Capítulo 28 #5
—No, no temas —añade, con un tono casi burlón—. Lo que quiero decir es que mis obras de arte ya han medido lo que corresponde aquí. Pero yo quería que fueran una prueba de Conquista… y me topé contigo.
Su mirada se endurece.
—No voy a mentirte. Conozco tu hogar, aunque no tan bien como quisiera. Y créeme, quería saborearlo. Soy un protegido de lo más alto, intocable, como me ves ahora. Pero recuerda esto, Rodrygo: yo soy el mejor de tus malditos problemas, niño de la superficie.
Haalynd aprieta los puños, su voz firme rompe el silencio:
—Esto no es parte del torneo.
Antes de que pueda responder, un estruendo sacude el campo. El suelo se abre con violencia, como si la arena misma gritara. Un rugido metálico emerge desde las profundidades.
Me cubro el rostro del polvo y el calor que brotan del abismo. Haalynd retrocede un paso, sus ojos fijos en la grieta que se expande.
—Rodrygo… —su voz es apenas un hilo de aire—. Mira.
Las placas metálicas emergen primero, oxidadas y cubiertas de símbolos que no reconozco. Luego, las alas: enormes, articuladas, cada pliegue adornado con espinas negras que parecen absorber la luz. El aire se llena de chispas cuando se despliegan, como si rasgaran el cielo invisible del recinto.
La cabeza surge después, coronada por un cráneo de acero con filamentos rojos que recorren su mandíbula. Sus ojos, dos esferas incandescentes, se abren lentamente, iluminando la arena con un resplandor carmesí.
—Un dragón… —murmuro, incapaz de contener el temblor en mi voz.
Pero no es un dragón cualquiera. Es el Dragón Mecánico de la Rosa Negra.
Su cuerpo está cubierto de placas metálicas que se entrelazan como pétalos oscuros, formando un diseño que recuerda a una flor marchita.
Cada movimiento de su cuello produce un crujido profundo, como el lamento de una máquina olvidada.
Haalynd aprieta los puños.
—Esto no debería estar aquí. Nadie habló de esto.
El rugido metálico atraviesa el aire, mezclando el sonido de engranajes con el bramido de una bestia viva. La multitud invisible guarda silencio. Por primera vez, el torneo parece haber perdido el control.
Doy un paso atrás, el corazón golpeando con fuerza.
—Mantente conmigo —le pido a Haalynd. Ella me mira confundida, sus ojos buscando respuestas en mi rostro—. Sé que esa cosa… es obra de alguien del alto mando. Tú no puedes verlo, pero yo sí. Quizás… algo implantaron en mí que me permite percibirlo.
Haalynd abre los ojos como platos. Retrocede un paso, y por primera vez la veo temblar.
Su dedo señala mi cadera, y allí descubro una marca: una rosa negra marchita, apenas perceptible, incrustada en mi piel como un sello invisible.
Comprendo al instante. Esa es la conexión, el vínculo con el mensaje de Caldyno.
El dragón es real. Y todos lo saben. Pero… ¿por qué celebran? ¿Acaso no entienden qué demonio se ha liberado?
Me giro, y allí está Caldyno. Avanza con calma, vestido con su traje blanco ajustado, los detalles negros resaltando como cicatrices. Sus ojos azules me atraviesan, fríos, calculadores. Sus manos permanecen en los bolsillos, como si todo esto fuera un espectáculo preparado solo para mí.
El Dragón Mecánico de la Rosa Negra alza la cabeza y lanza un rugido metálico que sacude toda la arena. La multitud invisible calla. El aire se llena de electricidad. Y yo sé, con absoluta certeza, que estamos frente a algo que no debería existir.
Caldyno sonríe apenas, ladeando la cabeza.
—¿Sabes qué es lo fascinante de las reliquias? —pregunta, sacando lentamente una mano del bolsillo. Sus dedos recorren el aire como si dibujara símbolos invisibles—. No mueren. Solo esperan.
El dragón responde a su gesto: las placas metálicas de su cuerpo se abren y cierran como pétalos oscuros, liberando un crujido profundo. Haalynd aprieta los puños, pero no dice nada.
—Esto no es parte del torneo —susurra ella, con voz firme.
—Claro que no —responde Caldyno, con un tono burlón—. El torneo es solo el escenario. El espectáculo. Pero el verdadero propósito… está aquí.
Se acerca un paso más, sus ojos brillando con intensidad.
—El Dragón Mecánico de la Rosa Negra no se creó para entretener. Su rugido es solo el preludio. Lo que vendrá después… es la purga.
Me quedo helado.
—¿Purga?
Caldyno sonríe, mostrando apenas los dientes.
—Más allá de darte una muerte dolorosa, Rodrygo, este dragón liberará el Virus Anti-Pureza.
Una niebla invisible que se extenderá por la arena y por parte de la Sociedad del Hilo, dañando a los marionetistas, a los espectadores, a todos los que se encuentren cerca.
No distingue entre inocentes o culpables. Es el inicio de la expansión.
Hace una pausa, sus manos vuelven a los bolsillos.
—Cada pieza de este juego es necesaria. Y tú, niño de la superficie, acabas de presenciar la primera. El verdadero poder estratégico comienza aquí. La Rosa Negra es la primera llave.
El dragón extiende sus alas, y la sombra que proyecta cubre todo el Valle. El aire vibra con un zumbido metálico, como si miles de engranajes se activaran al mismo tiempo.
Haalynd me mira, sus ojos reflejando el fuego rojo del dragón.
—Haalynd —la llamo—. ¿Estás lista para un buen show de marionetas?