Chapter 18 #3
»El hombre está también dividido en dos partes.
Lo dividió nuestra naturaleza caída por el hecho mismo de su caída.
Lo sentí y lo vi con mis propios ojos el primer día de mi estancia en la tierra caída.
El lado derecho del hombre corresponde a Dios, a la luz; el izquierdo, a las fuerzas de las tinieblas.
El hombre es dual en su esencia, pero no lo ve.
Su ojo derecho ve la verdad; el izquierdo percibe como verdad la ilusión: así está hecho el hombre.
Su lado derecho pertenece a la parte luminosa de los tres calendarios, y el izquierdo está bajo el influjo de los lados oscuros de los calendarios.
Es sencillo: el lado derecho lo gobiernan el orden y la armonía; el izquierdo, el caos, el desorden y toda clase de trastornos del alma.
Todo se penetra mutuamente en la naturaleza y en nosotros; no lo vemos ni lo sentimos, pero eso mueve todo, gobierna todos los procesos.
Yo enseñaré cómo controlarlo y cómo separarlo.
Enseñaré a distinguir esas dos naturalezas en uno mismo para, por un lado, librarse del influjo interior de la naturaleza de las tinieblas, de la voz de la mentira, de las voces de los demonios y de todas las criaturas espantosas que intentan hechizarnos y adueñarse de nosotros y, por otro lado, enseñaré a prestar oído a la propia naturaleza verdadera, al lado derecho del alma y del corazón, a través del cual se comunican con nosotros los ángeles de los arcontes luminosos.
Enseñaré también a despojarse de la propia esencia mentirosa.
Indicaré qué puede liberar de la copa del olvido.
Señalaré los pasos tras los cuales caerán todas las fronteras y el espíritu del hombre alcanzará la libertad, y su mirada será capaz de ver el mundo en su luz verdadera.
Enseñaré a gobernar el tiempo y la materia, la vibración, la luz y el peso de todos los objetos con los que el hombre ha de entrar en contacto e interactuar en su vida.
Y un día, quien lea estas líneas y no se detenga en el camino del conocimiento de sí mismo comprenderá qué sencillo y qué fácil es planear en el aire sin obedecer las leyes de lo existente, sino sirviéndose de ellas… »
Pensativo, Moisés dejó a un lado el manuscrito leído y con emoción tomó el siguiente.
Lo leído no desaparecía sin dejar rastro en su memoria.
Algo estaba ocurriendo con él. Empezaba a sentir cómo en su pecho parecía cobrar vida algo, como si un ardor se encendiera dentro de él.
Y en el manuscrito siguiente se hablaba precisamente del ser de la esfera de fuego interior.
De cómo hay que crearla, cómo modelarla con la materia de la plenitud divina y de la luz pura, transformándola en un sol interior al que podría estar sometido todo.
En el fondo, Moisés era todavía muy joven.
En el momento de leer aquellos textos no era más que un adolescente crecido, un muchacho.
Moisés tenía solo quince años, pero los textos complejos, llenos de construcciones y de razonamientos especulativos, no eran una novedad para él.
Su padre Ajenatón traía a su hijastro, de las bibliotecas antiguas, multitud de libros y de manuscritos de un sentido filosófico muy complejo, lo que nunca asustó a Moisés.
Al contrario: le gustaban esos escritos.
Siempre le servían de motivo para reflexiones profundas, y algunos de ellos ensanchaban además el horizonte de su percepción.
Por eso los manuscritos de Adán no fueron para Moisés una piedra de tropiezo.
Simplemente los tomó con toda la seriedad y el ardor de un joven sediento de conocimiento y de comprensión del mundo, hizo algunas anotaciones, pasó la hoja de papiro y continuó la lectura.
La relación con la sustancia de la vida: eso era lo más importante en aquellas páginas que Moisés seguía descifrando.
Con toda minuciosidad, Moisés atendía a cada trazo de aquella obra antigua.
Ni un punto ni una letra quedaban sin su atención.
Al terminar una página más del manuscrito, se sorprendió de pronto con la sensación de saberlo todo.
No, no lo comprendía todo hasta el fondo, pero la sensación de que el conocimiento estaba ya en él lo dejó atónito.
Comprendió que ya había bebido de la copa de la sobriedad.
Le ocurría algo inexplicable que podría compararse con un renacimiento.
Los movimientos de su alma en respuesta a lo leído parecían crear un ardor enorme en su…
…pecho. Aquel ardor parecía volverle el alma del revés.
A Moisés le sucedía a todas luces algo para lo que no encontraba definición.
Comprendía que era él mismo quien creaba aquel ardor, pero ni siquiera intentaba calmarse.
Era como si hubiera adquirido la capacidad de mirarlo todo con ojos completamente distintos, como si algo le hubiera arrancado el velo de los ojos, del alma y del espíritu, y sintiera la vida en toda su complejidad y en todo su volumen.
Moisés no había experimentado nunca un sentimiento semejante, y era más penetrante que todos los que había vivido antes.
En cierto instante le pareció incluso que todo le estaba sometido.
Moisés se levantó bruscamente. El ardor aumentó aún más, la frente le ardía, estaba empapado en sudor. Ahora, al parecer, por fin lo comprendía todo. Moisés salió del jardín y corrió a la enorme terraza desde la que se veía la Esfinge.
—Ahora te comprendo —dijo Moisés mirando a la Esfinge—. Ahora tú y yo somos una sola cosa.
Moisés sacó el anj que le había regalado su padre y se colgó al cuello aquel signo memorable.
Era ya de mañana, pero la noche en vela no había fatigado a Moisés.
No tenía sueño. Meditaba, y parecía que sus pensamientos hubieran volado a algún lugar muy lejos, más allá del horizonte que contemplaba.
Moisés miraba hacia el mismo lado hacia el que miraba la Esfinge; los dos observaban el amanecer.
Sobre la meseta de Guiza se alzaba el sol.
Sus primeros rayos fueron como la aparición de Dios.
Había en ellos tanta fuerza que a Moisés le pareció que también él era semejante a los dioses.
Y volvió a pensar que todo le estaba sometido. Y en realidad así era.
Admirando la belleza de lo existente, Moisés observaba cómo los primeros rayos del sol partían en dos el cielo y la tierra.
Como si una línea invisible cortara todo ante su mirada.
El mundo se descompuso en partes. Una de ellas estaba llena de luz pura en la que bullía la vida.
El sol llenaba el núcleo de la Tierra con su fuerza colosal.
La otra parte era completamente opuesta y absorbía toda la fuerza vital solar que emanaba de la primera.
Lo que ocurría recordaba a una suerte de circulación de la fuerza vital que abarcaba el planeta entero.
Y Moisés no solo la observaba: comprendía lo que sucedía.
Aquella circulación estaba en todas partes, y Moisés era a la vez su parte y su observador, y la circulación de la sangre dentro de su cuerpo joven era también, en esos mismos instantes, la circulación de lo existente.
Fueron sensaciones inolvidables. Moisés sentía cómo corría la sangre por sus venas, y la dirección de su movimiento se correspondía con lo que veía y se unía a lo que veía.
Era una corriente única; sentía que la parte derecha de su cuerpo, incluidos el brazo y la pierna, pertenecía al sol y estaba impregnada de las fuerzas de la luz pura, pertenecía a la vida y moraba en unión con los dioses.
Encarnaban la luz pura, en ellos palpitaba una sangre particular en la que se vertía la fuerza de la luz que parecía brotar del centro de la Tierra y que transformaba la parte derecha de Moisés en algo indescriptible.
Al mismo tiempo, la parte izquierda de su cuerpo permanecía en el lado oscuro.
El mundo estaba dividido por la mitad, y Moisés se hallaba en el centro de aquella fractura.
Y veía con claridad a los cuatro animales, las cuatro direcciones de los elementos; estaba en el centro de su trono interior, iba sentado en el carro del espíritu.