Capítulo 29
No todos los héroes brillan en la batalla. Algunos se encienden como un farolillo: frágiles, breves, y aun así suficientes para iluminar a quienes se quedan.
—Tradición oral del Día de las Linternas, transmitida en Chatarra de generación en generación.
—O estás preparado para lo que se viene, o simplemente aprietas los dientes y te lanzas sobre ello… —la voz resonaba en mi cabeza, como un eco que me empujaba a enfrentar lo imposible.
Pero mi cuerpo no respondía. Era el tercer ataque de ansiedad en el mes.
Sentía el pecho apretado, los brazos rígidos, las manos sudorosas.
Mi respiración se volvía corta, entrecortada, como si cada bocanada de aire se quedara atrapada en la garganta.
El temblor en mis piernas me hacía doblarme sobre mí mismo, y el sudor frío corría por mi frente.
La habitación de Fylian estaba pintada de negro, cada pared parecía cerrarse sobre mí, como si el espacio se encogiera. El silencio era pesado, interrumpido solo por mis jadeos y el golpeteo de mis uñas contra la madera de la silla.
—Rodrygo, mírame, respira conmigo —la voz de Fylian me alcanzó, firme pero suave. Se arrodilló frente a mí, sus manos cálidas sosteniendo las mías, tratando de detener el temblor. Sus ojos reflejaban calma, aunque yo podía ver la preocupación escondida detrás.
Su madre estaba allí también. Me acarició el cabello rizado con ternura, como si quisiera borrar el dolor con un gesto sencillo.
Intentó llamar a los Servicios Sociales, pero Fylian la detuvo con un movimiento rápido de la mano.
No era por falta de voluntad, sino porque sabía que en ese lugar las pruebas nunca serían suficientes, que nadie creería una historia tan retorcida.
Yo apenas podía hablar. Las palabras se ahogaban en mi garganta, mezcladas con sollozos que no quería dejar salir. Sentía que el mundo se derrumbaba, que el monstruo de mi hermano seguía acechando incluso en mi memoria.
—No estás solo —me dijo Fylian, apretando mis manos con fuerza—. Aquí, ahora, estás conmigo. No importa lo que haya pasado, no importa lo que él haya hecho. Tú eres más fuerte que eso.
Su madre asintió, con lágrimas en los ojos, pero con una sonrisa que intentaba darme luz.
—Rodrygo, cariño, respira. Estás a salvo aquí.
Poco a poco, entre sus voces y sus gestos, el aire volvió a entrar en mis pulmones.
El temblor disminuyó, aunque el dolor seguía allí, escondido en lo más profundo.
Pero en ese instante, rodeado por ellos, entendí que no todo estaba perdido.
Que incluso en la oscuridad de una habitación pintada de negro, podía haber un destello de consuelo.
—Rodrygo, no había otra manera —me dijo Fylian, arrodillado frente a mí, con las manos firmes sobre mis hombros—. Enfrentar el mal que tenías delante era el primer paso hacia una vida diferente. ¿Lo entendías?
Su voz había sido suave pero penetrante, como si quisiera atravesar el muro de miedo que me aprisionaba.
Yo temblaba, mi respiración se cortaba, el sudor frío me recorría la frente.
Era el tercer ataque de ansiedad en aquel mes y sentía que me ahogaba en la habitación oscura, pintada de negro, que parecía cerrarse sobre mí.
—Tu hermano seguía abusando porque tú lo permitías —continuó Fylian, mirándome directo a los ojos—.
Y sabía que podías detenerlo. Por muy alto que fuera el monstruo, por muchas desventajas que te rodearan, la fuerza para salir adelante estaba en ti.
Respira, usa lo que tienes a tu alrededor.
No necesitas explicaciones, solo el esfuerzo de seguir.
Me apretó las manos, tratando de detener el temblor.
—Por más que hubieras sufrido, por más que él te hubiera humillado, por más que tu madre no te defendiera… recuerda que Myriam estuvo allí. Fue por ella que decidiste continuar. Pero ahora llegaba el momento de discernir lo correcto, de no dejar que esto te destruyera.
Caldyno aparece nuevamente delante de mí, sonriente. Demasiado sonriente. Esa calma tenebrosa me hiela la sangre. Su presencia es tan tranquila que resulta más aterradora que cualquier amenaza abierta.
Sé que lo que tengo frente a mí no es real.
Es una simulación, un reflejo. Fugazmente lo detecto en el punto principal: allí está, junto a los tres directivos, el Gobernador de Chatarra, el Comandante de Protección y Paz y hermano mayor de mi amiga Cynthia, y un grupo de políticos e intelectuales que saben perfectamente que Caldyno sigue con ellos.
Lo que veo delante de mis ojos es solo un eco, un reflejo de la maldita Rosa Negra clavada en mí.
Con un gesto desesperado, arranco la rosa de mi cadera.
El dolor es agudo, breve pero intenso, como si me desgarrara por dentro.
El dragón frente a nosotros se mueve, posicionando una pata a pocos metros.
El impacto genera una onda de aire mezclada con polvo que nos golpea de lleno.
Me cubro el rostro con el antebrazo, mientras Haalynd asiente en mi dirección, buscando una señal.
Yo niego con la cabeza. Ella no lo sabe. No sabe lo que yo sé.
Quizás, si mis amigos estuvieran aquí, habría una oportunidad. Pero ellos no podrán penetrar ni ingresar en este campo: sería parte del plan de Caldyno. Todo está calculado.
—¿Qué diablos puedo hacer? —pienso, con los dientes apretados. Si activo mi marioneta, si libero a Tommy, el ángel mecánico, tal vez tengamos una oportunidad. Pero sé que eso es exactamente lo que este enemigo quiere.
El dragón biomecánico avanza, cada movimiento acompañado por el crujido de metal y el zumbido de engranajes ocultos.
Lo observo con tanta intensidad que casi puedo imaginar a mi mejor amigo dentro de él, funcionando, con su corazón latiendo en sincronía con la máquina.
Una conexión remota, imposible, pero que me golpea con fuerza.
Quisiera tener la certeza de que está allí, atrapado en esa monstruosidad. Pero el dragón no espera. Se atrinchera, flexiona sus alas negras como cuchillas y se prepara para liquidarnos en un abrir y cerrar de ojos.
Necesitamos concentrarnos. Necesitamos un plan. De algo tienen que servir esas malditas clases, de algo tiene que servir todo lo que hemos aprendido.
Entonces, la voz de Caldyno retumba en las pantallas, amplificada, arrogante:
—¡Sean testigos del arma que su gobierno trató de ocultarles! ¡El Dragón de la Rosa Negra ha despertado!
El rugido del dragón acompaña sus palabras, sacudiendo el estadio entero. La multitud grita, algunos intentan huir, pero las puertas siguen bloqueadas. Nadie puede escapar.
Los gritos del público se multiplican. Algunos intentan huir, pero las puertas del estadio están bloqueadas. Las luces de emergencia parpadean sin ritmo. Nadie puede salir.
—Corre —dice Haalynd, con la voz tensa.
—Ni lo sueñes —respondo, apretando los dientes.
La bestia desciende en picada. El rugido de sus motores internos se mezcla con el silbido del aire cortado. Saltamos en direcciones opuestas.
La garra del dragón se clava en el suelo donde estábamos hace un segundo, rompiendo la plataforma como si fuera papel mojado. Fragmentos de metal vuelan por todas partes.
Haalynd gira en el aire y lanza su cuchillo, apuntando a una de sus articulaciones. El arma rebota con un sonido seco, sin causar daño.
—No es tan fácil —gruño, rodando por el suelo.
Busco con la mirada algo, cualquier cosa que podamos usar. Y entonces lo veo.
El núcleo en su pecho.
Una zona menos blindada, donde los pétalos metálicos no se cierran del todo.
—¡Haalynd! —grito—. ¡Apunta al pecho!
Ella me mira, asiente, y se prepara para lanzar otra cuchilla. Pero antes de que podamos movernos, el dragón abre la boca.
La oscuridad nos envuelve.
El rugido del Dragón de la Rosa Negra retumba en cada fibra de mi cuerpo.
Una llamarada de fuego oscuro cae en picada hacia nosotros. No hay dónde correr.
—¡Salta! —grita Haalynd.
Nos lanzamos en direcciones opuestas justo cuando el fuego impacta contra el suelo. Las plataformas estallan en una lluvia de escombros y metal fundido. Me cubro el rostro, sintiendo el calor abrasador rozar mi piel.
Este no es un oponente común. No es una marioneta de combate.
Es un arma de guerra diseñada para arrasar naciones enteras.
Y Caldyno lo ha despertado.
Las pantallas muestran su rostro satisfecho.
—Rodrygo, no tienes idea de cuánto esperé este momento —dice con voz fría, calculadora.
—Creo que estás demente —le digo entre jadeos.
Haalynd se encoge de hombros, sonríe con ironía y respira con dificultad.
—No sabes lo que yo sé, Haalynd. Ya lo he enfrentado.
Su mirada cambia, se endurece. No hay tiempo para discutir: unos tentáculos de carne y metal se abalanzan hacia nosotros, golpeando con precisión sincronizada, sin dejar oportunidad de descanso.
Rodamos juntos por el suelo, esquivando el impacto, y buscamos cobertura tras una columna destrozada.
El polvo nos envuelve, la arena vibra bajo cada golpe.
—Hubo cinco expedientes de misiones —disparo las palabras tan rápido que me canso más hablando que moviéndome—. Expedientes protegidos por la Sociedad del Hilo, mezclando magia y tecnología de Ciudad Origen. Incluso el Ministro de Protección y Paz estuvo involucrado. Era inaccesible, oculto.
Otro tentáculo se estrella contra el suelo, levantando una ola de escombros. Nos apartamos con un salto. Haalynd lanza un cuchillo, que se clava en la carne metálica, pero rebota sin causar daño.
—Todo eso era un rompecabezas —continúo, bufando mientras esquivo—.
Caldyno, el Dragón, su plan de extensión…
todo conectado con manipulaciones en Aprilcol, con tecnología oscura y magia retorcida.
Su meta era empezar desde abajo, tantear terrenos, ocultar máquinas en sitios desolados, dañar a la gente de Chatarra… su propia gente.
Aprilcol. El nombre se clava en mí de golpe: la casa de Ailura, la rosa marchita en su jardín, esa explosión que hasta ahora nunca había tenido sentido.
Haalynd gruñe, lanzando otro cuchillo.
—Típico de Caldyno. Pero creo que no es su misma gente.