Chapter 61
CAPÍTULO SEGUNDO
TIEMPO DE VIVIR Y DE CREAR
Entretanto, en Shambhala, la Virgen María enseñaba a Venera a dar vida a todo lo vivo con la fuerza del amor, con la fuerza de su corazón.
Solía ocurrir al aire libre, en los alrededores de la ciudad, en el gran jardín de Shambhala, entre espesuras tupidas donde la vida se abría paso pero donde tampoco faltaban plantas cansadas y secas.
María le mostraba a Venera cómo dar vida a quien carecía de energía vital.
Cómo completar las fuerzas débiles, engrandeciéndolas y transformándolas.
En la espesura del jardín se encontró un árbol antiguo cuyo plazo de vida llegaba a su fin.
Alrededor crecían árboles jóvenes que le tapaban el sol.
Las raíces de aquel árbol habían topado con una piedra y la humedad no les llegaba.
Su corteza se había resecado, las hojas habían caído, las ramas se habían vuelto leñosas.
La Virgen María se acercó al árbol moribundo y tocó sus ramas.
Fue como si una ráfaga débil de viento agitara las ramas muertas.
En un instante la corteza se oscureció y se humedeció, las ramas reverdecieron, de la tierra llegó un crujido, porque las raíces revividas empezaron a triturar la piedra para extraer del suelo la humedad vivificante.
En las ramas empezaron a hincharse y a reventar las yemas.
El árbol revivía a ojos vista. Sus hojas tenían el brillo de la frescura y la juventud.
En un instante, la sombra muerta bajo el tronco seco se convirtió en un amparo vivificante.
Y los árboles jóvenes de alrededor parecían alegrarse del despertar del anciano, de su conversión en hermano.
Entrelazaban con él las ramas y susurraban al viento.
Venera atendía con todos los ojos y con todo el corazón a lo que hacía la Virgen María.
Comprendía que, para transmitir a un ser vivo la energía vital, la fuerza vital, hay que hacerla pasar por el propio corazón.
Cada vez le salía mejor. Cuanto más practicaba, más poderoso era el torrente de vida que podía hacer pasar a través de sí.
Venera se ocupaba de ello con la Virgen María casi cada día, y Sofía las ayudaba, ya que ahora les sobraba tiempo.
No pasaron demasiados días y Venera aprendió mucho.
Pronto ya podía revivir todo lo que tocaba, fueran hierbas, arbustos o árboles enormes.
Sin embargo, una cosa es salvar lo que muere y sostener lo que cae, y otra muy distinta crear algo nuevo.
El siguiente paso de Venera debía ser aprender a dar vida, y aquello resultó lo más difícil; pero no porque Venera fuera incapaz.
Sencillamente, era lo más difícil para cualquiera que emprendiera semejante ciencia.
Pero Venera no se rendía y, si algo no le salía, acudía enseguida en su ayuda el Alma del Todo.
Sofía le mostraba a Venera cómo gobernaba la materia, con qué facilidad materializaba objetos, cómo daba vida a todo lo que tocaba.
—No te inquietes —le susurraba el Alma del Todo a Venera al oído y en el corazón mismo—.
Lo conseguirás. Une tus intenciones a la fuerza de tu corazón.
Precisamente unido al corazón puede el pensamiento materializarse.
Todo lo que quieras crear y animar se hace posible solo cuando el pensamiento atraviesa las honduras vivificantes de tu corazón, Venera.
Sumerge tu pensamiento en esas honduras y la forma sin vida se llenará de vida, lo muerto alcanzará lo vivo, lo inexistente se hará real, se manifestará con su tiempo interior y con el ser de un eón.
Venera sumergía sus pensamientos en las honduras mismas de su corazón y con su ayuda dotaba de vida los dibujos de Eusei.
En verdad eran criaturas maravillosas, animales futuristas que Eusei y Venera habían ideado cuando aún no existía Liubomir y ellos se entregaban a su propia juventud, sentados por las tardes en el tejado de su casa.
Allí soñaban con el futuro. Allí inventaban animales fantásticos y les ponían nombre. Era su mundo, el mundo de su futuro.
El Alma del Todo y la Virgen María observaban encantadas cómo Venera creaba su mundo, y se alegraban.
El esfuerzo del corazón de la madre de Liubomir conducía a resultados asombrosos, admirables.
Gracias a la pureza de su corazón, ante Venera revivía el mundo de sus ensueños, de los ensueños de los tres: Venera, Eusei y Liubomir.
Un mundo puro en sus principios y en sus intenciones, mágico gracias a la hondura de la fantasía y a la imaginación de su creadora.
En el instante en que aquel mundo respiró y se estremeció, el Alma del Todo miró a la Virgen María, y la Virgen María miró a Sofía, y sus deseos coincidieron.
Ellas, que eran ellas mismas fuente de amor y de milagro, veían que ante sus ojos ocurría un nuevo milagro.
Lo comprendían y lo sentían todo tan hondamente como era posible.
El acto de la creación se había consumado, y la Virgen María y Sofía decidieron regalarle aquel mundo maravilloso a Venera.
Decidieron ligar aquel eón prodigioso a su familia.
Al momento, en la imaginación de Venera, en un claro entre multitud de flores y árboles maravillosos, aparecieron la Virgen María y Sofía, que se dirigían hacia ella.
Venera se alegró; le agradaba ver a huéspedes tan deseadas en su modesto mundo.
Se inclinó ante ellas y con alegría echó a andar, echó a correr a su encuentro.
Venera era feliz como una niña pequeña puesta en libertad.
Corría por el campo con los brazos abiertos, y las flores silvestres le cubrían de polen las palmas y la obsequiaban con su aroma.
En todo lo que ocurría había verdadera magia, tanto más cuanto que las hadas del bosque y de la vida formaban parte de ella.
Cuando Venera llegó por fin hasta Sofía y María, lloraba ya de felicidad.
—¡Hola, queridas mías! ¡Gracias por todo esto! —dijo Venera, y giró sobre sí misma con los brazos abiertos, como intentando abarcar el mundo que había creado, tan cálido y tan suyo.
—¿Por qué nos das las gracias, Venera? —preguntó María con una sonrisa—.
Todo esto lo has creado tú misma, lo ha creado tu alma.
Es todo aquello de lo que está hecha y en lo que siempre ha permanecido.
Incluso después de beber de la copa del olvido, que te privó de la memoria, seguiste sintiendo tu propia alma con tu corazón maravilloso.
La copa del olvido no hace efecto en personas como tú.
No hace efecto en almas y corazones como el tuyo.
No es una anomalía de la naturaleza: es una de sus leyes vitales fundamentales, a la que todo está sometido.
Derriban todos los muros y todas las barreras, porque para ellas no existen ni deben existir.
Así también contigo. Todo esto es tu fe, tu corazón puro.
Sofía y yo hemos venido a visitarte, a tu mundo, para regalártelo para siempre.
Es vuestra tierra prometida, Venera. Desde ahora tu alma está ligada a este lugar, hasta que se una al Pleroma sempiterno, tras lo cual se convertirá en parte de la vida incorruptible, parte de la fuente vivificante, parte del gran Árbol de la vida.
Venera dio las gracias a la Virgen María y a Sofía, tras lo cual continuaron la creación juntas.
Ahora Venera recreaba y animaba a aquellos animales maravillosos que había ideado con Eusei.
En el mundo que había creado estaba todo, salvo lo principal: Eusei.
Deseaba muchísimo que él estuviera a su lado, que viera lo que había logrado crear.
En cada detalle de lo creado había trazos de sus fantasías comunes.
Eusei no estaba, pero a cada instante la creación de Venera se volvía más perfecta, tanto más cuanto que la Virgen María y Sofía la ayudaban a dotar de materialidad su mundo.
La ayudaban a afianzarlo en aquellos colores y tonos que le dictaban a Venera su imaginación y su corazón.
Con sus esfuerzos conjuntos se creaba una obra maestra.
El mundo revivía y salía infinitamente hermoso.
El Alma del Todo, alegrándose de cómo le salía a Venera crear y disponer su mundo maravilloso, ayudaba dotando a todos los animales que ella había inventado de un alma prodigiosa.
Corrían por los campos y los bosques de aquel mundo hermoso, vuelto tan real y tan vivo; gorjeaban en sus ramas, chapoteaban en sus aguas; pero a aquel mundo aún le faltaba algo.
El sueño hecho realidad era asombroso, pero aun así había en él cierto vacío.
A aquel mundo le faltaba la principal fuente de vida: el amado.
Venera lo echaba de menos, y se notaba, sobre todo para el Alma del Todo.
En el proceso de la creación, Venera se decidió al fin a preguntarle al Alma del Todo aquello que hacía tanto tiempo la atormentaba y no le daba reposo. Eusei estaba todo el tiempo ante sus ojos, y ella comprendía que la nostalgia de él no la abandonaría nunca.
—Mamá Sofía —se inclinó ante el Alma del Todo Venera—. Hace mucho que quería preguntarle…
—Sé lo que quieres preguntar, Venera —se iluminó con una sonrisa el Alma del Todo—. Lo echas muchísimo de menos.
—Sí, muchísimo —se echó a llorar Venera—. ¿Cómo está ahora, dónde está, cuándo volveremos a vernos?
El Alma del Todo abrazó a Venera, le enjugó las lágrimas y le preguntó:
—¿Tantas ganas tienes de verlo?
—Sí —suspiró Venera—. Más que nada en el mundo.
—Bien —asintió el Alma del Todo—. Hay un modo de ver a Eusei, solo que en eso deberá ayudarte la Esfinge. Ella tiene las llaves de todos los mundos; pídeselo. Por supuesto, a modo de excepción, a su criterio y según sus reglas. ¿Estás de acuerdo?
Venera, con alegría y con esperanza de felicidad, dio las gracias al Alma del Todo, y se veía que el deseo de acudir a la Esfinge de inmediato la había embargado por completo.