La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 27
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Capítulo 27

Incluso en medio de la guerra puede existir un espacio para la luz. Pero cuidado: a veces esa luz solo revela lo que preferíamos no ver.

—Reflexión atribuida al Decano Bellygam, compartida en una charla informal con los nuevos marionetistas.

No ha sido precisamente un buen viaje de regreso.

Cada paso de vuelta se sintió como arrastrar cadenas invisibles, y aun así nos aseguramos de que nadie nos viera, ocultándonos en las sombras de los pasillos.

Cynthia está herida, su respiración irregular y su piel marcada por golpes y cortes.

Al llegar a la habitación de Esteban, toco la puerta con los nudillos temblorosos.

Él abre y sus ojos se abren con sorpresa, casi incrédulos, pero se guarda los comentarios al ver a Cynthia debilitada.

Suspira, se alborota el cabello gris con un gesto nervioso y nos pide un segundo para cambiarse de ropa.

Lo hace tan rápido que apenas pestañeamos, y en cuestión de minutos ya nos guía hacia los pisos subterráneos de la Sociedad del Hilo.

Por primera vez estando aquí, vemos a tres mujeres haciendo guardia en la enfermería de la institución.

Sus rostros serios, iluminados por lámparas que flotan por los rincones, nos observan con una mezcla de recelo y compasión.

Yvan deja descansar a Cynthia sobre una camilla cubierta por un mantel blanco.

No se aparta de ella ni un instante, aunque él mismo tiene una herida en la sien, seguramente provocada por algún fragmento que voló durante la batalla.

Sus ojos están vidriosos, como si funcionara en automático.

—¿Todo bien? —Le pregunto, a duras penas. Y él asiente, forzadamente.

Me acerco a Flagbys. Sus pasos son cada vez más pesados, sus ojos pierden vitalidad con cada movimiento.

Esteban la sostiene por los hombros y la ayuda a sentarse.

Sin pedir permiso, comienza a revisar los estantes de la enfermería.

Una de las mujeres le protesta con firmeza, pero él la ignora, rebuscando con desesperación hasta encontrar una inyección con un líquido amarillo.

Me recuerda al que Haalynd usó con él en otra ocasión.

—¿Qué es? —Esteban se gira a verme, aprieta los labios y con una mirada rápida entiendo lo que me quiere decir, que confíe y deje las preguntas en estos momentos.

Y como si el pensamiento la invocara, Haalynd aparece bruscamente, abriendo una de las puertas con violencia y cerrándola tras de sí.

Es muy de noche, pero parece que Esteban la había avisado de alguna manera.

Sus ojos se clavan en Cynthia, y sin perder tiempo, la trasladan a una habitación más cerrada.

Una de las enfermeras se asoma por el umbral y, con voz amable pero firme, le pide a Yvan que no puede ingresar.

Él se queda paralizado, como si no entendiera las palabras, pero finalmente retrocede, con la mirada perdida.

De pronto, una bombilla roja se enciende sobre la puerta. El resplandor me golpea como una alarma silenciosa. Mis mejillas comienzan a hormiguear, mis rodillas flaquean. El cansancio me aplasta, como si todo el peso de la noche y del combate me cayera encima.

Miro a mis compañeros. Están muy heridos.

Flagbys apenas mantiene los ojos abiertos, Yvan parece un espectro, y Cynthia…

Cynthia está en manos de otros, debilitada, marcada por la batalla.

Fue peligroso. A pesar de ser un enemigo, el Venusfly nos dio más problemas de los que imaginamos.

Y todavía me persigue la imagen de los cuerpos colgados de los árboles, un recuerdo que se incrusta en mi mente como espinas.

Retrocedo unos pasos, intentando respirar, pero me tropiezo con alguien. Giro y descubro a Haalynd detrás de mí. Su presencia es firme, pero sus ojos reflejan la misma fatiga que siento yo.

El silencio del pasillo es denso, roto solo por el murmullo lejano de las enfermeras y el zumbido de la bombilla roja. El cansancio nos consume, pero más allá de la fatiga, lo que pesa es la certeza de que apenas sobrevivimos… y que lo que enfrentamos fue solo el inicio.

—Estás hecho un maldito desastre —Haalynd se encoge de hombros, con una media sonrisa que no logra ocultar la preocupación en sus ojos—. Más de lo que ya estabas, Rodrygo.

Al principio, su comentario me parece fuera de lugar y estoy a punto de responderle, pero el golpe de cansancio me atraviesa el pecho y me nubla la vista.

Mis ojos pesan como plomo. Busco la manera de sentarme, tambaleándome, y ella, con un movimiento rápido, me coloca una silla justo detrás para que caiga ahí.

—Rodrygo, mañana es el segundo entrenamiento. ¿En qué diablos pensabas al irte y regresar así? ¿Qué fue lo que pasó? —su voz es firme, pero cargada de reproche.

—Haalynd… —esta vez quien habla es Esteban.

Me giro hacia él y lo veo inclinado sobre Flagbys, colocándole una inyección.

La ayuda a recostarse en una de las camillas disponibles, con movimientos precisos y sin titubeos.

Luego se acerca a mí. Su semblante es inmutable, casi furioso, y sus ojos marrones centellean con una intensidad que me obliga a bajar la mirada.

—Después hablaremos de esto —dice con un tono brusco y seco, como un golpe de martillo—. A ver, ¿te sientes mareado? ¿Sientes que las sienes te van a estallar?

Intento responder, pero no tengo tanta fuerza. El simple hecho de que me pregunte eso me asusta. Mi respiración se entrecorta, y el sudor frío me recorre la espalda.

—Tranquilo, Rodrygo. Eso pasa. Agotaste toda la Pureza que te ayuda a conectar con tu marioneta. ¿No te enseñaron eso en clases? —su voz se suaviza apenas, aunque sigue siendo dura.

Sí, me lo enseñaron. Creo recordar algo, pero ahora mi cabeza no logra profundizar. Todo es confuso, como si estuviera atrapado en una niebla interna.

—Debo inyectarte Pureza —añade Esteban, sacando una jeringa con líquido brillante, de un tono dorado que parece latir en la penumbra.

Pero antes de que pueda acercarse, Haalynd se interpone. Le toma el brazo con firmeza, deteniéndolo. Sus ojos se clavan en los de Esteban, tensos, como si estuvieran a punto de discutir algo que ninguno quiere decir en voz alta.

—Haalynd… ¿qué pasa? —pregunto, con la voz débil, apenas un susurro.

El silencio que sigue es pesado. El aire de la enfermería se llena de tensión, y por un instante siento que el cansancio no es lo único que me aplasta: hay algo más, un secreto que ninguno quiere revelar todavía.

—Sabes que la Pureza es sumamente escasa aquí, Esteban. Tomaste una. Por eso una de las enfermeras te regañó —le dice Haalynd, con los brazos tensos y la mirada fija en él.

—Sabes que me vale. Quítate —la aparta de un solo movimiento, brusco, recogiendo la inyección con manos firmes. Se me acerca con pasos pesados, sin titubeos.

—N-no, por favor… —trato de articular, la voz quebrada—. N-no me gusta, E-Esteban…

Él me observa con esos ojos que parecen atravesar la piel. Su tono es seco, pero no cruel:

—Pues es lo único que te ayudará. Agotaste toda la Pureza, así que esto te regenerará. Si no se trata, parte de tus células y neuronas comenzarán a consumirse. Te volverás más lento.

No lo dice con dramatismo, sino con esa rudeza práctica que lo caracteriza. Su mandíbula se tensa, y aunque parece indiferente, noto cómo sus dedos aprietan la jeringa con fuerza, como si contuviera algo más que un líquido dorado: una decisión que no quiere tomar.

Lo hace con cuidado, porque bueno… ¿a quién realmente le pueden gustar las jeringas?

A mí no, y no sé cómo no me he orinado encima, supongo que es por el cansancio, por el torbellino de cosas que giran en mi cabeza.

De repente, mi pulso comienza a disminuir, mi respiración toma un ritmo más cómodo.

Los dolores se atenúan, no desaparecen del todo, pero lo suficiente para que pueda sentir cómo Esteban aún tiene sus dedos rozando mi brazo.

Me ha levantado la tela para la inyección y, después, noto cómo acaricia pausadamente la piel, un gesto que no logro entender bien, pero que me gusta.

Me ayuda a tranquilizarme, a no sentir ese miedo que quiere gobernar, quemar y consumir todo a mi alrededor.

Hago el esfuerzo por mirarlo, pero él niega con su mano libre, indicándome que debo quedarme quieto, tranquilo, para que todo funcione bien. Haalynd se cruza de brazos y niega con la cabeza, con un bufido de impaciencia.

—C-creo que ya se pasó con Kyra… —las palabras se me escapan, aunque no quería decirlas, no quería aceptarlo. ¿Puedo aceptarlo? El roce de Esteban, su cercanía, la manera en que sus ojos se enfocan en mí, en su rostro blanco marcado por cicatrices y sombras, me sostienen.

—Creo que la neutralizamos —añado, con la voz quebrada.

Haalynd deja escapar otro bufido, pero Esteban la corta con un gesto brusco, casi furioso.

—Tranquilízate y déjalo hablar —dice, con un tono áspero, pero sus ojos siguen fijos en mí, atentos, como si cada palabra que pronuncio fuera vital.

—Creo que algo muy malo pasó… —mi voz se rompe, y siento que las lágrimas me queman los párpados—.

Kyra… se convirtió en un Venusfly. Y creo que por ese motivo estamos así.

Fue difícil… usamos habilidades de nuestras marionetas, incluso yo, incluso Flagbys…

y la neutralizamos. Pero no quería… —mi garganta se cierra, el llanto me ahoga—.

No quería que la dejáramos sola. No quería que la abandonáramos…

Las lágrimas finalmente me vencen. Lo que no quería mostrar, lo que no quería aceptar, se desborda.

—Ey, ey, ey… —Esteban rompe esa pared invisible que siempre nos divide. Me toma de los hombros y me abraza con una fuerza inesperada, casi brutal, pero cálida. Su pecho es firme contra el mío, y en ese instante me permite soltar todo.

—Eres un marionetista —dice, con voz grave, apretando aún más el abrazo—. Todo mal que se acerque, incluso si alguna vez fue luz, tienes el derecho de defenderte. No cargues con esa culpa.