La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 2. El oro de las torres
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Capítulo 2. El oro de las torres

El garaje de Tore olía a grasa, a goma recalentada y a ese café de máquina que llevaba hirviendo desde por la mañana en un rincón, espesándose.

La autocaravana nos esperaba al fondo, bajo una lona gris con polvo de meses, y cuando Tore tiró de la lona y la dejó caer al suelo de un golpe, levantando una nube que bailó en el cuchillo de sol de la puerta, a Paquito se le escapó un ruido pequeño por la nariz, mitad alivio mitad otra cosa, el de quien reencuentra a un animal que dudaba si seguiría vivo.

Tore nos miraba con las cejas levantadas, esa cara de los que han visto a mucha gente perder la cabeza por una caja con ruedas.

—Pensaba que no volvíais —dijo—. Quien deja una caravana un invierno entero, no vuelve. Vende por teléfono y manda a un primo a por ella.

—Nosotros somos de los que vuelven —dijo Paquito.

—Eso ya lo veo. ¿Otra vez de vacaciones?

Paquito y yo nos miramos. Medio segundo de conversación entera.

—A ver una casa —dije.

—Ah. —Tore asintió, conocedor del síntoma—. ¿Dónde?

—Stintino. La Pelosa.

Y el trapo se le paró en las manos.

No fue nada. Fue una décima de segundo, los dedos que dejaban de frotar y volvían a frotar enseguida, como si la pausa no hubiera existido.

Cualquiera no lo habría visto. Pero yo llevo media vida mirando lo que la gente hace con las manos cuando la boca no dice nada, y aquel trapo quieto un instante se me clavó en algún sitio y se quedó ahí, esperando.

—Bonito sitio —dijo Tore, y volvió a frotar. Y luego, al trapo, no a nosotros—: Mi madre tenía familia por esa costa.

—¿Sí? ¿Quién?

—Gente que ya no está.

Y se llevó el trapo a otro coche, y la conversación se fue con él.

*

Lo oímos antes de verlo.

Un arañazo rápido, de uñas pequeñas contra metal, viniendo de debajo de la autocaravana. Paquito se agachó, con un crujido de rodillas, y miró por el hueco bajo el chasis.

—Aquí hay algo.

Y de debajo salió, marcha atrás, tirando con los dientes de un trapo de Tore que había robado de quién sabe dónde, un cachorro.

Una bola de pelo del color del pan tostado, con las patas demasiado grandes para el cuerpo, una oreja de pie y la otra caída a medias, y la barriga y el hocico embadurnados de tierra negra de tanto escarbar bajo el coche.

Tendría tres meses, cuatro como mucho. Nos miró a los tres con la lengua fuera, soltó el trapo, se sentó sobre sus propias patas traseras como si se le hubieran doblado solas, y nos dedicó la expresión más descarada que he visto en un animal: la de quien no pide perdón por estar donde está.

—No es mío —se adelantó a decir Tore—. Apareció hace dos semanas. Aquí los hay sueltos, se escapan de las majadas. Este escarba como un poseído. Tres agujeros en el patio. Se me metió hasta en el motor de un Fiat. Un día se mata.

El cachorro, como para darle la razón, ya había vuelto a meter el hocico bajo la autocaravana y escarbaba otra vez, mandando tierra hacia atrás entre las patas en una lluvia oscura, gruñéndole a algo que solo él olía.

Paquito alargó la mano. El bicho salió, le olió los dedos —se los olió despacio, tomándose su tiempo, con la minucia de un inspector—, y luego, decidido, le lamió el pulgar con una lengua rosa y áspera y le puso encima la pata embarrada, dejándole cinco puntos negros en el dorso de la mano.

Y ya está. Lo vi pasar en la cara de mi marido. Lo vi rendirse.

—No, Paquito.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado en catalán y en italiano a la vez. No.

El cachorro, mientras tanto, había trotado hasta la puerta abierta de la autocaravana, había calculado el salto con dos balanceos del culo, y se había subido de un brinco que casi no llegó, ayudándose con las uñas y un esfuerzo que le sacó un gemido.

Una vez dentro, dio tres vueltas sobre sí mismo en la alfombrilla del copiloto, se desplomó como un saco, suspiró por la nariz y cerró los ojos.

Se había elegido el sitio. Se había elegido a nosotros. No nos pidió opinión.

Los tres nos quedamos mirándolo dormir.

—Lolo —dijo Paquito, en voz baja, probando el nombre en la boca como se prueba una fruta nueva.

—¿Por qué Lolo?

—No sé. Tiene cara de Lolo.

Y la tenía. Esa es la cosa. La tenía.

Tore se encogió de hombros, medio riéndose, y soltó la sentencia que yo recordaría mucho más adelante, cuando ya no tuviera ninguna gracia:

—Lleváoslo, anda. Pero ese bicho no es de los que se quedan quietos. Ese va a lo suyo. Os va a meter en líos.

*

Cruzamos la isla de este a oeste con Lolo de copiloto, dormido casi todo el rato salvo cuando bajábamos una ventanilla.

Entonces se despertaba de un brinco, se subía con las patas al salpicadero, sacaba el hocico al aire que entraba a chorro, y entrecerraba los ojos con las orejas echadas hacia atrás y los belfos temblándole, bebiéndose el viento con una cara de felicidad tan absoluta, tan sin reservas, que me descubrí bajando mi ventanilla solo para mirarlo a él.

Y luego, ya puestos, sacando yo también la mano, abriendo los dedos contra el aire caliente que olía a jara y a tomillo aplastado por el sol, dejando que el viento me empujara la palma hacia atrás como cuando era cría y mi padre conducía el Seiscientos hacia el mar y a mí me parecía que volaba.

Paquito me pilló. Me miró de reojo, con la mano en el volante, y no dijo nada, pero estiró el brazo y bajó también su ventanilla, y luego la de atrás, y la autocaravana se llenó de viento y de ruido, y Lolo ladró por primera vez —un ladrido fino, agudo, de cachorro, que se le quebró a la mitad— y los tres íbamos por aquella carretera riéndonos, un perro y dos viejos, sin que nadie hubiera contado un chiste.

El paisaje fue cambiando como cambia una conversación larga.

El granito redondo y duro de la Gallura, esas piedras grises como huevos de un animal enorme.

Luego viñas, campos abiertos, un pastor parado en mitad de la nada que levantó dos dedos al vernos pasar.

Y al final, cuando la tierra empezó a estrecharse y a rendirse al mar por los dos lados a la vez, la luz cambió.

Se volvió blanca. De sal. Una luz que pica en los ojos y obliga a entornarlos, que lo aplana todo y hace que el mar y el cielo se confundan en una sola lámina deslumbrante.

Stintino apareció al final de una lengua de tierra, casas bajas con la cal mordida por el salitre, pintadas de colores que el sol había ido lavando hasta dejarlos en pastel: un rosa de concha, un azul de huevo de pájaro, un amarillo de hueso.

Dos puertos pequeños, uno a cada lado, de modo que el pueblo tenía agua a derecha e izquierda y olía a las dos cosas a la vez: a gasoil y red mojada por un lado, a alga seca y roca caliente por el otro.

—Mira esto —dijo Paquito, bajando la velocidad, con esa voz suya de cuando el profesor que lleva dentro asoma la cabeza—.

Este pueblo es de fundación reciente. Mil ochocientos ochenta y cinco.

Lo hicieron los pescadores a los que echaron de la isla de enfrente, la Asinara, cuando montaron en ella primero un lazareto y luego un penal. Toda esta gente viene de un desalojo.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Lo leí anoche en el móvil mientras tú roncabas.

—Yo no ronco.

—Roncas con intención. Como quien recita.

Aparcamos junto al puerto viejo, en una explanada de tierra donde un cartel toleraba caravanas con esa ambigüedad mediterránea de siempre, ni sí ni no.

En cuanto abrimos la puerta, Lolo saltó fuera, clavó el hocico en el suelo y empezó a leer el mundo a olfatadas, trazando círculos, hasta que encontró una mata de hinojo y se puso a escarbar a su pie con un entusiasmo que mandaba la tierra volando contra mis zapatos.

—Este animal —dijo Paquito— se cree que hay algo enterrado en todas partes.

—A lo mejor lo hay —dije yo, sin saber lo que decía. Sin saber, todavía, en qué isla acababa de poner los pies.

*

Comimos tarde, en una terraza del puerto, bajo un toldo que el viento hinchaba y soltaba con un golpe seco, plac, plac, como una vela impaciente que quisiera arrancar la mesa y llevársela mar adentro.

El camarero era ancho, de unos sesenta, con antebrazos de haber tirado de redes antes que de cafés. Nos puso delante, sin que lo pidiéramos, dos platos de espaguetis con erizo, naranjas y brillantes, oliendo a mar concentrado.

—No han pedido esto —dijo—, pero es lo que hay que comer hoy. Mañana ya no. El erizo de mañana es de nevera. El de hoy estaba esta mañana agarrado a una roca. —Dejó también una jarra de blanco frío sin preguntar—. ¿Turistas?

—Compradores —dijo Paquito—. Quizá. Vamos a ver una casa.

—¿Dónde?

—En la Pelosa. La de la playa.

El hombre silbó por lo bajo, se secó las manos en el delantal y, en lugar de irse, le dio la vuelta a una silla de la mesa de al lado y se sentó a horcajadas, con los brazos en el respaldo, instalándose para un rato.

En los pueblos pequeños, unos camareros sirven las mesas y otros las presiden. Nos había tocado de los segundos.

—La casa del viejo —dijo—. Sé cuál es. Toda la vida ahí. Antes de que la playa fuera famosa, antes de los carteles y de las pasarelas y de pagar por pisar la arena, ya estaba esa casa. Coman, coman, que el erizo no espera.

Comimos. Tenía razón: sabía a mar entero, a yodo y a sal dulce, y el vino áspero le iba como le va el frío a una mañana clara.

—¿Y la torre? —pregunté, por preguntar, señalando con la barbilla hacia el oeste, hacia ninguna parte—. En las fotos sale una torre en un islote, delante de la playa.

—La Torre della Pelosa. —Lo dijo con un respeto raro, como se dice el nombre de una persona mayor de la familia—.

Del año mil quinientos y pico. Española, por cierto; de cuando ustedes mandaban aquí.

Los aragoneses llenaron esta costa de torres para vigilar a los corsarios.

Desde cada una se ve la siguiente. Una cadena de ojos, toda la isla alrededor.

—Masticó algo invisible, mirando el mar—.

Está cerrada. Años hace. Peligro de derrumbe, dice el cartel.

Solo se puede llegar con marea baja, andando por la arena, y no se puede entrar.