La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 2. El oro de las torres #2
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Capítulo 2. El oro de las torres #2

—¿Y se pasa la marea baja a pie? Yo creía que en el Mediterráneo no había mareas.

—Y no las hay. Palmos. Pero en la Pelosa el fondo es tan plano que con dos palmos de agua que se van, la arena que sale es de aquí a la iglesia. Cosas de esa playa. Por eso parece de otro mundo: porque el agua no sabe si quedarse o irse.

Lolo, debajo de la mesa, encontró algo entre las patas de las sillas y lo persiguió con la lengua.

El camarero lo miró, aprobó con la cabeza —los hombres de puerto aprueban a los perros que comen de todo— y siguió, sin que nadie le pidiera que siguiera, que es como cuentan las cosas los que llevan años esperando a alguien que escuche.

—Mi abuelo fue de los últimos torreros que conoció esta costa. No torrero de oficio, que eso se acabó hace siglos; torrero de saberse las torres. Se las sabía todas, una a una, como se sabe uno los hijos. Y se sabía las historias. —Se rió, un resoplido—. La del oro, la primera.

—¿Qué oro?

—El oro de las torres. —Abrió las manos, enseñando una mercancía que no se cree ni él—.

Aquí se lo contará cualquiera. Que los corsarios escondieron el botín en las torres antes de que los hundieran.

Que los españoles enterraron la paga de las guarniciones cuando se fueron.

Que hay un caldero de monedas debajo de cada torre, una por una.

Tres siglos lleva la gente de esta costa agujereando los cimientos de las torres como su perro agujerea el hinojo, con perdón.

Mi propio abuelo, de chaval, picó piedra en dos de ellas, de noche, con su padre.

—¿Y encontraron algo?

—Mierda de gaviota. —Lo dijo con cariño, brindando con una jarra imaginaria—. Tres siglos de mierda de gaviota. No hay oro. Nunca lo hubo. El oro de las torres es el cuento con el que esta costa entretiene a los tontos.

Se quedó un momento callado, mirando el toldo dar sus golpes. Bajó la voz, no mucho, lo justo, y dijo la otra cosa. La que no era para los tontos.

—Pero mi abuelo decía algo más, y eso ya no se lo contaba a cualquiera.

Decía: el tesoro existe, solo que no brilla.

Y decía que mejor para todos que nadie lo encuentre.

—Se encogió de hombros, como pidiendo perdón por el abuelo—.

Y decía otra cosa, esta sí me la decía a mí, de crío, señalando las torres desde la barca: que las torres no se vigilan entre ellas por arriba.

Que están unidas por debajo. Grutas. Que el mar entra en esta roca como entra la carcoma en un mueble, y que en los tiempos antiguos se podía ir de una torre a otra sin que el cielo te viera.

Decía: lo que pasa abajo, tarde o temprano sale arriba.

Me quedé con el tenedor a medio camino. No sé por qué.

Era una frase de abuelo, de sobremesa, de las que se dicen con el vino.

Pero se me quedó pegada como se pega el erizo al paladar, y ahí sigue, todos estos meses después: la frase entera de esta historia, servida el primer día, de propina, con la pasta.

—¿Y es verdad? —preguntó Paquito, con una voz que quería ser ligera y le salió con un fondo raro—. Lo de las grutas. ¿Existen?

El camarero se levantó de la silla. Lo hizo sin prisa, recogiendo la jarra vacía, y la cara de presidir la mesa se le volvió la de servirla.

—Yo de eso no sé nada —dijo.

Demasiado deprisa. Llevaba veinte minutos sabiéndolo todo de todo, el erizo, las torres, los corsarios, su abuelo, y de pronto, justo ahí, en la única pregunta que pedía un sí o un no, no sabía nada.

Se fue hacia la cocina con los platos. A medio camino se paró, miró un momento por la ventana hacia la punta donde una construcción baja de piedra y cristal dominaba el cabo desde lo alto, y añadió, sin que nadie le preguntara, en otro tono:

—Si quieren comer fino, arriba está el sitio bueno de la costa.

Caro. Del hombre que aquí tiene casi todo: el restaurante, las obras, media playa.

Buena gente, dicen. —Lo dijo con una neutralidad tan cuidada, tan exacta, que valía por un párrafo entero, esa neutralidad con que en los pueblos pequeños se habla del que firma las nóminas de medio mundo—.

Aquí, al final, o trabajas para él, o le alquilas, o le compras.

O las tres cosas. Yo le compro el vino. —Y, ya en la puerta de la cocina, sin volverse del todo, recuperó la voz buena, la de antes—: Coman fruta.

Tengo níspolas del huerto de mi cuñado. Las níspolas no engañan a nadie.

Me quedé con aquella última frase dándome vueltas, porque la había dicho un hombre que acababa de pasarse veinte minutos contándonoslo todo y un segundo callándose lo único que importaba.

Hay una clase de persona que habla mucho para no tener que hablar de una cosa; que te llena las manos de erizo, de corsarios, de níspolas, para que no te fijes en el hueco que deja en el centro.

No supe entonces si aquel hombre nos abría su mesa por pura hospitalidad sarda, o si nos la abría para tenernos cerca, para ir midiendo cuánto sabíamos los forasteros de la casa de al lado de la torre.

Las dos cosas se parecen muchísimo vistas desde una silla.

Y tardé en aprender —lo aprendí en esta costa, con esta gente— que la diferencia entre el que te ayuda por bueno y el que te ayuda por culpa no se ve en lo que hace.

Se ve, si acaso, mucho después, en lo que confiesa.