La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 2. El oro de las torres #3
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Capítulo 2. El oro de las torres #3

Apunté, debajo de todo lo demás: El camarero da de comer como quien paga algo. ¿Qué debe, y a quién?

*

Bruno, el de la agencia, nos esperaba a las cinco delante de la casa, con un polo rosa palo, unas gafas de sol en el pelo y ese entusiasmo profesional de los que cobran por enseñar ilusiones ajenas.

La casa era la de las fotos y no se parecía a las fotos.

Las fotos eran malas; la casa era vieja de verdad, herida de verdad, hermosa de verdad.

La piedra color miel guardaba el calor de la tarde y lo soltaba despacio; puse la palma en el muro junto a la puerta y estaba tibio, vivo, como el cuello de un animal grande.

Las contraventanas verdes descascarilladas crujían apenas con el viento.

Y en la pérgola, en la parra gris que yo conocía de memoria sin haberla visto nunca, busqué la hoja.

Ahí estaba. Verde, sola, terca. Más grande que en la foto. No se lo dije a nadie, pero la saludé por dentro como se saluda a alguien del bando de una.

—Vengan, vengan —decía Bruno, abriendo los brazos hacia el paisaje como si lo hubiera hecho él—. Primero las vistas, que las humedades pueden esperar y esto no.

Y rodeamos la casa, y se acabó la tierra, y apareció todo.

La playa, abajo, blanca, cerrada, sin nadie, con el agua de los tres azules respirando despacio. La curva de la costa abriéndose hacia el oeste, donde la tarde empezaba a dorarse. Y enfrente, en su islote, a un tiro de piedra del agua, la torre.

Redonda, troncocónica, de piedra clara con manchas naranjas de liquen, plantada sobre la roca con esa autoridad de lo que lleva cuatro siglos sin pedir permiso.

No era grande. Era exacta. El mar le daba la vuelta entera, y la franja de agua entre la playa y el islote era tan transparente que la torre parecía sostenerse sobre cristal.

—¿Eh? ¿Eh? —Bruno nos miraba la cara a uno y a otro, cobrándose las vistas—.

¿Dónde van a encontrar esto? En ningún sitio.

Esta casa es la única vivienda en kilómetro y medio.

Parque protegido. Aquí no se construirá nunca más nada.

Lo que ven es lo que habrá el día que se mueran y el día que se mueran sus nietos.

—Qué manera tan alegre de venderlo —dije.

—En mi oficio la eternidad es un argumento, señora.

Y entonces me di cuenta de que Lolo no corría.

Llevaba toda la tarde siendo una centrifugadora de pelo, y de pronto estaba quieto, plantado en el borde donde la tierra caía hacia la playa, con las cuatro patas clavadas, mirando la torre.

Solo la torre. Y mientras lo miraba mirar, le vi subir el pelo del lomo, despacio, una cresta estrecha de la nuca a media espalda, y le oí un gruñido tan bajo que más que oírse se notaba, como nota una mano el motor de un coche por el capó.

—Lolo.

Nada. Un segundo, dos, tres. Luego sacudió la cabeza, las orejas hicieron un ruido de trapo, y volvió a ser un cachorro: salió disparado detrás de una lagartija y se acabó el misterio. Bruno se rió.

—Le habrá olido un jabalí. Los hay.

Puede, pensé. Pero los jabalíes no viven en las torres.

—La torre da un valor añadido tremendo —seguía Bruno, ya en faena, guiándonos hacia la puerta—.

De postal. Y de noche, con luna, ni les cuento: la piedra se pone de plata.

Eso no lo da ni un ático en Milán. Cerrada, eso sí, ni se les ocurra cruzar; peligro de derrumbe, está precintada hace años.

Con marea baja se puede llegar andando por la arena, pero a la verja, nada más.

—Sacó un manojo de llaves, buscó una—. La casa, vamos a ver, tiene lo suyo: el tejado pide faena, hay humedades en la pared norte, la instalación es de cuando Franco era cabo.

Pero muros de un metro, señores, ya no se hacen; pozo propio, que en esta península vale oro; el terreno llega hasta el sendero; y el dueño, el señor Sanna, Bachisio Sanna, un hombre mayor encantador, lo deja todo: muebles, aperos, hasta una barca vieja en el cobertizo que ya no vale nada pero hace bonito.

Lo soltó así, el nombre, en mitad de la retahíla, entre el pozo y la barca, y así lo anoté yo aquella noche, sin darle más importancia que al pozo y a la barca. Hay nombres que entran de puntillas en una historia y luego resulta que eran la historia entera. Pero eso se sabe siempre después.

Entramos a ver la casa por dentro. Y mientras Bruno cantaba humedades como si fueran medallas, yo iba tomando, sin querer, otra clase de notas.

Porque algo se me había ido juntando en un rincón de la cabeza a lo largo de aquella mañana, sin yo buscarlo: un trapo que se paró en mitad de un gesto.

Un camarero que lo sabía todo y de repente no sabía nada.

Un tesoro que, según un abuelo, existía pero no brillaba.

Y un cachorro de tres meses que le había gruñido a una torre de piedra con el lomo erizado.

Cuatro cosas pequeñas. Cuatro cosas de nada.

Pero yo llevo toda la vida sabiendo que cuando cuatro cosas de nada aparecen el mismo día, en el mismo sitio, ya no son cuatro cosas de nada. Son las cuatro esquinas de algo que todavía no se ve.