La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2)
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Capítulo 1. La llamada que no atendieron
El teléfono vibró por primera vez justo cuando Paquito levantaba la tapa de la cazuela, y el vapor le empañó las gafas, le dejó dos lunas blancas donde tenía los ojos y le hizo retroceder un paso con la cuchara en alto, parpadeando, ciego, oliendo a azafrán.
Toda la cocina olía a aquello. A sofrito de horas, a ñoras remojadas, a fondo de pescado de roca borboteando desde las once con un plof grueso y perezoso cada pocos segundos.
El arroz acababa de soltar el perfume tostado del socarrat, ese punto de pan quemado en los bordes, y Paquito se inclinó sobre la cazuela, cerró los ojos y aspiró despacio, como quien huele la nuca de un recién nacido.
Sobre el aparador, el móvil zumbó contra la madera, se arrastró un centímetro, y la pantalla encendió un rectángulo azulado en la penumbra: un número largo, sin nombre.
Paquito no apartó los ojos del arroz. Yo no aparté la mano del tenedor.
—Ni se te ocurra.
—No iba a cogerlo.
—Lo ibas a mirar. Mirarlo es el primer paso.
En esta casa hay una ley y la dictó él. La dictó una tarde, hace años, con el puño cerrado sobre la encimera y una vena marcándosele en la sien, después de que una operadora le hiciera repetir tres veces el DNI mientras un arroz como este se le pasaba grano a grano: con la comida caliente en la mesa, el teléfono no existe.
El móvil podía arrastrarse por el aparador hasta caerse. Nosotros, sordos.
Nuestro hijo Marcel, que vive de las máquinas, dice que su padre es el último hombre de Europa que le tiene miedo a un aparato.
Paquito le contesta siempre lo mismo: que no le tiene miedo, que le tiene desprecio, que no es lo mismo.
Y luego se pelean media comida, con cariño y sin ceder ninguno, porque esas dos cabezas llevan toda la vida queriéndose a base de discutir.
Comimos. El primer bocado le arrancó a Paquito un gruñido por lo bajo; cerró los ojos un segundo, asintió para sí mismo.
El grano crujía en los bordes y se rendía blando en el centro.
El vino blanco había dejado el cristal sudado, y una gota gorda resbaló por el pie de la copa y se abrió en una mancha redonda y fría sobre el mantel.
Por la ventana, la luz de marzo entraba sin fuerza, se posaba en los platos y no calentaba nada; un domingo pálido, de esos en que Barcelona parece estar guardando el sol para más adelante.
El teléfono volvió a arrastrarse a las cinco.
Y a las seis y cuarto. Y a las siete menos diez, cuando yo tenía las manos metidas en el agua de fregar —la grasa del arroz deshaciéndose entre los dedos, tibia, el limón del lavavajillas tapándolo todo— y a Paquito el periódico le resbalaba sobre la barriga al ritmo de una respiración cada vez más honda, la boca entreabierta, un hilo de aire silbándole en la nariz.
A la cuarta vez me sequé las manos en el delantal, crucé el comedor y cogí el aparato. Lo noté caliente en la palma.
—Diga.
*
La voz de mujer venía con un filo dulce y gastado, el de quien lleva ocho horas sonriendo por teléfono y se le nota en cómo arrastra las últimas sílabas.
—¿La señora Montserrat? La llamo de Viajes Mediterrània. Disculpe el domingo. No la molestaría si no mereciera la pena.
—Eso lo dicen todos antes de molestar.
Una risa corta al otro lado. Sonó de verdad.
—Tiene razón. Pero hace meses dejaron una consulta sobre casas en Cerdeña, y esta mañana ha entrado algo que mi jefe no me deja guardarme.
—Ustedes son una agencia de viajes. Nosotros con ustedes hemos comprado billetes de ferry, no casas.
—Éramos una agencia de viajes, señora. —Un suspiro de veterana—.
Ahora los viajes se los compra la gente sola con el teléfono, así que hacemos lo que hace media España para no cerrar: casas.
Tenemos rama de inmueble vacacional, con corresponsal en la isla y todo.
Media clientela nuestra veranea en un sitio hasta que un día quiere quedarse, y alguien les tiene que buscar la casa. Ese alguien somos nosotros.
Dejé de secar el plato que tenía en la otra mano.
Lo puse en el escurridor sin soltar el trapo, despacio, sin hacer ruido.
Cerdeña. El nombre me bajó hasta el estómago.
Y, sin pedir permiso, me trajo el resto: el olor a jara y a mar caliente, la luz blanca de salina que no hay en ningún otro sitio, las mañanas en la autocaravana con el café quemándome los dedos a través de la taza de latón.
Habíamos vuelto de allí prometiéndonos descanso, y resulta que el cuerpo no me había hecho ningún caso: solo de oír el nombre, ya se me había puesto de pie por dentro.
—La escucho.
—Una casa en el norte. Stintino. Primera línea de una playa que no sale en los folletos.
—¿Por qué no sale?
—Porque está cerrada al público. Suelo protegido alrededor. Ni un vecino, ni lo habrá. —Bajó la voz un punto, deslizando una carta sobre el tapete—. Necesita reforma, se lo digo de entrada, no le vendo humo. Pero la ubicación aparece una vez cada diez años.
—Si es tan buena, ¿por qué la sueltan?
Silencio. Conté dos segundos. La oí elegir las palabras.
—El dueño es muy mayor. Entra en una residencia. No vende por dinero, vende por tiempo. Le quedan semanas en esa casa. Eso significa precio razonable. Muy razonable.
—«Muy razonable» se dice de lo que esconde algo.
—O de lo que tiene prisa. No todo lo barato esconde algo, señora. A veces solo esconde a un viejo que se muere.
Apreté el trapo dentro del puño sin darme cuenta. Lo solté.
—Fotos.
—Se las mando ahora. Son malas. Las hizo el sobrino con el dedo medio metido en el objetivo. Pero ya verá: una foto mala de un sitio bueno dice más que una buena de un sitio normal.
*
Colgué. Y antes de dejar el teléfono en la mesa ya tenía el pulgar abriendo el correo.
Las fotos eran malas de verdad. Torcidas, oscuras, con una media luna rosada de pulgar tapando la esquina de tres de las cinco. Pero en la primera me detuve, y noté que dejaba de masticar el chicle de menta que ni recordaba haberme metido en la boca.
Una casa baja, de piedra del color de la miel cuajada, con el revoque caído a placas.
Pasé el dedo por la pantalla y la pintura de las contraventanas, que un día fue verde, se veía levantada en escamas, curvada hacia fuera como uñas viejas; daban ganas de rascarla con la yema solo para oírla saltar.
Al tejado le faltaban tejas en dos sitios.
Una parra seca trepaba retorcida por una pérgola escorada, gris, dura, como un nervio arrancado.
Y sin embargo —fue lo primero que vi, antes que la ruina— en la base de aquella parra muerta, asomando entre la madera gris, había un brote nuevo.
Verde. Tierno. Una hoja sola, diminuta, decidida a salir de algo que todo el mundo daba por seco.
Me quedé mirando esa hoja más que la casa entera.
Y detrás, en la foto que el sobrino hizo sin querer al volverse, el mar.
Tres azules de un golpe. Turquesa casi blanco mordiendo la arena.
Una franja translúcida, verdeazul, donde la luz aún tocaba fondo.
Y atrás, una raya de azul de tinta, denso, quieto.
El agua tan limpia que se veían las ondas del fondo de arena a varios metros, dibujadas por la luz en culebras temblorosas.
Ni una sombrilla. Ni una toalla. Ni una persona en toda la curva blanca de la playa.
Me sorprendí inclinándome hacia la pantalla, como si acercándome fuera a oír las olas.
No se oía nada. Esa era la cuestión. El silencio se veía.
Y se me escapó, sin querer, en voz alta, una palabra que no decía desde niña delante del mar:
—Madre mía.
Me reí yo sola de haberlo dicho. A los sesenta y tantos, sentada en mi comedor del Eixample, una foto torcida de un pulgar ajeno me acababa de arrancar el mismo «madre mía» que me arrancaba el mar cuando me llevaban de cría a Calella y yo creía que el horizonte se acababa en una raya y que detrás no había nada.
Hacía mucho que no miraba nada así. Hacía mucho que casi todo lo miraba ya sabiendo lo que era.
Detrás de mí, una toalla cayó sobre el respaldo de la silla. Paquito se había despertado, se acercaba secándose las manos, oliendo a limón. Se inclinó sobre mi hombro. Le oí la respiración en la oreja, lenta, y luego le oí cómo se le paraba a mitad.
—Esto es la Pelosa.
No me lo dijo a mí. Se lo dijo al cristal de la pantalla.
—¿La conoces?
Tardó. Medio segundo. Se enderezó, se quitó las gafas, se frotó el puente de la nariz con dos dedos, se las volvió a poner. Yo conté cada gesto. Treinta años llevo contándoselos.
—De nombre. Sale en todas las postales de Cerdeña.
—Carraspeó, miró por la ventana en vez de mirarme.
Los dedos de la mano libre le tamborilearon una vez contra el muslo, un compás corto, como de un piano que solo él oía, y pararon—.
Lo raro es que haya una casa ahí. Esa costa está protegida hasta el absurdo.
No dejan ni un corral sin tres permisos.
—¿Y entonces?
—Será de antes. Una casa que quedó dentro cuando trazaron el parque. —Volvió a la pantalla, y esta vez miró un rato largo el mar, no la casa, y se le ablandó algo en la cara—. Eso explica el precio. Y la prisa.
Pero ya no me escuchaba del todo. Le brillaban los ojos con la luz azul de la pantalla, y movía un poco los labios, calculando, y le conozco esa cara: es la de cuando se imagina a sí mismo en un sitio. Lo pillé. Se estaba viendo allí. En la pérgola. Con un café. Mirando ese mar.
Amplié el agua con dos dedos hasta que el turquesa se rompió en cuadraditos de color, y aun roto seguía siendo más hermoso que nada que tuviéramos a mano. Lo dejé así. No solté el teléfono.
—No deberíamos.
—No.
—Dijimos un año de descanso. Nada de obras. Cosas sensatas, dijimos.
—Y las dijimos bien.
—Perfectamente bien.