La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 24 #4
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Capítulo 24 #4

Cuando regresamos al lugar del acontecimiento, el caos sigue vivo. Varias marionetas ayudan a levantar el vagón dividido en dos. Otros especialistas perimetran el área, dando órdenes rápidas. Los directivos pasan de un lado a otro, preguntando a las sucursales si todos están bien.

Entonces lo veo. Esteban está siendo atendido por los médicos.

Su rostro está pálido, cuando normalmente su piel es bronceada.

Camino hacia él. Me mira un instante, pero enseguida baja la vista hacia la aguja de una inyectadora que le introduce un líquido amarillo.

El practicante médico le da unas instrucciones rápidas y desaparece, dejándolo con la orden de descansar.

Recuerdo la primera vez que le pregunté a Yvan qué era eso. Fue semanas atrás, en la biblioteca, con sus diagramas y anotaciones desperdigados sobre la mesa.

—Es Pureza —me explicó entonces, sin levantar la vista de sus notas, como si fuera lo más obvio del mundo—.

La energía que nos conecta con nuestras marionetas.

Lo que activa el vínculo, lo que hace que nuestras propias moléculas puedan hablarle a las de ellas.

Cada vez que invocamos, que peleamos, que forzamos una habilidad, gastamos algo de la nuestra.

No es infinita, Rodrygo. Y aquí es escasa, así que cuando alguien la agota por completo, hay que reponerla desde afuera, o el cuerpo empieza a fallar: las células, las neuronas, todo se vuelve más lento, más torpe. Por eso la reservan tanto.

En ese momento no le di mucha importancia. Ahora, viendo a Esteban pálido, con esa aguja de líquido amarillo hundida en el brazo, entiendo que gastó la suya por completo partiendo el vagón en dos. Por mí.

El silencio entre nosotros pesa más que el bullicio alrededor.

—Nada prudente —dice Haalynd detrás de mí, con un tono que mezcla reproche y cansancio.

Esteban bufa, algo muy característico de él. Ese sonido seco, casi burlón, me recuerda que ambos estudiaron juntos y que quizás compartieron más de una aventura. Sus miradas se cruzan, rápidas, pero cargadas de estrategia. No son simples recuerdos: parecen cálculos, evaluaciones silenciosas.

Haalynd se acerca, camina con calma y, alzándole el mentón, inspecciona mejor a Esteban.

—En tu juventud hubieses dejado que ese tren volviera polvo los huesos de Rodrygo —concluye, mirándome fijamente.

Sus palabras me atraviesan. No sé si son un reproche hacia Esteban o un recordatorio para mí.

—Esto no es un saboteo del todo —añade Haalynd, bajando la voz—. Pero es evidente que alguien no quiere que participes, Rodrygo.

El aire se vuelve más pesado. Mis pensamientos se agitan: sospecho de Caldyno, sí, pero también podrían ser estudiantes de aquí.

Compañeros cercanos. Personas que me pasan al lado, que me alientan con sonrisas, y que quizá, sin darme cuenta, podrían ser mi final.

Descubrirlo será peor que adentrarse en un túnel sin luz.

—¿Estarás bien? —me atrevo a preguntarle a Esteban, después de reunir valor.

Pero él no responde. Su mirada se pierde en la nada, luego se centra en los pedazos del vagón que ya se han retirado del perímetro de entrenamiento. Las rocas negras que se esparcieron por el lugar son recogidas por especialistas. Su silencio me incomoda más que cualquier palabra.

—¿Qué prosigue? —pregunto, con un hilo de voz.

Haalynd se pone de pie, sacudiéndose el polvo de las manos.

—Intentar seguir. Nos vemos en la noche. Creo que esto termina el primer entrenamiento.

Asiento, aunque mi mirada se queda fija en Esteban. Él no me devuelve la atención. Sus ojos siguen clavados en el suelo, en los restos, en todo menos en mí.

Me marcho, con la sensación de que el silencio de Esteban guarda más respuestas que cualquier explicación.

Casi es de noche. Trato de acomodarme un poco mientras el Goldum mordisquea mi almohada por todos lados, como si quisiera reclamarla para sí.

Me pongo el suéter y me siento a su lado, acariciándolo suavemente bajo la mandíbula.

Parece disfrutarlo mucho, sus ojos se entrecierran y su respiración se vuelve tranquila.

Aún no sé qué nombre darle, pero sé que en algún momento se me ocurrirá.

El viento de la noche golpea mi habitación, y me quedo un rato observando el exterior desde la altura en la que estoy.

Todo parece marchar con tranquilidad. No hay nuevas incidencias, y desde aquí puedo ver cómo acomodan el punto de concentración para explicarnos cómo se jugará el gran torneo.

Sin embargo, siento que algo extraño pasa con ese sitio.

No sabría decir qué, pero la sensación me oprime el pecho.

Me doy cuenta de que me estoy involucrando demasiado en esto.

Cada día surge una nueva adversidad, un nuevo obstáculo que me aleja más del paradero de mi mejor amigo.

Si es que no está muerto. En Conquista existe un protocolo: cuarenta y ocho horas sin encontrar a una persona desaparecida bastan para darle el título de muerta.

La tecnología y el desarrollo están ahí, pero esa regla me ahoga.