Capítulo 26
Un rastro no es una promesa, pero es más de lo que ofrece el silencio.
—Anotación de Yvan en su cuaderno de campo, expedición no autorizada, Sociedad del Hilo de Chatarra.
—Bueno, ¿sabes qué? Conquista, a pesar de estar rodeada de los mejores ríos y lagos del país, no era precisamente un hervidero de avances tecnológicos como la capital de Casadó.
Allí, todo se movía a un ritmo más… relajado, digamos.
Lo que sí era seguro es que esos anillos brillantes que usaban los habitantes de la capital, en Conquista se veían menos que unicornios en un desfile de perros.
Era como si la gente de Conquista fuera un poco más…
¿tradicionalmente aburrida, no crees? —dijo Fylian, con una sonrisa pícara, mientras lanzaba piedras al arroyo.
El agua fluía con calma, reflejando el cielo azul antes de precipitarse en la cascada. Allí solíamos pasar las tardes, filosofando sobre la vida, como si el mundo entero se redujera a ese rincón escondido.
—Tal vez en otras tierras no tuvieran la suerte de contar con todas estas maravillas tecnológicas —continuó Fylian, con un tono pensativo, los ojos fijos en el horizonte—, pero quizás poseyeran algo distinto: humanidad. Esa chispa que nos hacía únicos, ¿sabes?
En ese momento no entendí del todo a qué se refería con Chatarra. Ahora, con todo el caos y la oscuridad que se cernían sobre este lugar, comprendía que hablaba de las personas, de las diferencias que hacían que algunos brillaran incluso en la penumbra.
Es de mañana, aunque la noche parece resistirse a marcharse de mis párpados. No he podido conciliar el sueño. Mis amigos están en mi habitación, rodeándome en un círculo, como si fueran a realizar un ritual secreto.
Yvan, con su habitual seriedad, se inclina sobre la mesa. Examina el brazo amputado con detenimiento, girándolo con cuidado, como si intentara descifrar un jeroglífico arcano. Sus dedos recorren el anillo de plata, y su rostro se endurece.
—Esto no es solo un mensaje —murmura, con voz grave—. Es una advertencia. Una firma. Está clarísimo, ¿no?
Flagbys, siempre tan relajada, apoya un brazo sobre mi hombro. Sus palmaditas son suaves, reconfortantes, pero sus ojos azules reflejan una tristeza contenida.
—No deberías cargar con esto solo, Rodrygo —dice, bajando la voz—. Si lo hicieron, fue para quebrarte. No podemos dejar que lo logren.
Cynthia, con su expresión estoica, se cruza de brazos. La bandana que cubre sus ojos se mueve ligeramente con el aire que entra por la ventana.
—No es momento de lamentarse —afirma, firme como una roca—. Es momento de actuar. El enemigo quiere que te consumas en tu dolor. No se lo permitas.
Mi fiel Goldum se acurruca en sus muslos, como si supiera que necesito consuelo. Sus ojos brillan con un reflejo húmedo, y su respiración acompasada me calma un poco. Cynthia acaricia su lomo con movimientos lentos, casi ceremoniales.
El silencio se prolonga. Solo se escucha el crujido de la madera y el leve murmullo del viento.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunto finalmente, con la voz quebrada.
Yvan levanta la mirada, sus ojos oscuros cargados de determinación.
—Lo que siempre hemos hecho: seguir las pistas. Este brazo no es solo una amenaza. Es una señal de que Fylian sigue siendo parte del tablero. Y si está en el tablero, aún podemos encontrarlo.
Flagbys aprieta mi hombro con más fuerza, como si quisiera transmitirme su energía.
—Y si lo encontramos, no será gracias a ellos. Será gracias a nosotros.
Cynthia asiente, y aunque su rostro permanece imperturbable, siento que sus palabras son un juramento silencioso.
—Sé que tu mejor amigo está con vida. Aquí hay una señal de ellos.
Realmente no sé si esto ha sido algún tipo de error, pero vamos a tomarlo a nuestro favor sin duda alguna, porque las oportunidades se toman firmes, como caballos que nos llevan hacia nuestro horizonte —dice Yvan, girándose hacia mí.
Sus ojos azules hoy son más determinados que nunca, y me atraviesan con una fuerza que me obliga a mantener la calma.
Agradezco su inteligencia, aunque Kendall siempre dice que no es tanta como parece, que solo intenta acercarse demasiado a ella.
Nick, en cambio, lo encuentra gracioso. Fylian se aburriría con sus discursos, igual que Cynthia, y Esteban…
bueno, él habla poco de mis amigos, pero estoy seguro de que guardaría al menos un respeto silencioso hacia Yvan.
Sonrío apenas, un gesto frágil que se quiebra en el aire. El impacto es real, no hay mentira en ello. Se traduce como un vuelco al corazón, un golpe despiadado capaz de dejarme sin aliento. Me muerdo el interior de las mejillas, intentando contener el temblor, y me obligo a seguir adelante.
—Está vivo —digo, con voz firme, aunque mis manos tiemblan—. Lo sé por la composición de la piel.
Yvan arquea una ceja, intrigado.
—Explícalo.
Me inclino sobre el brazo amputado, observando cada detalle con la precisión que me permite mi marioneta.
—Cuando un cuerpo pierde una extremidad, la piel comienza a perder vitalidad.
Se torna grisácea, se reseca, se endurece como cuero viejo.
Pero aquí… —paso los dedos con cuidado sobre la superficie—, la piel aún conserva elasticidad, humedad.
El vello no está quebradizo, y la temperatura no es la de un cadáver.
Esto significa que el resto del cuerpo sigue funcionando. Que la sangre aún circula.
Cynthia, que hasta ahora ha permanecido en silencio, se cruza de brazos. La bandana que cubre sus ojos se mueve ligeramente con el aire que entra por la ventana.
—Entonces no lo mataron. Solo quieren que lo creas.
Flagbys me da una palmadita en el hombro, más fuerte que de costumbre.
—Es un mensaje. Una advertencia. Pero también una prueba de que sigue ahí.
El Goldum, acurrucado cerca de Cynthia, levanta la cabeza y emite un gemido bajo, como si entendiera la gravedad de lo que decimos.
—Con mi marioneta puedo reconocerlo perfectamente —añado, apretando los puños—. La energía que desprende este fragmento aún vibra. No es un eco muerto, es un pulso vivo.
Yvan asiente lentamente, sus ojos brillando con esa mezcla de lógica y fe que pocas veces muestra.
—Entonces no estamos persiguiendo un fantasma. Estamos siguiendo un rastro. Y eso cambia todo.
El silencio que sigue es pesado, pero distinto. Ya no es el silencio de la desesperanza, sino el de una decisión compartida.
—Hay una dirección escrita en la piel —murmura Yvan, con voz grave, girándose para teclear en su tableta digital.
Sus dedos se mueven con rapidez, y su mirada se pierde en los detalles que aparecen en la pantalla, como si intentara resolver un enigma complejo.
Siempre ha sido el maestro de los rompecabezas, el que encuentra sentido en el caos.
Aunque nuestras conversaciones se han vuelto menos fluidas desde su controvertida opinión sobre Caldyno y Conquista, ahora no importa.
Esto es una emergencia, y solo yo sé lo horrible que es recibir el brazo cercenado de mi mejor amigo. Debo ser fuerte y seguir el rastro.
—¿Estás seguro de que no quieres contárselo a Esteban? —pregunta Yvan, arqueando una ceja, con un tono que mezcla duda y advertencia.
Antes de que pueda responder, Flagbys levanta la cabeza de mi hombro. Sus ojos azules brillan con decisión, y su voz corta el aire como una flecha:
—No hace falta decirle a nadie más. Siempre hemos sido nosotros cuatro quienes hemos ayudado a Rodrygo a juntar las piezas del paradero de su amigo.
Me sorprende cómo logra articular esas palabras con tanta firmeza. En el fondo, sí me gustaría contarle a Esteban, pero ahora no. No es el momento.
Yvan frunce el ceño, como si estuviera a punto de objetar, pero se contiene. Sus dedos siguen tecleando, y la luz de la pantalla ilumina su rostro con un brillo metálico.
—¿Qué dirección es? ¿Y por qué pondrían una dirección sobre el brazo de alguien? ¿Algún tipo de mensaje, quizás? —pregunta, examinando la inscripción en la piel con una mezcla de curiosidad y repulsión.
Respiro hondo, y mi voz tiembla al responder:
—Posiblemente. Muchos terroristas trabajan de esa forma.
Antes, enviaban partes humanas para demostrar que la persona estaba viva y exigían intercambios: dinero, poder, favores.
Pero aquí es distinto. No hay exigencia, solo una dirección.
Y esa dirección enlaza las dos últimas misiones de Fylian: los túneles secretos fronterizos con Chatarra y el domo abandonado de una antigua gente que se unificó con Bosqueoscuro. Todo conecta con Caldyno.
El silencio se vuelve pesado. Yvan deja de teclear por un instante y me mira con preocupación.
—La pregunta es: ¿sería seguro ir? Rodrygo, pronto comenzarán tus entrenamientos. Es opcional faltar, pero te preguntarán por qué. Ya sabemos que los directivos no quieren que te entrometas más en los asuntos de Caldyno. Pero queda bajo tu decisión si quieres ir o no.
Sus palabras me golpean como un martillo. Trago saliva, siento un nudo en la garganta, y finalmente lo digo:
—¿Estarían dispuestos a acompañarme?
Mis ojos recorren a cada uno de ellos. Hace un día hablamos de nuestras vidas, de lo valiosas que son, tanto como mi deseo de encontrar a mi mejor amigo. Saber lo que piensan es importante para mí, aunque mis actitudes a veces digan lo contrario.
—Nada de esto es fácil —añado, con voz quebrada—. Pero tengo un día antes de volver a los dos nuevos entrenamientos. Podemos ir. Ahora mismo. ¿Pueden hacerlo?
El recuerdo del secuestro de mi Goldum me golpea. Aprendí que mis amigos son esenciales para cualquier misión, y eso me alegra. Pero los ojos de Yvan dicen algo distinto en este momento. ¿Qué cambió?
—No están obligados —concluyo, bajando la mirada, consciente de que la decisión que tomemos puede marcar el destino de todos.
—Pero sí te acompañaremos, Rodrygo, ¿verdad? —pregunta Cynthia, con una mirada decidida que corta el aire como una espada.
Después de un rato, Yvan acepta a duras penas, con un suspiro que parece arrastrar todo su escepticismo.