Capítulo 28 #4
—Pues claro. Esteban no te dijo que estaba ocupado en otras cosas más importantes… —se detiene en seco, y noto cómo su rostro cambia. Se da cuenta de que yo no lo sabía. Baja la mirada, incómoda—. Pues… que él te lo cuente. La cosa es que sus ojos son tan diferentes contigo.
Intento detenerla, porque sé que no es buena idea seguir, pero ella insiste.
—No te preocupes. A pesar de ser un desastre, sorprendentemente Esteban te tiene confianza.
—La primera vez que nos vimos me lanzó un cuchillo. Dos veces.
Haalynd ríe con ironía.
—Oh, eso es muy de él. Es su lado romántico, por lo que parece.
Confunde un ramo de flores con lanzar cuchillos a alguien de la superficie.
Gyselth estaría orgullosa de lo que ha llegado a ser.
Es talento, puro talento. Créeme, yo era mejor, Rugbyan era decente, pero lo que nos caracterizaba a los tres era que nos manteníamos juntos.
—Hace rato hablaste mierda de mis compañeros… —le digo, con un tono más duro.
Haalynd me mira, y por primera vez su voz se suaviza.
—Sí… pero los defendiste. Eso es honrado.
El silencio se instala entre nosotros. El suelo sigue temblando, la prueba aún no termina, pero sus palabras me dejan pensando.
Quizás no importa cuántas veces nos llamen desastres, inútiles o débiles.
Lo que realmente nos define es que seguimos juntos, que seguimos defendiendo lo que creemos, incluso en medio de este infierno.
Parece que la siguiente fase viene con nosotros. Hemos pasado un par de pruebas, pero es evidente que algo no está marchando bien. Algo no está bien.
El manto de silencio que cubría la arena se rompe de golpe, como una burbuja que estalla con facilidad. El vitoreo de la multitud se mezcla con murmullos de asombro, con un murmullo áspero que parece alergia, incomodidad.
Yo… no veo a nadie más. Y no me refiero solo a la multitud invisible, sino a los otros cuatro participantes, los estudiantes. ¿Qué les habrá pasado? ¿Tan atrás han quedado? ¿O acaso el laberinto los ha devorado por completo?
La arena se proyecta con los últimos rayos de sol, débiles, a punto de desvanecerse.
En segundos, la luz natural se extingue y es reemplazada por faros circulares que comienzan a revolotear como luciérnagas mecánicas por todo el lugar.
Los pilares que rodean el campo se iluminan con una especie de malla brillante, embelleciendo el sitio con un resplandor inquietante.
Me giro hacia Haalynd. Ella frunce el ceño, evaluando cada detalle, como si intentara traducir lo que ocurre. Quizás lo interpreta igual que yo: el hecho de que estemos aquí no descuenta la importancia gradual de lo que se avecina. Algo más grande, más oscuro, está a punto de revelarse.
Detrás de nosotros, los obstáculos se cierran automáticamente, como siempre. Los competidores que quedaron atrapados han desaparecido, tragados por el laberinto. Pero hay algo extraño.
Las marionetas siguen moviéndose. Sus ojos rojos aún brillan en la penumbra, como brasas que se niegan a apagarse. Los sistemas deberían haberlas desactivado al terminar la prueba.
—Haalynd… —susurro, con la garganta seca.
Ella no responde de inmediato. Sus ojos se clavan en las figuras mecánicas, y por primera vez noto un destello de inquietud en su rostro.
El aire se vuelve más pesado, cargado de electricidad.
El silencio que nos rodea ya no es el de un torneo controlado, sino el de algo que se escapa de las reglas.
—Esto no es normal —digo en voz baja.
Haalynd asiente, sin apartar los ojos de las figuras mecánicas que nos observan desde la distancia.
Por el altavoz, el anunciador continúa con su tono animado, ajeno a lo que ocurre:
—¡Felicitaciones a los primeros en superar la segunda prueba! Prepárense para el siguiente desafío…
Pero sus palabras suenan huecas, como si vinieran de otro mundo. El suelo debajo de nosotros comienza a vibrar. Haalynd reacciona primero. Se agacha, una mano sobre la plataforma, sintiendo la intensidad de los temblores.
Entonces, solo por un segundo, sé que no es el animador inicial. No es producido por algo artificial. No… no lo es.
Me giro, y lo veo. Un hombre delgado, vestido con un atuendo ajustado de color blanco con detalles negros, se posiciona a buena distancia de nosotros.
Lo reconozco de inmediato: es el mismo que apareció aquel día en el ataque al santuario.
Sus ojos redondos y azules no apartan la mirada de mí, fijos, penetrantes.
¿Alguien más lo está viendo? Miro hacia la dirección de los altos mandos, hacia las gradas invisibles, pero no… ellos siguen allí, como si nada ocurriera. Es extraño, como si esta visión fuera solo mía. Como si realmente Caldyno se ha topado en mi campo de visión para yo solo verlo.
—¿Soy un hombre de sorpresa, no es así, Rodrygo Clynk? —su voz es penetrante, no viaja por el aire, sino que se clava directamente en mi cabeza. El dolor me atraviesa como una jaqueca repentina. Haalynd lo nota: me observa, mira a su alrededor, pero ella no puede ver lo que yo estoy viendo.
El creador de los Venusfly avanza hacia nosotros con pasos lentos. Sus manos permanecen dentro del traje blanco, adornado con pequeños aretes metálicos que recorren su cuerpo como símbolos. Su cabello negro, perfectamente peinado hacia atrás, brilla bajo las luces artificiales.
—Yo te vi la primera vez en el Paso Inclinado —continúa, con una sonrisa apenas dibujada—. Una especie que no debe tomarse a la ligera. Pero claro… la sorpresa es mi especialidad.
Es la primera vez que me habla tan directo, como cuando nos encontramos en el ataque de los Venusfly en el santuario, mientras investigábamos el expediente de mi mejor amigo Fylian y su desaparición.
—Me sorprende que tomes la iniciativa, que te las ingenies para derribar una de mis obras de arte —dice, sacando lentamente las manos de los bolsillos.
Las eleva al aire con calma, y la arena bajo nuestros pies comienza a temblar.
Retrocedo varios pasos, mientras Haalynd me observa sin comprender nada, con el ceño fruncido.