La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 25 #4
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Capítulo 25 #4

Con un movimiento ágil, el Luna Victoria se posiciona detrás de mí, formando un escudo viviente.

Sus placas metálicas brillan bajo la luna, y el aire se sacude con su presencia.

Los disparos de los encapuchados retumban, pero rebotan contra la armadura del Luna Victoria, que se mantiene firme, protegiéndonos.

El Goldum, temblando, se acurruca en sus brazos, y sus ojos se clavan en los míos, llenos de alivio.

El enfrentamiento ha cambiado. Ya no estoy solo. Cynthia y Haalynd han llegado, y con ellas, la esperanza.

—Ni se te ocurra asegurarte si está bien en estos momentos, Rodrygo —me dice Haalynd desde lo alto, con una mano sosteniendo el rostro y un aire aburrido, como si estuviera viendo una película. Su tono es seco, pero sus palabras son claras—. Si quieres vivir, será mejor que actúes, que te muevas.

Se pone de pie y hace un movimiento de manos. Su Luna Victoria asciende hasta ella, como un guardián obediente, y se asegura de que el Goldum esté bien, con la delicadeza de una madre protegiendo a su hijo.

Sin vacilar, lanzo dagas contra los encapuchados. Vuelan como flechas, cortando el aire. Algunos disparan contra mí, otros huyen como ratas en la oscuridad. Solo uno cae muerto: el líder, alcanzado por la daga certera de Cynthia.

Ella se acerca, y para mi sorpresa, me regala un abrazo.

Lo recibo con desconcierto, pero también con gratitud.

Es un gesto poco común en ella, y lo siento como un tesoro.

Se separa enseguida y me golpea el hombro, fuerte, como un amigo.

Ese gesto sí es típico de Cynthia: golpes de amistad.

Aunque, casi siempre se los da a Yvan, que termina harto de su paciencia, porque tiende a hablar demasiado y no va al grano como ella, directa como un halcón frente a un loro parlanchín.

—Pide ayuda, Rodrygo —me dice Cynthia, asintiendo. La bandana que cubre sus ojos se agita con el viento, aunque escaso, moviéndose como antenas que captan cada vibración del entorno.

—Haalynd seguro te dijo —respondo, con un hilo de voz.

En ese instante, Haalynd baja de un salto. Su Luna Victoria amortigua el impacto, como un ángel guardián descendiendo del cielo. Se acerca y me entrega a mi Goldum, que ahora duerme plácidamente en sus brazos, protegido del horror que acaba de vivir.

—Muchas gracias, chicas —digo, con el corazón latiendo fuerte, pero aliviado.

El silencio que sigue es distinto. Ya no es el silencio opresivo de los encapuchados acechando, sino uno cargado de complicidad, de la certeza de que no estoy solo.

—¿Cómo pudieron entrar? —se pregunta Haalynd, llevándose la mano a la barbilla, con el ceño fruncido—. Mejor inspeccionemos al que cayó. Posiblemente tengamos que llamar a los especialistas para que se ocupen de ellos.

Nos acercamos al cuerpo. Al principio parece normal, pero pronto algo extraño ocurre: su piel comienza a deshacerse, como una estatua de hielo derritiéndose lentamente.

La carne se licúa, creando un pozo de líquido negruzco que se extiende por el suelo.

El hedor metálico y ácido me obliga a cubrirme la boca.

Cynthia, aunque no ve la escena, se detiene de golpe.

Su respiración cambia, como si el aire mismo le hubiera revelado lo que acaba de suceder.

Mi Goldum, por otro lado, se agita. Se despierta sobresaltado, temblando, con los ojos abiertos de par en par, como si percibiera algo invisible y aterrador en el ambiente.

—Será mejor volver. No es necesario llamar a nadie —nos sugiere Haalynd, con voz firme, aunque sus ojos delatan inquietud.

Esa noche, durante la madrugada, me despiertan los aullidos desesperados de mi Goldum. Me incorporo, aún aturdido por el sueño, y entonces lo veo: una figura encapuchada en mi ventana. El corazón me golpea el pecho. Me pongo en guardia, pero el peso del cansancio me dificulta moverme.

La figura no dice nada. Solo arroja un objeto que me golpea en el pecho con fuerza. Cae sobre mí, pesado, frío. El encapuchado desaparece en la oscuridad sin hacer otro movimiento, como un fantasma que nunca estuvo allí.

El Goldum se eriza más de lo normal, gruñe, retrocede. Algo en ese objeto lo perturba profundamente.

Lo tomo con manos temblorosas. Es una caja. Pesa demasiado para su tamaño. La abro, y lo que encuentro dentro es lo más asqueroso y horrible que he presenciado en toda mi estadía aquí.

Un brazo.

No me asusta el hecho de que sea un miembro humano cercenado. Lo que me paraliza es el detalle: un anillo de plata aún en uno de sus dedos. Ese anillo lo conozco demasiado bien.

El recuerdo me golpea con violencia, como un martillo en la sien. Suspiro, trato de ahogar un gruñido, una lágrima, de suprimir el dolor. Debo ser fuerte.

A Fylian le gustaba los anillos, y este anillo no se lo regalé yo, sino su mamá. El color de la piel, el vello, la forma de la mano… no hay duda. Es el brazo de Fylian.

El mundo se me derrumba. La realidad se convierte en un sueño terrible. Y lo que más me aterra no es la pérdida, sino el mensaje: saben que lo estoy buscando. Saben lo que significa para mí. Y quieren que sufra cada paso de este camino.