Capítulo 26 #4
—Díganle… a mi compañero Fylian… que me perdone por todo lo que le hice… que me imploró, que me lloró… que no le hiciera aquello… ni mucho menos… que me metiera con su mejor amigo y hermano, Rodrygo…
Mi nombre en su boca me atraviesa como un cuchillo.
—Pero yo quería… quería… matarte… con mis propias garras…
Su voz se rompe. El razonamiento se pierde. Solo queda el eco de su confesión, reverberando en el túnel como un réquiem.
Tommy se adelanta. Con un movimiento de manos, lanzo cuatro dagas desde cada brazo de mi marioneta.
El Venusfly las esquiva con rapidez inhumana, pero esa apertura le da a Flagbys la oportunidad de atacar.
Con su lanza, golpea con fuerza, y luego, con un esfuerzo titánico, invoca una línea de fuego.
La explosión ilumina todo el lugar, bañándolo en un rojo intenso, como si el infierno se hubiera abierto bajo nuestros pies.
Pero no es suficiente. Yvan se apresura, rodeando al Venusfly en un campo de fuerza.
Sus manos tiemblan, el sudor le corre por las sienes, y Cynthia descansa sobre sus hombros como un peso insoportable.
El campo de fuerza estalla levemente, vibrando como un cristal a punto de romperse, y luego dispara una onda de energía que sacude el aire con un estruendo ensordecedor.
El eco del disparo aún vibra en mis oídos cuando el Venusfly, convulsionando, se incorpora con un movimiento antinatural. Sus cables palpitan como venas vivas, y el fuego que lo envuelve chisporrotea, desprendiendo un olor nauseabundo a carne quemada y metal oxidado.
—¡No se detengan! —grita Yvan, con la voz quebrada, mientras su marioneta sostiene a Cynthia en lo alto, protegiéndola de las garras del monstruo.
El Venusfly lanza un rugido metálico, un sonido que parece desgarrar el aire mismo.
La niebla se agita como si respondiera a su furia, envolviéndonos en un torbellino que nos ciega.
De pronto, una ráfaga de bilis negra sale disparada de su boca, impactando contra las paredes metálicas y derritiéndolas como ácido.
El suelo tiembla, y el aire se llena de chispas y humo, como si el túnel entero respirara con rabia.
—¡Cuidado! —vocifera Flagbys, retrocediendo con Kyramm, que lanza una llamarada para bloquear el ataque. El fuego ilumina la escena, proyectando sombras deformes que parecen moverse por sí solas, como espectros atrapados en el metal.
Tommy se interpone, desplegando sus alas carmesíes como un escudo. El impacto sacude todo su cuerpo, y yo siento el dolor a través del vínculo telepático, como si me desgarrara a mí también.
—Rodrygo… no puedo resistir mucho más… —su voz resuena en mi mente, cargada de tensión y sufrimiento.
El Venusfly avanza, cada paso retumba como un martillo sobre la tierra. Sus ojos brillan con un fulgor rojo, y el implante desprendido aún chisporrotea en mis manos, vibrando como si quisiera regresar a su dueño.
—¡Rodrygo, suéltalo! ¡Es una trampa! —grita Yvan, pero mis dedos se aferran con fuerza. El implante late como un corazón artificial, transmitiéndome imágenes fugaces: rostros deformados, gritos, y la silueta de Fylian atrapado en un círculo de luz.
El monstruo se lanza hacia mí. Flagbys, agotada, apenas logra invocar una última esfera de fuego. La arroja con desesperación, y el impacto crea una explosión que sacude el suelo, levantando polvo y ceniza. El Venusfly se tambalea, pero no cae.
—¡Ahora, Rodrygo! —grita Tommy en mi mente, su voz como un trueno.
Con un movimiento desesperado, apunto el implante hacia él. La energía magnética de Tommy se intensifica, creando un campo que atrae los cables del Venusfly. El monstruo se retuerce, atrapado, como si sus propias venas lo estuvieran estrangulando.
El grito que emite no es metálico, sino humano. Un lamento desgarrador que nos paraliza.
—No me dejen aquí… —su voz es más clara, más humana, como si una parte de lo que fue aún sobreviviera dentro de esa abominación.
El suelo tiembla. La niebla se arremolina con violencia, y sentimos que el túnel entero está a punto de colapsar. El aire se llena de un zumbido extraño, como si miles de voces invisibles nos observaran.
—¡Retirada, ahora! —Flagbys nos cubre con Kyramm, que lanza una línea de fuego tan intensa que ilumina la colina como un amanecer sangriento.
Corremos. El aire vibra con gritos metálicos, con el rugido del Venusfly que intenta liberarse. La colina húmeda se convierte en un campo de batalla abandonado, y la niebla nos persigue como un fantasma que no quiere soltarnos. Cada paso es un suplicio, cada respiración un cuchillo en los pulmones.
Mis piernas arden, mi pecho se quiebra, pero seguimos corriendo hasta que, finalmente, nos desplomamos todos al mismo tiempo, sin fuerzas, sin más que dar.
El silencio que sigue es peor que cualquier grito. Un silencio cargado de preguntas, de miedo, de la certeza de que lo que enfrentamos no fue solo un enemigo, sino un mensaje. Un recordatorio de que Fylian está vivo… pero atrapado en un destino más oscuro de lo que jamás imaginamos.