Capítulo 28 #2
El vitoreo de la multitud sacude el aire como un trueno interminable. Miles de voces se mezclan en un rugido que hace temblar el suelo bajo mis pies. El pecho me arde, la garganta se me cierra, y por un instante siento que voy a vomitarlo todo. Pero no. Puedo hacerlo. Sí, lo puedo hacer.
A mi lado, Haalynd se mantiene firme. Sus rizos salvajes, recogidos en trenzas apretadas, se mueven apenas con el viento helado que recorre la arena.
Su ropa negra ajustada resalta la tensión de sus músculos, lista para ser letal.
No dice mucho, pero su mirada transmite una confianza que me obliga a respirar más hondo.
—Rodrygo —susurra, inclinándose apenas hacia mí—. No pienses en la multitud. No pienses en el miedo. Piensa en lo que entrenaste. Aquí no hay marionetas, aquí solo somos nosotros. La calma será tu primera arma.
Sus palabras me golpean como un recordatorio. Dejar el estrés, la calma, la seguridad en mí mismo… ese será el primer paso, la primera herramienta para sobrevivir.
—¿Lo podré hacer? —pregunto, con la voz quebrada.
Haalynd me mira fijo, sus ojos brillando bajo las luces del campo.
—Sí, mierda, claro que lo puedes hacer. Y no estás solo.
El rugido de la multitud vuelve a sacudir la arena. El frío del atardecer cala en mis huesos, pero la certeza en su voz me enciende por dentro.
Respiro hondo. Aprieto los puños. Y me repito una y otra vez:
Sí, vamos. Mierda, sí. Lo podemos hacer.
El rugido de la multitud sacude el aire. No puedo verlos, pero sé que están allí, miles de ojos hambrientos esperando vernos fracasar o triunfar. El viento trae consigo un murmullo de expectación, mezclado con el olor metálico de la arena y el eco de los engranajes.
Un zumbido eléctrico resuena en el aire y las barreras que nos separan del campo de batalla comienzan a bajar lentamente. El corazón me late con fuerza, como si quisiera escapar de mi pecho.
—Cinco segundos —susurra Haalynd, con voz firme, sin perder la calma.
Me preparo, mis músculos se tensan.
—Tres.
Respiro hondo, pero antes de que el disparo suene, me giro hacia ella.
—Haalynd… ¿y Esteban?
Ella me mira de reojo, sus ojos brillando con la luz del campo.
—Me pidió que te dijera que te manda la mejor de las suertes. No te preocupes, Rodrygo. Él está observando todo, cada detalle. Y créeme, no se perderá nada.
Sus palabras me atraviesan como un ancla en medio del caos.
—Uno. —Su voz se mezcla con el rugido de la multitud.
El disparo suena. La tensión explota. El campo de batalla se abre ante nosotros, y sé que no estoy solo: Haalynd a mi lado, Esteban observando desde afuera, y la certeza de que cada paso será decisivo.
Corremos.
Al principio, dejo escapar un pequeño bufido.
La pista inicial que se proyectaba frente a nosotros desaparece de golpe, y la sensación es como atravesar una cortina transparente.
Un instante antes podía ver las gradas suspendidas, el escándalo de la multitud, pero ahora todo se desvanece.
El silencio me golpea y mis ojos comienzan a analizarlo todo, cada detalle, cada sombra.
Haalynd se apresura a ponerse a mi lado, sus trenzas salvajes rozando su espalda mientras me observa con atención.
—¿Estás bien? —pregunta Haalynd, su voz firme, pero con un matiz de preocupación no muy habitual en ella. Sus ojos recorren mi rostro con rapidez, como si buscara señales de debilidad.
El aire del laberinto vibra con un zumbido extraño. Sé que las cámaras invisibles flotan por encima de nosotros, grabando cada movimiento, cada error, cada gesto. Haalynd lo sabe también, y su tono se endurece de golpe.
—No quiero que esas malditas cámaras nos registren mientras te orinas los pantalones. ¿Podemos seguir? —demanda, arqueando una ceja con esa mezcla de sarcasmo y desafío que la caracteriza.
Trago saliva, intentando que mi respiración no suene tan agitada. El sudor frío recorre mi frente, y me doy cuenta de que el nerviosismo me está jugando en contra. Me doy un par de cachetadas suaves en el rostro, tratando de recuperar el control.
Haalynd me observa, cruza los brazos y suelta un bufido breve.
—Eso está mejor. Concéntrate, Rodrygo. El laberinto no espera.
El primer efecto de la arena me sacude, mezclado con la tormenta de nervios que danza por mi sistema. El corazón me late con fuerza, como si quisiera escapar de mi pecho. Haalynd me coloca una mano en el brazo y me dice:
—Canaliza el aire. Concéntrate. Los estudiantes ya se han adentrado. El objetivo es claro: llegar primero. Pero recuerda, las pruebas no serán fáciles.
Me doy unas pequeñas cachetadas en el rostro, intentando despertar mi concentración, y prosigo sin más.
El aire dentro del laberinto es denso, húmedo, cargado de un olor metálico que me recuerda al hierro oxidado.
El primer reto se despliega ante nosotros: pasillos oscuros, sin iluminación, donde las paredes se mueven de manera aleatoria, como si el lugar mismo estuviera vivo y quisiera devorarnos.
El suelo está plagado de trampas, algunas invisibles hasta que es demasiado tarde.
El eco de pasos apresurados resuena en la distancia. Otros competidores ya avanzan, sus siluetas apenas visibles entre las sombras. Un grito corta el aire: alguien ha caído en una trampa. El sonido metálico de un mecanismo se activa y luego, silencio.
Haalynd me lanza una mirada rápida, sus ojos brillando con determinación.
—Rodrygo, no pienses en ellos. Piensa en nosotros. Paso firme, mirada atenta.
Respiro hondo. El laberinto parece cerrarse sobre mí, pero la voz de Haalynd me mantiene en pie.
Izquierda. Derecha. Salto.
Cada movimiento es un pulso de tensión. Las paredes se desplazan como engranajes vivos, y el suelo amenaza con abrirse bajo mis pies. El rugido lejano de la multitud se ha apagado; aquí dentro solo existe el laberinto, Haalynd y yo, y la certeza de que un error significa desaparecer.
Haalynd va delante de mí. Su silueta es apenas un destello entre las sombras, sus rizos trenzados se mueven con cada salto, cada giro preciso. Me concentro en su forma de moverse, en los patrones de las paredes que parecen cerrarse y abrirse como mandíbulas.
Un zumbido detrás de mí. Me giro justo a tiempo para ver una cuchilla emergiendo del suelo. El filo brilla con la poca luz que se filtra desde arriba. Me lanzo hacia adelante y ruedo en el último segundo. El metal corta el aire donde estaba mi pierna.
—Demonios… —susurro, jadeando.
—Más rápido, Rodrygo —dice Haalynd sin mirarme, su voz firme, como un látigo que me obliga a reaccionar.
Como si fuera tan fácil.
—¿No sientes calor? —le pregunto, jadeando, mientras esquivo otro golpe.
—Es raro, ¿no? —responde Haalynd, sin dejar de moverse—. Estamos en pleno invierno. Hace rato hacía un frío que calaba los huesos.
Haalynd se detiene un segundo, observa el movimiento de las paredes y me señala con un gesto rápido.
—Ahora.
Saltamos juntos hacia un pasillo estrecho. El aire se corta con un chasquido: dos muros se cierran detrás de nosotros.
El aire frío me golpea el rostro mientras emergemos en la plataforma elevada.
Por un instante siento que puedo respirar de nuevo, pero la calma dura poco.
Abajo, el siguiente reto se despliega como un monstruo mecánico: un campo abierto de plataformas móviles suspendidas sobre un vacío interminable.
Los engranajes giran sin descanso, las estructuras se mueven como un rompecabezas vivo, y cada pieza parece diseñada para expulsar a los imprudentes hacia la nada.
Haalynd me mira, su respiración controlada, su postura firme.
—Esto apenas comienza —dice, y su voz me da un extraño consuelo.
Saltamos a la primera plataforma. El metal vibra bajo nuestros pies, y de inmediato un mecanismo se activa: cuchillas giratorias emergen de los bordes, obligándonos a mantenernos en el centro.
Haalynd calcula el ritmo con precisión, sus movimientos son rápidos, casi felinos.
Yo la sigo, torpe, pero decidido, esquivando los filos que cortan el aire a centímetros de mis piernas.
De pronto, dos figuras aparecen desde el lado opuesto. Son estudiantes de Bosqueoscuro: delgados, altos, de cabello gris curtido y rostros afilados como cuchillas. Sus ojos brillan con una intensidad inquietante. No llevan armas, pero sus movimientos son ágiles, calculados.
—¡Fuera de nuestro camino! —gruñe uno, su voz áspera como grava.
El otro se lanza hacia mí, intentando empujarme hacia el borde de la plataforma. El vacío me llama con un rugido silencioso. Me tambaleo, pero Haalynd reacciona de inmediato: lo intercepta con un giro rápido, desviando su ataque y obligándolo a retroceder.
—Oh, amigo. ¿De verdad hiciste eso? —Responde Haalynd.
El segundo estudiante aprovecha para abalanzarse sobre ella, intentando arrastrarla hacia una trampa que se abre en el suelo: una compuerta que revela un pozo lleno de estacas metálicas. Haalynd se desliza hacia atrás, esquivando por centímetros, y me grita:
—¡Rodrygo, salta ahora!
Obedezco sin pensar. El suelo bajo mis pies se desplaza, y la plataforma comienza a inclinarse. El estudiante que intentó empujarme pierde el equilibrio y se cae, pero logra sostenerse muy bien para no caer en el vacío.
El otro, con una agilidad sorprendente, logra aferrarse al borde de la siguiente plataforma. Sus dedos huesudos se clavan en el metal, la desesperación marcada en sus ojos. Haalynd se prepara para soltarle una patada, pero la detengo en seco, sujetando su brazo.
—No —le digo, jadeando—. No es buena idea. Ya hemos demostrado a los dos que no estamos perdiendo el tiempo.
Ella me observa con un destello de impaciencia, pero asiente apenas. El estudiante se queda colgado, temblando, y yo aparto la mirada.
Miro alrededor. El campo parece infinito, un mar de plataformas que se mueven como piezas de un engranaje colosal. El aire vibra con el rugido de la multitud, y cada salto, cada movimiento, es observado por miles de ojos invisibles.