El faraón Ajenatón agoniza en Menfis, con las pirámides de Guiza al otro lado de la ventana.

En su último día llama a su hijo adoptivo, un muchacho de quince años al que sacaron del Nilo dentro de una cesta, y le entrega el mayor tesoro de Egipto: no oro, sino un libro.

El Libro de la Vida reúne los manuscritos de Adán, el último kronos de la Atlántida, y contiene la historia verdadera del mundo: cómo era el paraíso antes de que se rompiera y qué se rompió exactamente.

Lo que Moisés lee esa noche cambia todo lo que creía saber.

Hubo una vez un planeta sin noche, sin enfermedad y sin muerte.

Lo habitaban los atlantes, unidos al Alma del Todo por el lenguaje del corazón.

Un joven estudioso llamado Adán encontró en las bibliotecas del templo del Tiempo unas tablas selladas con siete sellos y quiso comprenderlas.

Halló las siete llaves. Abrió la caja de Pandora.

Y el Universo se partió en dos: aparecieron el día y la noche, el dolor, el hambre, el instinto y la muerte, y con ellos entró en el mundo aquel que sembraría en el alma humana su obra maestra —el ego— y esperaría milenios a que diera fruto.

De esa fractura arranca una guerra que no ha terminado.

Adán y Eva sobreviven en una tierra ajena y aprenden lo que es la sangre, el frío y el duelo.

Caín levanta una piedra contra su hermano.

Siglos después, un hombre solo cruza un desierto y encuentra en un espejismo a un anciano que lo estaba esperando; hablan durante cuarenta días, y en esa conversación —quizá la más audaz del libro— el Diablo no grita: argumenta, y argumenta bien.

Dos mil años más tarde, en una casa de madera perdida en la montaña, una pareja que los médicos dieron por estéril tiene un hijo que no figura en el Libro de la Muerte.

Se llama Liubomir. Por sus venas corre sangre azul, la de los atlantes, y con él se cumple una profecía que las tinieblas llevan milenios intentando impedir.

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