La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—¿Qué? —respondo, jadeando mientras rodamos para esquivar otra oleada de golpes.

—Te compro todo lo que dices —replica, con la voz firme mientras lanza otra cuchilla—. Pero yo también tuve mis misiones. Esteban tuvo las suyas. Y Caldyno… es algo más grande. Tan estúpidamente inteligente que da miedo.

Un tentáculo nos barre el aire. Saltamos en direcciones opuestas, bufando, sudorosos. El metal chirría, la arena se levanta como humo.

—La cosa es —continúa Haalynd, apretando los dientes— que, si quiere usar este dragón, es solo la primera fase. Más allá… busca una unificación total. Algo que está fuera de nuestras mentes.

Nos cubrimos tras un bloque de acero caído. El dragón ruge, y los tentáculos golpean como látigos.

—Más allá de Casadó hay un círculo de dos países poderosos —dice Haalynd, jadeando—. Se unieron, florecieron. Y Caldyno quiere repetirlo. Quiere que Commercek vuelva a nacer y unirlo a los estados de la superficie. Es simple… pero aquí tiene un primer trabajo: raptar, abrir algo… no lo sé.

Me mira directo, con los ojos encendidos.

—Y creo, Rodrygo, que si estás aquí es porque él movió los hilos.

—¿Y qué mierda tengo que ver yo? —escupo, mientras esquivo otro golpe y lanzo mi cuchillo hacia el núcleo del tentáculo.

Haalynd me responde sin dudar, con voz firme, mientras bloquea un ataque con su brazo ensangrentado:

—Durante tu niñez mostraste un intelecto diferente. A pesar de todo, a pesar de que no eras tan bueno, Fylian lo detectó. Como toda sociedad que alguna vez fue medieval y oculta por magia, tenemos nuestras profecías. Sí, suena tonto, pero no es magia: es cálculo.

Los tentáculos se repliegan por un instante, como si el dragón respirara. Aprovechamos para recuperar aire.

—El verdadero Héroe del Hilo se revela en un estado de sufrimiento —continúa Haalynd, con voz grave—.

Se convierte en la lucha de todos, queriendo proteger a todos por igual.

Esteban también lo vio así. Pero la Liga de los Grises, aliada con Caldyno, tiene un objetivo: llegar a ti por esa misma profecía y porque se infiltraron aquí y encontraron esa información sobre ti.

Me quedo helado.

—Esteban siempre estuvo detrás de ellos —añade Haalynd, con un brillo de rabia en los ojos—. Evitando cada ataque, cada intento, para que no sufrieras. Para que no te hicieran daño.

El rugido del dragón sacude la arena. Los tentáculos vuelven a moverse. Y yo sé que no hay tiempo para dudas.

—Solo sé que… —Haalynd niega con la cabeza, dudando mucho de las acciones que está a punto de tomar. Sus ojos reflejan incertidumbre, pero también determinación.

—Hay mucha gente dispuesta a luchar por ti.

¿Sabes por qué? Porque eres la primera persona de la superficie que ha tratado a los demás con respeto.

No como esos idiotas que molestaban a Cynthia —me dice con voz firme, recordando lo que Esteban le contó en una oportunidad—.

Créeme, lo que te dije antes quizá sonó tonto, aún lo pienso… pero siento que no es una mala idea.

De repente, Haalynd saca una perla de buen tamaño de uno de los bolsillos de su suéter negro. Frunce el ceño, me mira con intensidad y, sin darme tiempo a reaccionar, se levanta y corre con una rapidez que me deja atrás, boquiabierto.

Lo que hace me sorprende aún más: sabía que dentro de la arena había una tecnología que impedía invocar a nuestras marionetas.

Pero parece que ella lo había previsto. Lanza la perla hacia una posición en las gradas, y el impacto crea un agujero lo suficientemente grande para que otros puedan ingresar.

Sonríe, no sé por qué, pero lo que ocurre a continuación es una muestra de la fuerza brutal de Cynthia.

Su falta de visión nunca ha sido un impedimento para convertirse en una gran marionetista.

Quizás, en el futuro, incluso en una capitana.

Porque las debilidades, cuando se estudian y se enfrentan, pueden florecer hasta convertirse en perfección.

Junto a su Canto de Tierra, aparece su marioneta: un enorme gorila de cuatro brazos, robusto, cubierto de un pelaje turquesa que brilla bajo las luces de la arena.

Con un rugido ensordecedor, arroja un proyectil de plasma que impacta directamente en la boca afilada del dragón, obligándolo a desviar el rostro y el cuello hacia un lado.

Cynthia gira sobre la plataforma cubierta de arena, se balancea con agilidad y se pone de pie. Con un movimiento rápido, proyecta otro disparo que golpea de lleno uno de los ojos incandescentes del dragón. La criatura biomecánica se sacude con furia, el metal chirría y la arena vibra bajo su peso.

Miro hacia las gradas. Todo es un completo caos: gente corriendo, gritos, confusión. Pero entre el tumulto, solo dos figuras permanecen inmóviles: Caldyno y el Ministro de Protección y Paz.

—¿Estás bien? —la voz me llega entre el estruendo, y lo siguiente es un abrazo torpe, casi caótico. Es Flagbys, mi chica favorita, la torpe de siempre. Casi se cae al lanzarse sobre mí, típico de ella. No sé cuántas horas han pasado, pero parecen días, y aun así sonrío ampliamente al verla.

—Perdón… —dice, gesticulando con las manos mientras me devuelve el abrazo con toda la fuerza que puede.

—¿Pensabas que no íbamos a estar pendientes de ti? —añade, jadeando, pero con una sonrisa sincera—. Aún nos necesitas.

Y sí, en efecto, son los mejores amigos. Incluso Nick aparece, acercándose con unos saltos ágiles, atléticos, que me alegran el corazón.

—Tenemos ayuda —dice con voz firme—, pero Yvan pide que nos concentremos en un punto para la distribución de tareas, como siempre.

Su hermana arquea las cejas, con gesto serio.

—Tiene un jodido blanco —murmura, señalando hacia el dragón que se retuerce a lo lejos.

Todos llegan con sus uniformes de misión: suéteres negros ajustados, con detalles dorados que brillan bajo las luces de la arena. En el pecho, el símbolo del caballero y el felino, y en las mangas los parches de primer año junto a los emblemas de las naturalezas de sus marionetas.

Me acerco a Yvan, que sonríe con calma. A su alrededor flotan varias pantallas holográficas, que poco a poco expande para mostrar estrategias y puntos de ataque. A lo lejos, el dragón biomecánico comienza a retorcerse por los dos impactos previos que Cynthia le había asestado.

Flagbys se mantiene a mi lado, nerviosa pero firme.

Cynthia está delante de todos, junto a su enorme gorila de cuatro brazos, que la hace parecer diminuta a pesar de su buen tamaño.

La bandana roja cubre sus ojos, y su cabello negro, recogido en dos colas sueltas, ondea con cada movimiento.

A diferencia de Flagbys, Cynthia no lleva trenzas: su estilo es más salvaje, más directo.

Nick, por su parte, luce su traje de especialista.

No es un suéter, sino un uniforme más ajustado, impecable, sin manchas.

Correas cruzan su torso y brazos, sujetando un arsenal de herramientas y armas.

En su muñeca, un arnés metálico brilla, preparado para desplegar su marioneta en cualquier momento.

El aire vibra con tensión. El dragón ruge, sacudiendo la arena, y nosotros nos alineamos, cada uno en su posición. La sensación es clara: ya no estoy solo.

—¿Y Esteban? —pregunto, con la voz cargada de ansiedad.

Nadie responde de inmediato. El silencio pesa como una losa.

—Yvan le puso otra tarea. No te preocupes —responde Nick finalmente, con un tono firme, aunque sus ojos delatan preocupación.

—Sí, concentrémonos aquí —interviene Yvan, desplegando sus pantallas holográficas frente a nosotros. Los gráficos parpadean, llenos de códigos y rutas de energía. Sus dedos se mueven con rapidez, ajustando parámetros. El sudor resbala por su frente.

—La interrupción de la programación no durará mucho. Cuando mis niveles de Pureza caigan demasiado, tendré que cortar la intervención televisiva y comunicativa que mantiene mi marioneta. Así que debemos movernos rápido.

Se ajusta el bolso pequeño que lleva sobre el pecho y, con un gesto solemne, saca la caja de música que Fylian me entregó antes de desaparecer. El objeto brilla tenuemente bajo la luz artificial de la arena.

—El objetivo aquí no es destruir al dragón —dice Yvan, con voz grave—. Nuestra misión principal es encontrar a Fylian. Y quizás nuestro secuestrador esté más cerca de lo que creemos.

Se acerca a mí y extiende la mano.

—Rodrygo, necesito el anillo.

Lo entrego con un nudo en la garganta.

—Esta caja proyecta una canción capaz de detonar el virus que yace dentro del Dragón Mecánico de la Rosa Negra.

Todo se origina en la última misión de Fylian.

Él dejó una serie de codificaciones clave, insertando una melodía de activación en los proyectos del Virus Anti-Pureza del Gobernador de Bosqueoscuro, Caldyno.

Las rosas negras marchitas, las exploraciones, toda esta locura… todo está conectado.

Yvan aprieta la caja contra su pecho.

—Junto a su compañera Kyra descubrieron un método para alterar la química del virus, debilitando su tejido. El anillo de Fylian, el que encontraste en el Santuario, contiene la codificación final para desactivarlo… y salvarlo. Como ocurrió con Nick.

Nick asiente con la cabeza, más sereno que antes. Lo veo mejor, más fuerte.

—El dragón tiene una densidad mucho mayor que cualquier marioneta —continúa Yvan—. Por eso debemos dividirnos. Rodrygo, Flagbys y yo iremos hacia la zona de los altavoces, en las plataformas superiores. Subiremos por ese sistema de escaleras. Cynthia y Haalynd mantendrán ocupada a la bestia.

Haalynd suelta una carcajada nerviosa, arqueando una ceja.

—Wow, este chico sí que me cae bien. Más que tú, niñita rubia que te crees bonita por tener ojitos lindos y cabello dorado —lanza la broma con un tono ácido, pero sus ojos brillan de emoción—. A mí pónganme toda la acción, que yo lo agradezco.

—Nick, junto a Kendall, que está en las gradas más pobladas, comenzará la evacuación de civiles —remata Yvan, con voz firme.