La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Lanzo la primera flecha y fallo. Elayan estalla en carcajadas, pero no con burla, sino con esa alegría pura que contagia y que me obliga a reír también.

Esteban me da un leve empujón en el hombro, como diciendo “concéntrate”.

Respiro hondo, vuelvo a intentarlo y esta vez acierto.

El aplauso de ambos me envuelve, y por un instante me siento parte de algo sencillo, pero valioso.

La noche continúa entre risas y sabores dulces.

Compartimos caramelos que crujen al morderse, caminamos bajo luces flotantes que iluminan el parque como estrellas vivas, y escuchamos la música invisible que parece envolverlo todo.

Esteban, aunque mantiene su seriedad habitual, se permite pequeños gestos que me sorprenden: compra otra ronda de dulces para su hermano, ajusta mi abrigo cuando nota que el aire se enfría, y se detiene en cada atracción como si quisiera memorizarla, grabar cada detalle en su mente.

Por primera vez en mucho tiempo, no somos guerreros ni marionetistas. Somos simplemente tres personas compartiendo un buen momento, riendo, probando sabores nuevos, y recordando que incluso en medio del caos, la vida puede ser dulce.

El parque vibra con luces y risas cuando Elayan, con esa picardía que nunca le falta, nos arrastra hacia una atracción que parece un túnel de espejos y luces.

—¡Vamos, ustedes dos! —dice, empujándonos suavemente hacia la entrada.

—¿Qué…? —protesto, pero ya es tarde. La puerta se cierra detrás de nosotros, y descubro que es una atracción diseñada para parejas. No hay nadie más dentro, solo Esteban y yo, caminando juntos por un pasillo oscuro iluminado por destellos tenues que parecen estrellas suspendidas en el aire.

El silencio se vuelve más profundo, y cada paso resuena como un eco íntimo.

Los espejos a los lados reflejan nuestras siluetas, multiplicándolas, como si hubiera decenas de versiones de nosotros caminando juntos.

Esteban avanza a mi lado, serio, pero su proximidad es distinta: siento el calor de su brazo rozando el mío, la firmeza de su respiración, y la manera en que sus ojos recorren el lugar con una mezcla de curiosidad y calma.

El túnel cambia poco a poco. Las luces se transforman en constelaciones que giran lentamente sobre nuestras cabezas, y las paredes se abren hacia un domo transparente.

El cielo artificial está lleno de estrellas que titilan, como si el universo entero se hubiera detenido para observarnos.

Algunas constelaciones se mueven, formando figuras que parecen marionetas celestes, héroes y criaturas que se deshacen en polvo luminoso.

Me quedo sin palabras. Nunca he experimentado algo así. El aire parece más liviano, y mi pecho se llena de una sensación extraña, entre nervios y paz.

Esteban se detiene. Se gira hacia mí y, por primera vez, sus ojos marrones brillan con una ternura que jamás le he visto. Se acerca lo suficiente para que nuestras respiraciones se mezclen.

—¿Cuántas noches se tardaría en contar todas y cada una de las estrellas? —pregunta, con voz baja, casi un susurro.

No sé qué responder. Mi corazón golpea con fuerza, y siento que el tiempo se detiene.

Él continúa, con una calma inesperada:

—Es el tiempo que quizás estaría dispuesto a tomar para comprenderte, para conocerte… y para saber mucho de ti.

Sus palabras me atraviesan como un relámpago suave, cálido. Antes de que pueda reaccionar, Esteban se inclina y me besa. Es un beso breve, pero lleno de significado, como si en ese instante todo el caos de nuestras vidas se desvaneciera.

Yo, que jamás he experimentado algo así, me quedo temblando, con los ojos cerrados, sintiendo que el mundo entero se reduce a ese momento.

El cielo artificial sigue brillando sobre nosotros.

Las estrellas giran lentamente, y algunas caen como lluvia dorada, deshaciéndose en chispas que iluminan nuestros rostros.

Por primera vez entiendo que incluso en medio de la guerra y la oscuridad, puede existir un espacio para la luz, para la ternura, para algo que no sabía que necesitaba hasta ahora.

La habitación de Yvan es un caos. No el caos desordenado de alguien que no sabe lo que hace, sino un caos calculado, meticulosamente estructurado.

Cada fragmento de metal, cada pantalla con código parpadeante, cada herramienta en su mesa está allí por una razón precisa, como piezas de un rompecabezas demasiado grande para comprenderlo todo de una vez.

Pero, a pesar de esa organización, el lugar parece a punto de estallar. Y nosotros con él.

—No es necesario que vea para saber que este lugar es igual de insoportable que él —suelta Cynthia, cruzándose de brazos, con un gesto de fastidio que apenas oculta su cansancio.

Me apoyo contra la pared, cruzando los brazos, observando.

Mis piernas tiemblan, y el frío del metal me recorre la espalda.

Los dedos de Yvan se mueven rápido sobre un teclado improvisado, un híbrido de tecnología anticuada y repuestos robados de quién sabe dónde.

La luz azulada del monitor proyecta sombras fantasmales sobre su rostro, ocultando sus emociones, pero no puede esconder la tensión en el aire. Aquí no hay descanso. Aquí no hay paz.

—¿Ya tienes algo? —pregunto, sin ocultar mi impaciencia. Lo que quiero realmente es saber si estamos más cerca de encontrar respuestas, una pista sobre lo que enfrentamos. Aunque esta claro que es. Pero ahora la cuestión es ubicar la llave para detener todo esto.