeros amarillos sucios del sol.

Y por un momento no fuimos dos investigadores aficionados, ni dos compradores de una casa con vistas, ni dos jubilados con ilusión de críos.

Fuimos dos personas que acababan de encontrar muerto a alguien que conocían, en un sitio al que ese alguien no tenía ningún motivo para haber ido, y que sabían —los dos, sin decirlo— que aquello no iba a ser ningún accidente.

—Vivía en la otra punta de la isla —dije, mirando el agua—. En Vignola. A horas de aquí.

—Lo sé.

—¿Qué hacía un buzo de Vignola muerto en una torre cerrada de la Pelosa?

—Montse.

—Y con la rodilla operada. Subir a esta roca con esa rodilla.

—Montse.

Lo miré.

—Acabamos de encontrar un muerto —dijo, despacio, con una ternura cansada, sin soltarme el brazo—. Déjalo respirar un minuto antes de empezar a interrogarlo.

Cerré la boca. Tenía razón, claro que la tenía.

Pero la cabeza ya había arrancado y no había forma humana de pararla, y los dos lo sabíamos, y eso —que mi cabeza ya estuviera trabajando antes de que el cuerpo terminara de temblar— era exactamente lo que él había temido desde que sonó el teléfono cuatro veces un domingo y yo, a la cuarta, lo cogí.

Subimos por la lengua de arena, que ya empezaba a estrecharse porque la marea había decidido volver, lamiendo los bordes, comiéndose nuestra huella de la ida. Lolo iba pegado a mis tobillos, sin separarse, sin escarbar, mirando hacia atrás cada pocos pasos.

A mitad de camino me paré y miré la torre.

La verja seguía abierta. El candado seguía colgando, intacto, de su eslabón. Y la arena que rodeaba la torre, toda, los trescientos sesenta grados de arena alrededor de aquella roca, estaba lisa. Virgen. Sin una sola huella que no fuera la nuestra de hacía un momento y la del perro.

Nadie había cruzado aquella arena antes que nosotros esa mañana. Lo habría jurado. La marea de la noche lo borra todo, sí, pero entonces, ¿quién había dejado el candado abierto? ¿Y por dónde se había ido, si por la arena no había pisado nadie?

Me acordé del camarero. De su abuelo, el de las torres.

De las torres unidas por debajo, de las bocas de cueva que se abren bajo el agua y suben hacia dentro de la roca.

Y me acordé, sin querer, de aquel soplo de aire frío que me había tocado los tobillos ahí dentro, oliendo a mar de dentro, a profundidad, en una torre seca.

Apreté el paso para alcanzar a Paquito. A mi espalda, el sol terminó de salir del mar de un tirón, y el agua se volvió de oro, y la playa más fotografiada de Cerdeña amaneció hermosa, deslumbrante, indecente, con un hombre muerto sentado dentro de su torre y dos forasteros y un cachorro subiendo por la arena a contarlo.

Y supe, mientras subía, que nunca más iba a poder mirar aquel mar de tres azules sin ver, debajo del oro, la mano abierta de un hombre bueno sobre la tierra de una torre. La belleza y el horror pegados, en el mismo sitio, a la misma hora, como el oro sobre el agua y la mano sobre la tierra.

Pero eso era lo de menos. Lo que no me dejaba subir tranquila era lo otro, lo que no encajaba, lo que llevaba la cabeza dándome vueltas desde la verja: por aquella arena no había pisado nadie esa mañana antes que nosotros.

Nadie. Y sin embargo, el candado estaba abierto, y dentro había un hombre muerto que no se había sentado solo.

Si no había llegado por la arena, solo quedaba una manera de haber llegado.

Por debajo.

Lo que pasa abajo, tarde o temprano sale arriba.