La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 28
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Capítulo 28

“Así como el Gran Maestro es la unificación y el puente entre la magia pura de las marionetas y la Sociedad del Hilo, su mandato más importante es que ningún marionetista deberá atacar a otro en ninguna circunstancia. Quien lo haga se castigará violentamente y convocado ante el prestigioso y temido Cónclave del Hilo. La magia que nos es prestada exige, más que nunca, un profundo sentido de pertenencia y cuidado.”

—Biblia del Hilo, actualización del presente año por el Decano del Hilo, máximo supervisor de las actividades del Cónclave en la jurisdicción de Chatarra.

—¿Estás nervioso? —pregunta Flag. Es muy temprano por la mañana, el sol apenas comienza a salir y Flagbys y yo nos detenemos frente a la enorme pirámide al costado de la Sociedad del Hilo.

Hoy será la sede y el inicio del torneo.

¿Cuánto durará? Nadie lo sabe con certeza.

Menos nosotros, con todas las dudas que cargamos, con las verdades que apenas comprendemos y con la necesidad de proteger a la gente de aquí.

Incluso yo, que no soy de aquí, que vengo de Conquista.

Mi hermana siempre decía que no se trata de ver lo bueno en las cosas o en las personas, sino de ver la verdad.

Recordar eso me hace extrañarla tanto, tanto…

—¡Oh, por Dios, ¿qué es esto?! —vocifera Flagbys, apresurándose a acomodarse los rizos salvajes de su frente. Como siempre, lleva su cabello recogido en una cola que se agita con cada movimiento.

Frente a nosotros, un pequeño jardín se abre paso entre las piedras: rosas moradas, brillantes, que parecen haber brotado de la nada.

—Son rosas del Jardín de Gyselth —explica con entusiasmo—.

Son especiales. Se dice que aparecieron en el jardín de la casa de Gyselth cuando uno de sus planes menos ideales, con apenas un porcentaje de éxito, dio fruto y logró avanzar mucho, mucho más de lo esperado.

Me encantan tanto… —su voz se suaviza—. Mi mamá solía traerme estas rosas a la cama cuando me enfermaba, cuando me sentía triste…

o cuando pensaba en mi hermana fallecida.

Se acerca, arranca una con cuidado y me la ofrece para olerla.

Lo hago, y el aroma es intenso, dulce y fresco, como si la flor guardara un secreto.

Pero en su descuido se pincha un dedo. Hace un gesto de dolor, y yo instintivamente tomo su mano para revisarla.

Ella sonríe nerviosa, y en un intento torpe de acercarse, tropieza.

Su beso no llega a mis labios, sino que roza mi hombro.

Ambos reímos, la tensión se disuelve en esa torpeza compartida.

—Realmente me gustas —dice de pronto. Sus palabras me sorprenden, me dejan sin respuesta.

Flagbys baja la mirada, jugueteando con los rizos largos que caen sobre sus hombros.

—Pero yo sé lo de Esteban… —añade, con una sonrisa tímida—.

No digo que tengan algo, ni que tú lo tengas, ni que sientas…

sería tonto, no soy adivina, je, je. Es solo que…

nosotros no podemos vernos a nosotros mismos.

Pero estoy segura de que, si pudieras verte, sabrías cómo tus ojos marrones se iluminan cuando lo miras, cómo tu postura cambia, cómo comienzas a rascarte esos rizos que ya están demasiado largos y necesitan un corte.

Hace una pausa, respira hondo, y su voz se vuelve más seria:

—Me gustaría que fuese conmigo, lo sé… pero mamá siempre decía que la franqueza es el primer paso hacia la grandeza. Y yo lo creo. Por eso te lo digo. Quizás sea distinto, quizás no sea lo que esperas, pero… sería bonito que me vieras así, cuidando de ti.

Sus palabras quedan suspendidas en el aire, entre el aroma de las rosas moradas y el amanecer que tiñe la pirámide de tonos dorados. Cuando estoy a punto de responderle, ella se da la cuenta y se marcha en un trote, llevándose una rosa morada.

Los entrenamientos han cesado, y por un instante me permito pensar que he estado decente, que puedo llegar a felicitarme a mí mismo.

No es fácil cargar con la certeza de que tu mejor amigo está mezclado en los planes de ese científico y artista llamado Caldyno, que aparece de un lado a otro como un fantasma elegante, siempre con una copa de vino en la mano y uvas verdes en la otra.

Cada vez que lo veo, siento que nadie tiene el valor suficiente para detenerlo.

Exponer sus crímenes aquí sería un suicidio político: el Gobernador, su Ministro, el Decano… todos parecen mirar hacia otro lado.

Lo converso con Nick mientras compartimos comida en una mesa de madera, bajo la luz tenue de las lámparas del comedor. Él me hace ver que no sería buena idea.

—Si lo expones ahora, lo tomarán como un sabotaje —dice, con la boca llena de pan—. Y tú eres de la superficie, Rodrygo. No te lo perdonarían.

Kendall, que nos acompaña con su moño ajustado y esa postura impecable que siempre mantiene, asiente con calma.

—Mi tío, el Decano, jamás lo comprendería. Para él, todo lo que venga de afuera es sospechoso. —Hace una pausa, y sonríe con ironía—. Y créeme, no quieres que te vea como un enemigo.

Acepto sus palabras, aunque me cuesta. Nick y Kendall comienzan a lanzarse comentarios graciosos entre ellos, pequeñas bromas que alivian la tensión, pero yo no logro concentrarme. En unas horas comenzará el torneo, y no sé qué puedo llegar a encontrarme.

Kendall, al notar mi silencio, aplaude suavemente para llamar mi atención.

—¡Eh, aterriza! —me dice, con una sonrisa que intenta ser tranquilizadora—. Quizás todo salga bien.

Nick me rodea con un brazo, un gesto fraternal que me obliga a respirar más despacio.

—No te preocupes tanto, hermano. Lo que venga, lo enfrentaremos juntos.

Pero mi mente no se calma. Pienso en las evidencias que tengo. ¿Y si las mando a alguien? No… el código que Yvan descifró demuestra que hay gente aquí que lo aprueba. ¿Dónde y qué se está tratando de hacer realmente?

Nick y Kendall continúan hablando, ahora sobre Gyselth.

—En sus tiempos oscuros —explica Kendall, con voz baja—, logró identificar a un infiltrado en su círculo. Pasó tan desapercibido que fue capaz de operar todo desde dentro.

Nick asiente, apoyando el codo en la mesa.

—Eso es lo que me preocupa. Que tengamos a alguien así aquí, moviendo los hilos sin que lo veamos.

Sus palabras me golpean. ¿Será eso lo que está pasando ahora? ¿Un infiltrado operando desde las sombras?

Me digo que no debería ser mi problema. Pero si tiene relación con Fylian… entonces sí lo es. Y no puedo ignorarlo.

El atardecer comienza a teñir el cielo de tonos naranjas y violetas.

La pirámide de la Sociedad del Hilo se recorta contra el horizonte como una sombra imponente, bañada por reflejos dorados que parecen incendiar sus aristas.

El aire se vuelve más frío, una brisa ligera me eriza la piel y me obliga a ajustar el suéter ajustado.

El murmullo de la gente que se reúne alrededor se mezcla con el crujido de las hojas secas que el viento arrastra por el suelo.

Cynthia se acerca primero, con su andar firme y la mirada encendida por la luz del sol que se apaga. Me coloca una mano en el hombro, cálida a pesar del frío.

—Rodrygo, recuerda lo que has entrenado. No importa lo que pase ahí dentro, lo importante es que confíes en ti. Tú ya sabes lo que eres capaz de hacer.

Flagbys, con sus rizos brillando bajo el resplandor púrpura del cielo, se coloca frente a mí y sonríe con esa energía que siempre contagia.

—¡Eh, mírame! —dice, con voz clara que corta el aire helado—. No olvides sentirte seguro, sentirte bien contigo mismo. Eso es lo que importa. Yo voy a estar afuera, gritando como loca, apoyándote.

Yvan, más serio, se cruza de brazos y observa la pirámide que se oscurece poco a poco. El reflejo del sol moribundo ilumina sus ojos, dándoles un brillo extraño.

—Rodrygo, cada caída, cada golpe, cada intento fallido… todo te trajo hasta aquí. No lo olvides. Nosotros estaremos afuera, observando, asegurándonos de que no estés solo.

El viento sopla más fuerte, trayendo consigo un frío que cala en los huesos, pero sus palabras me envuelven como un abrigo invisible. Cynthia aprieta mi hombro, Flagbys me guiña un ojo y Yvan asiente con firmeza.

—Hazlo por ti —dice Cynthia.

—Hazlo con seguridad —añade Flagbys.

—Hazlo sabiendo que no estás solo —concluye Yvan.

Respiro hondo. El cielo se oscurece, las primeras estrellas comienzan a asomarse, y el frío del atardecer se mezcla con la calidez de su apoyo. El miedo sigue ahí, pero ahora se transforma en fuerza.

—Es hora del show de los inválidos, ¿no? —y todos asentimos al mismo tiempo, colocamos las manos al centro y las chocamos.

Por primera vez en mucho tiempo, sonrío antes de dar el primer paso hacia el inicio de todo.

La arena vibra bajo mis pies, como si el suelo mismo respirara con ansiedad.

Desde mi posición, puedo ver la inmensidad del campo de batalla: plataformas flotantes que se elevan y descienden con un ritmo impredecible, muros que cambian de lugar como piezas de un tablero vivo, fosos de agua helada que reflejan la luz con un brillo cortante, y en el centro, una torre imponente rodeada de engranajes giratorios que no dejan de rugir.

Cada obstáculo fue diseñado para quebrarnos, para filtrar a los débiles y coronar a los más fuertes.

A mi lado, Haalynd se estira los brazos con calma, su expresión imperturbable como siempre. No ha dicho mucho desde que llegamos, pero no necesita hacerlo. Sé que está concentrada, que su mente está calculando cada posible ruta, cada movimiento que pueda darle ventaja.

El altavoz cruje sobre nosotros, vibrando en el aire frío del atardecer.

—¡Bienvenidos al Gran Torneo de los Marionetistas! —retumba la voz del anunciador, vibrando en cada rincón de la arena—. ¡Hoy, solo los más fuertes, los más astutos y los más letales llegarán hasta la cima! ¿Será esto un espectáculo? Pues, es lo que vinimos a ver, ¿no?