Capítulo 29 #4
En ese instante, tres figuras irrumpen desde las plataformas superiores: Esteban, Grealish y Murmush, acompañados de sus marionetas.
Con movimientos precisos y brutales, abren grietas en el cuerpo de la bestia, creando pasajes por donde comienzan a sacar a las personas encadenadas.
Cada marioneta trabaja con eficacia despiadada: cadenas rotas, cuerpos liberados, gritos de alivio que se mezclan con el caos.
—Lo tengo, Rodrygo —la voz que llega a mi mente es la de Esteban, hace que un pequeño alivio se posicione en mí—. Me encargo yo.
Pero la esperanza dura poco. Un Venusfly emerge de las sombras y se lanza contra el amplificador que sostenía la melodía. El impacto es devastador: el artefacto se rompe en mil pedazos, la caja de música se destroza, y el anillo rueda hacia la arena, perdiéndose entre los escombros.
—¡No…! —grito, extendiendo la mano inútilmente, mi voz desgarrada por la impotencia.
El dragón se estremece. Sus ojos incandescentes parpadean, su cuerpo vibra con energía inestable. El rugido que emite ya no es de furia, sino de agonía, un sonido que hace temblar cada fibra de mi ser. Está a punto de explotar.
Yvan palidece, sus manos tiemblan sobre las pantallas.
—¡Sin el anillo no podremos detenerlo! ¡La energía se descontrola! Puede estallar en cualquier momento… y será peor que lo que enfrentamos contra Emmett.
El suelo tiembla con violencia. Las plataformas se quiebran como cristal. El aire se llena de chispas, fuego oscuro y polvo metálico.
Y entonces, Flagbys da un paso al frente. Sus ojos brillan con una mezcla de miedo y decisión. Su respiración es agitada, pero su postura firme.
—Si el anillo se perdió… entonces yo seré el anillo.
El silencio que sigue es más aterrador que el rugido del dragón.
—La onda expansiva y el fuego… puedo controlarlos. Puedo absorberlos. Como cuando enfrenté a Emmett aquella vez —dice Flagbys, con la voz firme pero temblorosa.
Todos comenzamos a hablar al mismo tiempo, un coro desesperado de advertencias, pero el objetivo es claro: un no rotundo.
—¡Flagbys, no! —grito, extendiendo la mano hacia ella a pesar de la distancia que nos separa, la garganta desgarrada por la angustia.
Ella sonríe torpemente, como siempre, pero esta vez con una serenidad que me rompe por dentro.
—Rodrygo… siempre fui la torpe, la que caía, la que necesitaba ayuda. Pero ahora… ahora puedo ser útil.
—¿Útil? No lo entiendo. Eres parte del equipo, eres parte de nosotros, eres parte de nuestros corazones. Formas parte de nosotros y esto no es lo correcto, tú no lo podrás hacer… —mi voz se quiebra mientras la miro avanzar.
Flagbys frunce el ceño. Sus ojos, normalmente nerviosos, ahora brillan con una determinación que me sorprende.
Camina junto a su marioneta, la diosa guerrera de fuego Kyramm, y ambas parecen flotar sobre el aire, ascendiendo hasta posicionarse a solo metros del dragón, que comienza a burbujear con fuego negro mezclado con naranja y rojo.
—¡Flagbys, te lo ruego… no! —grito, desesperado.
—No, por favor, hermana… —la voz rota es de Yvan, que apenas logra pronunciar las palabras, destrozado por la escena.
Flagbys se detiene un instante y nos mira a todos. Su voz tiembla, pero es firme:
—No quiero ser la que siempre tropieza. No quiero ser la que diga que no puede más.
Quiero ser alguien fuerte, importante para el equipo y para nuestras misiones.
Sé que Rodrygo nunca me mirará como yo lo miro…
ni como él mira a Esteban. No soy tan ágil como Cynthia, ni tan inteligente como Yvan…
pero algo que sí puedo ser es creativa y fuerte. Y eso… eso me basta.
Sus palabras me atraviesan como cuchillas.
El dragón ruge y explota desde dentro, liberando un tornado de fuego negro, naranja y rojo que arrasa con todo a su alrededor. Las plataformas se quiebran, los muros se derrumban, y todos tenemos que cubrirnos para no ser arrastrados por la onda expansiva.
Flagbys no retrocede. Se planta frente al núcleo ardiente, y su marioneta Kyramm la envuelve con sus brazos ardientes, protegiéndola. La lanza de la diosa guerrera brilla, proyectando energía hacia el tornado.
Una onda de energía rodea a Flagbys, elevándola en el aire. Su cola se levanta, agitada por la fuerza del fuego, y comienza a teñirse con tonos naranjas incandescentes. La vemos diferente, transformada, conteniendo lo imposible.
El dragón se sacude, intenta liberarse, pero ella absorbe y proyecta la energía, rompiendo fragmentos de metal y fuego alrededor. Cada segundo parece eterno. El caos es absoluto: gritos, chispas, polvo, calor abrasador.
Finalmente, después de un esfuerzo sobrehumano, Flagbys logra contener la explosión. El dragón se desmorona, su rugido se apaga, y la arena queda cubierta de humo y silencio.
Flagbys cae, deshaciéndose de la energía que la envolvía. Ha agotado toda la Pureza que le daba la magia junto a su marioneta. Su cuerpo se desploma, pero no golpea el suelo: queda suspendida dentro de una cápsula de energía transparente, como un último regalo de Kyramm para protegerla.
El silencio es sepulcral. Nadie se atreve a moverse. Solo el eco de sus palabras queda grabado en mi mente:
—Quiero ser fuerte… aunque sea la última vez.
—Rayos… —murmura Fylian, apenas abriendo los ojos. Nos encontramos en la enfermería. Han pasado un par de días desde la batalla, pero para mí todo ha marchado tan rápido y, a la vez, tan lento.
Mi mejor amigo comienza a despertar después de que los sedantes son retirados por los profesionales. A mi lado está Esteban, que apenas sonríe al verlo abrir los ojos. Fylian, al reconocerlo, intenta bromear con voz débil:
—Eh… ¿capitán? Permiso para disculparme por fracasar en la última misión, por no volver a casa y no contarle nada. ¿Lo preocupé? Lo siento. Kyra… quizás… por cierto, ¿dónde está esa loquita?
Esteban se apresura, me hace un gesto para que retroceda unos pasos y se sienta junto a él.
Con calma, le explica lo ocurrido. Fylian baja la mirada hacia el lugar donde debería estar su brazo.
El recuerdo del ataque de Kyra Venusfly lo golpea, pero entonces nota algo: en su mano aún conserva el anillo que yo le regalé. Lo observa, sonríe con ternura y dice:
—El simple hecho de no tener un brazo no significa que te desharás de mí… ni de esos malditos rizos.
No puedo evitar reír junto a él. Y sin importarme la presencia de Esteban, lo aparto suavemente y abrazo a mi mejor amigo tan fuerte que puedo escuchar sus quejidos convertirse en rugidos de risa. Reímos, y creo que también lloramos un poco, mezclando alivio y dolor.
—Oye… ¿ustedes ya se llevan mejor, por lo que veo? —pregunta Fylian, arqueando una ceja, con esa chispa que siempre lo caracterizó.
Esteban no responde del todo. No le cuenta todo, pero se pone de pie y se coloca detrás de mí, tan cerca que su pecho roza mi espalda al tiempo que respira profundamente. Su silencio dice más que cualquier palabra.
—Sí… detrás de todo está Caldyno —responde, con voz baja, como si no quisiera romper la calma de la enfermería—. Pero si logramos detener el Virus Anti-Pureza, entonces todo debería estar un poco más controlado. El principal peligro ya está contenido.
Esteban coloca una mano firme sobre el hombro de Fylian.
—Descansa. Ya habrá tiempo para ponernos al día. Ahora lo importante es que estés aquí, con nosotros.
Fylian asiente, sus ojos se humedecen, y por primera vez en mucho tiempo lo veo en paz. El silencio de la enfermería se llena de un calor humano que ninguna batalla puede arrebatar.
La enfermería huele a desinfectante y silencio.
El aire es pesado, como si todo el lugar estuviera conteniendo la respiración.
Frente a mí, la burbuja de energía transparente sigue intacta, envolviendo el cuerpo de Flagbys.
No se mueve, no abre los ojos, pero su pecho sube y baja con calma.
Está viva. Y eso, por ahora, es suficiente.
Me acerco despacio, casi temiendo romper la quietud. Apoyo mi mano contra la superficie de la burbuja. Es cálida, como si me recordara que ella aún está aquí, que no se ha ido del todo.
—Se pondrá bien… —susurro, aunque no sé si lo digo para Cynthia, para Yvan o para mí mismo.
Cynthia, con su bandana roja cubriendo los ojos, se inclina hacia adelante. Su voz es suave, cargada de emoción.
—Flagbys siempre pensó que no era suficiente. Que era torpe, que no podía seguirnos el ritmo. Pero mírala ahora… fue ella quien nos salvó. No podemos dejar que su sacrificio quede en silencio.
Yvan permanece serio, con los brazos cruzados. Sus pantallas holográficas están apagadas, y por primera vez lo veo sin cálculos ni números, solo con un gesto cansado.
—Lo que pasó allá dentro… poco se pudo ver. Kendall alteró la realidad con su cúpula, y todo parece haberse borrado con tranquilidad. Como si nadie supiera lo que realmente ocurrió. Para la vista de todos, Flagbys solo tuvo un mal manejo de su marioneta.
Aprieto los dientes. El golpe de impotencia me atraviesa.
—No. No vamos a permitir que la recuerden así. Ella merece protagonismo, merece importancia. Fue fuerte, fue creativa, y nos dio la oportunidad de seguir vivos.
Cynthia asiente, y aunque no puede vernos, sé que sus lágrimas están ahí, escondidas detrás de la tela roja.
—Prometamos que, cuando despierte, no será más la torpe del grupo. Será nuestra compañera, nuestra igual.