La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 3. La marea baja a las siete y diez
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Capítulo 3. La marea baja a las siete y diez

Dormimos en la autocaravana, en la explanada de tierra junto a la casa, con el permiso de Bruno y la promesa de no encender fuego, no tocar nada y marcharnos como habíamos venido.

Quedarnos fue idea mía. Le dije a Paquito que una casa hay que olerla de noche antes de fiarse de ella, que a las cinco de la tarde, con un agente al lado cantando virtudes, cualquier sitio engaña, pero que a las tres de la madrugada las casas dicen la verdad.

Él aceptó porque le pareció romántico y porque, después de un invierno de hoteles que solo existieron en nuestra cabeza, la litera de la autocaravana se le antojó la cama de cuando éramos novios.

Lolo eligió dormir encima de mis pies. No le invité.

Subió de un salto cuando ya estábamos acostados, dio sus tres vueltas reglamentarias sobre el edredón, se ovilló sobre mis tobillos como una bolsa de agua caliente que respiraba, y soltó un suspiro hondo, de viejo, impropio de un cachorro.

El peso tibio de aquel bicho sobre los pies fue, lo confieso, lo mejor de la noche.

Le notaba el corazón latir contra la espinilla, rápido, menudo, un tictac vivo en la oscuridad.

La noche nos dio la razón y nos la quitó a la vez.

Nos la dio porque aquello era un milagro.

El viento amainó después de medianoche y se hizo un silencio enorme, de los que en la ciudad no existen, un silencio con textura, roto solo por el mar abajo —un siseo largo, paciente, avanzar y retirarse— y por algún pájaro de noche que ninguno de los dos supo nombrar.

La luna salió tarde, gorda y blanca, y cuando salió hizo lo que Bruno había prometido: le prendió fuego frío a la torre.

La piedra, que de día era miel, de noche se puso de plata, y la Torre della Pelosa dejó de ser una postal para convertirse en otra cosa.

En alguien. En alguien de pie sobre una roca, mirándonos.

Y nos la quitó porque no pegué ojo.

No de miedo. A mí una sombra de piedra a lo lejos no me asusta.

Fue una desazón sin nombre, de las que el cuerpo registra antes que la cabeza, como cuando entras en una casa y sabes, sin saber por qué, que acaban de discutir en ella.

Me desperté dos veces. La segunda, hacia las cinco, me quedé mirando el techo de la autocaravana con los ojos abiertos en lo oscuro, y se me ocurrió, sin venir a cuento, un pensamiento absurdo:

La torre está cerrada hace años. Peligro de derrumbe. ¿Y por qué tiene una luz dentro?

Me incorporé despacio para no despertar a Lolo, aparté la cortinilla y miré.

La torre estaba negra. Sólida. Apagada. Dormida sobre su roca, sin una sola luz, sin nada.

Me lo había soñado, o me lo había fabricado yo en ese duermevela en que el cerebro inventa preocupaciones para no aburrirse.

Volví a tumbarme. Lolo, sin despertarse del todo, se reacomodó sobre mis pies y gruñó bajito, un gruñido de sueño, hacia la pared de la autocaravana que daba al mar.

No volví a dormirme.

*

Salimos a caminar con el primer gris, cuando el cielo todavía no había decidido de qué color iba a ser el día.

Bajamos por el sendero de tierra hacia la playa, Lolo por delante, deteniéndose cada cinco pasos a leer un olor y volviendo a salir disparado, dibujando eses, con esa felicidad de cachorro a quien el mundo entero le parece recién estrenado y suyo.

Y a mí, viéndolo, se me contagió. Porque la Pelosa a esa hora no se parecía a ninguna postal: la luz era gris perla, malva por los bordes, el agua tenía un color de metal frío, y la arena estaba intacta, lisa, sin una sola huella, con esa pureza un poco intimidante de lo que nadie ha pisado todavía.

Me descalcé. No lo pensé; los zapatos me sobraron de repente.

La arena estaba fría y húmeda y firme bajo la planta de los pies, apretada por la marea de la noche, y se me metía entre los dedos, y solté una tontería, un «ah» pequeño, involuntario, el que se le escapa a uno cuando mete el pie en el agua de niño.

Paquito me miró los pies descalzos, me miró la cara, y no dijo nada, pero se descalzó él también, con un equilibrio de garza vieja, sujetándose en mi hombro, y echamos a andar por la orilla los dos con los zapatos colgando de la mano, como dos críos que se han escapado, y Lolo entrando y saliendo del agua, mordiéndole a las olas, retrocediendo de un brinco cuando le mojaba la barriga.

La marea estaba muy baja. Tanto que el islote de la torre, que la tarde anterior parecía separado del mundo por una franja de agua, estaba ahora unido a la playa por una lengua de arena firme y mojada que el mar había dejado al retirarse, brillante como una cicatriz.

—Mira —dijo Paquito—. Se puede pasar a pie.

—Bruno dijo que solo con marea baja.

—Pues marea baja es ahora.

Miré el reloj. Las siete menos cuarto. No teníamos ningún motivo para cruzar.

La torre estaba cerrada, no se podía entrar, y lo sensato era volver, hacer café y esperar a una hora con sentido.

Pero estaba aquella lengua de arena que el mar acababa de regalar, virgen, y la cosa esa que tienen los sitios sin nadie al amanecer, esa invitación a ser, por una vez en la vida, el primero que pisa algo.

Y estaba —lo reconocería después, en la libreta— la luz que había soñado.

La luz que no existía pero que me había despertado dos veces.

Lolo ya iba por la mitad de la lengua de arena, trotando, sin dudar.

Cruzamos detrás de él.

El agua, a los dos lados, era un cristal.

Tan transparente que se veían las algas moverse despacio en el fondo, y una raya pequeña que se asustó de nuestros pasos y se fue rasando la arena, levantando una nubecilla parda que tardó en posarse.

Olía a sal, a yodo, a esa frescura mineral y limpia que tiene el mar antes de que el sol lo despierte.

Los pies se me hundían un poco a cada paso, con un ruido de succión, chop, chop, y el frío del agua me subía por los tobillos.

El islote era más grande de cerca, y la torre crecía a medida que nos acercábamos hasta taparnos el cielo: redonda, troncocónica, de piedra clara manchada de líquenes anaranjados y de regueros blancos de gaviota.

La puerta original estaba a varios metros de altura —así las hacían, para subir por una escala que luego se retiraba—, pero alguien, en algún siglo posterior, había abierto a ras de suelo una boca rectangular y baja, cerrada con una verja de hierro comida de óxido.

La verja estaba abierta.

No forzada. No rota. Abierta. Y el candado colgaba intacto de un eslabón, cerrado sobre sí mismo, como si una mano lo hubiera abierto con su llave y no se hubiera molestado en volver a pasarlo por la argolla. Al irse. O al entrar.

Y Lolo, que iba el primero, que no le tenía miedo a nada, que se metía en los motores de los Fiat y le ladraba a las olas, se paró en seco a tres metros de aquella boca.

Clavó las cuatro patas. Bajó la cabeza. Se le levantó el pelo del lomo en aquella cresta que le había visto en la casa, pero ahora entera, de la nuca al rabo.

Y empezó a gruñir hacia la oscuridad de la torre, un gruñido grave, continuo, que se le iba convirtiendo en un gemido agudo y otra vez en gruñido, retrocediendo un paso por cada dos que yo daba, sin dejar de mirar el agujero negro, sin dejar de avisar.

—Lolo —susurré—. Ven aquí.

No vino. Por primera vez desde que se subió a la autocaravana, no me hizo el menor caso. Plantó las patas y siguió avisándole a la roca de algo que él ya sabía y nosotros todavía no.

Paquito y yo nos miramos por encima del perro.

—Bruno dijo que estaba cerrada —dije.

—Bruno dice muchas cosas.

—Esto no me gusta.

—A mí tampoco. —Pero ya se acercaba a la verja, mirando el candado sin tocarlo—. Solo asomarnos. No vamos a subir. Esto se cae a pedazos.

—Paquito.

—Solo la cabeza dentro y nos vamos.

Tendría que haber dicho que no. Lo he pensado mil veces después, en las noches en que vuelve.

El perro decía que no con todo el cuerpo, y yo debí hacerle caso al perro, que de eso sabía más que los dos juntos.

Pero no dije que no, porque yo también quería asomarme, y porque aquella luz soñada me empujaba por dentro.

Empujé la verja. Chirrió, un chirrido largo, oxidado, de gozne que lleva años sin moverse y lo abren dos veces seguidas, un sonido que se metió en la roca y volvió, multiplicado, desde dentro.

Lolo estalló en ladridos a mi espalda.

*

Dentro estaba oscuro y fresco y olía mal.

Eso fue lo primero, y lo registré antes de entender nada: el olor.

No el olor a roca y a guano que esperaba.

Otra cosa, debajo. Algo dulzón y denso y pegajoso, un olor que se mete en la garganta y se queda, que el cuerpo conoce sin haberlo aprendido nunca, una alarma química anterior a las palabras.

Se me cerró el estómago, un puño. Tragué saliva y sabía rara.

Y había otra cosa más, debajo de todo, que registré de pasada y archivé sin entender: una corriente fina de aire frío que me tocó los tobillos, un soplo que olía a roca mojada y a mar de dentro, a cueva.

Un olor de profundidad que no pintaba nada en una torre seca plantada al aire sobre una roca.

Lo pensé medio segundo — ¿por dónde respira esta torre?

— y el medio segundo se lo tragó lo que vino después.

Paquito encendió la linterna del móvil. El haz tembló sobre la piedra.

La torre por dentro era una sala redonda, suelo de tierra y cascotes, los restos de una escalera de caracol pegados al muro subiendo hacia un piso que ya no existía, solo vigas peladas contra un círculo de cielo gris.

Por una tronera entraba una cuchilla de luz.

Había escombros, una lata oxidada, ceniza vieja de alguna hoguera, una botella de plástico aplastada que alguna mano o algún viento trajo de algún verano.

Y al fondo, contra el muro curvo, debajo de la tronera, había un hombre sentado en el suelo.