La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

El dragón ruge a lo lejos, sacudiendo la arena. Las pantallas holográficas vibran con la onda expansiva. Yvan extiende una mano hacia nosotros.

—¿Listos para un buen show de marionetas?

Todos colocamos nuestras manos juntas, un gesto de unidad en medio del caos. El calor, el polvo, el rugido metálico del dragón nos rodean.

Yo respiro hondo, aprieto los dientes y digo la última frase, con una sonrisa amarga:

—Listos para el show de los inválidos.

El eco de mis palabras se mezcla con el rugido del Dragón de la Rosa Negra. La batalla está a punto de comenzar.

Nuestros dedos, a excepción de Nick, comienzan a emitir las luces características de nuestras marionetas. El aire vibra con energía arcana y mecánica, como si cada invocación abriera un portal invisible.

El enemigo suelta una oleada de fuego oscuro que avanza como un muro incandescente.

Cynthia grita el nombre de Flagbys, y ella asiente con determinación, apresurándose a invocar a su diosa guerrera de fuego Kyramm.

La criatura surge con un rugido profundo, su lanza ardiente en mano.

Flagbys mueve sus dedos con precisión, desviando el fuego hacia un punto lejano, creando un pasillo de aire limpio para nosotros.

Yo libero a mi ángel mecánico, Tommy, que embiste contra la bestia con un estruendo metálico. Sus cuatro alas carmesíes se despliegan como cuchillas ardientes, golpeando con fuerza y obligando al dragón a retroceder unos metros. El impacto sacude la arena, levantando polvo y fragmentos de metal.

Yvan se apresura, mide, calcula, y lanza dos misiles desde su conejo mecánico humanoide.

Las explosiones bloquean el campo de visión del dragón, generando una cortina de humo y chispas.

Cynthia recula unos pasos, pero no se detiene: su danza sincronizada con el gorila turquesa es perfecta, cada movimiento de ella se refleja en los cuatro brazos de la criatura.

Tres disparos de plasma atraviesan el aire y golpean el torso del dragón, arrancando chispas de sus placas metálicas.

Haalynd, sin presumir, concentra su energía y proyecta una ráfaga de luz plateada.

El destello impacta contra el pecho del dragón, haciéndolo retroceder unos cuantos pasos más.

La criatura se aferra con sus garras a las plataformas cubiertas de tierra y ruge con furia, un sonido que hace vibrar nuestras entrañas.

—Cuando sean grandes, aprenderán a usar toda la magia que yace en sus marionetas —dice Haalynd con una sonrisa desafiante, mientras se limpia el sudor de la frente.

—Conexión telepática activada en todos —anuncia Yvan, su voz resonando en nuestras mentes—. A partir de aquí sabremos qué hacer. ¿De acuerdo? Chicos, andando.

Nick posa una mano firme en mi hombro y asiente. Yo le pido que mande saludos y gracias a Kendall. Él responde con una sonrisa y lanza el arnés que lleva en su muñeca: un artefacto útil que dispara una cuerda, arrastrándolo hacia las gradas con agilidad felina.

Corremos. Yvan abre camino con su conejo mecánico humanoide, que golpea con sus brazos metálicos y despeja los escombros. Nuestras marionetas avanzan detrás de nosotros, formando una línea de defensa viva.

El dragón, furioso, extiende sus tentáculos y arranca fragmentos de las plataformas, lanzándolos como proyectiles.

Cada impacto sacude el suelo, cada explosión nos obliga a cubrirnos.

Y entonces, de su cuerpo comienzan a brotar cuatro Venusfly, criaturas híbridas de metal y carne, con mandíbulas afiladas y alas cortantes.

Cynthia y Haalynd se adelantan sin dudar, preparándose para la batalla. El gorila turquesa golpea el suelo con sus puños, creando ondas de choque, mientras Haalynd gira su lanza de luz plateada y se lanza contra los Venusfly.

El rugido del dragón se mezcla con los chillidos de las criaturas recién nacidas. La arena se convierte en un campo de guerra.

—Vamos, hermana del Comandante de Protección y Paz. Así como se le ve la cara de rudo, espero que tú lo seas también —Haalynd sonríe apenas, con esa chispa desafiante en los ojos.

—Oh, pequeña de cabello rizado… te sorprenderías.

Mientras avanzo por el sistema de escaleras metálicas, el estruendo me obliga a girar la cabeza.

El gorila turquesa de Cynthia planta de un solo golpe a un Venusfly contra el suelo, destrozando sus alas metálicas.

Con sus cuatro brazos, la criatura se lanza contra el dragón, obligándolo a retroceder.

Haalynd aparece a su lado, invocando a su marioneta Luna Victoria, que proyecta un halo plateado y lanza ráfagas de energía que cortan el aire como cuchillas de luz.

La sincronía entre ambas es brutal: fuerza y magia, músculo y precisión.

En mi mente, la voz telepática de Nick retumba:

—Los sectores principales de las gradas no quieren evacuar. Creo que será mejor activar el Plan B, Yvan.

Yvan frunce el ceño, disgustado.

—Gracias. Con la activación de las alarmas de peligro ya comenzaron a levantarse. Entonces yo creo que… ¡mierda!

Todos miramos hacia la dirección de los mensajes.

El dragón se balancea y cae de lado tras recibir un golpe devastador del gorila turquesa, que lo impacta con sus cuatro brazos en un movimiento brutal.

Los fragmentos de tecnología que lo ocultaban se rompen y la multitud se horroriza al ver la magnitud de la bestia.

—¡Lo controlo, lo controlo! —grita Yvan, ajustando sus pantallas holográficas.

—Kendall, ¿puedes crear un perímetro de realidades alteradas? —pregunta Nick.

—¿Qué significa eso? —pienso en voz alta.

Mi amigo me responde con calma:

—La marioneta de Kendall puede crear una cúpula de realidad alterada. Nadie verá lo que pasa dentro.

—Estoy en ello —responde Kendall desde las gradas.

De pronto, una energía transparente, con líneas gruesas y ondulantes, comienza a crecer alrededor de la arena. La cúpula se expande como un domo cristalino, cubriéndolo todo. El caos se atenúa: los gritos se apagan, la multitud se organiza, como si la realidad misma se hubiera suavizado.

Nosotros llegamos al punto de control. Yvan comienza a conectar los dispositivos, mientras Flagbys observa por la ventana. Sus ojos azules se abren de par en par.

—¡Grietas! ¡Se están abriendo grietas!

De esas fisuras emergen más Venusfly, infiltrándose con rapidez. Claro, Caldyno no iba a ponérnoslo fácil.

—Tengo que ir a ayudar. Ellas dos solas no podrán —dice Flag, mirando hacia Cynthia y Haalynd que luchan sin descanso.

—Ellas manejan el arte de defensa. Flagbys no… —responde Yvan, sin apartar la vista de sus cálculos.

—Sí, deja que ellas se encarguen. Yo puedo intentar ir… —insisto.

—Sí, Rodrygo. Quizás tú sí. Ya casi termino. Necesito que alguien me ayude a revisar el contador. La melodía principal debe activarse y luego desactivarse en el momento exacto.

Flagbys bufa, frustrada. Estoy a punto de salir corriendo cuando un Venusfly se lanza sobre mí.

Su mandíbula metálica se abre, lista para desgarrarme.

Lo pateo en el pecho con todas mis fuerzas y, con la ayuda de Tommy, mi ángel mecánico, lo destrozo por completo.

Las alas caen hechos pedazos, el cuerpo se desintegra en chispas y humo.

De repente, una enorme explosión sacude el lugar donde estamos.

El suelo se abre en un hueco gigantesco.

Flagbys grita y cae hacia la arena, pero su marioneta reacciona al instante, lanzándose tras ella y atrapándola antes de que toque el suelo.

Está a salvo, pero la puerta queda bloqueada.

Lo único que nos queda es ese hueco, y Flagbys está en medio de un extremo peligroso de la arena.

El dragón se agita, sus tentáculos golpean con furia, y yo no puedo apartar la vista de él.

—¡Hay Venusfly infiltrándose en las gradas! Me encargo de ellos —dice Nick, con voz firme.

—Igual por mi lado —responde Kendall—. Pero si peleo no podré sostener la cúpula de realidad. Necesito ayuda…

—Puedo ir yo —digo, apretando los dientes.

—No es posible —me corta Yvan, con voz seca—. Necesito tu ayuda aquí. El contador está a punto de comenzar. Y Flagbys se encuentra abajo ahora.

El rugido del dragón sacude la arena. Las luces de nuestras marionetas parpadean. El tiempo se nos acaba.

El sonido de la caja de música comienza a vibrar en el aire, una melodía extraña, casi hipnótica, que se mezcla con el rugido del Dragón de la Rosa Negra. Yvan ajusta sus pantallas holográficas, sus dedos se mueven frenéticamente sobre los controles.

—¡Rodrygo, el anillo! —grita Yvan, extendiendo la mano hacia mí.

Lo sostengo con fuerza. El metal arde en mis dedos, como si presintiera lo que está por venir.

Me acerco, pero aún no lo coloco. Yvan me muestra en una de sus pantallas holográficas cómo el dragón comienza a mutar, sus placas metálicas derritiéndose como cera ardiente.

Luego, coloco el anillo y la tonalidad cambia.

—¡Dios…! —susurro, retrocediendo un paso, incapaz de apartar la vista.

Dentro del cuerpo de la bestia, entre engranajes y cables, aparecen figuras humanas. Varias personas encadenadas se retuercen, atrapadas en la maquinaria viva. Sus ojos reflejan terror, sus voces se mezclan en un coro de súplicas ahogado por el rugido metálico.

Y entonces lo veo. Sí… definitivamente es él. Fylian. Mi mejor amigo. Está ahí dentro, con el cuerpo destrozado, apenas un brazo libre, pero vivo.

—¡Rodrygo concéntrate! —ordena Yvan con voz firme—. Está activo ahora, se desactiva el núcleo y evitamos que explote.

—¿Qué? ¡Pero quién los saca a ellos! ¡Es Fylian, Yvan! ¡Ayúdalo, por favor, te lo ruego! —mi voz se quiebra, la desesperación me consume.

El dragón se sacude con violencia, como si resistiera la intervención. Sus tentáculos golpean las plataformas, arrancando fragmentos de metal.