La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 25
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Capítulo 25

Hay verdades que no eligen un solo nombre para quedarse en el pecho. Y hay advertencias que no necesitan palabras: basta con enviar lo que más duele perder.

—Carta sin firma hallada entre las pertenencias de un antiguo marionetista de la Sociedad del Hilo.

No vuelvo a ver más a Esteban, así que seguramente debe estar reposando.

Desconozco qué fue lo que realmente le pasó cuando dividió el vagón en dos y me salvó de no ser arrollado por el mismo.

Tampoco es que Haalynd me dé algún tipo de explicación al respecto.

Se conocen bien y son capaces de guardarse cualquier secreto.

Soy capaz de identificarlo y entenderlo, pues con Fylian funcionaba de esa manera y realmente me agradaba.

En ocasiones, las amistades pueden resultar tan verdaderas que no hace falta dar mucha explicación de lo que sentimos y de lo que nos preocupa, pues inmediatamente pueden determinar qué tenemos y aplicar el mejor de los escenarios.

En mi caso y el de Fylian; él me ayudó a descubrir que el dibujar es un medio de escape bonito.

También me enseñó por qué la Cascada Conquista era el mejor lugar para escapar de todo.

También que, a pesar de no ser bueno, y es que es mi responsabilidad, mis arranques de ira no eran justificativo para no ayudarme a mí mismo.

Solemos perdernos tan fácil y encontrarnos tan difícil.

—Por más fuerte que sea la persona, toma en cuenta que siempre es capaz de encontrar un nuevo camino —me decía Fylian, mientras hacía su habitual corte en mis puntas de los rizos—. Los problemas van y vienen, Rodrygo. Lo importante es que tú no te vayas y no decidas regresar.

Tengo razones suficientes para arriesgarme y querer encontrar a Fylian. Tener un porcentaje bajo de probabilidad de saber que Caldyno lo pueda tener o estar relacionado a él es muy bajo, pero sinceramente, no pondré a mis amigos en peligro, pero yo sí.

Kendall, la sobrina del Décano Bellygam, y mi amigo Nick me invitan a tomar té fuera de las instalaciones. En parte lo agradezco; hacía falta un respiro. El lugar es sencillo, con mesas de madera y faroles que iluminan suavemente la tarde. El aroma del té se mezcla con el murmullo de la gente.

Es bonito ver cómo Nick y Kendall se intercambian gestos: roces de manos, pequeñas bromas, golpes suaves en el brazo.

Se ríen con naturalidad, como si compartieran un lenguaje secreto.

Yo los observo, y algo dentro de mí se revuelve.

Esa clase de relación… nunca la he vivido. ¿Cómo sería abordarla realmente?

Intento imaginarlo con Flagbys. Sería lo más natural, supongo.

Ella es bonita, un atardecer naranja de esos que me gustan profundamente.

Su cabello dorado recogido en cola, sus ojos redondos y azules, su nariz pequeña y pronunciada, sus labios delicados, sus pómulos elevados.

Lo torpe que es, la manera en que habla, cómo defiende lo que cree y lucha, aunque le cueste manipular a su marioneta.

Pero entonces aparece Esteban en mi mente.

Y él es casi todo lo contrario. Más serio, más reservado, con una fuerza que parece agotarse demasiado rápido.

Me preocupa. Lo vi cansarse más de lo normal, y no sé por qué.

Dicen que las marionetas poseen poderes, habilidades que desgastan a quienes las invocan. Quizás fue eso. Quizás fue algo más.

Toco mi nuca y bajo la velocidad de mis pasos. Nick lo nota enseguida.

—¿Qué pasa, Rodrygo? —pregunta, inclinándose un poco hacia mí. Sus ojos me estudian con atención.

—Nada… —respondo rápido, intentando sonar convincente.

Nick frunce el ceño.

—No me engañas. Te conozco. Estás pensando en algo que no quieres decir.

Kendall me mira también, con curiosidad, pero no insiste. Se limita a dar un sorbo a su té, como si esperara que yo decida hablar.

Yo bajo la mirada hacia mi taza. El vapor me nubla la vista.

—Es solo… que todo esto me parece extraño. Los entrenamientos, los ataques, las miradas de los demás. Siento que me dejaron como un blanco fácil.

Nick apoya una mano en mi hombro.

—No estás solo. Lo sabes, ¿verdad?

Asiento, pero no le digo lo que realmente me preocupa: Esteban. No quiero cargarlo con esa inquietud, no ahora.

—Lo sé —murmuro, con una sonrisa débil.

Kendall deja la taza en la mesa y me observa fijamente.

—Rodrygo, a veces no hace falta decirlo todo. Pero si algo te pesa, no lo ignores. El silencio también puede ser un enemigo.

Sus palabras me golpean más de lo que esperaba. Me quedo callado, acariciando el borde de la taza.

Mientras avanzamos en silencio hacia el punto de concentración, veo que todo está reluciente nuevamente.

Es como si un vagón de tren no hubiera estado a punto de atropellarme hace un momento, como si el caos se hubiera esfumado por arte de magia.

Las paredes brillan con un resplandor casi irreal, y el aire está impregnado de una frescura que resulta extraña en este entorno habitual.

Parece que todo va sobre ruedas, que la normalidad ha regresado, pero de repente, algo enciende mis alarmas internas, como un sexto sentido que me advierte del peligro.

Me detengo en seco antes de llegar a las gradas donde se encuentra mi grupo, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.

Haalynd, que me sigue de cerca, retrocede para acercarse un poco más, su mirada inquisitiva buscando respuestas en mi rostro.

Pero yo permanezco en silencio, con la atención fija en las diferentes cámaras redondas que revolotean de un lado a otro, como moscas metálicas, capturando cada movimiento, cada gesto, cada suspiro.

La atmósfera se siente tensa y electrizante, como si estuviéramos a punto de ser parte de un espectáculo grandioso y aterrador.

Las cámaras giran y zumban a nuestro alrededor, sus lentes brillantes reflejando la luz artificial del lugar con una intensidad casi hipnótica.

En mi mente, se dibuja la imagen de un circo moderno: un entretenimiento para las masas, un espectáculo destinado a las regiones subterráneas.

No puedo evitar una risa nerviosa al pensar en la ironía de todo esto.

Aquí estamos, un grupo de estudiantes ansiosos por participar en algo que parece inofensivo, pero que tiene todas las características de un espectáculo grotesco.

Un sudor frío comienza a acumularse en mi frente mientras trato de descifrar qué es lo que realmente está sucediendo.

¿Estamos aquí para divertirnos o para ser parte de algún experimento macabro?

La línea entre la diversión y el peligro se vuelve cada vez más difusa, y mi instinto me grita que mantenga la guardia alta.

—¿No te gustan? —me pregunta Haalynd, arqueando una ceja y con una sonrisa pícara, como si supiera algo que yo ignoro.

Intento negar con la cabeza, pero siendo sincero: no, no me gustan las cámaras.

Me ponen nervioso, me hacen sentir como un pez fuera del agua, observado por mil ojos invisibles.

Tendré que ignorarlas lo mejor posible, como si fueran moscas zumbando alrededor de mi cabeza: molestas, pero inofensivas.

Haalynd se inclina un poco hacia mí, su voz melodiosa y su acento exótico fluyen como si recitara un poema:

—Esto siempre ha sido un entretenimiento para las poblaciones, un circo moderno para las masas.

Pero algunos dicen que es una distracción.

Y vaya que un gobierno es experto en distraer a su gente, mientras se ocupa de conspiraciones y planes secretos.

Como titiriteros moviendo los hilos de un gran teatro.

La escucho, y sus palabras me golpean con fuerza. Sí, parece que todo esto necesita empeño, como si estuvieran preparando un espectáculo más que un torneo.

—En Conquista no se ven este tipo de torneos —añade, con un gesto de sus manos—.

No hay marionetistas, por obvias razones.

Pero sí hay cámaras, y muchas. Como si fueran estrellas de un programa de telerrealidad.

Pantallas enormes en las ciudades principales, cines al aire libre, estadios deportivos donde aparecen anuncios en pleno descanso de los jugadores.

Me muerdo el labio, recordando.

—Cuando Fylian me invitaba a ir, me incomodaba mucho. Me sentía como un bicho raro.

Haalynd sonríe, ladeando la cabeza.

—Y a él le parecía gracioso, ¿no?

—Sí… —respondo, bajando la mirada—. Siempre se reía de lo incómodo que me ponía.

El silencio se instala un momento, roto por el bullicio de las gradas. Solo quedan dos días. El torneo durará un día, aproximadamente dos horas y media para completar las actividades. Un maratón de adrenalina y locura.

Nos acomodamos en nuestras gradas, un hervidero de gente. Algunos compañeros me saludan, me golpean la espalda y el pecho como si fuera un saco de boxeo. Me siento en la parte superior, con Haalynd a mi lado.

También están los chicos que conocí el otro día: Fermyn y Aitana. Sus miradas inquisitivas y sus sonrisas enigmáticas me hacen sentir que saben más de lo que dicen.

Haalynd se inclina hacia mí, bajando la voz.

—Rodrygo, no dejes que las cámaras te definan. Ellas solo muestran una parte. Lo que importa es lo que hagas dentro del torneo. Eso nadie puede manipularlo.

La miro, y por un instante, sus palabras me devuelven un poco de calma.