Chapter 18 #4
¡Quién lo iba a decir! Todavía ayer Moisés ni siquiera podía imaginar que el mundo estuviera dividido en dos partes; ahora lo veía y lo palpaba en vivo.
Mientras contemplaba la salida del sol, Moisés recordó la tradición sobre las orillas del Nilo.
Según los escritos antiguos, una orilla del gran río pertenecía a la vida y la otra a la muerte, y el delta simbolizaba el órgano femenino del nacimiento…
Pero ¿del nacimiento de qué? Los pensamientos volaban por su cabeza como relámpagos en una nube de tormenta, y no tenían ni número ni límite.
Moisés recordó al instante la historia de otro delta que su padre le había contado cuando era niño.
Aquella historia la recordaba bien, pues se transmitía de padre a hijo, y decía lo siguiente.
Al otro lado del mar hay una desembocadura de río que lleva el nombre de «el Delta de los dioses».
El río Ebros, que forma ese delta, lo divide en luz y tinieblas.
El lado izquierdo de aquel delta prodigioso pertenece a los dioses de la muerte, y su lado derecho es su contrario y lo gobiernan los dioses de la vida.
El agua que sale de ese delta es como el agua que expulsa el seno de la madre, y posee una fuerza enorme y engendra hijos de Dios.
Por eso allí guerrean sin descanso los cuatro elementos, los vientos de la vida y de la muerte chocan entre sí y atraviesan el delta entero intentando ser los primeros en dejar caer su simiente en aquella naturaleza de la que salen los grandes espíritus.
Las aguas de aquel delta sagrado corren en la misma dirección hacia la que mira la Esfinge.
El delta del Nilo y el delta del Ebros están unidos entre sí por un hilo invisible de procreación.
Dios mío: hasta hacía poco, Moisés no comprendía el mensaje de aquella leyenda antigua que le contaba su padre, pero ahora parecía haberle llegado la iluminación. En un instante todo encajó en su sitio.
Moisés empezó a cotejar todos los contrarios que conocía, y en su memoria emergió uno de los manuscritos que le había entregado en otro tiempo su padre Ajenatón el día de la fiesta del equinoccio.
En él se decía que el alma tiene dos lados: la mitad pertenece al bien, a la vida, y contiene todas sus fuerzas, y la otra mitad pertenece a las fuerzas del caos y de la muerte.
El ojo derecho lo ve todo, contemplando lo existente desde la naturaleza divina, y el ojo izquierdo está sumergido en el infierno y lo mira todo a través del prisma del abismo.
Y todos los demonios intentan día y noche salir de su pupila e irrumpir en nuestro mundo desde los lugares más espantosos.
De pronto Moisés sintió unas vibraciones del aire que salían de la tierra.
Era una sensación nueva y sin parecido con ninguna otra.
Además, ante sus ojos empezaron a abrirse escenas prodigiosas.
Con cada instante de la salida del sol, sus rayos iluminaban el paraje cercano con más y más intensidad.
He aquí que en la bóveda celeste aparecieron multitud de senderos luminosos que tornasolaban con colores diversos.
Moisés no había visto hasta entonces nada semejante a su hermoso resplandor, y no encontraba explicación a aquel espectáculo.
Aquellos senderos luminosos se alzaban como pilares celestes que descendían del cielo mismo y se hundían en las profundidades de la tierra.
Recordaban a estalactitas o estalagmitas de cristal llenas de resplandor divino.
Observándolos, Moisés sintió que la sangre que corría por sus venas se unía a aquel resplandor, y que él mismo se convertía en uno de aquellos pilares luminosos.
Pasó un instante más y Moisés sintió que perdía peso, que la tierra se le iba de debajo de los pies y que se volvía cada vez más ligero.
Pronto era ya más ligero que el aire, y no se lo estaba imaginando en absoluto.
La iluminación lo cubrió: todas las fuerzas de la naturaleza le estaban sometidas, y así era.
Se volvió y vio que todos los objetos que había en la terraza flotaban en el aire, y comprendió que aquello lo había hecho él con su propia voluntad, aunque no fuera consciente de lo que ocurría.
Moisés no sabía todavía cómo controlar la fuerza que había obtenido de pronto, pero sintió una tentación irresistible de servirse de ella y se decidió a probarla.
Cerró los ojos y se imaginó que se elevaba al cielo.
Y con ese pensamiento dio el primer paso.
Y su deseo se cumplió. Con asombro, Moisés comprendió que se elevaba hacia el cielo como si pisara los peldaños invisibles de una escalera invisible. No cabía duda: ¡planeaba en el aire!
Fue un momento de felicidad completa. Moisés sonreía.
Por supuesto, como muchos, a veces había volado en sueños, pero soñaba con experimentar la sensación del vuelo despierto.
Sin embargo, tentar a lo existente le pareció frívolo y al cabo de un rato Moisés regresó a aquella misma terraza.
Ahora experimentaba algo completamente distinto.
Intentó comprender el sentimiento que se había apoderado de él y que le atravesaba el cuerpo entero, y cerró los ojos.
Era como un temblor. Todo su cuerpo estaba recorrido por corrientes de vibraciones, como si él mismo se hubiera convertido en un instrumento musical y unos dedos divinos interpretaran en él una melodía inaudible pero mágica.
En un instante Moisés se llenó de armonía, se serenó y se sumergió en un estado indescriptible de arrobamiento semejante a una molicie infinita.
Fue la cima de la paz del alma, que lo cubrió por entero.
Después Moisés sintió despertar de nuevo el ardor en el pecho, bajo el anj.
Le pareció que alguien avivaba un fuego dentro de él, pero ahora ese fuego obedecía a su voluntad.
Estaba en su derecho aumentar o disminuir el ardor del corazón.
Moisés estaba sentado con los ojos cerrados, pero le parecía verlo todo.
El fuego interior no solo le obedecía: él mismo era su fuego interior.
Gracias a aquel ardor, Moisés se llenaba de fuerza y estaba dispuesto a transfigurarlo todo con ella.
Podía dar vida a lo muerto y crear lo vivo, era capaz de obrar milagros y de hacer magia.
A Moisés le parecía que podía mover montañas, desplazar estrellas; la fuerza que lo llenaba lo desgarraba sin más, y había que dirigir esa fuerza a alguna parte.
Y eso hizo Moisés, sin ser aún consciente de lo que había hecho, y todo encajó en su sitio; ya no hacía falta explicación alguna, todo se había vuelto comprensible.
Ahora Moisés sabía cómo funciona todo; gobernaba su ardor interior, cuyos torbellinos se propagaban en ondas y ralentizaban el tiempo exterior. Y he aquí que, obedeciendo a su voluntad, lo detuvieron por completo. Todo quedó inmóvil y cesó. Todo se paralizó. El tiempo se volvió semejante a un…
…muelle comprimido que Moisés había domado con la voluntad de su corazón. Al fin el tiempo se convirtió en un punto.
Moisés miró alrededor. Todo se había detenido y había quedado paralizado en silencio.
Dio dos pasos y vio un escarabajo suspendido en el aire.
Moisés se inclinó, tomó al insecto por un ala, lo colocó en la palma y se puso a examinarlo.
El escarabajo parecía su propia estatua de piedra.
Había algo desvalido en su inmovilidad; parecía que la desesperación se hubiera quedado helada en los ojos diminutos del insecto, y Moisés, sin pensarlo mucho, soltó su muelle interior.
En un instante el tiempo recuperó su curso anterior, el escarabajo se movió, desplegó las alas, Moisés abrió los dedos y el insecto se alejó volando.
—¡Vaya! —dijo Moisés, asombrado.
En verdad, aquella mañana había de quedarse grabada en su memoria para siempre.
Moisés era feliz. Por fin se sentía aquel kronos del que hablaba Adán.
Ahora Moisés podía sin duda influir en el tiempo o gobernarlo.
Ahora comprendía qué fuerza era aquella que gobierna la razón del corazón.
Comprendía también que con ella había que ser muy prudente, que aquel fuego podía calcinarlo también a él.
Ahora le tocaba entender la proporción correcta de todos los componentes de la fuerza del corazón, de los cuatro elementos, de la luz del sol y de la plenitud divina.
Por sus venas se derramaba una gracia particular; sentía una fuerza pura cuya presencia atestiguaba el hormigueo que le recorría la piel.
Y aquel era, al parecer, el mismo sentimiento que en otro tiempo experimentaron Adán, los atlantes e incluso los dioses.
Moisés permaneció aún mucho rato con los ojos cerrados bajo los rayos del sol, que parecían atravesarlo de parte a parte, pero eso no lo inquietaba en absoluto. Ni siquiera intentó refugiarse en la sombra. Al contrario: estaba de pie, impregnándose de la gracia que se le había concedido.
Por fin abrió los ojos, miró al sol y le dio las gracias. Luego miró a la Esfinge y le agradeció también un don tan generoso. Después de eso se dio la vuelta y se apresuró hacia el jardín, donde lo esperaban todavía multitud de revelaciones de Ra-Adán, el último atlante.