La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

—Entiendo… quizás estar alerta, ser un ninja —pienso, mientras mis sospechas se multiplican.

Podrían ser marionetistas de Bosqueoscuro, jugando una broma pesada, o quizá marionetistas de Chatarra, locales con acceso a mi habitación como si tuvieran un mapa.

Pero en el fondo sé que todo esto huele a Caldyno, el villano que mueve los hilos desde las sombras.

De pronto, un aullido desgarrador corta el aire. Es mi Goldum. El sonido me atraviesa como un cuchillo. Las alarmas internas se encienden y salgo disparado, ignorando las advertencias de Tommy de precaverse, de no caer en una trampa.

Los callejones de Aprilcol se abren ante mí como un laberinto interminable.

Muros altos, escaleras oxidadas que conectan con pisos superiores, estructuras marrones que parecen sudar humedad.

El aire es pesado, cargado de polvo y olor a hierro oxidado.

Mis pasos resuenan como golpes secos, y me muevo con agilidad, danzando entre las sombras como un gato en la noche.

De golpe, me detengo. Los veo.

El impulso es similar al de una caída libre: el cuerpo se sacude, los sentidos se desordenan, y debo recomponerme rápido.

Invoco a Tommy. Mi ángel mecánico emerge con un chasquido metálico, desplegando los antebrazos como un guerrero obediente.

El sonido de engranajes ajustándose me recuerda que controlarlo exige energía vital, como si estuviera jugando un videojuego en su nivel más difícil.

No soy un experto, pero me esfuerzo por mantener la invocación estable, equilibrando las armas como un malabarista con cuchillos afilados.

Frente a mí, un grupo de encapuchados. Fantasmas en la oscuridad.

Sus túnicas se mueven con el viento, y sus ojos brillan como carbones encendidos bajo las capuchas.

Uno de ellos, al que reconozco de una antigua misión —siempre al lado de la mujer alta de cabello gris—, sostiene a mi Goldum por el lomo.

El cuchillo en su mano brilla con un filo cruel, posado sobre el cuello de mi compañero.

El Goldum aúlla otra vez, sus ojos se clavan en los míos, suplicantes, como si me pidiera ayuda.

—¡Suéltalo! ¡Ahora! —ordeno, con la voz temblando de ira.

Me acerco, pero cuatro hombres más se adelantan. Sus armas me apuntan, los cañones brillan con un reflejo metálico que me hiela la sangre. El aire se llena de tensión, como si cada respiración pudiera detonar una bala.

—Si piensan que tienen un mínimo de posibilidad de salir vivos, están muy equivocados —les digo, intentando sonar firme, como un héroe de película.

Pero la realidad me golpea: son cinco contra mí.

Tommy puede enfrentarlos, sí, pero ¿puedo yo sostenerlo?

El ardor en mis dedos aumenta, como si estuvieran quemándose desde dentro.

Cada orden que le doy a Tommy me arranca un pedazo de energía vital.

El sudor me corre por la frente, y siento que el aire se vuelve más denso, más difícil de respirar.

Los encapuchados no retroceden. Uno de ellos sonríe bajo la sombra de su capucha, mostrando dientes amarillentos.

Otro ajusta el arma, el clic del seguro suena como un trueno en el silencio.

El que sostiene al Goldum presiona el cuchillo con más fuerza, y una gota de sangre resbala por el pelaje de mi compañero.

El corazón me late con violencia. El tiempo parece detenerse.

Tommy se adelanta un paso, sus engranajes chirrían, y el brillo de sus armas ilumina el callejón. Los encapuchados tensan sus posturas. El enfrentamiento es inevitable.

—Dos opciones —comienza a decir el hombre encapuchado que sostiene a mi Goldum, con una voz fría y calculadora—. O te rindes durante el torneo, o simplemente te arrojas de la torre más alta de la Sociedad del Hilo y te ahorras una posible desgracia y dolor, como un suicida.

Lo levanta bruscamente, y mi Goldum aúlla de dolor. El sonido me parte el corazón, me perfora el pecho como un hierro candente. Siento un hormigueo intenso, como si un nido de avispas se agitara dentro de mí.

—Esto es en serio. No tienes la habilidad para interceptar ni intervenir en planes que se trazan desde hace años, Rodrygo. No te creas especial. Te he visto en antiguos lugares, siempre con esa arrogancia de invencible. Pero hoy… hoy estás solo. Sin tus amigos. Qué puedes hacer tú solo, ¿eh?

El cuchillo brilla bajo la luz tenue, descansando sobre el pecho de mi Goldum como una guillotina lista para caer. Mis manos tiemblan, mi respiración se acelera.

Entonces, una voz se reproduce detrás de mí, firme y clara, como un canto que me devuelve la esperanza:

—Como dijo Gyselth una vez: los marionetistas nunca marchan solos a su muerte, como lobos solitarios.

Es Cynthia. Su voz me llena de alegría, como escuchar una canción en medio de la tormenta.

—¡Rodrygo, abajo! —me ordena.

Obedezco instintivamente, y el aire silba cuando una daga vuela. El proyectil se incrusta en el estómago del encapuchado que sostiene a mi Goldum. El impacto lo hace tambalear, pero antes de caer ordena a sus hombres:

—¡Dispárenle al Goldum!

Lo arroja con violencia al aire, como si fuera un juguete roto. Mi corazón se detiene. Veo cómo los otros encapuchados levantan sus armas, apuntando a mi compañero indefenso, listos para disparar como cazadores crueles.

—¡No! —grito, lanzándome hacia adelante. Intento arrojar a Tommy, extender mis manos, pero sé que no llegaré a tiempo. Es demasiado tarde.

Y entonces, la luz cambia.

El Luna Victoria de Haalynd aparece, majestuoso, una maravilla mecánica tan hermosa como Tommy. Sus cuatro brazos metálicos se extienden con precisión quirúrgica, atrapando a mi Goldum en pleno aire. El sonido de engranajes y energía chisporroteante llena el callejón.