Capítulo 27 #2
Su mano se desliza por mi espalda, fuerte, áspera, pero constante. Me sostiene como un muro en medio del derrumbe.
—Solo descansa —añade, bajando la voz, casi en un susurro—. La Pureza no podrá hacer efecto si no lo haces.
Sus palabras, duras pero protectoras, me atraviesan. Y por primera vez en mucho tiempo, me permito llorar sin contenerme, sostenido por ese abrazo rústico, sincero, que me recuerda que no estoy solo.
En ese instante, entre el silencio pesado de la enfermería, escucho un susurro apenas audible. Haalynd, cruzada de brazos, con la mirada fija en nosotros, deja escapar las palabras como si no quisiera que nadie más las oyera:
—Hace mucho… demasiado tiempo que no lo veía así… —su voz es baja, casi un pensamiento que se le escapa.
Lo escucho a duras penas, entre sollozos, pero me golpea con fuerza.
Ella niega con la cabeza, como si no pudiera aceptar lo que ve, pero sus ojos delatan la mezcla de incredulidad y respeto. Y yo, atrapado en ese abrazo, siento que por primera vez no estoy solo en cargar con el peso de lo que pasó.
Han pasado unos días desde la batalla, y aunque las heridas aún duelen, Esteban aparece en mi habitación con un gesto extraño en el rostro. No es la dureza habitual, ni el silencio que suele cargar como un escudo. Esta vez, sus ojos marrones tienen un brillo distinto, casi juvenil.
Y más aún porque no lleva su uniforme. Es raro verlo así, y estoy a punto de soltar una risa, pero él se adelanta, levanta una mano, arquea la ceja y prácticamente adivina lo que estoy a punto de decir.
Su ropa es sencilla, pero en él se ve distinta: una camisa blanca de algodón, abierta en el cuello, con una franela gris debajo; pantalones holgados, cómodos, que le dan un aire relajado; zapatos blancos impecables, como recién estrenados; y el detalle más curioso, un collar con un pequeño anillo colgando, que brilla apenas con la luz de la lámpara.
Su cabello, normalmente desordenado, está peinado hacia atrás, mostrando un rostro más limpio, menos áspero.
Yo me sobo el estómago, haciéndole un gesto porque ya casi es hora de la cena y realmente quiero comer algo antes de salir o hacer cualquier cosa tonta con él. Pero Esteban niega con la cabeza, impaciente.
—Vamos —dice, cruzando los brazos como si no quisiera dar demasiadas explicaciones.
—¿A dónde? —pregunto, todavía con la voz cansada.
Él se encoge de hombros, con esa rudeza que nunca abandona, pero su tono es más suave de lo normal:
—A un lugar donde no tengas que pensar en Pureza, ni en marionetas, ni en Caldyno. Solo… acompáñame. Además, me lo debes. Y se lo debes a él, por supuesto.
Lo pude ver: un chico bajito, en comparación con lo alto que es Esteban, su hermano, Elayan.
Su cuerpo algo rechoncho, con el cabello gris perfectamente peinado hacia atrás.
Lo que realmente destaca son sus dos dientes alargados, perfectos y blancos, que se muestran cuando sonríe tímidamente.
Esa sonrisa me golpea con recuerdos: el momento en que lo sostuve mal, cuando le dije malas palabras.
Me invade la culpa, y niego con la cabeza, avergonzado.
Esteban suspira, comienza a patear el suelo con la pierna, impaciente, y se lleva las manos a la cintura.
Ese gesto suyo, tan rústico, me hace sonreír sin querer.
Hay algo tierno en verlo así, fuera de su papel de guardia severo, como si por un instante se permitiera ser simplemente un hermano mayor que quiere distraerme.
El ambiente se suaviza. La tensión de los días anteriores se disuelve un poco, y siento que lo que está a punto de ocurrir no será una misión ni un entrenamiento, sino algo distinto: un momento de diversión, de ternura, de respiro en medio del caos.
Acepto, y pronto nos encontramos caminando hacia lo que parece un parque de diversiones, pero no uno común.
Las luces que lo iluminan no son bombillas, sino esferas flotantes que cambian de color como estrellas vivas.
Los carruseles giran con criaturas fantásticas en lugar de caballos: dragones de madera, aves con alas de cristal, lobos que parecen aullar en silencio.
El aire huele a azúcar quemada y a especias dulces, y cada sonido es una mezcla de risas lejanas y música que parece surgir de instrumentos invisibles. Las luces flotantes iluminan el parque como estrellas vivas, y todo parece moverse con un ritmo propio, como si el lugar respirara alegría.
—Me gusta que sepas lo mucho que me gusta este sitio, Esteban —dice Elayan, con una sonrisa amplia, los ojos brillando al ver todo en movimiento.
Esteban asiente con un gesto breve, cruzando los brazos como siempre, aunque su mirada se suaviza.
—Bueno, vamos a ir poco a poco. Compraré tickets para todo. Puedes esperar con Rodrygo —me dice, con ese tono brusco que nunca abandona.
—¿Yo? —dejo escapar, sorprendido.
Él arquea una ceja, pone los ojos en blanco y replica con ironía:
—¿A quién más quieres que se lo deje? ¿Al payaso de allá? ¿Al repartidor de por allá? ¿O al ingeniero de las máquinas de aquel lado, genio? —y se marcha, con pasos firmes, impaciente como siempre.
Me quedo con Elayan, que sonríe tímidamente.
—Es el mejor hermano que tengo, la verdad —dice, y entonces noto algo que antes había pasado por alto: una muñeca pequeña acaricia su cabello gris, como si fuera parte de él.
—Esta muñeca me la dio mi papá. Al principio todos se burlaban de mí, pero fui el primero en jugar con ellas. Realmente no me importa —añade, más sonriente, con un brillo en los ojos que mezcla orgullo y ternura.
Lo escucho con atención, y su voz se vuelve más seria:
—Aunque… Esteban la otra vez tomó a un niño por el brazo y lo amenazó. Yo le dije que no lo hiciera, porque no me gusta. No quiero que le hagan daño. A pesar de todo, son mis amigos. ¿No lo crees tú?
Asiento con la cabeza, despacio, sintiendo el peso de sus palabras.
—No tienes que sentirte tan mal, eh —continúa—. Sí me dolió, pero en parte estoy acostumbrado a la basura que puede llegar a ser la gente, en especial los ancianos o los chicos. Pero no me importa. Puedo ser valiente, como lo fue ella… Gyselth.
Su voz se quiebra apenas al pronunciar el nombre.
—Ella fue una heroína. Y a veces tomo mi muñeca e imagino que es ella. Imagino que puedo ser ella. Sé que soy varón, pero no es mi culpa haber nacido así. No nos dan una bandeja de elección cuando estamos caminando de bebés.
Lo miro, y siento un nudo en la garganta. Sus palabras son simples, pero cargadas de verdad. La muñeca en sus manos no es un juguete cualquiera: es un símbolo de resistencia, de ternura, de la valentía de querer ser quien uno desea, aunque el mundo se burle.
—Eres más valiente de lo que crees —le digo finalmente, con la voz baja, pero firme.
Él sonríe, y por un instante, entre las luces del parque y la música invisible, siento que este lugar no solo es un refugio de diversión, sino también un espacio donde las heridas invisibles pueden sanar.
Esteban camina a mi lado, serio, pero sus ojos recorren cada atracción con una curiosidad que me sorprende. En un momento, se detiene frente a una rueda gigantesca que gira lentamente, sus cabinas hechas de metal bruñido y cristal.
—Subamos —dice, como si fuera una orden, pero en su voz hay algo más: una invitación sincera.
Mientras ascendemos, el parque se despliega bajo nosotros como un mapa de sueños. Veo niños corriendo detrás de marionetas pequeñas que flotan como globos, parejas riendo en juegos imposibles, y sombras que parecen bailar entre las luces.
Esteban me observa de reojo, y por primera vez noto que su preocupación por mí no se expresa en palabras, sino en gestos: la manera en que se asegura de que me siente bien en la cabina, cómo ajusta la barra de seguridad, cómo su mano roza mi hombro sin querer, como si confirmara que sigo aquí.
—¿Sabes? —dice, mirando hacia abajo, hacia el caos luminoso del parque—. A veces pienso que todo esto… la guerra, las misiones, la Pureza… nos roba demasiado. Y que, si no encontramos un lugar para respirar, terminamos perdiéndonos.
Sus palabras me golpean más que cualquier entrenamiento. Lo miro, y por un instante, el ruido del parque se desvanece. Solo quedamos él y yo, suspendidos en el aire, con la certeza de que incluso en medio del caos, alguien puede invitarte a recordar que la vida también tiene momentos de luz.
Cuando bajamos de la rueda, Elayan nos espera con una sonrisa tímida y un par de dulces en las manos. Son como pequeñas esferas de azúcar caramelizada que desprenden un aroma cálido, mezclado con especias dulces.
—¡Tienen que probar esto! —dice emocionado, ofreciéndonos.
Esteban arquea una ceja, pero acepta una de las esferas y la muerde con calma. Yo hago lo mismo, y el sabor me invade: crujiente por fuera, suave y dulce por dentro, como si el parque mismo nos regalara un instante de felicidad.
—No está mal —admite Esteban, con un gesto raro en él: una media sonrisa que apenas se deja ver.
—Esto es lo mejor que he comido —digo, casi saltando de la felicidad, y Elayan me regala otro—. Gracias.
Elayan ríe, y luego corre hacia un juego de tiro al blanco con marionetas mecánicas que lanzan discos brillantes.
Nos arrastra con él, insistiendo en que participemos.
Esteban, con su rudeza habitual, toma la primera ronda.
Sus movimientos son precisos, casi militares, y acierta en cada blanco.
Su hermano lo aplaude con entusiasmo, y yo no puedo evitar reír al ver cómo Esteban, por primera vez, parece disfrutar de un juego sin pretenderlo.
—Tu turno, Rodrygo —me dice Elayan, entregándome el arco improvisado con una sonrisa traviesa.
—Oh, será mejor que te apartes —interviene Esteban, disparando su comentario con esa ironía seca.
—¿Rayos, tan malo es? —pregunta, y su hermano mayor asiente con un gesto firme, como si ya supiera el resultado.
—Ya lo veremos —lo reto, intentando sonar seguro.