Capítulo 28 #3
Los otros dos estudiantes no los he visto. ¿Atrapados en el laberinto? ¿Adelante, esperándonos? No lo sé. La incertidumbre me congela la sangre, me seca la garganta.
Pienso en la Liga de los Grises. Sus armas, sus espadas, sus cuerpos marcados, sus orejas puntiagudas.
Ellos sí son retadores, los he enfrentado antes.
Pero aquí, ahora, las trampas son más letales que cualquier enemigo.
Columnas que giran como tornados, suelos que se desintegran al contacto, engranajes que lanzan chispas incandescentes. Cada paso es una sentencia.
Respiro con dificultad, el sudor frío recorriendo mi frente. Haalynd se acerca, sus ojos brillando con determinación.
—No te distraigas. Esto es solo el comienzo.
Su voz me devuelve al presente. El vacío nos rodea, y cada salto es una apuesta contra la muerte.
El Laberinto de Sombras quedó atrás. Ahora, el verdadero infierno comienza.
—Tienes un buen tiempo aquí, ¿no es así, Rodrygo? —pregunta Haalynd mientras se estira las manos, los nudillos crujen con un sonido seco. Supongo que el enfrentamiento pasado la forzó demasiado, porque sus gestos revelan un dolor que intenta ocultar bajo esa máscara de dureza.
Yo miro hacia atrás, buscando señales de algún otro estudiante o de los viejos rivales, pero no vemos nada. Solo el interminable camino con muros que se elevan hasta el cielo, como si quisieran aplastarnos con su peso.
Al principio no quiero responderle. Haalynd me parece hostil, demasiado directa, y en parte refleja la actitud de Esteban, pero no del todo.
No como él, no con esa mezcla de confianza y misterio que lo hace distinto.
Con ella debo mantener la guardia alta. En los entrenamientos aprendí que nunca se sabe con qué disfraz puede venir el enemigo.
—Lo tengo —respondo al fin, con voz baja—. Esteban fue quien me sacó de mi casa del lago, mientras dibujaba… o bueno, realmente no me sacó, yo quise venir.
—¿Por Fylian, no es así? —pregunta, arqueando una ceja.
—Sí. Por él. Y sigo estando por él.
Haalynd me observa con una mezcla de curiosidad y dureza.
—Eres un poco distinto. ¿Sabes si tus padres eran de aquí?
Porque aquí nos consideramos despiadados, pero en parte tenemos mejores sentimientos y percepción de la vida que allá arriba, donde los rayos del sol parecen no calentar los corazones.
Tú demuestras lo contrario a esa gente, sobre todo cuando permitiste que perdonáramos a esos miserables.
Su voz se vuelve más cortante, casi cruel:
—¿Acaso, cuando encuentres al culpable del secuestro de tu mejor amigo y hermano, lo perdonarás?
¿Le dirás “esto está mal hecho” como si fuese un niño pequeño y seguirás con tu vida esperando que tenga decencia?
Tú y yo sabemos que no. Y no me importa lo que las malditas cámaras graben: el autor está junto a esa gente adinerada y poderosa.
Pero enfrentarlo no es solo el problema principal, es hacer resaltar sus crímenes, que queden expuestos.
Porque, oh, Rodrygo Clynk, si das un paso en falso, créeme que el que perderá serás tú.
—¿Acaso me estás contando algo que yo no sé? —le digo, con la garganta seca.
—Solo quería hacerte un amable recordatorio —responde con una sonrisa que no tiene nada de amable.
—Ni siquiera me han explicado con coherencia cómo tú… que ya eres o eras capitana, con la misma edad de Esteban, estás aquí conmigo. ¿Por qué aceptaste?
Haalynd ríe, un sonido áspero que me eriza la piel.
—Oh, vamos, pequeño enclenque de cabello rizado.
¿A quién iban a meter? ¿A tu amiga inválida y ciega que no puede ni levantarse?
¿A la torpe que no sabe controlar su marioneta?
¿Al sabelotodo que no sabe luchar bien? Esto no es un juego del abecedario, ni un torneo de inválidos, ni un festival de tontos que no entienden la lógica ni la fuerza de controlar una marioneta como lo hago yo.
O mejor aún, como lo hace Esteban. Porque, oh, Rodrygo, créeme: él es más fiero que yo, capaz de romper huesos con solo respirar.
No soporto más. La rabia me sube como un fuego en el pecho. Sin pensarlo, sujeto a Haalynd por el suéter negro, tirando de ella hacia mí. El tejido se arruga entre mis dedos, y mis ojos se clavan en los suyos con furia contenida.
—¡Basta! —escupo las palabras, mi voz temblando entre ira y dolor—. No vuelvas a hablar así de ellos. Ni de mí.
Haalynd no se inmuta. Sus labios se curvan en una sonrisa fría, casi disfrutando de mi reacción.
—Eso es lo que quería ver —susurra, con un tono venenoso—. Que tienes fuego dentro. Que no eres solo un niño perdido.
El silencio que sigue es pesado, cargado de tensión. Mis manos aún aprietan el suéter, mi respiración es agitada, y siento que las cámaras invisibles nos observan, registrando cada gesto, cada palabra.
Haalynd se aparta con un movimiento brusco, liberándose de mi agarre.
—No olvides, Rodrygo —dice, con voz baja pero firme—. Aquí no hay espacio para la debilidad.
El suelo tiembla bajo mis pies, las plataformas flotantes se mueven como si fueran hojas arrastradas por un viento invisible.
Cada salto es un riesgo, cada paso un desafío.
Pero lo peor no son las plataformas: son las figuras humanoides de metal que se desplazan entre ellas, el Cuerpo de Hierros.
Sus brazos terminan en cuchillas afiladas, sus ojos brillan con una luz roja siniestra que corta la penumbra.
Las reglas son simples: si te tocan directamente, estás fuera. Pero tú si puedes tocarlos.
Haalynd no duda. Salta sobre la primera plataforma con la precisión de una depredadora. Sus trenzas se agitan en el aire, su cuerpo se mueve con una velocidad que parece imposible. Yo la sigo, sintiendo el temblor bajo mis pies mientras la estructura se tambalea como si quisiera expulsarme.
Una de las máquinas del Cuerpo de Hierros se mueve hacia mí, sus pasos metálicos retumban como martillazos.
Levanto la pierna y pateo su cabeza con todas mis fuerzas.
El impacto resuena, la máquina tambalea, pero no cae.
Se vuelve hacia mí, sus movimientos mecánicos inhumanos, como si no conociera el concepto de dolor.
Salto a otra plataforma, esquivando otra que se lanza con sus cuchillas extendidas.
El aire silba cuando el filo pasa a centímetros de mi rostro.
Por el rabillo del ojo veo a Haalynd: se mueve como un fantasma, inalcanzable, sus pies apenas rozan el metal antes de impulsarse hacia la siguiente plataforma.
Pero yo no soy como ella.
Un Cuerpo de Hierros salta hacia mí. No tengo espacio para esquivarlo. En el último instante, me agacho y tomo su brazo mecánico, usando su propio impulso para lanzarlo hacia el vacío. Su cuerpo metálico cae, golpeando contra las paredes del abismo antes de desaparecer en la oscuridad.
No tengo tiempo de celebrar. La última plataforma está cerca, pero algo cambia. El aire se vuelve más pesado, más frío. El rugido de la multitud se apaga de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta gigantesca.
—¡Rodrygo, salta ahora! —grita Haalynd, su voz cortando el silencio.
Obedezco, y al caer sobre la plataforma final, el escenario se transforma.
El Valle se abre hacia un nuevo espacio: un corredor gris y oscuro, cubierto por una neblina espesa que se arrastra como un animal vivo.
Las plataformas desaparecen detrás de nosotros, y lo que queda es un suelo metálico corroído, lleno de grietas que exhalan vapor.
Las paredes se elevan hacia arriba, infinitas, como si fueran los muros de una prisión sin fin.
El Cuerpo de Hierros ya no se mueve con rapidez. Ahora avanza lentamente, sus ojos rojos brillando en la niebla, como faros de amenaza. El silencio es absoluto, roto solo por el chirrido de engranajes ocultos.
Haalynd se detiene a mi lado, su respiración controlada, sus ojos atentos.
—Este es el verdadero Valle —susurra—. Aquí no basta con esquivar. Aquí quieren quebrarnos.
El suelo vibra. De las paredes emergen nuevas figuras: miembros del Cuerpo de Hierros más grandes, sus cuerpos cubiertos de placas oxidadas, sus cuchillas más largas, capaces de atravesar el aire con un silbido mortal.
Respiro hondo. El sudor frío recorre mi frente. La garganta se me seca. El escenario gris y oscuro nos envuelve, y siento que cada paso que demos se observará, juzgado y castigado.
—Anteriormente dijiste que te sentías un poco mal, ¿no? Como con calor —pregunta Haalynd mientras se toca la frente y el cuello. Suspira, y su voz pierde firmeza por un instante—. Creo que me siento un poco débil, Rodrygo.
Yo también lo noto. Mi preocupación crece: hace rato que no vemos más competidores, y ese pequeño temblor bajo mis pies me inquieta.
¿Qué diablos ha sido eso? Haalynd dice que puede ser cansancio, o quizá que la prueba está a punto de terminar, porque pronto pasaremos al tercer cuadro de sesión ambiental, donde supuestamente todo se cambia y podremos ver y escuchar a las personas.
Le digo que sí, que lo mejor es seguir.
—El día que te vi en el Jardín de Espadas, estabas hecho un desastre, por cierto.
—Creo que para ti todos están hechos un desastre, ¿no lo crees? —la enfrento, y ella se encoge de hombros con indiferencia.
—No pude ver a Esteban más interesado ese día.
Es raro… yo lo conozco, fuimos compañeros de equipo con otro inútil más, Rugbyan.
Ahora está lejos, pero su historia no importa.
Lo que sí es que nuestra maestra, nuestra capitana de misiones, era Gyselth.
La mismísima Gyselth, ¿lo puedes creer? Sí, los tontos vitorearon como locos cuando lo dije.
Inútiles. Ya quiero salir de esa basura.
Pero jamás vi a Esteban tan concentrado como en esas misiones. Se lo llegué a decir tiempo después.
—Oh… ¿es decir que después de ese día…?