Capítulo 25 #2
Guardamos silencio, un silencio cargado de expectación, mientras las cámaras flotantes, como ojos mecánicos, comienzan a posicionarse en puntos estratégicos, capturando cada detalle, cada gesto, cada suspiro.
Un orbe se coloca en medio de todos y comienza a proyectar imágenes características sobre la formación del Gran Torneo de los Marionetistas, un espectáculo de luces y sombras.
Las proyecciones hablan por sí solas, pero hay una voz, una voz artificial y robótica, que siempre escucho en las simulaciones, que explica un poco el funcionamiento de la arena y la pista de obstáculos, como un narrador de videojuegos.
Lo primero que vemos es cómo se forma una enorme pirámide, una estructura imponente que desafía la gravedad, que por algún truco visual podemos ver imponente a lo lejos, un poco más allá de los muros negros de la Sociedad del Hilo, y es cuando nos damos cuenta de que estuvo ahí todo este tiempo, como un secreto a plena vista.
—El funcionamiento del área consiste en completar los obstáculos que reproduciré y que ustedes deberán ingeniárselas para superar, como si fueran héroes de un videojuego —concluye la voz artificial que se reproduce sobre el orbe, y las imágenes muestran una enorme edificación en forma de pirámide y una pista recta de obstáculos donde vemos cómo la figura de un hombre, un avatar, recorre diferentes zonas, recopilando todas y cada una de las monedas, como si fuera un tesoro pirata, y, como recta final, coronándose campeón del torneo, el rey del juego.
Sorprendente, como si fuera un sueño hecho realidad.
Todo se apaga, y la luz mecanizada pregunta si tenemos dudas, pero parece que todo quedó bastante claro, como un manual de instrucciones para tontos.
El punto de concentración comienza a vaciarse poco a poco, como un río que se seca. Estoy a punto de marcharme cuando una voz reconocida me intercepta. Me detengo de golpe, como si me hubieran clavado un cuchillo en la espalda.
Es el Comandante de Protección y Paz, con su mirada fría y su aura de autoridad.
A su lado, un hombre alto se acerca. Inmediatamente, al verme, coloca una mano firme sobre mi hombro y con la otra me aprieta la mano, agitándola como si me estuviera dando la bienvenida a un club exclusivo. Asiento, incómodo bajo su mirada.
Supongo que es el Gobernador de Chatarra, por el traje negro y elegante que lleva, como un mafioso de alta alcurnia.
Los colores característicos de su tierra —negro y amarillo, con pinceladas de dorado— resaltan en su atuendo.
Pero lo que más me llama la atención son sus ojos: pintados de negro, como si llevara una máscara.
Su barba rojiza contrasta con su piel blanca, y su altura supera incluso la de Esteban.
—Y como le explicaba, Gobernador, aquí tenemos a Rodrygo Clynk, nuestra apuesta más segura para ganar el Gran Torneo de los Marionetistas y posicionar nuevamente a la Sociedad del Hilo en Chatarra —dice el Comandante, señalándome con un gesto, como si fuera un trofeo exhibido en una vitrina.
Siento un nudo en el estómago. Ojalá hubiese apostado en alguien más, en un caballo perdedor.
El Gobernador sonríe. Su expresión es sorprendentemente simpática, más cálida que la del Gobernador de Conquista, que nunca aparece en cámaras y siempre parece un ogro de cuento, gruñón y distante.
—Así que tú eres el joven de la superficie —dice el Gobernador, con voz grave pero amable—. Espero que no solo seas una apuesta, sino una promesa cumplida.
Sus palabras me atraviesan como un desafío disfrazado de elogio. El Comandante asiente, satisfecho, mientras yo intento mantener la calma, aunque por dentro siento que me están colocando en un pedestal que no pedí.
—Con que eres de Conquista, interesante.
No todos los días vemos cómo personas de la superficie quieren formar parte de nosotros, de nuestro circo.
Entiendo que el Capitán Esteban te trajo aquí, como un regalo de bienvenida.
Espero este lugar te sea de mucho agrado —dice el Gobernador, sonriendo demasiado, con un gesto que me resulta incómodo, casi grotesco, como un payaso que exagera su simpatía.
Me ahorro ciertas palabras, pero el Comandante de Protección y Paz se adelanta. Su mano pesada se posa sobre mi hombro y lo aprieta con fuerza, como si quisiera aplastarlo. Al mismo tiempo, le sonríe al Gobernador, como dos cómplices en un crimen.
—¿Qué tal te fue en el primer entrenamiento? —pregunta el Comandante, con voz grave. Sus ojos recorren mi rostro como si buscara una grieta en mi seguridad—. Son tres en total, y es importante que nos des una buena imagen, puesto que…
Con un gesto de cabeza señala las cámaras flotando que van de un lado a otro. Una de ellas entrevista a Caldyno y al entrenador de los participantes de Bosqueoscuro.
—Hay muchas personas que queremos sorprender, que queremos dejar con la boca abierta. Aunque, para suerte tuya, tienes un día de margen para descansar y hacer lo que te plazca. Pero te recomiendo fortalecer esos hombros un poco delgados.
Me sacude el hombro y se ríe. Yo apenas logro responder:
—No decepcioné, que es lo importante.
Me siento como un loro repitiendo palabras, sin convicción. Mi mirada se cruza con la de Haalynd, que me observa desde la distancia, atenta a cualquier movimiento en falso, como un halcón vigilando a su presa.
—Ahora, si me disculpan… —intento apartarme.
Pero el Comandante me detiene de golpe. La presión sobre mi hombro aumenta, como si quisiera dislocármelo. El dolor se extiende a mi pecho y a mi estómago, como si me estuviera asfixiando.
—La advertencia que te dieron los directivos fue idea mía.
Bueno, de nosotros —dice, con voz más oscura, casi demoníaca.
Sus ojos se clavan en los míos, y siento que me está despojando de cualquier ilusión de libertad—.
Mantente al margen con Caldyno. No te metas en sus asuntos.
Eso es todo. No estás aquí para hacer nuestro trabajo, para jugar a ser héroe.
El Gobernador, que hasta entonces parecía simpático, se muestra perturbado por el cambio rotundo en la voz del Comandante. Lo observa como si hubiera visto a un demonio, pero no interviene. No agrega una sola palabra. Solo asiente, y el silencio vuelve a reinar.
Yo me quedo inmóvil, con el hombro ardiendo y la certeza de que acabo de recibir una advertencia disfrazada de consejo.
—Te deseamos mucha suerte, Rodrygo. Comandante, es tiempo de irnos. Lo invito por un té, para relajarnos —dice el Gobernador. El Comandante asiente, y ambos se marchan, dejándome solo con mis dudas. Buena suerte… quizás sí la necesite, para sobrevivir a este circo.
Me incorporo junto a Haalynd, que me informa que estaremos libres por hoy y que el entrenamiento será en la tarde de mañana.
Un premio de consolación dice. Las clases se han pausado estratégicamente por los preparativos del torneo, así que tengo tiempo para desayunar, ejercitarme y mantenerme en forma.
Antes de retirarme, le doy un último vistazo a la enorme pirámide negra donde se desarrollará el torneo. Es imposible no ponerse nervioso. Parece la boca de un lobo esperando devorarme. No soy el único que lo siente, pero prepararme debería disminuir el miedo. O eso espero.
Cuando entro a mi habitación, me encuentro con un desastre absoluto, como si un tornado hubiera pasado por allí. Al principio siento alivio: seguramente fue el Goldum, mi compañero de aventuras. Lo llamo con un silbido, el mismo que he estado entrenando para que sea nuestro código, pero no aparece.
El alivio se convierte en angustia. Trago saliva y comienzo a buscarlo desesperado: debajo de la cama, en el armario, en la silla, entre las sábanas y mi ropa. Nada. Ha desaparecido.
Me asomo a la ventana. No hay rastro de él. Pero sí veo marcas de rasguños en las almohadas, mis botas de entrenamiento dañadas como si las hubieran cortado con un cuchillo, y parte de mi ropa manchada con una sustancia oscura, como pintura… o sangre.
El corazón me late con fuerza. Salgo de la habitación, pero los pasillos están vacíos, silenciosos, sepulcrales. Vuelvo dentro, y en medio de la desesperación noto algo que antes había pasado por alto: una nota sobre mi cama.
La tomo con manos temblorosas. Es siniestra, escrita con trazos torpes y violentos: “Nos hemos llevado al Goldum. Si lo quieres ver, ve a los callejones de Aprilcol.”
Un laberinto de oscuridad y peligro.
Si así lo quieren, iré. Como un cordero al matadero.
Me voy como estoy, a toda prisa, intentando no llamar la atención.
Me muevo como un fantasma en la noche, escabulléndome por los muros y burlando la vigilancia.
Es difícil. La seguridad está más intensa por los recientes actos, pero la noche juega a mi favor: algunos guardias parecen tener el sueño pesado, como osos en hibernación.
Otros son novatos, torpes en su primer día.
De camino a Aprilcol, el aire se vuelve más frío, más denso. Los callejones me esperan, y el escalofrío recorre mi espalda.
Trato de invocar a Tommy, mi marioneta, para estar preparado, para tener un as bajo la manga. Pero su voz me advierte, grave y firme:
—Si son marionetistas, te recuerdo que no puedo atacarlos ni mucho menos tú dirigirles un ataque, Rodrygo.
Me detengo en seco. Es cierto. Una ley no escrita. Me lo explicaron en las clases de principios teóricos: cuando un marionetista ataca a otro, se emite una alerta al Cónclave, y ellos llegan de inmediato, como policías cósmicos.
Quizás eso fue lo que pasó cuando Yvan intentó proteger a Flagbys aquella vez con su marioneta. Fue leve, un acto de defensa. Un juego de niños. Pero aquí… aquí no habrá juegos.
Los callejones de Aprilcol me esperan. Y mi Goldum depende de que entre en ellos.