La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 1. La llamada que no atendieron #2
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Capítulo 1. La llamada que no atendieron #2

Dejé el teléfono en el mantel, boca arriba, con el mar encendido.

Los dos nos quedamos mirándolo. Ninguno alargó la mano para apagarlo.

La pantalla se atenuó sola al cabo de un rato, y los dos, a la vez, nos inclinamos un milímetro hacia ella para que volviera, y al darnos cuenta nos enderezamos a la vez, y Paquito tosió, y yo me mordí una sonrisa que me empujaba por dentro como empuja la risa en un funeral.

—La autocaravana sigue en el garaje de Tore.

—Lo sé.

—Habría que ir a por ella. No puede vivir ahí para siempre.

—Eso es una excusa.

—Es una excusa excelente. Las buenas excusas también son verdad.

Crucé los brazos. Él miró cómo los cruzaba, y el principio de una sonrisa se le quedó a medio camino, porque los dos sabemos cuánto aguanta esa muralla.

—Si vamos, vamos a ver la casa. Solo a verla. Nada de meternos en nada. Bastante tuvimos la otra vez. Disparos, una libreta robada, los hijos blancos de miedo. No quiero saber de nadie que no sea un albañil.

—No podría estar más de acuerdo.

Lo miré de reojo. Se había puesto a recoger las migas de la mesa con el canto de la mano, juntándolas en un montoncito con una concentración repentina y absurda.

Mi marido solo recoge migas con esa devoción cuando hay algo que no quiere que le lea en la cara.

Pero esa noche no me molesté en leérselo, porque yo tenía la mía: la cara de la cría de Calella, y no quería que me la viera.

*

Esa noche saqué del cajón una libreta nueva.

No la robada; aquella se quedó en un archivo de los carabinieri de Tempio.

Esta era de tapas azules, de cartón duro, comprada meses atrás sin motivo, como se compra un cuaderno solo porque hace mucho que no se tiene uno.

La abrí. La cola del lomo crujió. Las hojas estaban tiesas, blancas, sin una arruga.

Pasé la yema por la primera: lisa, fría, virgen.

Estrenar una libreta a mi edad debería dar pereza, y a mí me dio lo contrario: esas ganas tontas de la víspera de un viaje, las de cuando preparas la maleta dos días antes solo por el gusto de tocar la ropa que te vas a poner.

Escribí la fecha. La punta del bolígrafo se enganchó un instante en el papel nuevo y luego corrió. Escribí:

Una casa frente a una playa cerrada. Un viejo que se muere y vende con prisa. Un precio demasiado bueno. Y una agencia que llama cuatro veces un domingo. Cuatro. La gente no llama cuatro veces un domingo para vender una casa normal a un precio normal.

Pasé el dedo por encima de lo escrito. La tinta se corrió un poco, fresca, y me manchó la yema de azul.

Taché la última frase con dos rayas. La volví a escribir debajo, igual, apretando, hasta que el bolígrafo abrió un surco en el papel y se transparentó en la hoja de detrás.

Tacharla no la hacía menos cierta. Eso lo sabía.

Pero debajo, en una esquina, con letra pequeña, de esconder un caramelo, escribí otra cosa que también era cierta y que no le enseñaría a nadie: Y aun así me muero por ir.

Apagué la luz. La oscuridad se llenó de ruidos: un autobús arrastrándose tres calles más allá, una persiana metálica bajando con estrépito en algún bar, el goteo de la cisterna del vecino, y al lado, la respiración de Paquito, que se volvió demasiado regular.

Demasiado. Un hombre dormido respira con descuido.

Paquito respiraba con cuidado, midiendo, como quien finge.

—Montse.

—Sabía que no dormías.

Un silencio. Las luces de un coche cruzaron el techo de pared a pared y se fueron, y en ese barrido vi que tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, y la boca quieta en algo que no era preocupación, que era casi lo contrario.

—Si la casa es buena de verdad, ¿la compramos?

Me giré hacia él en la almohada. Olía a jabón y a sueño.

—Si la casa es buena de verdad —dije— me preocupará por qué no la ha comprado nadie antes.

Soltó el aire por la nariz, una risa sin fuerza, y la cama se movió un poco con ella.

—Eso no es un no.

—No. No es un no.

Y en la oscuridad, sin que él me viera, sonreí como una boba, con esa sonrisa que no le había puesto a nada en mucho tiempo, la del que tiene un viaje por delante y aún no ha echado a andar.

Fuera, la ciudad apagaba su ruido de domingo.

A mil kilómetros, al otro lado de un mar que esa tarde yo había visto en tres azules dentro de un teléfono, una casa esperaba vacía: las contraventanas escamadas crujiendo con el viento, el olor a cerrado y a sal pegado a las paredes, una hoja verde nueva empujando sola en una parra que todos daban por muerta, una playa donde el agua enseñaba el fondo y no pisaba nadie.

Y a un paso de aquella casa, en lo alto de un islote, una torre de piedra clara manchada de líquenes vigilaba el mar desde hacía cuatro siglos.

Dentro de tres semanas, cuando volviéramos a pisar la isla, una mano empujaría la verja oxidada de esa torre y encontraría, sentado contra el muro, en una postura de descanso que no era descanso, a un hombre que sabía bucear.

Un hombre que no hacía tanto había bajado una Virgen al fondo del mar y había salido del agua con el neopreno chorreándole por los codos para decir, escupiendo sal, tres palabras que el pueblo entero se quedó: «Ahora vuelve al agua. »

Y más abajo todavía, debajo de la torre, debajo de la arena que nadie pisaba, en una oscuridad que no salía en ningún mapa —en ninguno menos uno—, esperaba algo más viejo que la torre, más viejo que los corsarios, más viejo que todos los nombres de aquella costa: una flota diminuta de barcas de bronce, cada una del tamaño de una mano abierta, verdes de tres mil años de paciencia, hechas para llevar a los muertos por el mar.

Llevaban siglos haciendo su trabajo en silencio.

Últimamente, alguien no les dejaba terminarlo.

Pero eso aún no había pasado.

Aquella noche solo había un arroz frío en la nevera, un mar de tres azules dentro de un teléfono, una hoja verde que yo no sabía que había visto pero que ya llevaba dentro, y dos viejos mintiéndose en la oscuridad con el cariño de quienes hace mucho que no necesitan creerse para entenderse, ilusionados los dos como críos y fingiendo los dos que no, que ya estábamos de vuelta de todo, que a nuestra edad ya no se va uno a ningún sitio con el corazón por delante.

Mentira.

Yo me dormí viendo el fondo de arena.

Paquito recogía migas que ya no estaban.

Ninguno soñó con torres.

Todavía.