Chapter 36 #3
»Estábamos muy extenuados por el camino difícil y por eso, cuando llegamos a la casa de Atamánov, queríamos simplemente descansar dos o tres días; a nadie le quedaban ya fuerzas.
Al llegar nos dejamos caer a dormir sin más.
A la mañana siguiente se declaró descanso y bendita holganza.
Yo comprendía que no tendría otra oportunidad como aquella, pues dos o tres días después debíamos partir hacia Beluja.
Pensaba en cómo adelantarme a mis compañeros y esperarlos ya en el lugar.
Y de momento en cómo llegar hasta el valle de Yarlú, donde debía esperarme el hombre del que había hablado Oirot.
Pero difícilmente podría hacerlo yo solo.
Sin guía no habría encontrado aquel valle.
Me estuve rompiendo la cabeza todo el día pensando cómo organizarlo del mejor modo, y decidí dirigirme a los lugareños.
Los dueños de la casa en la que nos alojábamos me aconsejaron que hablara con un chamán del lugar llamado Kulún.
En aquellas comarcas tenía fama de ser casi el mejor rastreador.
Me dijeron dónde encontrarlo y fui a ver al chamán.
Su casa estaba a las afueras de la aldea; no me costó encontrarla.
Nadie me abrió la puerta; bajé del porche, rodeé la casa y vi a su dueño por el lado del huerto.
Salía del bosque con una cesta. Lo saludé y le pregunté si era él Kulún, pero se limitó a hacerme una seña con la mano para que lo siguiera.
Subí tras el chamán al porche y entré en la casa.
Él señaló con la cabeza hacia un banco y se acercó a la estufa.
Llevaba en las manos unas hierbas y unas setas.
Por algún milagro, en unos minutos preparó con aquellas hierbas un té y pronunció por primera vez en voz alta unas palabras.
Me pidió que bebiera una taza de aquel té.
El té me pareció de un sabor muy extraño y, además, no llevaba ni un gramo de azúcar.
Lo bebí y después me presenté. Sonrió y respondió que no solo sabía cómo me llamaba, sino también a qué había ido a verlo.
Seguramente la incredulidad se me reflejó en la cara, porque el chamán suspiró y dijo que yo buscaba un guía hasta el valle de Yarlú. Mi asombro no tuvo límites.
»—¿Cómo lo sabe?
»—Es una historia larga, pero tenemos tiempo y puedo contártela. Si te interesa, claro.
»Cómo no me iba a interesar. Lo místico se espesaba a mi alrededor como una nube. Cualquier relato podía ayudar a disiparla. Le pedí al chamán que me contara su historia, y él empezó su relato.
»—No siempre fui chamán. Al principio, como todos los de mi edad, era un chico corriente. Nací aquí, en el Altái, y mis padres eran gente sencilla, vivían como todos.
»Desde niño tuve una especie de presentimiento.
Oía que las montañas me llamaban. No temía a la naturaleza; vagaba solo por la montaña semanas y hasta meses.
Y Beluja era un lugar particular que me atraía.
Un imán enorme, en el fondo. Con los años resultó que había recorrido todas las montañas de horizonte a horizonte.
Que conocía todos los senderos posibles, muchos de los cuales había abierto yo mismo.
Y he aquí que desde algunos lugares, desde las cumbres cercanas a Beluja, sobre todo en los días claros, empecé a advertir un arcoíris.
Aquel arcoíris se parecía a una especie de cúpula.
Y en ciertos días del año me parecía ver los contornos de una ciudad prodigiosa, sus murallas y sus templos.
Aquellas visiones no me dejaban en paz. No podía tomarlas por un espejismo.
Y un día decidí encontrar aquella ciudad.
No le hablé a nadie de esos planes; difícilmente me habría creído alguien.
Más bien me habrían tomado por loco. Reconozco que me asombra que, a juzgar por tu mirada, tú me creas; aunque, de no ser así, no estarías aquí.
Bien: empecé la búsqueda. No fue fácil, porque tenía que buscar allí donde, en teoría, conocía cada piedra.
Sin embargo, había un lugar inaccesible junto a la montaña al que nunca lograba llegar.
Y me puse a buscar rodeos y, al fin, encontré una grieta.
Rebasé dos rocas bien visibles y, colándome entre ellas, salí a un sitio donde nunca había estado.
»Era una hondonada en la ladera de la montaña.
Estar allí era muy peligroso; yo iba completamente solo y, si me hubiera ocurrido algo, nadie me habría ayudado.
Ni siquiera mi cuerpo habría quedado sepultado.
Pero eso no me asustaba. Seguí adelante.
Me abría paso entre ventisqueros profundos, me agarraba a los troncos de árboles milenarios y subía hacia la cumbre.
¡Hasta empecé a pensar que había descubierto una ruta nueva!
Cuando de pronto noté que perdía las fuerzas.
Empezó a darme vueltas la cabeza y de repente comprendí que no podía dar un paso más.
Como si ante mí se hubiera alzado un muro invisible.
Me encontraba cada vez peor y, al final, sencillamente me desmayé. No sé cuánto tiempo…
»…estuve tendido en la nieve sin sentido, pero creo que si no morí fue por una sola razón: la montaña sagrada no lo quiso.
Al día siguiente me llevaron a casa de mis padres tres monjes.
Nadie volvió a verlos jamás por aquellas comarcas.
Yo estaba casi sin aliento; mi padre y mi madre estaban muertos de miedo.
A la mañana siguiente me llevaron al hospital más cercano.
Los médicos dijeron a mis padres que estaba en coma por una causa incomprensible y que no se sabía cuándo saldría de él.
Por suerte para ellos, medio año después volví en mí.
Para su asombro o su espanto, volví en mí convertido en otra persona.
Mientras estuve en coma, mi consciencia descansaba, pero no así mi inconsciente: trabajaba a pleno rendimiento.
Lo que viví durante el coma habría bastado para tres vidas.
En aquellos seis meses encanecí. Reconozco que, al mirarme al espejo, no me reconocí.
Solo con haber rozado la ciudad misteriosa comprendí lo que ni siquiera podía imaginar. Aquel coma me hizo tal como soy.
»Lo que viví en la inconsciencia se parecía más a un aprendizaje que a un sueño profundo.
La naturaleza me abrió literalmente las puertas del conocimiento.
Me puso en contacto con la Esfinge, que me abrió unas bibliotecas de saber que excedían los límites de la idea terrena del universo.
El campo informativo de la Tierra y del Universo no es una invención: es una realidad viva en la que pasé toda mi inconsciencia.
Allí el tiempo corre de otro modo: mientras permanecía medio año en una cama de hospital, allí pasé no menos de tres vidas terrenas.
Allí aprendí a gobernar el tiempo, a comprimirlo y a estirarlo, a frenar sus corrientes y a acelerarlas, a usar las fuentes interiores de la fuerza de voluntad y sus posibilidades colosales; pero, sobre todo, aprendí a usar las fuerzas naturales que están derramadas por todas partes.
Todo quedó sometido a mí. Créeme: con la sola fuerza del deseo se puede amasar la materia temporal como si fuera plastilina.
Yo ralentizaba el tiempo exterior hasta el punto de que prácticamente se detenía, mientras mi tiempo interior volaba a la velocidad de la luz.
Toda mi experiencia la traje de allí, y lo más extraño después de despertar del coma fue que no había olvidado nada.
No lo olvidé, pero no podía compartir con nadie lo que había sabido.
No podía contarle a nadie la esencia verdadera de los procesos naturales, salvo en casos raros y excepcionales.
Te cuento todo esto porque veo en ti a un intermediario.
Eres un conducto del Burján Blanco. Ahora no puedo explicarte qué es eso, pero lo comprenderás todo cuando llegue el momento.
»—Una pregunta, Kulún —dije yo—. Dices que existe un lugar donde reside toda la información. ¿Cómo se accede a ella?
»—Solo la naturaleza misma puede determinar quién puede acceder a ella —respondió Kulún—.
Eso no depende del nivel de tu intelecto, sino de la pureza de las vibraciones de tu corazón.
Hace falta cierta unión con la naturaleza para una penetración tan honda; hace falta entrar en resonancia con el Alma del Todo.
Por desgracia, la humanidad ha perdido esa capacidad; la unión verdadera con la naturaleza no está a nuestro alcance.
Los elegidos son cada día menos. Me ha resultado grato hablar contigo, Konstantín.
Ahora es hora de dormir. Mañana nos espera un día duro.
»—¿A qué hora debo venir mañana y qué debo llevar? —pregunté.
»—A las seis de la mañana te estaré esperando. Vístete como siempre, lleva algo más de comida de lo habitual y coge por si acaso una tienda. Y una cosa más: por la mañana temprano, sumérgete en las aguas del río Katún, que está cerca de vosotros.
»Estaba intrigado, pero prometí hacerlo así.
»Al volver, comuniqué a mis compañeros que quería estudiar la fauna local y que por eso saldría antes, pero que me reuniría con ellos en alguno de los altos.
»Me desperté a las cuatro de la madrugada, me preparé y me dirigí al río.
El agua estaba helada, pero yo era hombre de palabra.
Tras sumergirme, salí de un salto del agua y me puse a vestirme, temiendo que el viento gélido me congelara los dedos.
El agua fría me libró al instante no solo del sueño, sino también del cansancio.
Me sentí despejado y lleno de fuerzas. El plan del chamán resultó acertado: estaba listo para el viaje.
Cuando llegué a su casa, ya me esperaba.
Cargué mi equipaje en sus caballos y nos pusimos en camino.
»Durante varias horas avanzamos por el sendero en completo silencio, hasta que me decidí a romper el mutismo de mi acompañante.