La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

—¡Cynthia! ¡No! —vocifera Yvan, su voz quebrada, demasiado desgarradora, como si se le arrancara el alma.

De pronto, otra voz se emite sobre nosotros, débil, rota, pero clara:

—A-aléjense…

Todos tragamos en seco. Uno de los cuerpos colgando sigue vivo. Yvan, ante la presión, rompe la conexión psíquica.

Flagbys, con un impulso desesperado, trepa a un árbol. Sus manos tiemblan, pero logra sacar una daga y cortar la cuerda que aprisiona al hombre. Libero a Tommy, y mi marioneta lo atrapa en sus cuatro brazos, depositándolo suavemente en la tierra.

El hombre respira con dificultad, su piel cubierta de sangre y heridas imposibles de describir.

—A-aléjense, por favor… Lo que está aquí… se creó para consumir y existir… —su voz se quiebra, cada palabra le arranca un pedazo de vida.

Flagbys le acaricia el rostro, intentando calmarlo.

—No hables, no es necesario…

Pero él insiste, con los ojos vidriosos y la voz rota:

—N-no te preocupes por mí, joven de ojos bonitos… D-detengan a quien insiste en distraer a su pueblo… pues en él está el verdadero enemigo orquestando… D-deténganlo… por favor… por nosotros… e-el v-virus no esparcirse.

Su mirada se eleva hacia arriba, hacia los cuerpos que aún cuelgan, inertes, como marionetas rotas.

Con un último gesto, extiende su mano ensangrentada y acaricia la mejilla de Flagbys.

Sus ojos se quedan abiertos, congelados en la súplica.

Flagbys, con lágrimas contenidas, se encarga de cerrarlos con delicadeza.

El silencio que sigue es insoportable. El aire se vuelve más pesado, la niebla más espesa, y el túnel frente a nosotros parece palpitar como si tuviera vida propia.

Nos encaminamos hacia la entrada, intensificando la luz de nuestras linternas. Cada paso retumba como un tambor de guerra. El olor a óxido y carne podrida nos envuelve, y el eco de los gritos de Cynthia aún vibra en nuestras cabezas.

Nos internamos en la búsqueda de nuestra compañera, sabiendo que lo que nos espera dentro del túnel no es solo oscuridad, sino un terror que parece diseñado para quebrarnos.

—¡Cynthia! —llama enérgicamente Flagbys, su voz quebrada por la desesperación.

—¡Cállate! —la manda a callar Yvan, con un tono brusco, los ojos fijos en la niebla—. ¿Qué diablos te pasa?

—No sabemos qué cosa está aquí, pero seguramente es creación de Caldyno —contesta Yvan, con la mandíbula apretada.

—¿Y cómo estás tan seguro, Yvan? —le pregunto, con el corazón latiendo como un tambor.

Él no responde con palabras, solo levanta la linterna y señala un símbolo transcrito en grafiti sobre una de las paredes metálicas: la rosa negra. El emblema de Caldyno. Estuvo aquí. La pregunta que me quema es: ¿cómo nadie ha podido ver esto antes?

—Desde que llegamos pude darme cuenta de que este lugar no tiene frecuencias comunicativas activas —explica Yvan, con voz grave—. También la densidad de la invocación de nuestras marionetas es leve, ¿lo sienten?

Sí. Lo siento. Tommy no está tan conectado a mí, como si algo bloqueara el vínculo.

—Eso quiere decir que hay algo que no quiere encontrarse. Mejor cubrirnos, ¿de acuerdo? —añade Yvan, y todos asentimos con nerviosismo.

De pronto, el chirrido regresa, más fuerte, desplomando nuestros sentidos bruscamente. Miramos en todas direcciones, asegurándonos de estar preparados. Un golpe seco me impacta en el costado, me hace rodar por el suelo húmedo. Flagbys corre hacia mí, me ayuda a ponerme de pie, sus manos temblando.

Yvan invoca a su marioneta. A pesar de la dificultad para proyectar un ataque, concentra toda su energía en un aplauso con unas enormes manos holográficas. El golpe disipa parte de la niebla, revelando lo que se oculta.

Y entonces lo vemos.

El secuestrador de Cynthia.

Un Venusfly.

Pero no como los que vi en el túnel, ni como los que atacaron la población de Aprilcol, ni como el dragón mecánico de la rosa negra. Este es diferente.

No es Fylian. Lo sé. Reconocería a mi amigo incluso si su cuerpo se hubiera modificado genéticamente.

La criatura frente a nosotros es un arma humana pura.

Su carne se encuentra fusionada con placas metálicas negras, corroídas por el óxido.

Su piel está cosida con cables oscuros que palpitan como venas vivas, latiendo con un ritmo antinatural.

Un implante extraño brilla en una de sus sienes, parpadeando un código incomprensible, como si transmitiera órdenes invisibles.

El aire se vuelve más pesado. La niebla se arremolina alrededor de su figura, como si lo protegiera.

—¿Qué diablos le hicieron? —deja escapar Yvan, retrocediendo unos pasos, con los ojos abiertos de par en par.

El Venusfly inclina la cabeza lentamente, como un depredador curioso. Sus ojos, si es que aún los tiene, parecen brillar con un fulgor metálico. El sonido de engranajes oxidados acompaña cada movimiento de su cuello.

—Rodrygo… no es humano. No lo mires demasiado.

Cynthia, atrapada en la oscuridad, su voz apenas audible en el vínculo:

—No… se acerquen…

El Venusfly da un paso hacia adelante. El suelo tiembla bajo su peso. La niebla se abre como un telón, revelando que su cuerpo no solo está hecho de carne y metal, sino de algo más… algo que late como si fuera un corazón colectivo.

El terror nos paraliza. Y, sin embargo, sabemos que debemos actuar.

—¿Me hablas a mí? —su voz metálica, desagradable, con chirridos que rasgan el aire, me hiela la sangre.

—No me hizo nada. Es bueno. Muy bueno. Solo quiere el bienestar. La expansión.

Habla de Caldyno, sin duda alguna.

Detrás del Venusfly, la niebla se abre apenas, revelando una especie de laboratorio improvisado: escritorios metálicos corroídos, papeles amarillentos y tabletas cubiertas de polvo gris, como ceniza.

El aire huele a hierro oxidado y carne quemada.

Yvan se gira hacia mí, me asiente con los ojos encendidos.

—De acuerdo —le digo, con voz firme, aunque mi pecho arde de miedo—. Flagbys, por más que nos cuente, vamos a ocuparnos del Venusfly. Yvan, ya sabemos hacia dónde ir.

El plan es claro: recopilar la documentación en esos escritorios y, más importante aún, encontrar a Cynthia.

Yvan, con ayuda de su marioneta, lanza un disparo de plasma desde sus enormes brazos holográficos.

La energía chisporrotea, iluminando la niebla con destellos azulados.

El Venusfly esquiva con movimientos antinaturales, su cuerpo metálico cruje como un engranaje oxidado.

Aprovechando la distracción, Yvan corre hacia los escritorios.

—Voy a necesitar de ti todo lo que se pueda —le digo a Tommy, a través de la línea de pensamiento.

—Siempre a tu disposición, Rodrygo —responde Tommy, su voz resonando en mi mente como un eco protector.

Mis dedos se tornan dorados, y Tommy resplandece en el escenario, desplegando cuatro alas carmesíes que iluminan la oscuridad como faros sagrados. El enemigo entra en un estado de rabia evidente: bilis negra comienza a brotar de su boca, goteando como ácido sobre el suelo.

—Es cierto lo que él… me dijo —me detengo en seco, sin saber por qué.

Tal vez porque este maldito Venusfly no solo gruñe o chirría como los otros, sino que habla y piensa.

Los que nos hemos topado antes eran bestias estúpidas, buenos solo para emitir sonidos asquerosos y horribles. Pero este… este es distinto.

—Yo… lo hice —su voz metálica se quiebra, vomitando bilis negra con más intensidad. Retrocedo unos pasos, el hedor me golpea como un muro. Flagbys también recula, aunque mantiene sus ojos fijos en el enemigo, y a la vez en su hermano, que ha abierto camino.

El Venusfly se mira las guadañas, como si de pronto se asqueara de lo que realmente es.

Su respiración es irregular, y por un instante parece consciente de sí mismo.

¿Cómo puede identificarse? ¿Será que una pizca de sus señales cerebrales sigue con vida ahí, atrapadas entre cables y carne, recuerdos de lo que alguna vez fue?

—Es que… sí, lo recuerdo yo… ¿qué he… hecho? —su voz se quiebra, y el eco metálico resuena en el túnel como un lamento.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—Yo… él… está vivo. Pero… me rogó… —dice, y mi corazón se detiene. ¿De quién diablos está hablando este monstruo?

—Él es tan bueno como… una pizca de azúcar en el café puro. Le gustaba… sus gestos serenos… su cabello tan… —su voz se arrastra, y yo siento que me falta el aire. Por favor, no lo digas… o sí, dilo… pero que sea él.

—Perfilado, ordenado, observador… decía: “Nunca sabrás cuándo el amor de tu vida aparezca, y realmente necesites verte bien.”

Mis rodillas flaquean. Sí. Definitivamente tiene que ser él.

El Venusfly tiembla, sus cables palpitan como venas vivas.

—Yo… le apunté el brazo. Yo… lo hice. Sí.

Pero él… está bien. Rodeado, con virus tóxicos que lo conforman en un ser destinado a un propósito mayor…

no solo la agresividad, sino la expansión.

Debilitar las primeras fuentes… purificarlas…

para que crezca el punto… el primero para la apertura del verdadero poder que yace oculto por los seres religiosos…

Su razonamiento se desmorona. Sus garras se levantan, apuntándonos, y la niebla se agita como si respondiera a su rabia.