La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 29 #5
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Capítulo 29 #5

Yvan suspira, bajando la mirada.

—Sí. Prometamos que tendrá el lugar que merece. Aunque nadie más lo sepa, nosotros lo recordaremos.

Yvan se gira hacia mí, todavía con los brazos cruzados, pero su voz pierde el filo analítico que lo caracteriza.

—Rodrygo… en unos días es el Día de las Linternas. Aquí, en Chatarra, se hace cada vez que hay que despedir a los que ya no están. Este año… bueno, este año va a ser distinto. —Traga saliva, mira hacia la burbuja donde flota Flagbys—. ¿Vendrías conmigo?

No sé bien qué es lo que me está pidiendo, pero asiento sin dudar.

—Ahí estaré.

El silencio vuelve a llenar la sala. Yo mantengo mi mano sobre la burbuja, Cynthia inclina la cabeza en señal de respeto, y Yvan se queda de pie, firme, como un centinela.

Afuera, el mundo cree que Flagbys falló.

Pero aquí, en esta habitación, los tres sabemos la verdad: ella fue la heroína que contuvo el fuego del Dragón de la Rosa Negra.

Y mientras la observo, suspendida en esa cápsula de energía, pienso que cuando despierte, todo será diferente. Porque ya no será la torpe que tropieza. Será la que nos salvó. La que se convirtió en fuerza cuando más la necesitábamos.

El Día de las Linternas llega envuelto en un frío distinto, más limpio, como si el propio cielo quisiera dar espacio al duelo.

Yvan me espera en la parte alta de la colina, lejos del bullicio de la Sociedad del Hilo, con un pequeño farolillo de papel entre las manos.

Es blanco, frágil, con una vela diminuta en su interior que todavía no ha encendido.

—Toma —me dice, tendiéndome otro, idéntico—. Uno para ti. Uno para mí.

Nos sentamos en la hierba húmeda, en silencio, mientras a lo lejos otros grupos de estudiantes empiezan a encender los suyos. Poco a poco, decenas de pequeñas luces comienzan a ascender hacia el cielo oscuro, como si las estrellas hubieran decidido nacer desde abajo.

—Flagbys me contó una vez que le hablaste de tu hermana —le digo, con cuidado, sin saber si estoy pisando terreno prohibido—. De Isabel.

Yvan no aparta la vista del farolillo que sostiene entre los dedos.

—Antes de morir nos pidió que nos perdonáramos. A Flag y a mí —dice, en voz baja—. Tardamos años en hacerlo. Pero lo hicimos. Y desde entonces, cada Día de las Linternas, le mandamos una. Aunque sé que no le llega a ningún lado. Aunque sé que la magia no funciona así.

Enciende la vela de su farolillo con un gesto pequeño, casi mecánico, y luego hace lo mismo con el mío.

—Hoy quería que vinieras porque hay algo que también te pertenece a ti, y llevo tiempo sin decírtelo.

El corazón se me acelera.

—¿Qué cosa?

—Lo que Haalynd encontró en tu cadera. La rosa negra marchita. —Su voz se vuelve firme, precisa, la misma que usa cuando calcula rutas de energía en medio de una batalla—. Sé de dónde viene, Rodrygo. Llevo semanas atando cabos, desde que revisamos lo que le pasó a Kyra.

Me quedo helado, el farolillo tiembla entre mis manos.

—El túnel —murmuro—. Cuando sujeté el implante.

Yvan asiente.

—El implante seguía activo. Chisporroteando, liberando parte del virus en el aire, en tu piel. Con cualquier otra persona, eso habría bastado para empezar la transformación, igual que con Kyra. Pero no contigo.

—¿Por qué no?

Se toma un segundo antes de responder, como si quisiera estar seguro de no equivocarse.

—Todavía no lo sé con certeza. Pero tengo una teoría —dice—.

Tu nivel de Pureza es distinto a todo lo que he medido antes.

Y Tommy… —hace una pausa, mirando hacia el cielo, donde su ángel mecánico duerme replegado en alguna parte de la Sociedad del Hilo— no es solo una marioneta.

Lo que sea que los conecte a los dos, creo que actuó como una especie de barrera.

El virus se quedó ahí, latente, marcado en tu piel, pero no pudo avanzar más allá de eso. Kyra no tuvo esa suerte.

—¿Y si algún día deja de ser suficiente? —pregunto, con la voz quebrada.

Yvan me mira, y por primera vez esa noche sonríe, aunque sea apenas.

—Entonces lo averiguaremos juntos. Como todo lo demás.

Nos quedamos en silencio un momento, viendo cómo las luces de los demás farolillos se multiplican en el cielo, temblorosas, subiendo cada vez más alto.

—¿Listo? —pregunta Yvan.

Asiento. Sostengo mi farolillo con ambas manos, siento el calor de la pequeña llama contra mis dedos, y pienso en Flagbys, suspendida en su burbuja de luz; en Fylian, con un brazo menos pero vivo; en Isabel, que pidió perdón antes de irse; y en esa rosa marchita que llevo conmigo, prueba de que sobreviví a algo que no debía sobrevivir.

Soltamos los farolillos al mismo tiempo. Suben despacio al principio, dudando, y luego se elevan con decisión, uniéndose a las decenas de luces que ya flotan sobre Chatarra, como si el cielo entero se hubiera llenado de pequeñas promesas.

—Por los que ya no están —dice Yvan, con la mirada fija en el cielo.

—Por los que seguimos aquí —respondo.

Y juntos, observamos cómo nuestras luces se pierden entre las demás, hasta que ya no podemos distinguir cuál era la nuestra.

Fin